De padres en hijos, durante muchas generaciones, los Emerson habían
sido pastores de las iglesias puritanas. William, padre del moralista,
figuró entre los hombres más liberales de su tiempo y fué pastor de
la Primera Iglesia Unitaria de Boston; en esta ciudad, el 25 de mayo
de 1803, nació Ralph Waldo, cuya infancia transcurrió en un ambiente
doméstico de exquisita cultura y severa moralidad. Huérfano a la edad
de ocho años, dos mujeres, su madre y su tía, dirigieron su educación
y plasmaron su carácter, imprimiéndole un sello de estoico optimismo.
Se cuenta que a los diez años componía poemas y que a los once escribía
en griego y tradujo en verso una bucólica de Virgilio; es seguro que
a los diez y nueve se graduó en el Colegio de Harvard, lo que le
entreabrió el doble camino de la escuela y de la iglesia. ¿La iglesia?
Evidentemente, la iglesia, como todos sus abuelos; y la iglesia
unitaria, como su padre.
Pasaba ella por una crisis. Las reservas antidogmáticas de los
pastores unitarios estaban a la orden del día; los de otras iglesias
acusábanlos abiertamente de irreligiosidad, a veces de ateísmo. No se
apartaban del cristianismo porque deseaban la unidad de las iglesias
cristianas, su armonía independiente de todo dogma; para ello se
resignaban a continuar en sus ministerios, sin provocar polémicas ni
cismas, callando sus disidencias más radicales en homenaje a la paz
religiosa. Aquello, en efecto, no era otra cosa que el liberalismo
inspirado en los enciclopedistas; por más que siguieran llamándose
iglesias unitarias, eran sociedades de libres pensadores cristianos.
Los ortodoxos hablaron de la "hipocresía unitaria", escandalizándose
de su "religión sin doctrinas". Era tarde. Cuando Emerson estuvo en
condiciones de ser pastor, el unitarismo había triunfado; en 1823, dice
Becker, "todos los hombres de letras de Massachussets eran unitarios;
todos los administradores y profesores del Colegio de Harvard eran
unitarios; todo lo que se distinguía por el rango, la fortuna y la
elegancia, se apiñaba en las iglesias unitarias; los jueces del
tribunal eran unitarios y producían sentencias que perturbaban la
organización eclesiástica tan cuidadosamente establecida por los Padres
Peregrinos". En ese momento vióse Emerson en el trance difícil de tener
que decidir acerca de su propia vocación.
El personaje central del unitarismo era, entonces, William Ellery
Channing, nacido en Newport, en 1780. Desde 1803 había ocupado un
ministerio en la Federal Street Church, de Boston, llamando la atención
por la elocuencia y profundidad de sus sermones; aunque en 1812 se
produjo la separación entre las dos ramas de la iglesia congregacional,
sólo en 1819, en un sermón pronunciado en Baltimore, expresó su
disconformidad con los tradicionalistas y se plegó definitivamente
al unitarismo, de que fué luego el más eminente propagandista y
escritor. En la fecha de graduarse Emerson (1822), Channing visitaba
el viejo mundo; al regresar, en sus _Remarks on a National Literature_
(1823), proclamaba ya la necesidad de que América se emancipara
intelectualmente de Europa. Channing es el representante de un
misticismo pragmatista, en que la acción constituye el centro mismo
de la moralidad y en que las virtudes se miden por sus resultados
sociales. Su credo religioso contiene elementos de un neto panteísmo,
y Dios aparece como un supremo Bien, en que están refundidas las
cualidades que en los hombres llamamos virtudes; la divinidad es para
él una abstracción ética de la humanidad y con razón se ha interpretado
su pensamiento como un verdadero "antropomorfismo moral". La
conciliación del sentido práctico y del misticismo idealista es una de
sus preocupaciones; entendiendo que la independencia moral es más fácil
y completa cuando se tiene la independencia económica, estimula todo
esfuerzo individual y social para adquirirla. Boston se liberalizó al
enriquecerse; la comunidad de intereses educó a los hombres a soportar
las divergencias de opiniones. La actividad intensa fué la mejor
escuela de tolerancia.
Hasta 1830 era Channing el eje de esa gran evolución ética; Emerson y
los trascendentalistas son, si no sus discípulos, sus continuadores.
Channing convirtió en doctrina lo que se venía desenvolviendo como
una tendencia instintiva: hacer de la religión una moral social. Su
escenario fué el Unitarismo, cuyo único dogma fué no tener ninguno.
Cuando fundó, en 1813, el _Discípulo Cristiano_, comenzó declarando que
los fundadores no estaban de acuerdo sobre la divinidad de Jesús, pero
que lo estaban sobre la necesidad de asociar los esfuerzos de todos
los cristianos movidos por una idéntica piedad natural. Su religión
era lo contrario de una secta; no teniendo dogmas, poco le interesaba
el proselitismo. Las ciencias morales y religiosas entraban en el
campo de las ciencias sociales; el unitarismo no quería atraer a nadie
mediante doctrinas metafísicas, sino ensanchando para todos el campo de
la acción enérgica y fecunda. La iglesia unitaria, tal como Channing
la concebía, era una mutualidad para el perfeccionamiento moral de los
individuos, una comunidad solidarista para la acción social.
Su espíritu liberal y tolerante, encaminado a reducir el
cristianismo a una moral evangélica, reapareció en Emerson y en los
trascendentalistas; nuevos elementos se le agregaron, sin embargo:
fuertes influjos sansimonianos y fourieristas, con una vehemente
inquietud de reformas sociales.
Bajo estas ideas, dominantes en su medio, Emerson había estudiado en la
_Divinity School_, ordenándose como colega de Henry Ware en la Segunda
Iglesia Unitaria de Boston (1829).
