En la lección anterior, sin copiar a sus numerosos biógrafos, ni
pretender substituirlos, bosquejamos la personalidad de Emerson;
para dar un interés argentino al examen de su acción y de su
pensamiento, aproximamos el esfuerzo renovador de los _Trascendentales_
norteamericanos con el ensayo fugaz de Echeverría, al fundar la
_Asociación de Mayo_, señalando sus semejanzas de inspiraciones y de
finalidades. Y recordando la relación de esa corriente renovadora
con la pedagogía social de Horacio Mann, evocamos las vinculaciones
personales e ideológicas de Sarmiento con el moralista de Concord.
Entremos, hoy, a examinar el contenido intrínseco del emersonismo,
procurando quintaesenciar en algunos principios concretos el
pensamiento vago y difuso de Emerson, que por la misma nebulosidad de
sus contornos suele ser objeto de interpretaciones heterogéneas.
Aunque fué eminente moralista, Emerson no puede ser llamado filósofo,
si es que este nombre debe tener un sentido más claro del que le
atribuyen los que no han estudiado ningún problema filosófico. Emerson
era orador y era poeta; mejor orador que poeta. Orador, tenía el
temperamento de los sofistas clásicos; era como éstos un periodista
hablado, un agitador de la opinión pública, un propagandista. Poeta, lo
era por temperamento, por su inclinación a las razones sentimentales
e imaginativas, con un temperamento muy superior a las poesías que
escribió, inferiores, sin duda, y sin admitir comparación, a las de
Longfellow o de Walt Whitman. Impregnado de la herencia religiosa común
a todos los pobladores de la Nueva Inglaterra, acentuábala en él la
circunstancia de pertenecer a una familia de pastores disidentes, en
que el ministerio evangélico se transmitió de padres a hijos durante
muchas generaciones. Emerson era un místico; el misticismo corría en
sus arterias y daba colorido a toda su personalidad moral.
La ética de Emerson, por su falta de armonía arquitectónica, es la
antítesis de la ética de Spinoza; carece de estructura y de sistema.
No hay claridad en sus preceptos ni exactitud en su método. Emerson
pertenece al tipo de los grandes predicadores, tiene más de inspirado
que de lógico, más de profeta que de sabio. Habla al sentimiento
siempre, rara vez a la inteligencia; trata problemas que interesan
al gran público, despreocupándose de los que entretienen a los
metafísicos; predica para la humanidad entera, viéndola a través de
su pueblo; para ello, se pone a su nivel. Quiere encender en todos
sus oyentes el culto de la moral, con abstracción de cualquier dogma
o doctrina religiosa; pasa así de una razón a la contraria, emplea
imágenes, muestra ejemplos, aprovecha los sentimientos religiosos de la
mayoría para orientarlos en el cauce de la ética pura, sin preocuparse
nunca de ser coherente y ordenado, sin tomar ninguna posición fija
ante los problemas insolubles, contradiciéndose en todo lo que no le
interesa, si ello converge a su objetivo único: llevar a todos un
mensaje básico: _la soberanía de la moral_. Basta leer su ensayo así
titulado para corroborar lo que decimos; en vano se buscaría en él,
cediendo a la sugestión del título, una concreción clara de lo que es,
sin embargo, la nota fundamental en el conjunto de sus escritos.
Emerson no era, pues, un filósofo; ni malo ni bueno, no lo era. Los
que estudiamos filosofía tenemos el derecho de reservar este nombre
a la investigación de los problemas generales más distantes de la
experiencia actual o posible, que escapan a los métodos de las ciencias
y exceden sus límites: lo que en todo tiempo y lugar ha constituído el
dominio de la metafísica. Y aunque concebimos que su horizonte, y las
premisas para estudiar sus problemas, varían incesantemente en la justa
medida en que se enriquece la experiencia, que le sirve de fundamento
y punto de partida, no podemos llamar filósofos a los retóricos que
agitan los sentimientos sociales, ni a los simples eruditos que viven
rumiando la historia de las doctrinas filosóficas pasadas. Cousin,
propagandista, y Zeller, historiador, no tienen rango alguno como
filósofos, aunque sean de alabar la retórica del uno y la erudición
del otro. ¿A quién se le ocurriría llamar poeta a un profesor de
declamación o de literatura?
Filósofo es el que da nuevas soluciones a los problemas filosóficos,
o los plantea diversamente, o renueva con originalidad las soluciones
ya previstas. Si no lo entendiéramos así acabaríamos por creer, como
las mundanas y los periodistas, que hay filosofía del buen gusto, de
la esperanza, de la sensibilidad, del coraje, de la felicidad o de la
adivinación, problemas, todos, que por su misma vaguedad deleitan y
entretienen a los que nunca podrían entender una página de Platón, de
Tomás, de Spinoza o de Hegel.
Emerson tuvo el buen sentido de no confundir su ética con una
filosofía. Movíase en el dominio de las creencias y no en el de las
doctrinas; procuraba dar nueva dirección al ancestral misticismo
humano, sin abordar problema alguno gnoseológico o metafísico. Por
eso, poniéndose a cubierto de toda crítica, dijo simplemente: "_en el
orden moral las verdades no se demuestran_". Habría sido menos inexacto
diciendo: la eficacia de las creencias, para la acción, no depende
de su veracidad. Pero Emerson no habló nunca un lenguaje exacto, ni
siquiera tuvo, como Spinoza, el deseo de hacerlo.
Renunciando a inventarle a Emerson un sistema filosófico, podemos
examinar su posición dentro de la ética, señalando los _leit-motif_ que
reaparecen con insistencia en la serie de sus escritos; y aunque no
podemos hablar de sus doctrinas, señalaremos su actitud personal frente
al mayor de los problemas filosóficos, ya que de ella parten sus más
interesantes deducciones éticas.
En otra lección examinaremos las resonancias sociales del emersonismo
sobre la evolución de la experiencia moral.