7.--EL OPTIMISMO Y LA PERFECTIBILIDAD

La inexactitud del lenguaje corriente, que hemos señalado ya tantas

veces, nos obligará a detenemos sobre el sentido _optimista_ atribuído

generalmente a la ética emersoniana. Desde el punto de vista filosófico

debieran considerarse optimistas aquellas doctrinas que contemplan

el universo como una obra perfecta y deducen de ello que la vida del

hombre en nuestro planeta se desenvuelve en la mejor de las formas

posibles: "todo sucede inmejorablemente en el más inmejorable de los

mundos". Así se pensaba, más o menos, en la Academia y en el Pórtico,

en la escuela de Alejandría, así lo creyeron Anselmo y Tomás, y así

también se inclinaron a mirar las cosas Descartes y Leibnitz. Si

hubieran dicho que nada puede ser distinto de como es, omitiendo

todo juicio calificativo, su opinión equivaldría a reconocer la

determinación natural de lo existente y que el deseo humano no influye

para nada sobre la constitución del universo. El mismo concepto de la

harmonía universal quedaría reducido a la comprobación de que todo lo

existente está ordenado conforme a reglas generales que concuerdan con

ciertos resultados de la lógica matemática considerados como formas

de razonamiento perfecto. Las aplicaciones éticas de este optimismo

conformista, que en Plotino llega hasta pretender que son grandes

bienes para el hombre la cárcel, las guerras, las epidemias y la

misma muerte, han sido, en todo tiempo, objeto de críticas risueñas;

Voltaire, en su _Cándido_ famoso, dijo la última palabra, que nadie ha

podido contradecir eficazmente.

Filosóficamente, la doctrina contraria--nótese bien, contraria--al

optimismo, sería la doctrina del progreso o de la perfectibilidad, que

fué, como sabemos, uno de los temas habituales del sansimonismo; es

un presupuesto necesario, en definitiva, en la conducta de todos los

reformadores militantes. Como tal domina en Emerson y en Echeverría,

inspirados en las mismas fuentes del romanticismo social francés.

El uso, árbitro del lenguaje, ha dado al término _optimismo_ una

significación contraria a la filosófica; cuando se dice que alguien es

optimista se quiere significar su fe en el advenimiento futuro de un

bien mayor, implicando la posibilidad de una perfección. Es el valor

ético lo que caracteriza el vocablo, y no su sentido filosófico; y, en

verdad, los mismos filósofos no han desdeñado conciliar verbalmente una

cosa con su contraria, pues Leibnitz, en su _Teodicea_, procura enseñar

que el concepto de la perfección universal debe entenderse como una

perfectibilidad infinita de todo lo creado.

Emerson, como reformador, cree que lo existente no es perfecto en sí,

pero afirma que marcha hacia un perfeccionamiento inevitable, que para

el hombre, en particular, se traduce en una dignificación de su vida.

Todo lo que existe está sujeto a una ley de mejoramiento progresivo,

de donde se infiere el advenimiento inevitable de un bien cada vez

mayor, mensurable por ese conjunto de satisfacciones naturales en que

el hombre hace consistir su felicidad. Afirmar la soberanía de la moral

significa, precisamente, poner como base de la conducta humana la

adaptación a ese mayor bien posible, que aumenta la felicidad de todos;

y la inmoralidad, el vicio, el crimen, sólo se conciben como actitudes

contrarias a esa adaptación. "Cada línea de la historia--dice--inspira

la convicción de que nosotros no podemos avanzar mucho tiempo en el

error o en el mal, pues las cosas tienden a enderezarse por sí mismas.

La moral que surge de cuanto aprendemos es que todo justifica la

Esperanza, madre fecunda de las reformas. Nuestro rol, evidentemente,

es el de no sentarnos hasta vernos convertidos en piedras, sino de

acechar las auroras de todos los amaneceres sucesivos, colaborando a

las nuevas obras de los días nuevos". Se trata, explícitamente, de

no contemplar la vida humana como la mejor de las cosas en el mejor

de los mundos--que sería el optimismo filosófico--sino de afirmar su

perfectibilidad incesante en el porvenir: lo que actualmente suele

llamarse "optimismo social".

Hay una posición secundaria, muy interesante, en la ética emersoniana:

la negación del mal, de la culpa y del pecado. Para Emerson el mal no

existe en el mundo como entidad positiva, sino como ausencia de bien.

