1.--UN MORALISTA

¿Pueden los hombres vivir _en tensión_ hacia una moralidad cada vez

menos imperfecta sin más brújula que los ideales naturalmente derivados

de la experiencia social? ¿La humanidad podrá renovar indefinidamente

sus aspiraciones éticas con independencia de todo imperativo dogmático?

¿La extinción progresiva del temor a las sanciones sobrenaturales

eximirá a los hombres del cumplimiento severo de sus deberes sociales?

Someto estas preguntas a la consideración de todos los jóvenes que me

escuchan. En los más, no lo ignoro, crece de día en día la desconfianza

frente a los dogmatismos tradicionales que el mundo feudal legó a las

sociedades modernas; y quiero, por eso mismo, dilucidar esas preguntas

con detenimiento, a fin de justificar esta sentencia de Emerson que

considero independiente de toda teoría o sistema filosófico: _la

soberanía de la moralidad_ es un axioma de la vida social.

Sois antidogmáticos y os apruebo; he compartido siempre, como todo

hombre que estudia incesantemente, vuestra actitud antidogmática.

Todo lo que sabemos, todo lo que anhelamos, puede ser superado por

hombres que estudien más y que sientan mejor. Adherir a un dogma,

como acostumbran los ignorantes y los holgazanes, implica negar la

posibilidad de perfeccionamientos infinitos.

La vida, las doctrinas y la acción social de Emerson, nos permitirán

comprender que la moralidad humana puede vivir sin la tutela de dogma

alguno; más, aún, la subordinación de la moralidad a los dogmas que

suelen complicarla es un obstáculo constante al libre desenvolvimiento

de nuestra experiencia moral. El camino del error no es el que mejor

conduce a la virtud.

Con las palabras finales de su expresivo ensayo sobre _La soberanía

de la moralidad_--palabras vagas, es cierto, como suyas--Ralph Waldo

Emerson sugiere, en pocas líneas, el múltiple sentido místico y

optimista, social y humano, natural y panteísta, que en sus rebeldías

de estudioso, en su acción de reformador y en sus lirismos de poeta,

nos permite reconocer uno de los moralistas más intensos del siglo

XIX. Escuchadlas: "El hombre que se ha acostumbrado a mirar la extrema

variabilidad de su condición, a manejar con las propias manos sus

bienes, sus relaciones y sus opiniones, a remontarse hasta el principio

de todas las cosas en busca de la Ley Moral, ese hombre ha eludido las

asechanzas del escepticismo; cuanto hay de más conmovedor y sublime

en nuestras relaciones, en nuestra felicidad y en nuestras desdichas,

tiende realmente a elevamos hasta esa vida excelsa, y, si es posible

llamarla así, sobrehumana".

Moralista intenso, dijimos, aunque no creador: Emerson pertenece

a la familia de los hombres representativos, en el sentido más

riguroso del concepto; no es posible estimarlo sin conocer el medio

sociológico y moral en que se desenvolvió. La simpatía que inspira no

es provocada solamente por sus escritos, sino por la acción de su vida

entera, actuante como una levadura de renovación moral en el ambiente

anglo-americano, a punto de persistir hasta hoy en la orientación

ética de su raza, perfeccionándose insesantemente, algunas direcciones

básicas por él impresas o representadas.

Emerson, más apóstol que doctrinario, no ha escrito página alguna que

por su rigor razonante nos evoque las luminosidades, a veces frías, de

un Spinoza o de un Kant; pero tal como fué, imaginativo y nebuloso,

supo condensar en sus palabras ese calor de metal candente que, en todo

tiempo, ha polarizado el misticismo de la especie humana, concretando

en innumerables afirmaciones positivas la secular experiencia religiosa

de la humanidad. Fué moralista porque intentó salvar la moral del

naufragio de los dogmas que la complicaban; fué moralista porque

infundió a toda una época la idea-fuerza del deber humano, cuando

vió apagarse la creencia supersticiosa del deber sobrenatural; fué

moralista--sobre todo--porque vivió en armonía con los principios que

tuvo por mejores. Sabéis que es la mayor de las inmoralidades predicar

a otros las virtudes que no se practican, según el risueño consejo de

los teólogos: "haz lo que digo, no lo que hago".

Por eso no está en la historia de las religiones el puesto de Emerson,

sino en la historia de la ética. Porque la característica fundamental

de su pensamiento, no obstante expresarlo en forma de calurosos

sermones, fué, precisamente, independizar la conciencia moral de la

humanidad de todo dogmatismo teológico, demostrando que la moralidad,

como fenómeno autónomo, es un resultado espontáneo de la naturaleza

y de la vida en sociedad. Sometida, como toda otra experiencia, a

un proceso de evolución incesante, la moral no puede fijarse en las

fórmulas muertas de ningún catecismo dogmático, ni en los esquemas

secos de ningún sistema apriorístico; se va haciendo, deviene en la

naturaleza misma, inevitablemente, y es el estudio de la experiencia

moral pasada lo que nos permite comprender la presente, como en ésta

podemos entrever la del porvenir. Esa doble condición de espontaneidad

y de perfectibilidad, ajena a toda fuerza extrínseca o sobrenatural,

ilimitable por ningún precepto, pone la moralidad en la cumbre de lo

humano, la identifica con la divinidad misma y permite mirar todo

perfeccionamiento ético del hombre como un paso hacia lo Divino,

cuyas fuentes y suya esencia ve Emerson en el universo infinito: la

Naturaleza.

Por estas palabras, en que he procurado dar una primera y aproximativa

impresión del pensamiento emersoniano,--que luego analizaremos y

miraremos fructificar,--fácil es advertir que su anhelo de emancipar la

ética del dogma le condujo a concebir una verdadera religión natural

de la moralidad, acentuadamente mística, profundamente panteísta,

fervorosa por acrecentar la bondad y la dicha en el individuo y en la

sociedad: concebidos, el uno y la otra, como instrumentos y fines, a la

vez, de toda vida intensa y ascendente.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 7 / 51 题