XXXIII

Para hablar á su gusto y sin temor de que ningún oído indiscreto

sorprendiese la conversación, se encerraron en el dormitorio del cura,

que parecía celda. Como no había más que una silla, Gabriel se sentó en

el poyo de la ventana. Y charló, charló, desahogando su corazón y

aliviando su cabeza con el relato circunstanciado de toda la tragedia

ocurrida en la casa señorial. El cura le oía sin levantar los ojos del

suelo, con las manos puestas en las rodillas, cogiéndose á veces la

barba como para reflexionar, y á veces moviendo los labios lo mismo que

si hablase, pero sin pronunciar palabra ninguna. De tiempo en tiempo

carraspeaba para afianzar la voz, costumbre de todos los que han

ejercitado el confesonario, y hacía una pregunta, contrayendo la boca al

decir las cosas graves. Gabriel respondía clara, explícita, llanamente:

jamás recordaba haber tenido tal satisfacción y tan provechoso desahogo

en confiarse y desnudarse el alma.

--Y dice usted--interrogó el cura--que ese desdichado está ya bien lejos

de aquí? La separación es lo primero que importa.

--Sí, padre. Yo le proporcioné dinero; yo le consolé lo mejor que supe;

yo le acompañé hasta la diligencia, y le dí carta para una persona de

Madrid que inmediatamente que llegue le colocará de dependiente en una

tienda. Le conviene trabajar, para que se le quiten de la cabeza las

cavilaciones. Y no tenga usted miedo, que no le dejaré de la mano. Me

considero obligado á eso y además me ha dado tanta lástima! Le aseguro

á usted que iba cobrándole cariño.

--¿Y usted.... no sospecha con qué objeto quiere verme la señorita

Manuela?

--Quiere confesarse, ó cosa semejante; quiere.... ¿Qué ha de querer la

pobrecilla? Imagínese usted.... Consejo, luz; ¡que la ayuden á salir del

pozo en que cayó hace cuatro días! El mal ha cedido; bien lo decía el

médico de Cebre, que el daño físico era poca cosa y fácilmente se

vencería. Ya no hay convulsiones, ni querer batir con la cabeza contra

la pared, ni aquello de llamar á gritos á Perucho y acusarse en voz alta

de los más horribles delitos.... Figúrese usted que hasta dijo que ella

había matado á su madre. Así es que la tuvimos secuestrada, sin permitir

que en el cuarto entrase nadie.... ¡y ojalá hubiésemos empezado por ahí,

desde que Perucho se marchó! Entonces no le hubieran contado.... ¿No le

parece á usted una fatalidad que supiese el parentesco que la une á

aquel infeliz? Han cargado su conciencia de negras sombras; la han

torturado con remordimientos que pudieron ahorrársele del todo.... la

han colocado á dos dedos de la locura!

--Me parece que no está usted en lo cierto, señor don Gabriel--respondió

lentamente el cura de Ulloa.--Si la niña ignorase que hay entre ella y

el hijo de Sabel un obstáculo eterno é invencible, le seguiría amando y

no veríamos nunca extinguida la pasión incestuosa. Estas desgracias tan

terribles provienen cabalmente de no haberle abierto los ojos á tiempo:

¡tremenda responsabilidad para los que estaban obligados á velar por

ella! Dios se lo perdone en su infinita misericordia.

--Me coge de lleno esa responsabilidad, padre. Yo debí venir antes á

conocer á la hija de mi pobre hermana, á saber cómo vivía, cómo la

educaban. Nada de eso hice, y será un remordimiento que me ha de durar

tanto como la vida. Y usted, usted que es un santo....

--Señor de Pardo, no me abochorne. Soy el último y el más miserable

pecador.

--Bien, pues usted.... que es un malvado!--exclamó sonriendo

cariñosamente el artillero,--¿no tuvo ocasión de insinuarle.... no se

confesaba la niña con usted?

--Algún año por el Precepto.... Confesiones á escape, en que no es

posible echarle la sonda á un alma y ver lo que tiene dentro. Todo lo

han descuidado en esa pobrecita, hasta los deberes religiosos, y si hay

en ella bondad y honradez....

--¡Ya lo creo que la hay...!--protestó Gabriel con viveza.

--Será por virtud natural y por misericordia de Dios... Nada le han

enseñado; la han dejado vivir entregada á sí misma, por montes y breñas

como los salvajes. Ha caído muy hondo; pero ¿cómo no había de caer? Al

borde del abismo la empujaban!

--¿Cómo es que no la veía usted más á menudo? Usted que tanto quiso á su

madre?

La fisonomía del cura se animó y alteró un tanto. Gabriel le había

observado desde un principio, y notado que el cura de Ulloa, ahora como

en la primer entrevista, parecía llevar sobre las facciones una máscara,

una especie de barniz de impasibilidad, austeridad y desasimiento, que

le daba gran semejanza con algunas pinturas de santos contemplativos que

andan por las sacristías. La expresión se había recogido al interior,

por decirlo así; los ojos, muy sumidos bajo el convexo párpado, miraban

positivamente para dentro. Eran sus trazas como de hombre que huye de la

vida de relación y se concentra en su pensamiento, procurando envolverse

en una especie de mística indiferencia por las cosas exteriores, que no

es egoísmo porque no impide la continua disposición del ánimo al bien,

sino que parece coraza que protege á un corazón excesivamente blando

contra roces y heridas. La forma cristiana de la impasibilidad estoica.