Lo que suele llamarse mal sería un simple no bien o menos bien; la

maldad humana sería una incapacidad para la virtud, una ausencia de

fe en el bien o de "gracia" natural, concebida como aquella fe que

Juan Agrícola oponía a Lutero, contra la ley, en la disputa de los

"antinomianos"; o como aquella otra gracia divina de Malebranche, que

fué mística manzana de discordia entre Bossuet y Fenelón.

Con dos diferencias fundamentales, empero. Emerson concibe la aptitud

meliorativa como una cualidad de la misma Naturaleza humana; y afirma

que esa verdadera gracia natural puede adquirirse y desarrollarse

porque el hombre, siendo él mismo una parte de la divinidad, lleva

en sí la capacidad para el bien, una partícula de gracia capaz de

florecer... Me detengo, en este punto, temeroso de que en mi deseo de

explicaros lo que el mismo Emerson no entiende con exactitud, acabéis

por perder la visión clara del conjunto, única que nos interesa.

Bástenos saber que él niega la existencia de un mal en lucha eterna

con el bien, del clásico Arimán contra Ormuz, del Diablo contra

Dios, del Infierno contra el Cielo, y que se inclina a pensar que

en los buenos y en los malos sólo deben verse grados distintos de

divinidad en acción, de acercamiento a la naturaleza, de fusión en

la _Over-Soul_, o Alma Suprema, cuyo carácter podréis deducir del

siguiente párrafo: "La Crítica suprema de los errores del pasado y del

presente, y el único profeta de lo que será, es esa gran Naturaleza

en la cual reposamos como la tierra reposa dulcemente en los brazos

de la atmósfera; esa Unidad, esa Alma Suprema, en la cual cada sér

está contenido y unificado, une a los demás; ese corazón común, del

que toda conversación sincera es el culto y al que es un sometimiento

toda buena acción; esa omnipotente realidad que confunde nuestras

habilidades y nuestro ingenio, obligándonos a ser lo que realmente

somos, a revelarnos por nuestro carácter y no por nuestras palabras,

y que tiende de más en más a transfundirse en nuestros pensamientos y

en nuestras acciones, para convertirse en sabiduría, virtud, poder y

belleza. Nuestra vida se compone de sucesiones, de divisiones de partes

y de partículas. Sin embargo, el hombre es el alma de todo; y ese

poder profundo en el cual existimos y cuya beatitud nos es totalmente

accesible, no sólo es completo por sí mismo (_self sufficing_) y

perfecto en cada momento, mas es simultáneamente el acto de ver y la

cosa vista, el espectador y el espectáculo, el sujeto y el objeto.

Vemos el mundo pieza a pieza: el sol, la luna, el animal, el árbol;

pero el todo, de que esos cosas son las partes salientes y radiantes,

el todo es el Alma. Sólo por la visión de esa sabiduría podemos leer

en el horóscopo de las edades; y solamente volviéndonos hacia nuestros

mejores pensamientos, cediendo al espíritu profético innato en cada

hombre, podemos comprender las advertencias de esa sabiduría" (_El Alma

Suprema_). Esta cita debemos traducirla: "el Alma de la Naturaleza, de

que el hombre mismo es parte, marca el camino hacia la perfección". Es

más sencillo, sin duda; pero, como sabéis, una de las cosas hasta ahora

más admiradas por la humanidad ha sido el arte de nublar con retóricas

obscuras las cosas más claras, sin darse cuenta de que sólo llegan a

hablar claramente los que piensan con claridad.

Procediendo como un juez, que entre cien testimonios divergentes

o contradictorios consigue al fin restaurar una verdad aproximada,

nosotros podemos encontrar una posición de equilibrio a través de las

numerosas oscilaciones que sufre el pensamiento de un filósofo o de

un moralista. Para ello debemos distinguir los conceptos definidos y

las divagaciones puramente verbales, tan frecuentes en Emerson como

en todos los retóricos. En uno de sus ensayos (_Leyes del Espíritu_)

define bien su concepto de la _naturalidad del instinto moral_, que

es dominante en toda su ética. "La vida intelectual puede conservarse

sana y clara, si el hombre vive la vida de la naturaleza y si no

introduce en su espíritu dificultades que para nada le sirven. Nadie

debe atormentarse con inexplicables especulaciones. Que el hombre

haga y diga lo que emana estrictamente de él mismo y por ignorante

que sea no será su naturaleza la que le traiga dudas y obstáculos.

