Mientras los eclécticos franceses mantuvieron su bandera espiritualista
como enseña de lucha contra la restauración borbónica, las simpatías
del pueblo y de los literatos románticos estuvieron de su parte. La
revolución de 1830, con el triunfo de los Orléans y el advenimiento
de Luis Felipe, señaló su entrada al "oficialismo" y el comienzo de
su impopularidad. Viniendo a cuentas, el liberalismo revolucionario
advirtió que la nueva dinastía, aunque menos reaccionaria que la caída,
estaba lejos de ser la continuadora de los principios del 89; y poco a
poco, frente al eclecticismo oficializado que decaía, los portavoces de
los partidos radicales fueron plegándose al sansimonismo, renovado en
consonancia con el espíritu de Condorcet, es decir, del Ideologismo en
su aspecto integral y social.
La palabra de orden fué _filosofía social_, sistema de ideas útil para
la justicia y la solidaridad humanas, con un programa esencialmente
optimista y lírico, nacionalista a pesar de su humanitarismo, puramente
político no obstante sus divagaciones filosóficas. En 1835 era Pierre
Leroux su propagandista más influyente.
Esta nueva corriente ideológica llegó casi simultáneamente a las
dos Américas, engendrando en Boston un movimiento social famoso,
cuyo centro fué el _Club de los Trascendentales_, y en Buenos Aires
un germen similar que ahogó la restauración clerical de Rosas, la
_Asociación de Mayo_; sabido es que en otros países del continente,
poco después, nacieron sociedades de análoga inspiración. Emerson
y Echeverría fueron el alma de esas agrupaciones, constituídas
respectivamente en 1836 y 1837, ignorándose la una a la otra, pero
alentadas por idénticos principios.
Las dos imitaban el tipo de las sociedades cerradas, cuyo modelo
era la "Joven Italia"; las dos se proponían reformar la sociedad en
que actuaban; las dos dedicaban preferente atención al estudio de
los problemas económicos; las dos afirmaban la necesidad de marchar
hacia la democracia y acabar con los privilegios tradicionales; las
dos declaraban ser cristianas y ponían la moralidad como condición
intrínseca del progreso social. Es innecesario insistir en que
cristianismo significaba en Boston lo contrario de dogmatismo
protestante y en Buenos Aires lo contrario de dogmatismo católico; era,
en ambas partes, un liberalismo adverso a la religión imperante: como
el cristianismo de Saint Simon y de Leroux.
El movimiento norteamericano y el argentino tuvieron un claro
sentido nacionalista, insistiendo ambos en la necesidad de adaptar
su acción al medio social, prescindiendo de fórmulas elaboradas en
Europa y sugeridas por la observación de ambientes muy distintos de
los americanos. En esto, por falta de ilustración histórica o por
ingenuo patriotismo, desearían ver muchos críticos una expresión de
americanismo y un deseo de originalidad; esa ilusión se disipa cuando
se estudia la filosofía política del radicalismo europeo, precedente
a la revolución de 1848. Desde los célebres "Discursos a la nación
alemana" de Fichte, pronunciados en 1808, planteábase en todos los
pueblos europeas el problema de regenerar las nacionalidades y educar
a la juventud en principios sociales más firmes que los anteriores,
pues el fracaso de la revolución del 89 se atribuía a que las naciones
no estaban capacitadas para adoptar el nuevo régimen. Por eso cada
extrema izquierda nacional, sin olvidar su poco de retórica acerca del
humanitarismo y la fraternidad universal, se preocupaba intensamente
del bienestar interno de su país e inscribía en su programa reformas
éticas y económicas esencialmente nacionales.
Por ignorar ese influjo sansimoniano--o por no confesarlo--los
comentaristas del movimiento de los _Trascendentales_ lo presentan como
una exaltación reformista puramente autóctona, que minaba todas las
tradiciones: el gobierno, la familia, la iglesia, la escuela; todo lo
que en Francia preludiaba a la revolución del 48; todo lo que en forma
prudente está repetido en el _Dogma Socialista_ de nuestra Asociación
de Mayo.
Adviértase bien la uniforme significación histórica y política
de esas expresiones americanas del "romanticismo social": el
sansimonismo termina en Europa con la revolución del 48, el Club de
los Trascendentales deja de reunirse en 1850 y los afiliados de la
Asociación de Mayo, dispersados por la Restauración de Rosas, terminan
su ciclo de propaganda liberal con el levantamiento de 1851 y la caída
de la dictadura.
En torno del Trascendentalismo se mueve la generación liberal
norteamericana, teniendo por cabezas a Channing y Emerson, rodeados
por David Thoreau, el poeta naturalista, por Ripley, Margarita Fuller,
Parker, Bancroft, Hedge, Bartol, Brownson, Peabody, Cranch, Follen y
los Channing juniors. El hombre de acción, el motor del _Club_, era
Amós Bronson Alcott, el espíritu más equilibrado y menos literario del
grupo, exactamente como fué Juan B. Alberdi el verdadero empresario de
nuestra _Asociación de Mayo_.