Pero ante la directa pregunta de Gabriel, quebrantóse la tranquilidad

del cura: un leve matiz rojo le tiñó las mejillas, y brillaron sus

apagados ojos. No debía de ser tan flemático, en el fondo, el bueno del

abad.

--No señor--pronunció más aprisa y en tono algo agitado.--Le hablaré á

usted con franqueza absoluta, por ser usted quien es y por el caso

extraordinario en que estamos... Hace muchos años que yo no frecuento la

casa de los Pazos, en que tuve la honra de ser capellán, parte por el

carácter de su señor hermano político de usted (todos tenemos nuestros

defectos, nuestras rarezas), parte porque me traían aquellas paredes

recuerdos... bastante tristes. De esto no necesitamos hablar más.

Respecto á la niña, mire usted... Cuando era pequeñita, puede decirse

que recién-nacida, le tenía yo cobrado un cariño... un cariño que no sé:

muy grande podrá ser el amor de los padres para sus hijos, pero lo que

es el que yo tenía al angelito de Dios, es una cosa que no se puede

explicar con palabras. Como luego me fuí de aquí y tardé bastante tiempo

en volver (hasta que me presentaron para este curato), pude meditar y

considerar las cosas de otro modo, con más calma; y entonces evité ver

mucho á la niña, por no poner el corazón en cosas del mundo y en las

criaturas, que de ahí vienen amarguras sin cuento y tribulaciones muy

grandes del espíritu... El que se casa, bien está y justo es que quiera

á sus hijos sobre todas las cosas, después de Dios; pero el sacerdote, y

en especial el párroco, ha de ser padre de todas sus ovejas, pues tal es

su oficio... y no amar mucho en particular á nadie, para poder amar á

todos, y amarlos no en sí, sino en Cristo, que es el modo derecho. Así

he creído que debía hacer, señor de Pardo... En cuanto al motivo, no

pienso haber errado; pero, á poder prever los acontecimientos y el

peligro de la niña, debí proceder de otro modo. Yo, que estaba cerca,

soy muchísimo más delincuente y reo de descuido que usted que estaba

lejísimos y no podía razonablemente suponer que corriese Manuela ningún

riesgo teniendo al lado á su padre.

--Pues ahora--exclamó Gabriel--se me figura que nada remediamos con

andar volviendo la vista atrás y lamentar lo ocurrido. El lance es

espantoso; á hacerle cara, y á reparar en lo posible (hablo por mí) el

delito de que somos reos. Yo tengo aquí en esta mano la reparación. Lo

que necesita ahora mi sobrina, es rehabilitarse á sus propios ojos; es

volver á estimarse á si misma; es reconciliarse con su propia

conciencia. Es muy joven, muy inexperta, muy sencilla, ya por efecto de

su carácter, ya de sus hábitos; y cree haber cometido uno de esos

crímenes horribles que la hacen acreedora á que caiga sobre su cabeza el

fuego del cielo, que abrasó á los habitantes de las cinco ciudades

aquellas... Cuando no se ha vivido, señor cura, no es posible tener idea

exacta de la magnitud y trascendencia de nuestros actos, ni del grado de

responsabilidad que nos toca en ellos; así es que la pobre chica, no le

quiero á usted decir ni cómo se trata á sí misma, ni las cosas que se

llama, ni las culpas que se echa, ni las atrocidades que ensarta sobre

el tema de que se quiere morir, de que no estará tranquila hasta que le

canten el responso, ¡y otras mil cosas análogas! Desde que ha pasado el

acceso nervioso, permanece calladita y vuelta de cara á la pared, y sólo

se le saca de cuando en cuando un--¡Ay Jesús... ay Jesús... yo me quiero

confesar...!--pero, en resumidas cuentas, el estado de ánimo entonces y

ahora es el mismo, y aquí no hay más que una solución: tranquilizar,

calmar, restaurar ese espíritu. Yo lo he intentado por todos los medios;

pero á mí no me oye ni me atiende, mientras que á usted le llama... Su

sagrado prestigio de usted lo puede todo en esta ocasión.

--Cuanto de mí dependa...

--Y de mí; ¿no ha entendido usted aún? Lo diré más claro. Hágale usted

comprender que nada ha perdido, que no está ni infamada ni maldita, una

vez que su tío, persona decente por los cuatro costados, la pide por

mujer, la quiere con todo su corazón, y está dispuesto á ser para ella

cuanto le negó la suerte hasta el día: padre, madre, hermano,

protector, esposo amantísimo... que con todos estos cariños diferentes

la sabré querer yo.

Reinó en la celdita prolongado silencio. El cura recobraba su expresión

tranquila; reflexionaba. Por último, interrogó:

--¿Usted se casaría con ella, sin reparar...?

--Sin reparar en lo sucedido.

--Y nunca...

--Y nunca se lo había de traer á la memoria.

--Según eso, ¿está usted... prendado de su sobrina?

--No señor. Prendado, no, según suele entenderse esa palabra. La quiero;

y además pago una deuda.

--No desmiente usted la buena sangre, señor don Gabriel... _Alguien_ le

estará á usted dando las gracias y pidiendo por usted desde el cielo.

--No--respondió Gabriel levantándose--si aquí quien ha de hacer el

milagro es usted... Mi destino y el de Manuela están en sus manos.

--En las de Dios--respondió fervorosamente el cura de Ulloa. Dicho esto,

se levantó, volvió la vista hacia una detestable litografía del Corazón

de Jesús, que tenía colgada á la cabecera de la cama, y movió los

labios aprisa; aquello sí era rezar.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 56 / 64 题