2.--EL AMBIENTE PURITANO

El emersonismo, sin conocer el ambiente moral en que floreció, es

difícil de comprender; no nos proponemos, en efecto, llegar a un juicio

literario sobre los escritos de un poeta, a un juicio lógico sobre

las doctrinas de un teorizador, ni siquiera a un juicio filosófico

sobre la magnitud de un esquema metafísico. Esos aspectos varios de la

crítica, unas veces más literarios y otras más eruditos, no bastan, en

mi sentir, para comprender el significado de una nueva orientación de

sentimientos sociales, que, en el caso particular, me parece lo más

fundamental del emersonismo.

Hay que buscar lejos, en la genealogía de su raza, los gérmenes que

determinan su aparición. Un nuevo sentido fué impreso a los ideales de

la sociedad humana por los puritanos que buscaron su primer refugio en

Holanda, antes de emigrar a la América del Norte; cuando los disidentes

de la iglesia anglicana, inspirados por John Robinson, fundaron en

Leyden su iglesia propia (1608), estaba ya fijado el espíritu que los

peregrinos de la _Mayflower_ transportarían allende los mares, para

fundar su iglesia en Plymouth (1620). El primer destierro en Holanda

engendró condiciones de vida incompatibles con la intolerancia y el

egoísmo; las últimas palabras con que Robinson despidió a los que

emigraban fueron recomendaciones de austera rigidez en la conducta y

de bondadosa flexibilidad en la doctrina: ninguna revelación divina

podía tenerse por completa y definitiva; ni Cristo impedía escuchar a

Lutero, ni éste a Calvino, ni éste a otras que trajeran un buen mensaje

a los hombres... Y así como los puritanos creían ser los elegidos de la

cristiandad, los emigrantes a Nueva Inglaterra se creyeron, a su vez,

los elegidos del puritanismo.

Sus colonias fueron una comunidad, en el doble sentido religioso

y social. La lucha contra la naturaleza fué, en los primeras años,

ruda. El cristianismo, más que un culto de lo sobrenatural, fué para

esos hombres un vínculo espiritual de solidaridad; y, poco a poco,

los hombres se acostumbraron a dar un sentido esencialmente cívico a

los deberes evangélicos. La comunidad fué el objeto esencial de la

devoción; todas las virtudes fueron públicas. Nadie se preocupó de

los problemas dogmáticos que en Europa agitaban el mundo religioso;

ellos no habrían tenido ninguna aplicación al mejoramiento de la vida

humana en las colonias. "La inquisición católica está siempre inquieta

de lo que se piensa; la inquisición puritana, de lo que se hace". Las

diferencias de moralidad residen en las costumbres; no dependen de los

preceptos verbales, ni siquiera de las intenciones.

La exaltación mística tenía un profundo sentido político e implicaba

un ardiente afán de justicia. La sociedad, reconociendo como único

derecho el que emanaba de la ley divina, excluía, por eso mismo, todo

privilegio y todo abuso humano; el gobernante y el pastor no eran

intermediarios entre los hombres y la divinidad, sino funcionarios

doblemente responsables ante los unos y la otra. Y, sobre todo, como

lo recordaría dos siglos después el propio Emerson, la intensidad del

esfuerzo para construir de raíz una sociedad nueva en una naturaleza

casi virgen, fué creando resortes morales vigorosos, que el tiempo no

lograría enmohecer. Todo el que hizo bien y fué virtuoso, cumplió, sólo

con eso, su deber moral con sus semejantes y con la comunidad.

Mezcla de estoicismo ingenuo y de trágico sentimiento del deber fué, en

su primera época, la moral de los puritanos. Fuera del trabajo tenaz,

la austeridad fué su norte; y desde el primer día surgieron en todas

partes colegios y escuelas para que se transmitiera a los descendientes

una rígida educación moral, junto con los conocimientos indispensables

para multiplicar el valor social del hombre.

