La inexactitud del lenguaje corriente, que hemos señalado ya tantas
veces, nos obligará a detenemos sobre el sentido _optimista_ atribuído
generalmente a la ética emersoniana. Desde el punto de vista filosófico
debieran considerarse optimistas aquellas doctrinas que contemplan
el universo como una obra perfecta y deducen de ello que la vida del
hombre en nuestro planeta se desenvuelve en la mejor de las formas
posibles: "todo sucede inmejorablemente en el más inmejorable de los
mundos". Así se pensaba, más o menos, en la Academia y en el Pórtico,
en la escuela de Alejandría, así lo creyeron Anselmo y Tomás, y así
también se inclinaron a mirar las cosas Descartes y Leibnitz. Si
hubieran dicho que nada puede ser distinto de como es, omitiendo
todo juicio calificativo, su opinión equivaldría a reconocer la
determinación natural de lo existente y que el deseo humano no influye
para nada sobre la constitución del universo. El mismo concepto de la
harmonía universal quedaría reducido a la comprobación de que todo lo
existente está ordenado conforme a reglas generales que concuerdan con
ciertos resultados de la lógica matemática considerados como formas
de razonamiento perfecto. Las aplicaciones éticas de este optimismo
conformista, que en Plotino llega hasta pretender que son grandes
bienes para el hombre la cárcel, las guerras, las epidemias y la
misma muerte, han sido, en todo tiempo, objeto de críticas risueñas;
Voltaire, en su _Cándido_ famoso, dijo la última palabra, que nadie ha
podido contradecir eficazmente.
Filosóficamente, la doctrina contraria--nótese bien, contraria--al
optimismo, sería la doctrina del progreso o de la perfectibilidad, que
fué, como sabemos, uno de los temas habituales del sansimonismo; es
un presupuesto necesario, en definitiva, en la conducta de todos los
reformadores militantes. Como tal domina en Emerson y en Echeverría,
inspirados en las mismas fuentes del romanticismo social francés.
El uso, árbitro del lenguaje, ha dado al término _optimismo_ una
significación contraria a la filosófica; cuando se dice que alguien es
optimista se quiere significar su fe en el advenimiento futuro de un
bien mayor, implicando la posibilidad de una perfección. Es el valor
ético lo que caracteriza el vocablo, y no su sentido filosófico; y, en
verdad, los mismos filósofos no han desdeñado conciliar verbalmente una
cosa con su contraria, pues Leibnitz, en su _Teodicea_, procura enseñar
que el concepto de la perfección universal debe entenderse como una
perfectibilidad infinita de todo lo creado.
Emerson, como reformador, cree que lo existente no es perfecto en sí,
pero afirma que marcha hacia un perfeccionamiento inevitable, que para
el hombre, en particular, se traduce en una dignificación de su vida.
Todo lo que existe está sujeto a una ley de mejoramiento progresivo,
de donde se infiere el advenimiento inevitable de un bien cada vez
mayor, mensurable por ese conjunto de satisfacciones naturales en que
el hombre hace consistir su felicidad. Afirmar la soberanía de la moral
significa, precisamente, poner como base de la conducta humana la
adaptación a ese mayor bien posible, que aumenta la felicidad de todos;
y la inmoralidad, el vicio, el crimen, sólo se conciben como actitudes
contrarias a esa adaptación. "Cada línea de la historia--dice--inspira
la convicción de que nosotros no podemos avanzar mucho tiempo en el
error o en el mal, pues las cosas tienden a enderezarse por sí mismas.
La moral que surge de cuanto aprendemos es que todo justifica la
Esperanza, madre fecunda de las reformas. Nuestro rol, evidentemente,
es el de no sentarnos hasta vernos convertidos en piedras, sino de
acechar las auroras de todos los amaneceres sucesivos, colaborando a
las nuevas obras de los días nuevos". Se trata, explícitamente, de
no contemplar la vida humana como la mejor de las cosas en el mejor
de los mundos--que sería el optimismo filosófico--sino de afirmar su
perfectibilidad incesante en el porvenir: lo que actualmente suele
llamarse "optimismo social".
Hay una posición secundaria, muy interesante, en la ética emersoniana:
la negación del mal, de la culpa y del pecado. Para Emerson el mal no
existe en el mundo como entidad positiva, sino como ausencia de bien.
Lo que suele llamarse mal sería un simple no bien o menos bien; la
maldad humana sería una incapacidad para la virtud, una ausencia de
fe en el bien o de "gracia" natural, concebida como aquella fe que
Juan Agrícola oponía a Lutero, contra la ley, en la disputa de los
"antinomianos"; o como aquella otra gracia divina de Malebranche, que
fué mística manzana de discordia entre Bossuet y Fenelón.
