Uno de sus primeros discursos--que, en cierto modo, resulta una
auto-presentación--se titula _El Hombre Reformador_; en él dominan el
interés por los problemas sociales y la simpatía por los hombres que
trabajan. Parécenos este ensayo el de mayor contenido sansimoniano,
el que preludia más claramente a la agitación Trascendentalista.
"Debemos revisar,--dice,--toda nuestra estructura social, el Estado,
la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y
examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros no
debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los
primeros hombres, sino preocuparnos de que se adapte a nosotros,
desprendiéndonos de toda práctica que no tenga sus razones en nuestro
propio espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre si no es para ser un
Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo el hombre, para renunciar
a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran
Naturaleza que a todas nos abraza sin descansar un instante sobre el
pasado envejecido, rehaciéndose a toda hora, dándonos cada mañana una
nueva jornada y una pulsación de vida nueva? Renuncie a todo lo que ya
no tiene por verdadero, remonte sus actos a su idea primera, nada haga
donde no comprenda que el Universo mismo le da razón". No puede ser más
firme y radical su pensamiento de poner bases nuevas a todo el orden
social, negando su adhesión a las rutinas tradicionales.
La conferencia _Sobre el tiempo presente_ es una de sus primeras
palabras decisivas. "Los dos partidos omnipotentes de la
historia--dice--el partido del Pasado y el partido del Porvenir,
dividen hoy la humanidad, como antes. He aquí la innumerable multitud
de los que aceptan el Gobierno y la Iglesia de sus predecesores
sin apoyarse en otro argumento que el de la posesión... Esa clase,
por numerosa que sea, reposando sobre el instinto y no sobre la
inteligencia, esa clase se confunde con las fuerzas brutas de la
naturaleza; y aunque es respetable bajo ese aspecto, sus miembros
carecen de interés para nosotros. El que despierta nuestro interés es
el disidente, el teorizador, el hombre de aspiraciones, el que deja esa
antigua región para embarcarse sobre un mar de aventuras". Y Emerson se
embarca, sin vacilaciones, como vamos a verlo.
Sus biógrafos--admiradores literarios o compatriotas
prudentes--parecen haberse convenido para ocultar este aspecto, para mí
simpático, de su personalidad viril. El Emerson anciano y venerable,
el que conoció Sarmiento, me parece digno del mayor respeto, pero
lo encuentro convencional, aburrido; el buen Emerson, de treinta,
de cuarenta años, el autor de _Nature_, el director de _The Dial_,
el animador de los Trascendentales, es el único Emerson legítimo.
Comprendo que para convertirle en genio nacional, grato a todos los
partidos, era menester despojarle de todo lo que podría desagradar a
los que siempre le miraron como un enemigo; pero así ya no es Emerson,
no es el Emerson apóstol y creador, sino un Emerson de escaparate
patriótico o de museo histórico, con todas las canas y los afeites con
que la humanidad rutinaria acostumbra engalanar a sus ídolos.
Léase el ensayo "_El Conservador_" que, además de su honda psicología,
contiene algunas páginas literarias excelentes. Es decisivo desde la
primera línea: "Los dos partidos que dividen el Estado, el partido
conservador y el partido innovador, son muy antiguos y se han disputado
la posesión del mundo desde que éste existe. La querella es el tema de
la historia de los pueblos. El partido conservador ha instituído las
venerables jerarquías y monarquías del viejo mundo. La lucha de los
patricios y de los plebeyos, de las metrópolis y de las colonias, de
las antiguas costumbres y de las concesiones a los hechos nuevos, de
los ricos y de los pobres, reaparece en todos los países y en todos
los tiempos. La guerra no hace estragos solamente en los campos de
batalla, en las asambleas políticas y en los sínodos eclesiásticos;
ella arde a toda hora y divide el corazón de cada hombre, solicitándolo
en opuestas direcciones. Sin embargo, el viejo mundo sigue girando,
se alternan los vencedores y el combate continúa renovándose como la
vez primera, bajo nombres distintos y con apasionados conductores. Un
antagonismo igualmente irreductible debe, naturalmente, estar arraigado
en la constitución humana con una profundidad correspondiente a su
fuerza. Es la oposición del Pasado y del Porvenir, del Recuerdo y de la
Esperanza, del Asentimiento y de la Razón. Es el antagonismo original,
la manifestación de dos polos en todos los detalles de la naturaleza".
