Habría que estar ciego para no comprender que en Boston, en aquella
atmósfera llena de Channing y de Emerson, de unitarismo y de
liberalismo, verdadero almácigo de moralistas sin dogmas, recibió
Sarmiento las inspiraciones educacionales que luego, durante casi medio
siglo, fueron la enseña de su apostolado en nuestra patria.
En ese primer viaje no conoció personalmente a Emerson, aunque lo
percibió en todas las personas e instituciones que significaban
liberación del tradicionalismo y germen de progreso. Emerson comenzaba
a lograr la mayor de las sanciones a que puede aspirar un gran hombre:
que todos, amigos y enemigos, le hicieran fuente de sus consejos o
blanco de sus ataques, los iguales venerando sus altas virtudes,
los inferiores explotando sus legítimos prestigios para ponerse en
evidencia, sin advertir estos últimos que los ataques de los envidiosos
constituyen el mejor abono para la gloria de los hombres excelentes.
A su regreso de Inglaterra, Emerson tenía cuarenta y cinco años.
Al calor romántico y combativo de la juventud comenzaba a suceder
la serenidad estoica y optimista que es el dulce privilegio de los
caracteres virtuosos. Su apostolado, desde 1850, fué cada vez más
afirmativo; antes que corregir la mentira y la perversidad de hombres
adultos, cuyas rutinas y vicios estuviesen ya consolidados por la edad,
le interesó difundir la verdad y el bien, tal como los comprendía,
entre jóvenes que aún estuvieran en edad de rectificar sus ideas y su
conducta: ¡enderezad, si podéis, el arbusto; no perdáis vuestro tiempo
en destorcer el tronco añoso! Su afán de crear le indujo a mirar la
polémica y la discusión como una pérdida de tiempo y una malversación
de energías; parecíale de más provecho cooperar al advenimiento de la
verdad y del bien, que reñir con los incapaces de estudiar para saber
y de simpatizar para amar. Ese concepto afirmativo, dominante en su
conducta personal, fué la condición básica de su optimismo.
Todas las sectas y partidos conservadores, disfrazándose de vagos
espiritualismos, le acusaban hoy de incredulidad, mañana de ateísmo,
y al fin le consideraban peligroso para la tranquilidad general, como
llamaban a la propia. Emerson, por ser el más conspícuo de los hombres
vinculados al Trascendentalismo, seguía atrayendo el rencor implacable
de todos los que habían mirado con terror esa efervescencia del
romanticismo social contra el tartufismo tradicionalista; y cuando más
arreció la reacción, en vísperas de la campaña antiesclavista, Emerson,
desafiando las pasiones de los extraviados, tomó la responsabilidad de
defender a Alcott--como, entre nosotros, Echeverría defendió a Alberdi,
cuando sus primeros enemigos lo difamaban,--adhiriéndose al fin y de
lleno a la campaña contra la esclavitud, que será siempre el mayor
timbre de gloria de aquella memorable generación norteamericana.
Solitario en Concord, vivió una existencia socrática, que, en páginas
edificantes, podéis leer en algunos de sus biógrafos--_Emerson in
Concord_, por su hijo Eduardo W. Emerson, _Emerson at Home and Abroad_,
por Conway, _Concord Days_, por Alcott, etc. No todas las naciones, ni
todos los siglos, han presenciado una vida como la suya.
Toda mente superior leerá siempre con placer sus páginas consagradas
a elogiar su _Soledad_. Reconoce que el hombre debe vivir en sociedad,
rodeado de artes, de instituciones, de amigos que tengan su propia
estatura moral, buscando en la simpatía estímulos para su acción y su
constancia; pero... "de tiempo en tiempo el hombre excelente puede
vivir solo; debe hacerlo... La gente de mundo debe tomarse en pequeñas
dosis. Si la soledad es orgullosa, la sociedad es vulgar. En el mundo,
las capacidades superiores del hombre suelen considerarse como cosas
que lo descalifican. La simpatía nos rebaja con la misma facilidad con
que nos eleva... La soledad es impracticable y la sociedad es fatal:
debemos mantener nuestra cabeza en la primera y confiar nuestras
manos a la segunda. Sólo podemos conseguirlo si conservando nuestra
independencia no perdemos nuestra simpatía". No es bueno que el
hombre esté solo, pero es indispensable que no esté mal acompañado.
La conducta del hombre perfecto, decía Spencer, sólo aparecería
perfecta cuando el ambiente lo fuera; en ningún ambiente inferior sería
adaptable, porque la idealidad de la conducta es absolutamente un
problema de adaptación.
Eso nos permite comprender la antipatía que tienen los grandes
caracteres morales a la vida bulliciosa de las ciudades, donde las
circunstancias obligan a un contacto excesivo con personas indiferentes
o desagradables. Felices los que pueden, como Emerson, buscar un retiro
tranquilo, propicio a la meditación y al estudio, transcurriendo una
vida simple entre las gracias siempre renovadas de la Naturaleza;
felices los que pueden refugiarse en una apacible soledad y como desde
una cumbre abarcar a toda la humanidad en una sola mirada de simpatía,
no turbada por la visión de pequeñeces y disonancias. Es allí donde
el ingenio se revela en toda su pureza, allí donde la santidad se
encumbra; y desde allí el hombre ubérrimo puede ofrecer a la humanidad
los más sabrosos frutos de su experiencia: sus ideales.
Las obras de educación, de justicia, de solidaridad, recibieron de
Emerson una palabra de aliento o una cooperación efectiva. Cada año que
pasaba sobre él, cada nueva cana sobreviviente, aumentaba la grandeza
moral del hombre que seguía dando a la nación nuevas expresiones de su
mensaje ético. Su primitiva predicación, esencialmente individualista,
fué acentuando día a día aquel sentido social y humanitario que
apareciera ya en las columnas de _The Dial_, cuando la visión de una
humanidad mejor y perfectible le hizo comprender que la moralidad del
individuo debe tener por atmósfera la moralidad de todo el agregado
social.
Pasados los años, creciendo él siempre y ajamelgándose siempre sus
enemigos, la envidia y la pasión se entibiaron en torno suyo, y poco
a poco, por ese proceso natural que anticipa en vida las sanciones
póstumas de la gloria, Emerson _el hereje_ fué convirtiéndose, para
todos, en Emerson _el santo_. Porque la santidad, hay que afirmarlo, es
de este mundo; o no es de ninguno. Y sólo entran a ella los hombres que
por la inflexibilidad de sus virtudes, por la derechez de su carácter,
por su leal obsecuencia a la verdad, merecen ser indicados a sus
contemporáneos y a la posteridad como ejemplares arquetípicos de una
humanidad más perfecta, que la imaginación concibe como un ideal para
el porvenir.
Los niños--si me está permitido complicar la verdad con una imagen
superflua--los niños fueron los pájaros predilectos en su jardín
otoñal; adoraba en ellos la ingenuidad, no envenenada todavía por el
aprendizaje del mal. La educación le parecía la tarea más "divina" que
un hombre puede desempeñar sobre la tierra, ya que sólo educando pueden
fomentarse los elementos de moralidad y de optimismo que constituyen la
partícula del gran todo divino que reside en cada uno de los seres que
integran la Naturaleza, que es la divinidad misma...
Es preciso detenernos, dejando para la próxima lección el examen de
las doctrinas éticas de Emerson y la determinación de su actitud ante
los problemas propiamente metafísicos. Por hoy nos concretaremos a
señalar algunos influjos de Emerson sobre Sarmiento, infiriéndolos de
las repetidas menciones que este último hizo de aquél en sus escritos.