Emerson, sensible en esa época a la exaltación militante, se plegó
a los Trascendentales, les prestó su nombre, les dió sus consejos y
dirigió su famosa revista _The Dial_. Es indudable que sus amigos
eran un tanto comprometedores; Emerson mismo comentó más tarde sus
fantásticos excesos, en páginas llenas de risueña bonhomía. Del
sansimonismo cayeron muchos en el fourierismo, fundando comunidades
falansterianas que subsistieron poco tiempo: la _Brook-Farm_ fué
famosa. "Es algo único en la historia del mundo", dice un narrador
de ese ensayo comunista en que aparecen exaltados, al mismo tiempo,
el cristianismo social y el individualismo anarquista. Los hombres y
las mujeres más ilustradas del país entregáronse a roturar la chacra
y a menesteres domésticos, al mismo tiempo que enriquecían la cultura
nacional con producciones de calidad superior; según Emerson, "todo
lo investigaron: lo necesario, lo simple, lo verdadero, lo humano,
trepándose a la cima que domina la historia del pasado y del presente".
El respeto escrupuloso de la libertad individual se armonizaba allí
con el interés colectivo de la comunidad, sin que se advirtiese la
necesidad de coacción alguna para que todos cumplieran su deber,
y muchos bastante más que el deber mismo, el sacrificio. ¿Qué los
impulsaba? Un ideal: la concepción de que era posible organizar la
sociedad humana en tal forma que fuesen proscritos el privilegio
y la holgazanería, la política y la mentira, los dogmas y las
supersticiones, el convencionalismo y la injusticia. Ideal nobilísimo,
si los hay; ideal cien veces renovado en la historia del último siglo;
ideal lejano, si queréis; impracticable en su totalidad, probablemente;
pero ideal cuya legitimidad nadie podría negar sin sonrojarse, como
nadie podría negar que gracias a él los pueblos más civilizados han
dado algunos pasos seguros hacia la democracia social del porvenir.
El ensayo práctico, en verdad, sólo fué posible por la calidad
selectísima de los falansterianos de _Brook-Farm_; de su ferviente celo
futurista podréis tener una impresión exacta leyendo cualquier historia
de la literatura norteamericana. "¡Cuántos proyectos para salvar a la
humanidad!", exclamaría Emerson más tarde: éste quería volver a la vida
campestre, el otro suprimir la moneda y prohibir el comercio, aquél
era vegetariano, algunos combatían el matrimonio indisoluble, muchos
deseaban la extinción de toda autoridad política, un grupo ensayaba la
educación integral, otro quería transformar las iglesias en escuelas de
ciencias y de fraternidad.
¿Pretendían otra cosa los sansimonianos y los fourieristas, antes de
la revolución del 48? La respuesta, harto sencilla, sugiere curiosas
inducciones sobre la evolución de nuestra _Asociación de Mayo_ si
hubiera logrado prosperar en Buenos Aires en una época de tolerancia
liberal, la de Rivadavia, pongamos por caso.
Fácil es comprender que el Trascendentalismo levantó resistencias
y provocó reacciones, mirado por los políticos conservadores como
un peligro y por las iglesias tradicionalistas como un semillero de
herejía. Para contrarrestar su influjo se acentuó en todos los Estados
la predicación religiosa, intensa, exaltada a la vez por el celo propio
y por la competencia ajena, pues eran varias las comunidades que se
disputaban la clientela de los creyentes.
_The Dial_ suspendió sus publicaciones en 1844; los Trascendentales
siguieron algún tiempo más, soñando con la armonía social de sus
comunidades falansterianas. Emerson, en 1847, emprendió un viaje a
Inglaterra, dejando en pleno hervor el movimiento liberal. Además
de las iglesias unitarias y de los trascendentalistas de Boston,
convergían a él los poetas de Cambridge: Longfellow, Holmes, Russell
Lowell, Parsons y Story; el novelista Hawthorne; los historiadores
Prescott, Bancroft, Motley, Parkman; los agitadores de la campaña
antiesclavista: Garrison, Phillips, Sumner, Enriqueta Beecher
Stowe, Whittier; toda, en fin, una legión de poetas, pensadores y
apóstoles que representa para los Estados Unidos lo que--guardando las
distancias--significa para la Argentina la generación de los emigrados:
Echeverría, los Varela, Alberdi, López, Mitre, Sarmiento, Gutiérrez,
Cané, Mármol, etc. Y sin pretender convertir en paralelismos estas
sencillas y evidentes analogías, señalemos que la campaña liberal
contra el antiguo régimen termina allá con el triunfo de la guerra
contra los esclavistas y aquí con el éxito del ejército grande contra
Rosas.