Con dos diferencias fundamentales, empero. Emerson concibe la aptitud
meliorativa como una cualidad de la misma Naturaleza humana; y afirma
que esa verdadera gracia natural puede adquirirse y desarrollarse
porque el hombre, siendo él mismo una parte de la divinidad, lleva
en sí la capacidad para el bien, una partícula de gracia capaz de
florecer... Me detengo, en este punto, temeroso de que en mi deseo de
explicaros lo que el mismo Emerson no entiende con exactitud, acabéis
por perder la visión clara del conjunto, única que nos interesa.
Bástenos saber que él niega la existencia de un mal en lucha eterna
con el bien, del clásico Arimán contra Ormuz, del Diablo contra
Dios, del Infierno contra el Cielo, y que se inclina a pensar que
en los buenos y en los malos sólo deben verse grados distintos de
divinidad en acción, de acercamiento a la naturaleza, de fusión en
la _Over-Soul_, o Alma Suprema, cuyo carácter podréis deducir del
siguiente párrafo: "La Crítica suprema de los errores del pasado y del
presente, y el único profeta de lo que será, es esa gran Naturaleza
en la cual reposamos como la tierra reposa dulcemente en los brazos
de la atmósfera; esa Unidad, esa Alma Suprema, en la cual cada sér
está contenido y unificado, une a los demás; ese corazón común, del
que toda conversación sincera es el culto y al que es un sometimiento
toda buena acción; esa omnipotente realidad que confunde nuestras
habilidades y nuestro ingenio, obligándonos a ser lo que realmente
somos, a revelarnos por nuestro carácter y no por nuestras palabras,
y que tiende de más en más a transfundirse en nuestros pensamientos y
en nuestras acciones, para convertirse en sabiduría, virtud, poder y
belleza. Nuestra vida se compone de sucesiones, de divisiones de partes
y de partículas. Sin embargo, el hombre es el alma de todo; y ese
poder profundo en el cual existimos y cuya beatitud nos es totalmente
accesible, no sólo es completo por sí mismo (_self sufficing_) y
perfecto en cada momento, mas es simultáneamente el acto de ver y la
cosa vista, el espectador y el espectáculo, el sujeto y el objeto.
Vemos el mundo pieza a pieza: el sol, la luna, el animal, el árbol;
pero el todo, de que esos cosas son las partes salientes y radiantes,
el todo es el Alma. Sólo por la visión de esa sabiduría podemos leer
en el horóscopo de las edades; y solamente volviéndonos hacia nuestros
mejores pensamientos, cediendo al espíritu profético innato en cada
hombre, podemos comprender las advertencias de esa sabiduría" (_El Alma
Suprema_). Esta cita debemos traducirla: "el Alma de la Naturaleza, de
que el hombre mismo es parte, marca el camino hacia la perfección". Es
más sencillo, sin duda; pero, como sabéis, una de las cosas hasta ahora
más admiradas por la humanidad ha sido el arte de nublar con retóricas
obscuras las cosas más claras, sin darse cuenta de que sólo llegan a
hablar claramente los que piensan con claridad.
Procediendo como un juez, que entre cien testimonios divergentes
o contradictorios consigue al fin restaurar una verdad aproximada,
nosotros podemos encontrar una posición de equilibrio a través de las
numerosas oscilaciones que sufre el pensamiento de un filósofo o de
un moralista. Para ello debemos distinguir los conceptos definidos y
las divagaciones puramente verbales, tan frecuentes en Emerson como
en todos los retóricos. En uno de sus ensayos (_Leyes del Espíritu_)
define bien su concepto de la _naturalidad del instinto moral_, que
es dominante en toda su ética. "La vida intelectual puede conservarse
sana y clara, si el hombre vive la vida de la naturaleza y si no
introduce en su espíritu dificultades que para nada le sirven. Nadie
debe atormentarse con inexplicables especulaciones. Que el hombre
haga y diga lo que emana estrictamente de él mismo y por ignorante
que sea no será su naturaleza la que le traiga dudas y obstáculos.
