4.--DECEPCIÓN DE LA MODA FILOSÓFICA

Doblemente romántico, por su temperamento y por su edad, Emerson

sentía "el mal del siglo" que, en 1830, era la moda entre la juventud

literaria de Europa. La política y la religión determinaron por

ese tiempo la actitud filosófica de los jóvenes intelectuales que,

por falta de estudios ponderados, carecían de ideas propias sobre

las cuestiones que los filósofos estudian. La Revolución Francesa,

cuyo espíritu representaran sucesivamente los fisiócratas, los

enciclopedistas y los ideólogos, había cerrado su primer ciclo con

la caída de Napoleón; la Santa Alianza acometía ya la restauración

del antiguo régimen, volviendo por los privilegios de la reyecía y

de la Iglesia, al mismo tiempo que desterraba el espíritu liberal

revolucionario, persiguiéndolo severamente.

Contra la restauración difundióse el movimiento romántico, cuyas

raíces han remontado algunos hasta aquella época del idealismo alemán

conocida por _Sturm und Drang_, palabras pálidamente traducibles

por "Tempestad y Osadía"; los escritores de ese período tenían una

ilimitada confianza en sí mismos y una visible exaltación de su

personalidad, que los llevaba a considerarse como renovadores absolutos

y a llamarse la generación de los "genios originales". Rousseau y

Goethe dieron alas a esta doble corriente sentimental y naturista,

creadora durante medio siglo de algunas obras maestras imperecederas,

pero sin verdadero contenido ideológico; sus características esenciales

fueron la falta de claridad, de medida y de armonía; su único método,

el espontáneo esparcimiento de las tendencias sentimentales.

Conocéis la historia del romanticismo. Conocéis también la del

eclecticismo, traducción muy rebajada del idealismo filosófico alemán;

fué un compromiso cómodo para desenvolver en Francia una política

universitaria liberal, evitando las imputaciones de materialismo que

la restauración clerical había difundido contra la enciclopedia y la

ideología. Ese espiritualismo ecléctico, como todas las modas similares

que de tiempo en tiempo se repiten, era una simple componenda de

profesores--no de filósofos--que hacían carrera en el mundo renunciando

a toda verdad peligrosa en homenaje a las opiniones medias difundidas

en la sociedad semiculta, representada por la clase gobernante. Podéis

leer sobre este episodio culminante de la retórica pseudofilosófica

el agudísimo libro de Taine, y sobre su cabecilla Víctor Cousin el

magnífico ensayo biográfico de Jules Simon. Sabido es que si el

romanticismo engendró obras maestras literarias, el espiritualismo de

los eclécticos no produjo ninguna filosófica; oradores interesantes,

arrullaban o entusiasmaban a los auditorios con hermosos discursos e

imperscrutables metáforas, bastándoles para ello no plantear ningún

problema claro y concreto, ni chocar en lo restante con esa vanidad

humana que cree en la posibilidad de saber sin estudiar, adivinando. ¿Y

quién renuncia a creerse capaz de adivinar lo que no tiene el coraje

de estudiar? ¿Cuántos prefieren la fatiga de meditar muchos años un

problema filosófico, o todos si su vida es larga, a la dulce ilusión de

que su "espíritu" o su "intuición" es bastante aguda para resolverlos

"por pálpito" personal, ya que nadie se atreve en nuestros días a

contar que ha recibido "revelaciones" de la divinidad?

De esa manera, los eclécticos "hicieron literatura" sobre cuestiones

filosóficas inaccesibles a la imaginación no ilustrada y a la cultura

superficial. La literatura y la erudición son admirables cuando

producen los géneros literarios o históricos, en manos de un Musset

o de un France, de un Taine o de un Renan; pero son fuentes de

ilusión y de error cuando se emplean como único método para adivinar

verdades, o cuando inducen a creer que todas las verdades pudieron

ser definitivamente conocidas por grandes adivinos que no sabían

estudiarlas. La verdad--como expresión abstracta de todas las verdades

parciales--está en formación continua. Aunque los resultados de

quienes la investigan sean relativos y perfectibles, es seguro que

cada siglo, cada lustro, contribuye a su formación, depurándola de

algún error: sólo asentándose sobre la base de una experiencia que

crece incesantemente, podrá la metafísica del porvenir aumentar la

legitimidad de las hipótesis con que el hombre se atreve a descifrar lo

mucho desconocido que aún queda en la naturaleza.

Convenía detenernos un momento sobre el sentido político y la

vaciedad filosófica del espiritualismo francés, para comprender

el desencanto de Emerson, hombre leal y estudioso, ante la moda

retórica reinante en la filosofía europea. Sus biógrafos concuerdan

en decir que su viaje a Europa (1832), lleno para él de atractivos

literarios--la Italia de los románticos y la amistad de Coleridge, de

Quincey, Wordsworth, Carlyle y otros--le produjo una honda decepción

filosófica. Espíritu práctico y americano, comprendió probablemente

que las disputas doctrinarias eran simples disfraces políticos: el

decaído escolasticismo francés era el clericalismo de la restauración,

el eclecticismo floreciente era el liberalismo burgués, el sansimonismo

que asomaba era el renacimiento del espíritu revolucionario. De regreso

a su patria, Emerson volvió a la tribuna, como conferencista laico,

más decidido que nunca a predicar la necesidad de una educación moral

independiente de todo dogma religioso y de todo sistema metafísico.

Para preparar sus discursos se apartó del tumulto urbano de Boston y

buscó un tranquilo refugio en Concord, donde transcurrió casi todo el

resto de su existencia. La vida simple y las costumbres modestas, la

contemplación incesante de la naturaleza, la visión del cielo y la

auscultación del bosque, el trato exclusivo de personas agradables,

infundiéronle ese doble sentimiento de anarquismo optimista y de

panteísmo místico que fué dominante en sus primeros ensayos. La

personalidad de Emerson, casi completa ya, no tardó en encontrar la

nota social, con que se integró definitivamente.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 10 / 51 题