Era la ética de una raza futura, de la raza europea modificada al

adaptarse a una naturaleza extraña, creando una variedad étnica y una

sociedad distintas. Y la experiencia moral, fundada en postulados

esencialmente religiosos en el país de origen, fué adaptándose a

condiciones humanas independientes de lo sobrenatural, persiguiendo

siempre más la virtud y preocupándose escasamente del dogma, pensando

tanto menos en las sanciones del cielo cuando más grande era el mérito

reconocido a las virtudes desarrolladas en la tierra.

Había cierta candorosa simpleza en esos místicos de la Nueva Inglaterra

que ignoraban el fasto de las cortes, el refinamiento de las maneras y

la agudeza de los pícaros; pero había, por eso mismo, otra moral, sin

intrigas, sin hipocresías, sin picarismo.

A medida que creció la colonia, hasta formarse los estados que al fin

se apartaron dignamente de su metrópoli, la severidad primitiva sufrió

algunos quebrantos; nuevos inmigrados llegaron con otros sentimientos;

fué filtrándose la iglesia anglicana con sus intolerancias; atenuaron

su tensión inicial las fuerzas morales del puritanismo primitivo; y

hubo momento, a fines del siglo XVII, en que parecía apagarse aquel

fuego de hogar que habían encendido, con uniforme temperatura moral,

las comunidades de Plymouth y de Boston.

La independencia nacional, el enciclopedismo, la revolución francesa,

la crisis política y social europea, el liberalismo, todo se sumaba

para comprometer la estabilidad de las tradiciones religiosas;

el desarrollo del anglicanismo, que pretendía tener autoridad

metropolitana, creaba en el siglo XVIII conflictos dogmáticos antes

desconocidos, que encubrían, simplemente, la ambición temporal de

la iglesia anglicana, deseosa de conseguir en su esfera la misma

influencia política y social que la romana mantenía secularmente en las

naciones católicas.

Fué el resultado de ello una crisis de disputas e intolerancias, hasta

entonces poco frecuentes; pues las que antes hubo, adviértase bien,

desde el cismatismo de Rogelio Williams hasta las persecuciones a los

cuáqueros y los presbiterianos, tenían, en el fondo un significado

político y social concreto, en que la herejía era concebida,

esencialmente, como un peligro práctico contra la cohesión y la

estabilidad social. Desvanecido el peligro, terminaba la lucha; la

experiencia, y no la teología, era el juez último en aquella sociedad

cuyo organismo religioso era un simple instrumento de la organización

civil.

A fines del siglo XVIII el problema cambió. Las iglesias americanas

acentuaron su carácter nacional y antidogmático, dando mayor

importancia a la conducta moral que a los principios teológicos.

Pronto, en las mismas colonias del centro, el metodismo llegó a

pesar sobre la iglesia presbiteriana, imponiendo el rigorismo moral

sobre el rigorismo teológico, las orientaciones americanas sobre las

supersticiones europeas. En 1783 el Sínodo presbiteriano se vió en el

caso de declarar "solemne y públicamente, que siempre ha aborrecido

y aborrece todavía los principios de intolerancia". Los metodistas,

no teniendo dogmas propios y persiguiendo una intensificación moral

de todos los cristianos, sin iglesia propiamente dicha, prosperaron

rápidamente en las colonias del centro, sin romper con la iglesia

anglicana. En las del norte, el congregacionalismo puritano, entendido

siempre como una religión cívica, seguía tolerante en materias

dogmáticas; los feligreses juzgaban a los ministros por su conducta y

no por su teología; su vida diaria daba la medida de su capacidad para

el ministerio, siendo frecuente que los pastores de una iglesia fuesen

invitados a predicar ante los feligreses de otra, acostumbrándose

todos a estimar las virtudes de los hombres, independientemente de sus

discrepancias teóricas sobre el fundamento de sus credos.

Debemos ver el antecedente natural del emersonismo en la evolución,

esencialmente práctica, del puritanismo en Nueva Inglaterra; la

exaltación del celo religioso tuvo siempre un sentido cívico y conducía

al cumplimiento del deber social, ya que la sociedad misma era

concebida como una manifestación de la voluntad divina, actuante de una

manera fatal e ineludible.

