En sus cartas de Boston, de 1865 (Vol. XXIX, de sus _Obras_:
"Ambas Américas"), Sarmiento refiere con admiración casi mística las
impresiones de su permanencia en Concord, entre los amigos de Emerson.
"Necesitaría muchas páginas--le escribe a Aurelia Vélez--para narrar
todo lo que ha pasado de bello, de grande, de útil, en estos ocho días,
por mis sentidos, por mi corazón, por mi espíritu. Son cuadros vistos
con vidrios de aumento en que parece asistimos a un mundo de gigantes,
que está delante, sin ser el nuestro. Fuí a Concord, verdadera aldea,
sin alumbrado y sin embargo bellísima, en medio de la naturaleza de
otoño, que me habrá oído es aquí de una belleza sobrenatural, por los
colores vivísimos que reviste la vegetación al aproximarse el invierno;
y usted sabe que gozo con estos espectáculos. En esta simple aldea
viven algunas reputaciones literarias. La señorita Peabody, escritora
de libros de educación. Waldo Emerson, poeta y filósofo. La señora Mann
me ha recibido como a uno de la familia, con la simplicidad de la Nueva
Inglaterra, donde todos son hermanos, con el cariño y la solicitud
de una antigua amiga... Fuimos al día siguiente a Lexington a ver el
establecimiento de educación del doctor Lewis para mujeres. Vuelve
este país a los tiempos de la Grecia, dando a los juegos gimnásticos
una grande atención. Los que ví ejecutar a las niñas aseguran la mayor
perfección de la raza, por la fuerza, la belleza y la gracia. Al día
siguiente comí con Waldo Emerson, a quien había mandado el _Facundo_.
Este libro me sirve de introducción. Si ser Ministro no vale para
todos, ser educacionista es ya un gran título a la benevolencia de
este pueblo de profesores y de maestros... De casa de la señora Mann
me llevaron a Cambridge, la célebre Universidad, donde he pasado dos
días de banquete continuo, para ser presentado a todos los eminentes
sabios que están allí reunidos: Longfellow, el gran poeta, que habla
perfectamente el español; Gould, el astrónomo, amigo de Humboldt;
Agassiz, hijo, a quien pronostican mayor celebridad que al padre;
Hill, el viejo presidente de la Universidad. ¡Cómo se gozaría su
padre en este seminario de ciencias y de estudios clásicos, con una
biblioteca por templo y una villa entera de escuelas para todos los
ramos del saber humano!", (pág. 65 y sig.). Estas impresiones se
repiten, ya que no pueden aumentarse, en otras cartas, especialmente
en la publicada con el título: "Una aldea norteamericana.--Las
mujeres.--Emerson.--Longfellow.--La nieve" (pág. 80 y sig.). De
sus conversaciones con el gran eticista, merece transcribirse este
interesante párrafo: "Entre los hombres notables de la educación
pública, aquí está el viejo Emerson, que fué uno de los cinco que
emprendieron hace treinta años mejorar las escuelas, y elevarlas al
rango a que han llegado hoy. Es ahora un monumento público, este
hombre, a quien rodea como una aureola la veneración pública. En
larguísimas conferencias que hemos tenido sobre materia que tanto nos
interesa a ambos, me ha hecho una observación que quiero trasmitir
aquí, para que la tengan presente. En cuarenta años de trabajos en
la difusión de la enseñanza, me dijo, un hecho se me ha presentado
constante en todas partes; y es que es inútil rentar las escuelas,
organizarlas, inspeccionarlas, si en cada villa, población o ciudad,
no hay un vecino que las cuide o visite por puro amor a la enseñanza.
Donde quiera que las escuelas van bien estamos seguros que hay un
buen filántropo que no las pierde de vista; donde van mal, es porque
falta; y como absorbidos por la conversación, hubiérase casi apagado la
chimenea, al atizar el casi extinguido fuego, me dijo, señalándolo: así
son las escuelas, si no se atienden se apagan." (Obras, XXIX, 84). No
cabe duda que este pensamiento de Emerson, sobre la cooperación vecinal
para el éxito de las escuelas del estado, preocupó a Sarmiento; muchos
años más tarde, con motivo de inaugurarse una biblioteca popular en
San Fernando, repite, en 1878, las opiniones del "anciano Emerson, de
Concord, célebre filósofo que, con Horacio Mann, había encabezado la
agitación de educación popular que acabó por generalizarse a todos los
Estados Unidos." (Obras, XLVII, 67).
Desde que lo conoció, tuvo Sarmiento una gran admiración por el
moralista sin dogmas, aunque eran tan distintos sus temperamentos,
pragmático el de aquél y místico el de éste. Es creíble que Sarmiento
oyera en Boston los últimos ecos de la maledicencia sectaria; no
pudiendo decir ya que Emerson era un pensador peligroso para la
sociedad, los conservadores habían resuelto desteñir su admiración
forzosa, declarándolo... demasiado metafísico. En otras memorias de
viaje, relativas a las escuelas, Sarmiento recoge el eco: "poeta y
autor de varias obras filosóficas que lo revelan pensador profundo,
y los que lo acusan de metafísico le reconocen, sin embargo, genio"
(Obras, XXX, 89). Influía, sin duda, en estos sentimientos la noticia
de que Emerson y Channing habían sido los mejores puntales de su amigo
Horacio Mann, durante su campaña educacional; y del segundo, en sus
notas sobre la vida de Mann, transcribe la carta de adhesión que le
escribiera en los momentos más difíciles (Obras, XLIII, 346). De allí
también su persistente simpatía por el _unitarismo_, que veinte años
atrás le parecía encarnar el porvenir ético de los Estados Unidos y
a cuyas ceremonias religiosas volvió a asistir en su segundo viaje:
"Estoy invitado a la comisión de los _Unitarios_, cuyo órgano es el
"Liberal Christian". Su objeto es reunir todas las disidencias en
una, que las contiene a todas: la caridad cristiana. Yo le había
pronosticado hace veinte años a esta secta el porvenir; y lo saben
ellos". Frecuentó también a los _unitarios radicales_; es interesante
ver cómo los juzga: "Al día siguiente, uno de los editores de _El
Radical_ va a mi hotel, para hacerme tomar parte en los ejercicios
del ala izquierda de los liberales. Éstos van mucho más allá de
cuanto había esperado. Seis predicadores se suceden ante una numerosa
audiencia, la mayor parte de señoras. Nosotros somos cristianos, dice
devotamente uno de ellos. Somos sólo hombres, en comunicación con Dios,
nuestro padre común, sin intermediarios. Jesús llenó su grande misión,
en proporción de su época y al desarrollo de la humana inteligencia.