Nuestros jóvenes sufren a causa de los problemas teológicos del pecado

original, el origen del mal, la predestinación y otros análogos. Esas

cosas no han obscurecido nunca la ruta de los que no han salido de

su camino natural para ir a buscarlas. Esas cosas son la coqueluche,

el sarampión del espíritu, y los que no las han padecido no pueden

describirlas ni señalarles remedios. Un espíritu sencillo y natural

no conoce esos enemigos. Distinta cosa es poder explicar nuestra fe y

la teoría de nuestra libertad, de nuestra unidad, de nuestra "unión

con nosotros mismos". Esto exige dones no comunes. Sin embargo,

aun en ese conocimiento de sí, puede haber una fuerza virgen y una

integridad natural que empuje nuestras creencias: nos bastan algunos

instintos poderosos y algunas reglas simples". La personalidad

intelectual y moral se forma espontáneamente, burlándose de nuestra

voluntad de nutrirla con artificios: "Los estudios metódicos, los

años de educación profesional y académica, no han proporcionado a

mi experiencia mejores datos de los que he aprendido en algún libro

tonto, leído a hurtadillas bajo los bancos de la clase de latín. Lo que

no llamamos educación suele ser más precioso que lo así denominado.

Cuando nos llega una impresión o un dato nuevo no podemos sospechar la

importancia que él tendrá para nosotros". _Ergo_: hay que dejar obrar

espontáneamente la naturaleza, confiando en ella, no contrariándola.

"Igualmente--continúa--nuestra naturaleza moral está viciada por la

intervención artificiosa de nuestra voluntad. Hay personas que se

representan la virtud como una lucha, y que se dan aires de héroes

para calificar sus méritos penosos; y cada vez que aparece una noble

personalidad, se devanan los sesos para discutir si no tiene más mérito

el malo que vive luchando contra la tentación. No se trata de apreciar

el mérito. O Dios está allí, o no está. Amamos a los caracteres en

proporción de su espontaneidad, de su fuerza de impulsión. Cuanto menos

conoce un hombre sus virtudes, cuanto menos piensa en ellas, tanto más

lo amamos. Las victorias de Timoleón son las mejores: ellas fluían como

los versos de Homero, al decir de Plutarco. Cuando vemos un espíritu

cuyos actos son todos grandes, graciosos, tan agradables de ver como

si fueran rosas, agradezcamos a Dios que cosas así puedan existir y

existan, no le pongamos mala cara, no le digamos: tal desgraciado,

con sus resistencias gruñonas y todos sus diablos íntimos, vale más

que tú". De esas reflexiones, y de otras semejantes, deduce Emerson

su optimismo moral, como posibilidad del perfeccionamiento humano

acercándose a las leyes de la naturaleza: "esas observaciones nos

demuestran forzosamente que nuestra vida podría ser más simple y más

dulce de lo que la hacemos; que el mundo podría ser más feliz de lo

que es; que no hay necesidad de complicar la existencia con luchas,

convulsiones, desesperanzas, llantos y sufrimientos; que somos los

inventores de nuestros propios males. Nosotros nos ocupamos en romper

el optimismo de la naturaleza; cada vez que trepamos a una cumbre para

mirar el pasado, o que un espíritu de nuestro siglo, el más sabio entre

nosotros, nos eleva hasta su misma altura, nos damos cuenta de esta

verdad fundamental: estamos rodeados de leyes que se cumplen por sí

mismas".

Creo necesario expresaros una impresión personal sobre el optimismo

de Emerson. Cuando por vez primera visité la Universidad de Harvard,

en compañía del naturalista argentino Cristóbal Hicken, accedió éste

gentilmente a mi deseo de comenzar por el Departamento de Filosofía,

cuyo nombre, _Emerson Hall_, duplicaba mi interés. Dos metros de

nieve habían caído aquella mañana de Enero y continuaba la nevisca

encapotando el cielo; en la penumbra del amplio vestíbulo divisamos

la estatua del eticista y fuimos instintivamente hacia ella. Hubo un

minuto de contemplación muda.--¡Era un roble! exclamó el botánico;--Por

eso fué optimista, comenté con mi experiencia de psicólogo.

En mi libreta de viaje consigné la anécdota; es una explicación

psicológica del optimismo, tal vez la más importante. Los hombres sanos

de cuerpo y de mente son, generalmente, optimistas y afirmativos; los

enfermos y los desequilibrados suelen ser pesimistas y escépticos.

La salud es bondad, tolerancia, firmeza, simpatía, solidaridad,

admiración; los temperamentos equilibrados ignoran la maldad, la

persecución, la inconstancia, el odio, el egoísmo, la envidia. Emerson

tuvo la moral que correspondía a su salud y a su equilibrio: sus

ideales fueron la resonancia harmónica de una hermosa Naturaleza en un

Organismo ejemplar.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 22 / 51 题