Doblemente romántico, por su temperamento y por su edad, Emerson
sentía "el mal del siglo" que, en 1830, era la moda entre la juventud
literaria de Europa. La política y la religión determinaron por
ese tiempo la actitud filosófica de los jóvenes intelectuales que,
por falta de estudios ponderados, carecían de ideas propias sobre
las cuestiones que los filósofos estudian. La Revolución Francesa,
cuyo espíritu representaran sucesivamente los fisiócratas, los
enciclopedistas y los ideólogos, había cerrado su primer ciclo con
la caída de Napoleón; la Santa Alianza acometía ya la restauración
del antiguo régimen, volviendo por los privilegios de la reyecía y
de la Iglesia, al mismo tiempo que desterraba el espíritu liberal
revolucionario, persiguiéndolo severamente.
Contra la restauración difundióse el movimiento romántico, cuyas
raíces han remontado algunos hasta aquella época del idealismo alemán
conocida por _Sturm und Drang_, palabras pálidamente traducibles
por "Tempestad y Osadía"; los escritores de ese período tenían una
ilimitada confianza en sí mismos y una visible exaltación de su
personalidad, que los llevaba a considerarse como renovadores absolutos
y a llamarse la generación de los "genios originales". Rousseau y
Goethe dieron alas a esta doble corriente sentimental y naturista,
creadora durante medio siglo de algunas obras maestras imperecederas,
pero sin verdadero contenido ideológico; sus características esenciales
fueron la falta de claridad, de medida y de armonía; su único método,
el espontáneo esparcimiento de las tendencias sentimentales.
Conocéis la historia del romanticismo. Conocéis también la del
eclecticismo, traducción muy rebajada del idealismo filosófico alemán;
fué un compromiso cómodo para desenvolver en Francia una política
universitaria liberal, evitando las imputaciones de materialismo que
la restauración clerical había difundido contra la enciclopedia y la
ideología. Ese espiritualismo ecléctico, como todas las modas similares
que de tiempo en tiempo se repiten, era una simple componenda de
profesores--no de filósofos--que hacían carrera en el mundo renunciando
a toda verdad peligrosa en homenaje a las opiniones medias difundidas
en la sociedad semiculta, representada por la clase gobernante. Podéis
leer sobre este episodio culminante de la retórica pseudofilosófica
el agudísimo libro de Taine, y sobre su cabecilla Víctor Cousin el
magnífico ensayo biográfico de Jules Simon. Sabido es que si el
romanticismo engendró obras maestras literarias, el espiritualismo de
los eclécticos no produjo ninguna filosófica; oradores interesantes,
arrullaban o entusiasmaban a los auditorios con hermosos discursos e
imperscrutables metáforas, bastándoles para ello no plantear ningún
problema claro y concreto, ni chocar en lo restante con esa vanidad
humana que cree en la posibilidad de saber sin estudiar, adivinando. ¿Y
quién renuncia a creerse capaz de adivinar lo que no tiene el coraje
de estudiar? ¿Cuántos prefieren la fatiga de meditar muchos años un
problema filosófico, o todos si su vida es larga, a la dulce ilusión de
que su "espíritu" o su "intuición" es bastante aguda para resolverlos
"por pálpito" personal, ya que nadie se atreve en nuestros días a
contar que ha recibido "revelaciones" de la divinidad?
De esa manera, los eclécticos "hicieron literatura" sobre cuestiones
filosóficas inaccesibles a la imaginación no ilustrada y a la cultura
superficial. La literatura y la erudición son admirables cuando
producen los géneros literarios o históricos, en manos de un Musset
o de un France, de un Taine o de un Renan; pero son fuentes de
ilusión y de error cuando se emplean como único método para adivinar
verdades, o cuando inducen a creer que todas las verdades pudieron
ser definitivamente conocidas por grandes adivinos que no sabían
estudiarlas. La verdad--como expresión abstracta de todas las verdades
parciales--está en formación continua. Aunque los resultados de
quienes la investigan sean relativos y perfectibles, es seguro que
cada siglo, cada lustro, contribuye a su formación, depurándola de
algún error: sólo asentándose sobre la base de una experiencia que
crece incesantemente, podrá la metafísica del porvenir aumentar la
legitimidad de las hipótesis con que el hombre se atreve a descifrar lo
mucho desconocido que aún queda en la naturaleza.
Convenía detenernos un momento sobre el sentido político y la
vaciedad filosófica del espiritualismo francés, para comprender
el desencanto de Emerson, hombre leal y estudioso, ante la moda
retórica reinante en la filosofía europea. Sus biógrafos concuerdan
en decir que su viaje a Europa (1832), lleno para él de atractivos
literarios--la Italia de los románticos y la amistad de Coleridge, de
Quincey, Wordsworth, Carlyle y otros--le produjo una honda decepción
filosófica. Espíritu práctico y americano, comprendió probablemente
que las disputas doctrinarias eran simples disfraces políticos: el
decaído escolasticismo francés era el clericalismo de la restauración,
el eclecticismo floreciente era el liberalismo burgués, el sansimonismo
que asomaba era el renacimiento del espíritu revolucionario. De regreso
a su patria, Emerson volvió a la tribuna, como conferencista laico,
más decidido que nunca a predicar la necesidad de una educación moral
independiente de todo dogma religioso y de todo sistema metafísico.
Para preparar sus discursos se apartó del tumulto urbano de Boston y
buscó un tranquilo refugio en Concord, donde transcurrió casi todo el
resto de su existencia. La vida simple y las costumbres modestas, la
contemplación incesante de la naturaleza, la visión del cielo y la
auscultación del bosque, el trato exclusivo de personas agradables,
infundiéronle ese doble sentimiento de anarquismo optimista y de
panteísmo místico que fué dominante en sus primeros ensayos. La
personalidad de Emerson, casi completa ya, no tardó en encontrar la
nota social, con que se integró definitivamente.