Muy característico entre los ensayos de Emerson es, sin duda, el
titulado _Confianza en sí mismo_. Su tono individualista llega, por
momentos, a parecer antisocial; es el más citado por los místicos
anarquistas y recuerdo que en mi adolescencia fué el primero que leí,
inducido a ello por un condiscípulo ácrata.
El ensayo es, rigurosamente, un sermón por su estilo declamatorio,
obsecrativo en ciertos pasajes; su verdadero tema es _la expansión de
la personalidad humana_. Habitualmente sólo la mostramos a medias,
condescendiendo a la hipocresía social: "se diría que tenemos vergüenza
de ese pensamiento divino que cada uno de nosotros representa. Es
necesario, sin embargo, confiar en ella con seguridad, considerándola
proporcionada a nuestras fuerzas y segura de no fracasar, con tal que
la interpretemos fielmente. Dios no quiere que su obra sea realizada
por cobardes. Un hombre se siente aliviado y contento cuando ha puesto
todo su corazón en su obra, cuando ha hecho lo mejor que podía. Lo
que ha dicho y hecho de otro modo, no lo satisface". Es el grito del
romanticismo individualista, la palabra de rebelión que reivindica
los derechos de la personalidad contra toda coacción social: "_Cree
en tí mismo_: vibre todo corazón a este llamado inflexible. Acepta el
sitio que el destino te ha dado, la sociedad de tus contemporáneos,
el encadenamiento de los sucesos. Los grandes hombres lo han hecho
siempre, confiándose como niños al genio de su época, reflejándolo
en sus obras; esa confianza absoluta penetraba en sus corazones y
la misión de trabajar por sus manos dominaba todo su ser. Nosotros
también somos hombres y debemos aceptar, en su sentido más elevado,
ese mismo destino sublime; no somos menores ni inválidos refugiados en
un rincón de asilo, ni cobardes fugitivos ante una revolución, sino
guías, salvadores, benefactores, obedeciendo a un esfuerzo omnipotente
y avanzando sobre el caos de las tinieblas". El egotismo no fué mayor
en Stendhal o en Vigny; es digno, por su tono, de compararse con el de
Stirner o Nietzsche.
Su paralelo entre la libertad del niño y la esclavitud del hombre
es interesante. El niño hace lo que quiere con espontaneidad y dice
naturalmente lo que piensa. "Un niño en un salón es como un banquero en
una casa de juego: independiente, irresponsable, mira desde su rincón
a las gentes que pasan, juzgándolas, pronunciando su sentencia según
sus méritos, y calificándolas con la sumaria viveza de los niños,
en buenos, malos, interesantes, tontos, aburridos. No estorbándole
su interés ni las consecuencias de sus palabras, da su veredicto
independiente y sincero. Hacedle la corte, si queréis; él no os la hará
nunca. El hombre, en cambio, está, por decir así, aprisionado por su
experiencia. En cuanto habla o hace cosas significativas, está perdido;
queda vigilado por el odio o la simpatía de muchos centenares de
hombres, cuyos juicios y sentimientos gravitan sobre él para siempre".
Si continuara observando y juzgando, desde lo alto de su inocencia
natural, ese hombre podría ser una personalidad formidable y su palabra
llegaría al oído de todos como un dardo; pero la sociedad conspira,
en todas partes, contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La
sociedad es como una compañía de accionistas que se entienden para el
progreso del conjunto, sacrificando la libertad y la expansión de cada
uno: "la virtud más deseada es la _conformidad_ con los demás; se llega
a odiar a los que confían en sí mismos. No son las cualidades reales
y los espíritus creadores, los que allí se ama, sino las reputaciones
y los intereses creados. El que quiere ser un hombre debe ser un
_no-conformista_. El que quiera adquirir palmas de inmortalidad no debe
dejarse detener por lo que se llama convencionalmente el bien; debe
averiguar por sí mismo si lo es realmente. Nada es sagrado fuera de la
integridad de vuestra propia conciencia moral. Si os podéis absolver
vos mismo, tendréis el sufragio del mundo".
Meditad las tres últimas frases: son la sinopsis de su moral sin
dogmas. La obligación y la sanción no emanan ya de lo sobrenatural,
sino del hombre. La clásica _confianza en Dios_ de las morales
teológicas se ha convertido en la _confianza en sí mismo_; y es el
hombre ahora la única divinidad que dirige la experiencia moral.