Planteado así el problema, lo analiza magistralmente; me parece, entre
los ensayos emersonianos, uno de los más claros por su concepto y
de los más atrayentes por su estilo. No sigamos leyéndolo, pues no
sabríamos dejarlo hasta el final.
Las premisas que engendran la necesidad de _intensificar la educación
moral_ son, para Emerson, puramente prácticas y experimentales. La
observación del medio en que vive le lleva a comprobar una visible
disparidad entre el progreso material y el progreso moral, induciéndole
a analizar sus causas antes de aconsejar los remedios. Ante el
espectáculo de la civilización moderna que pone al servicio de una
parte creciente de la humanidad una serie de admirables inventos y
descubrimientos, afirma su fe en el progreso y saluda con palabras
jubilosas la disminución progresiva del sufrimiento material en el
mundo. Pero esa comprobación, lejos de satisfacerle plenamente,
le induce a preguntarse si el progreso moral de la humanidad ha
corrido parejo con sus adelantos técnicos, si el hombre civilizado
contemporáneo es más bueno que el de hace dos o cincuenta siglos, si
el coeficiente medio de moralidad social se ha elevado sobre el de
nuestros antepasados.
Su respuesta es negativa. Veinte siglos de cristianismo no han
aumentado la bondad individual de los hombres ni han aproximado las
sociedades al ideal de fraternidad predicado por Cristo.
Las iglesias cristianas, la anglicana lo mismo que la católica, la
calvinista lo mismo que las metodistas, le parecen ya insuficientes
para el progreso de la moralidad; en ellas el culto impera, mas la
fe en la virtud ha disminuído; la superstición ciega resiste a las
creencias iluminadas por la razón y los dogmas siguen domesticando
voluntades que los obedecen pero no los aman. El fervor en las formas,
en el ceremonial, en la liturgia, ha reemplazado a la sencilla piedad
primitiva, convirtiéndose cada iglesia en un partido político que
aspira a dominar la sociedad temporal, dividiendo a la humanidad en
fracciones que se odian en vez de reunirla en una sola y misma comunión
universal, toda de amor y de solidaridad.
Las costumbres sociales tienden a complicar inútilmente la vida,
apartando al hombre de la Naturaleza, que es la fuente única de su
felicidad. Lo superfluo y lo frívolo, disfrazados a menudo con el
nombre de refinamientos, aumentan de hora en hora la cantidad de
sacrificios estériles, tan indispensables para parecer como inútiles
para intensificar el ser. El hombre, acicatado por pasiones ambiciosas
y egoístas, da menos de sí a la comunidad y no encuentra en ella la
cooperación moral que le estimularía a emprender grandes cosas, bellas
y desinteresadas.
El mundo particular de los políticos profesionales le inspira terror.
¿Cómo es posible que el interés de camarillas, exentas de moral y
de ideales progresivos, pueda ser sobrepuesto al interés de toda la
nación, de toda la sociedad? ¿Y es admisible que ciertos hombres, no
siendo los más ilustrados ni los más morales, tengan el derecho de
administrar los frutos de la inteligencia y del trabajo de todos, como
si la sociedad tuviera que seguir pagando un impuesto feudal a esas
gavillas de bandoleros que han abandonado los caminos y las montañas
para refugiarse en las ciudades? ¿Y no prueba una incapacidad moral del
mayor número, esa misma posibilidad de que unos pocos pícaros puedan
sobreponer su actividad maléfica a la necesidad social de encaminarnos
hacia la solidaridad, por el estudio y por el trabajo?
En el ensayo _La Política_ (incluído en la Segunda Serie), aun
reconociendo que la democracia es preferible para las naciones nuevas,
se pronuncia contra todos los regímenes políticos, en masa. "Aunque
nuestras instituciones corresponden al espíritu de la época, no están
exentas de los defectos que han desacreditado a otras formas de
gobierno. Todo Estado está corrompido. Los justos no deben obedecer muy
estrictamente a la ley. ¿Qué sátira contra los gobiernos puede igualar
la severidad de la censura implicada en la palabra _política_, que
desde hace siglos significa _engaño_, dando a entender que el Estado es
una engañaduría?". Este pasaje, y muchos otros similares, nos permite
comprender la tierna acogida que siempre tuvieron los ensayos de
Emerson entre los anarquistas, lo que no se explicaría si atendiéramos
el tono místico de sus palabras, sin penetrar su pensamiento, que es,
con frecuencia, profundamente herético y revolucionario.