Aunque predicador elocuente, Emerson no fué seducido por la tentación
del éxito; no tenía verdadera vocación para la cátedra sagrada, a
la que había llegado profesionalmente o por necesidad. Las rutinas
del culto le parecían incompatibles con el espíritu liberal del
unitarismo; no llegó a decir abiertamente que era una "hipocresía"
conservar fórmulas y preceptos a las que ya no se atribuía ningún valor
ideológico, pero su conciencia moral le mostró como un delito, como el
más grave de los delitos contra la propia dignidad, seguir fomentando
en los demás las supersticiones y errores en que uno mismo ha dejado
de creer. Emerson tuvo la mayor de las virtudes intelectuales: la
lealtad para consigo mismo; pensó, sin duda, como todos los hombres
verdaderamente dignos, que es una vileza disfrazar su pensamiento para
acomodarlo a las dos formas sociales del error que conspiran contra la
verdad: el tradicionalismo, que es el sistema ideológico de las clases
privilegiadas, y la moda, que es el sistema de los que carecen de ideas
propias.
Emerson no era animal doméstico, ni servidor de los poderosos, ni
arrullador de las rutinas ajenas, ni rutinario él mismo; no tenía
la docilidad necesaria para acatar dogmas y repetir prácticas
tradicionales, que el estudio le demostraba falaces o absurdas. El
credo que sus antepasados recibieran de Calvino le pareció insostenible
frente al espíritu científico que había animado al enciclopedismo y a
la ideología, y también frente al idealismo romántico que comenzaba
a agitarse contra la restauración católica promovida por la Santa
Alianza. En esa hora dió el primer paso hacia su emancipación
intelectual. La herencia le daba un temperamento místico, pero su
educación le condujo a contemplar la religiosidad como un sentimiento
interior y subjetivo; al mismo tiempo el cristianismo fué pareciéndole,
cada día más, un sistema de educación moral que era necesario desligar
de todas las superfetaciones con que las Iglesias lo habían apartado de
su primitiva y sencilla significación.
Pastor de una Iglesia que ya no aceptaba el dogma de la divinidad
de Cristo, Emerson creyó que su conciencia le impedía mantener la
ceremonia de la comunión, cuya absurdidad parecíale evidente dentro del
unitarismo; y como pensó, así obró. En 1832 devolvió a sus feligreses
el ministerio que le habían confiado, serenamente, con espíritu
bondadoso y fraterno, conservando con las iglesias unitarias una sólida
amistad y actuando con ellas en todas sus iniciativas de educación
social.
Educados en una tradición religiosa distinta, os parecerá singular
sin duda, que puedan llamarse iglesias _cristianas_ las que niegan la
divinidad de Cristo; nada más natural, sin embargo. Sabéis muy bien,
por vuestros estudios de filosofía e historia de las religiones, que
los dogmas son el resultado de una lenta elaboración en el seno de las
iglesias. Las revelaciones o inspiraciones primitivas son transmitidas
oralmente, hasta que alguien las escribe a su manera; convertidas en
libros, circulan y se modifican arbitrariamente; al fin las iglesias,
comprometidas por sus contradicciones, eligen como verdaderas las más
adaptadas a las creencias e intereses del momento. Este proceso, bien
demostrado ya en la formación de los dogmas judíos, cristianos, árabes,
etc., se repitió con el Dogma de la Trinidad, que los unitarios no
aceptan.
La primitiva tradición apostólica, la de los Doce, no contiene
suposición alguna acerca de la divinidad de Jesús; los que habían
escuchado a Pedro, a Juan y a los otros humildes galileos elegidos
para anunciar la inminente venida del mesías esperado por el pueblo
de Israel, debieron sorprenderse cuando un griego fariseo, Pablo,
comenzó a traducir de muy personal manera las nociones sencillas que
aprendiera en Damasco. De Pablo pasó a la tradición la costumbre de
decir indistintamente Padre, Hijo o Espíritu, al referirse a Dios; el
redactor del cuarto evangelio coadyuvó involuntariamente a la obra,
formándose poco a poco el dogma de la trinidad, que fué definitivamente
impuesto, siglos después, por Agustín. Bajo la fe del "Símbolo de
Atanasio", cuya redacción es evidentemente apócrifa, se introdujo entre
los artículos de fe de la iglesia romana, sin ser aceptado por los
griegos ortodoxos, que tampoco aceptan el "Símbolo de los Apóstoles",
igualmente apócrifo, limitándose a confesar el "Símbolo de Nicea", que
no es del concilio de Nicea sino del concilio de Constantinopla.
La singular interpretación de tres personas distintas constituyendo
un sólo Dios verdadero, en que nunca pensó Jesús ni los primeros
cristianos, fué repetidas veces negada en la Edad Media, por teólogos
y obispos, recrudeciendo esa herejía en la época de la Reforma; ella
costó la vida a Miguel Servet, que escapando de la persecución católica
fué a morir en los quemaderos calvinistas. El antitrinitarismo prosperó
en Inglaterra y tuvo adeptos en todos los países, entre las clases
ilustradas, aunque llegó a ser crimen de herejía y castigado con la
pena de muerte. El progreso general de la cultura en el siglo del
enciclopedismo trajo mayor tolerancia; en 1778, un pastor anglicano, se
atrevió a inaugurar una capilla _unitaria_, desenvolviéndose el vasto
movimiento cristiano antitrinitario en que aparecen actuando Channing y
Emerson. Como veis, no carecían de razones históricas para creer que su
doctrina era la más _cristiana_, la más conforme con la predicación de
Cristo.