Observa que, en la apreciación popular, las virtudes son más bien
la excepción que la regla: existe el hombre y existen las virtudes,
por separado. Los hombres hacen lo que llaman buenas acciones, como
si pagaran un impuesto para ser bien juzgados. "Sus virtudes son
penitencias. Yo no quiero expiar, sino vivir. Mi vida existe por sí
misma y no para darla en espectáculo. Prefiero dejarle un curso modesto
pero igual y natural, a hacerla brillante y contradictoria. La quiero
sana y dulce, y no irregular, precisada de dietas y sangrías". El
juez de la propia virtud debe ser uno mismo, sin esperar el juicio
de los demás sobre las propias acciones. "No consiento en pagar como
un privilegio, lo que considero mi derecho intrínseco". "Lo que debo
hacer es cosa que concierne a mi personalidad y no lo que las gentes
creen que debo hacer". "En la sociedad es fácil vivir ajustándose a la
opinión de los demás; vivir de acuerdo con la nuestra, sólo es posible
en la soledad. El gran hombre es aquél que conserva en el mundo, con
perfecta dulzura, la independencia de la soledad". Renunciemos a seguir
leyendo; sobre este último tópico hay una página casi perfecta (en _La
Ética Literaria_), la que empieza aconsejando al hombre de estudio que
abrace la soledad como una esposa.
En el ensayo sobre la confianza en sí mismo, Emerson se nos presenta en
la fase juvenil y negativa común a todos los románticos; su afirmación
de la personalidad es francamente hostil a toda solidaridad social. Es
un anarquista en el sentido más riguroso de la palabra, un stirneriano
antes de Stirner, un nietzcheísta antes de Nietzche.
Pero en Emerson, como en los más de los románticos, y especialmente en
los sansimonianos y los fourieristas, la rebelión contra el dogmatismo
social transformóse muy pronto en un verdadero y propio _mesianismo_,
en un anhelo de reforma social, de reconstrucción conforme a planos
ideales que siempre se pretenden fundamentados en la observación de
la realidad social. Si no queremos estudiar esa evolución en Leroux o
Fourier, en quienes aparece evidente, bástenos comparar el Echeverría
quejumbroso y descorazonado, el poeta romántico del año treinta, con el
Echeverría profético y optimista de la "Asociación de Mayo". En todo el
mundo la segunda generación romántica engendró una corriente política
y de acción, el romanticismo social, que en Emerson fué predominante
en la época del "Club de los Trascendentales". Fué entonces cuando
vió que la renovación moral del hombre, su perfeccionamiento, sólo
era posible por la renovación global de la sociedad; desde esa época,
como complemento de la educación individual por la confianza en sí
mismo, señala la educación social para la solidaridad y la justicia. Y
así como antes viera el más alto fin de la ética en la reintegración
del hombre a la armonía de la naturaleza, comprendió que la sociedad
humana podía volver también a esas fuentes, poniéndose el individuo y
la sociedad juntos en un mismo camino de perfección, adaptándose a la
verdad, tal como la naturaleza la presenta a nuestra experiencia.
Afirmando la intensa profundidad de toda vida humana, Emerson ha
enseñado a amar la vida, mostrando que la personalidad más humilde es
susceptible de embellecerse y dignificarse, si sabe buscar en sí misma
las fuerzas morales de su propio encumbramiento. No es el rango, no
es la fortuna, no es el poder, lo que hace la grandeza de un hombre,
sino su capacidad de ser intensamente tal como es por su naturaleza,
expandiéndose espontáneamente, por la fuerza de su savia interior,
sin torcerse bajo el peso de las coacciones sociales que espolonean
la mentira y fomentan la vanidad. En esta orientación sus palabras
alcanzan un tono místico, mezcla de poesía íntima y de exaltación
egotista, que, sin embargo, no le impide reiterar su obsecuencia a
la verdad y predicar todas las virtudes útiles a la vida social, al
trabajo, a la fraternidad, a la paz, a todo lo que se estima provechoso
para mejorar la existencia de la humanidad. Fuerza es reconocer que,
juzgado en conjunto, difícilmente podría nombrarse un místico más
realista, ni un individualista más social. Su temperamento fué sin
cesar integrado por su experiencia.