Las mismas crisis de fanatismo religioso, tenían ese sentido práctico;

Edwards, en 1734, había estremecido a los puritanos con sus sermones,

determinando una vuelta al rigor moral; simultáneamente, en 1740,

la renovación metodista se acompañaba de una crisis análoga en las

colonias del Sud. ¿Era una mayor obsecuencia a los dogmas lo que se

perseguía? De ninguna manera. El objetivo de la exaltación fanática

eran las costumbres, la conducta, la acción; Edwards, como sus

predecesores los congregacionalistas Hoocker y Schepard, daba a la

doctrina un sentido de exaltación de la energía personal para vivir

una vida conforme a la moralidad estricta; así la expuso en su obra

_Libertad de la Voluntad_, cuyo carácter más singular es el desdén

por el libre albedrío metafísico y la concepción de la libertad como

el poder para obrar de acuerdo con nuestras principios de acción.

Esa determinación de la conducta humana constituía en su sentir la

necesidad suprema, y fuera de ella no había virtud ni vicio, sino

conducta absurda; la libertad por contingencia parecíale enemiga de

toda energía actuante, en cuanto libraba al azar y al accidente la

firme continuidad de la conducta. Señalemos, desde ya, que ese punto

de vista es el mismo que reaparecerá en Henry James, en Emerson y más

tarde en el pragmatismo: "Para todo el que tiene un fin, una misión

o una fe, la libertad consiste en la posibilidad de consagrarse

íntegramente al servicio de ese fin; la libertad es el poder, que tiene

el móvil principal, de desprenderse de los otros móviles secundarios

o subordinárseles; libertar la personalidad significa emancipar

los deseos que le son intrínsecos de los deseos que contrarían su

desenvolvimiento". Y eso mismo, en el fondo, expresaría más tarde

Emerson en una proposición concisa: "La vida es libertad en razón

directa de su intensidad".

Estas orientaciones prácticas permiten comprender que el presidente

del colegio de Harvard llegara a declarar, en 1772, que "no debía

imponerse ningún credo o profesión de fe, bajo pena de castigo eterno".

Algún pastor se negó a predicar sobre la Trinidad; otros definían

el cristianismo como "el arte de vivir virtuosa y piadosamente". Y

mientras los anglicanos se indignaban por ese desprecio del dogma,

poco a poco, a la sordina, sin que nadie advirtiera en su origen el

movimiento, muchas iglesias fueron declarándose _unitarias_. Cuando

se produjo, en 1815, la controversia sobre la Trinidad, resultó que

los más de los pastores no creían en la divinidad de Cristo y hacían

profesión de liberalismo, sin que hubiera decaído por ello su celo en

la edificación moral. La herejía dominaba y se había desenvuelto sin

ruído, durante cuarenta años, al amparo del sensato espíritu puritano

que había hecho de la religión una moral antes que una teología.

Dentro del unitarismo aparece en escena Emerson. Querer comprender los

escritos de éste sin conocer el espíritu de aquél, es como estudiar

una planta por sus hojas disecadas en un herbario, sin verla en la

naturaleza, bajo la luz del sol, entre la humedad de su atmósfera.

Y esto que decimos de un moralista, podemos repetirlo de todos los

pensadores y filósofos; la historia de la filosofía, en muchos de los

tratados circulantes, es una abstracción falsa e ininteligible, por

cuanto estudia las doctrinas de ciertos hombres olvidando que éstos

vivieron en un ambiente social, político y religioso determinado.

La historia de la filosofía es absolutamente incomprensible sin

la historia política y religiosa; para comprender a un filósofo

hay que saber cuándo, dónde y para quién escribía, cuál era su

posición en la política de las ideas. Parece olvidarlo la especie

híbrida de los eruditos sin inteligencia, que barajan nombres de

doctrinas sin sospechar que ellos carecen de sentido, o lo tienen

contradictorio,--palabras, palabras, palabras--si no se los estima

en función del medio y como expresiones de una actitud personal, no

teórica ni abstracta, sino militante y social. Y es el caso más típico

de ello todo lo que la crítica europea escribió sobre el pragmatismo,

cuando lo formuló Pierce y lo difundió James; a pocos se les ocurrió

que ésa era la expresión doctrinaria de una ética sin dogmas

constituída como resultado natural de la experiencia social.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 8 / 51 题