La doctrina no está hoy en armonía con los datos de la ciencia y su
obra no ha podido en diez y ocho siglos afectar ni modificar sino a
una pequeña parte de la humanidad. Somos más felices que nuestros
hermanos de otras sectas. No aborrecemos a nadie por causa de Jesús...
Seis sermones a la tarde y otros seis a la noche, completaron los
ejercicios. Yo asistí a todos, admirando este profundo sentimiento
religioso que mantiene en actividad la mente y el corazón de este
pueblo. Nosotros, ni cristianos somos. Convenido como está que hemos
nacido católicos, y que fuera del girón de la Iglesia no hay salvación,
descansamos en la dulce y consoladora esperanza de que todos los demás
se condenarán. ¡Ay! son mil millones de seres humanos los que no
entran en la geografía católica: cuestión de geografía, la salvación"
(_Obras_, XLIX, 291).
Fuerza es abreviar los recuerdos y las citas. En su momento de más
terrible lucha pedagógica, Sarmiento, viejo ya de años, estaba más
joven que nunca por sus ideales, por su valor bravío; 1882, la hora
de agitarse la conciencia nacional para afirmar definitivamente el
espíritu laico de la enseñanza impartida por el Estado. Era la época
en que el canónigo Piñero, para asociarse a la campaña de la iglesia
romana contra la escuela argentina, quemaba en Santiago la biblioteca
del Colegio Nacional, cometiendo "el último auto de fe ocurrido entre
los católicos, en toda la redondez de la tierra, a fines de este siglo,
y debe ser conocido el hecho, proclamado y anunciado al mundo y a su
Santidad, para la canonización de este héroe de la necedad humana!".
Sarmiento recordó, con ese motivo, que en Norte América, habiendo
reclamado los católicos contra la lectura de los Evangelios en las
escuelas del Estado, sin los comentarios católicos, se reunió un
Consejo de personajes de otras religiones para decidir el punto; y los
más, Emerson entre ellos, declararon que debía suprimirse la lectura de
textos religiosos que no concordaren con la doctrina de los católicas,
ya que éstos, como toda otra minoría, religiosa o no, tenían el derecho
de que el Estado respetara sus creencias al dar educación a sus hijos
(_La Escuela Ultrapampeana_, XLVIII, 158).
En los mismos días de evocar su ejemplo en favor de la enseñanza sin
dogmas, se apagaba en Concord, el 27 de abril de 1882, la existencia
del eticista. Sarmiento, en un breve artículo expresivo, escribió un
cariñoso adiós al que volvía al seno de su Naturaleza adorada, donde
ya le habían precedido casi todos sus compañeros de ideales y de acción.
El 26 de junio apareció en "_El Nacional_" de Buenos Aires
aquella página conmovida: _Emerson. ¡Los dioses se van!_... "Decíase de
Emerson que era una cabeza griega sobre cuadradas espaldas yankees. La
opinión general es, ahora, que durante cuarenta años, después de veinte
opuestos a sus doctrinas, él ha tenido la dirección de los espíritus en
Norte América y ha visto formarse una escuela de ideas emersionianas.
Vivió siempre en Concord, pretendiendo que, como poeta, debía vivir
bajo las influencias directas de la Naturaleza... Vivimos en tiempos
felices, en que el talento del escritor, y las ideas que difundió en
torno suyo, no quedan por largo tiempo estancadas si fueran auspiciadas
por la pasión y el interés de la humanidad y del progreso. Hase dicho
que no hay genio sino en los trabajos que afectan a la especie humana
para su mejora... Una palabra desde el Río de la Plata, que va con
conciencia y amor a reunirse a los amigos de los Estados Unidos, no ha
de ser desatendida por los que sobreviven en Concord" (_Obras_, XLV,
374).
Así el formidable luchador del Sur saludaba al místico panteísta
del Norte, sabiendo que, de ser oída, ninguna palabra de este
hemisferio hubiérale sido más grata que la suya. Y hablaba, acaso
involuntariamente, como un discípulo, al titular _Los dioses se van_
su artículo de adiós a un hombre conspícuo en la evolución de la ética
moderna; eso había enseñado Emerson, en su concepción natural de la
divinidad, poniendo una partícula divina en cada ser humano, enseñando
a creerla perfectible, ascendente en virtudes, en santidad, hasta
confundirse el hombre en esa ideal harmonía de la Naturaleza que su
mente concebía como la esencia y el espíritu de Dios.
=ORIENTACIONES MORALES=
1. Una ética sin metafísica.--2. La crítica de las costumbres.--3.
Necesidad de caracteres firmes.--4. Disconformidad con todo
tradicionalismo.--5. Panteísmo.--6. Ética naturalista.--7. El
optimismo y la perfectibilidad.--8. La confianza en sí mismo.--9.
La bella necesidad.--10. Función social del no-conformismo.