Su "idealismo trascendental" es una rebelión romántica antes que una
actitud filosófica, con más de estética que de metafísica. La divinidad
se esfuma en un ideal abstracto, sin personalidad sobrehumana; es,
apenas, una condición inmanente de la naturaleza, una arquitectura
moral del universo, que induce a descubrir en las imperfecciones reales
la posibilidad misma de futuras perfecciones. Y, en otro sentido,
propiamente ético, quiere ser lo contrario del "utilitarismo", en la
acepción vulgar del término, que da idea de algo bajo y pequeño: de
oportunismo acomodaticio, sucia hipocresía, cien formas larvadas de la
domesticidad y de la avaricia.
No nos engañen, empero, las palabras. Esa noción denigrante del
utilitarismo no tiene relación alguna con las escuelas morales llamadas
utilitarias, interpretaciones teóricas que tienden a poner en la
utilidad personal o social los motores íntimos de la experiencia
moral. En este buen sentido, Emerson era utilitario y despreciaba
toda conducta que no fuese útil al mejoramiento del hombre y de la
sociedad. Iba más lejos. Creía que la primera preocupación del hombre
debía ser redimirse de la miseria, que sólo enseña a mentir y a adular;
libertarse económicamente por el trabajo, bastándose a sí mismo, sin
esperar favores ni beneficios del Estado, parecíale la base misma de la
moralidad individual; y en la _incapacidad de bastarse con su propio
trabajo_ veía la causa de la degeneración moral, como esos animales que
por vivir parasitariamente de un huésped acaban por perder los órganos
más nobles de su autonomía personal.
La independencia económica sería inútil, sin embargo, para seres que no
tuviesen capacidad para pensar y actuar con independencia moral. Por
eso, la cultura debería primar sobre la riqueza, que sólo puede ser su
instrumento y nunca un fin en sí misma; pintorescamente afirma que "el
valor de un dólar aumenta con la ilustración y la virtud del que lo
usa: un dólar, en la universidad, vale más que un dólar en la prisión".
Y le fastidia que la prosperidad creciente de los valores materiales no
se acompañe todavía de un crecimiento de los valores morales.
Las consecuencias de esa falta de progreso ético en la sociedad,
son visibles todavía en los diversos órdenes de la actividad social.
Los hombres perdida su fe en las fuerzas morales que se arraigaban
en supersticiones absurdas, han entibiado su confianza en el valor
del mérito propio y de la dignidad personal, tornándose escépticos y
pesimistas. El abajamiento moral del conjunto trae como consecuencia la
contaminación de los individuos; la sanción social tórnase tolerante;
todos se acostumbran a consentir la inmoralidad de cada uno; la
austeridad llega a mirarse como una simpleza o una tontería. Infiere de
ello, Emerson, que el signo más típico del descenso moral de un pueblo
es la ausencia de grandes caracteres, de personalidades vigorosas, de
hombres que irradian un pensamiento iluminador o sustentan con heroísmo
cívico grandes ideales de enaltecimiento humano. En esa tranquilidad
de estanque, las fuerzas de progreso social se entorpecen o paralizan;
ningún estímulo reciben de la sociedad los que piensan, los que
renuevan, los que crean, los que empujan el conjunto hacia un porvenir
mejor.
En sus premisas críticas, la actitud y el lenguaje de Emerson coinciden
con los de todos los moralistas. Bastaría recordar que el único
escritor argentino a quien podemos clasificar con ese nombre, Agustín
Álvarez, ha partido del examen de una situación análoga, aunque
contemplada en los países hispano-americanos, en sus libros _South
América_, _Manual de Patología Política_ y _¿Adónde vamos?_, antes
de señalar los remedios y formular su credo, en _Educación Moral_ y
_La Creación del Mundo Moral_. Ya que mencionamos a Agustín Álvarez,
creemos oportuno decir que casi todos sus críticos y apologistas han
coincidido en señalar cierta concordancia entre sus ideas y las de
Emerson; muchos le consideran como un verdadero y puro emersoniano.