Nuestros jóvenes sufren a causa de los problemas teológicos del pecado
original, el origen del mal, la predestinación y otros análogos. Esas
cosas no han obscurecido nunca la ruta de los que no han salido de
su camino natural para ir a buscarlas. Esas cosas son la coqueluche,
el sarampión del espíritu, y los que no las han padecido no pueden
describirlas ni señalarles remedios. Un espíritu sencillo y natural
no conoce esos enemigos. Distinta cosa es poder explicar nuestra fe y
la teoría de nuestra libertad, de nuestra unidad, de nuestra "unión
con nosotros mismos". Esto exige dones no comunes. Sin embargo,
aun en ese conocimiento de sí, puede haber una fuerza virgen y una
integridad natural que empuje nuestras creencias: nos bastan algunos
instintos poderosos y algunas reglas simples". La personalidad
intelectual y moral se forma espontáneamente, burlándose de nuestra
voluntad de nutrirla con artificios: "Los estudios metódicos, los
años de educación profesional y académica, no han proporcionado a
mi experiencia mejores datos de los que he aprendido en algún libro
tonto, leído a hurtadillas bajo los bancos de la clase de latín. Lo que
no llamamos educación suele ser más precioso que lo así denominado.
Cuando nos llega una impresión o un dato nuevo no podemos sospechar la
importancia que él tendrá para nosotros". _Ergo_: hay que dejar obrar
espontáneamente la naturaleza, confiando en ella, no contrariándola.
"Igualmente--continúa--nuestra naturaleza moral está viciada por la
intervención artificiosa de nuestra voluntad. Hay personas que se
representan la virtud como una lucha, y que se dan aires de héroes
para calificar sus méritos penosos; y cada vez que aparece una noble
personalidad, se devanan los sesos para discutir si no tiene más mérito
el malo que vive luchando contra la tentación. No se trata de apreciar
el mérito. O Dios está allí, o no está. Amamos a los caracteres en
proporción de su espontaneidad, de su fuerza de impulsión. Cuanto menos
conoce un hombre sus virtudes, cuanto menos piensa en ellas, tanto más
lo amamos. Las victorias de Timoleón son las mejores: ellas fluían como
los versos de Homero, al decir de Plutarco. Cuando vemos un espíritu
cuyos actos son todos grandes, graciosos, tan agradables de ver como
si fueran rosas, agradezcamos a Dios que cosas así puedan existir y
existan, no le pongamos mala cara, no le digamos: tal desgraciado,
con sus resistencias gruñonas y todos sus diablos íntimos, vale más
que tú". De esas reflexiones, y de otras semejantes, deduce Emerson
su optimismo moral, como posibilidad del perfeccionamiento humano
acercándose a las leyes de la naturaleza: "esas observaciones nos
demuestran forzosamente que nuestra vida podría ser más simple y más
dulce de lo que la hacemos; que el mundo podría ser más feliz de lo
que es; que no hay necesidad de complicar la existencia con luchas,
convulsiones, desesperanzas, llantos y sufrimientos; que somos los
inventores de nuestros propios males. Nosotros nos ocupamos en romper
el optimismo de la naturaleza; cada vez que trepamos a una cumbre para
mirar el pasado, o que un espíritu de nuestro siglo, el más sabio entre
nosotros, nos eleva hasta su misma altura, nos damos cuenta de esta
verdad fundamental: estamos rodeados de leyes que se cumplen por sí
mismas".
Creo necesario expresaros una impresión personal sobre el optimismo
de Emerson. Cuando por vez primera visité la Universidad de Harvard,
en compañía del naturalista argentino Cristóbal Hicken, accedió éste
gentilmente a mi deseo de comenzar por el Departamento de Filosofía,
cuyo nombre, _Emerson Hall_, duplicaba mi interés. Dos metros de
nieve habían caído aquella mañana de Enero y continuaba la nevisca
encapotando el cielo; en la penumbra del amplio vestíbulo divisamos
la estatua del eticista y fuimos instintivamente hacia ella. Hubo un
minuto de contemplación muda.--¡Era un roble! exclamó el botánico;--Por
eso fué optimista, comenté con mi experiencia de psicólogo.
En mi libreta de viaje consigné la anécdota; es una explicación
psicológica del optimismo, tal vez la más importante. Los hombres sanos
de cuerpo y de mente son, generalmente, optimistas y afirmativos; los
enfermos y los desequilibrados suelen ser pesimistas y escépticos.
La salud es bondad, tolerancia, firmeza, simpatía, solidaridad,
admiración; los temperamentos equilibrados ignoran la maldad, la
persecución, la inconstancia, el odio, el egoísmo, la envidia. Emerson
tuvo la moral que correspondía a su salud y a su equilibrio: sus
ideales fueron la resonancia harmónica de una hermosa Naturaleza en un
Organismo ejemplar.