--¿El señor cura? ¿Está en casa?
--¡Ay señor! Va en la misa... ya hace un bocadito que salió.
--¿Tardará mucho?
--¿Quién es capaz de saberlo? La misa se despabila pronto; solamente que
después, si le da la gana de ir á rezar al camposanto... lo mismo puede
tardar media hora que una. Si quiere, voy á buscarlo en un instante.
--Nada de eso... Déjele usted que rece. No tengo prisa; esperaré.
--¡Quieto, can! ¡Quieto, arrenegado! Pase, éntre, haga el favor de
subir.
Pasábase por la cocina para llegar á la sala del cura, sala que hacía
oficio de comedor, y se reducía á cuatro paredes enyesadas, una mesa
vieja con tapete de hule, una Virgen del Carmen de bulto, encerrada en
su urna de cristal y caoba, y puesta sobre una cómoda asaz ventruda y
apolillada, y media docena de sillas de Vitoria. Goros se deshacía
buscando y ofreciendo la menos desvencijada y vieja.
--Gracias, estoy muy bien--afirmó el artillero después de tomar
asiento;--no deje usted sus quehaceres, amigo; váyase á trabajar.
La verdad es que deseaba estar solo, como todos los que lidian con
preocupaciones muy serias. Pesado silencio llenaba la salita, y lo
interrumpía sólo el zumbido de un moscardón, que se aporreaba la cabeza
contra los vidrios de la ventana. Gabriel Pardo acercó su silla á la
mesa, y apoyando en ésta los codos, dejó caer sobre las palmas de las
manos la frente, experimentando algún consuelo al oprimirse los párpados
y las sienes doloridas. Ni él mismo sabía por qué, después de dos ó tres
días de febril actividad, de lucha encarnizada con una situación
espantosa, le entraba ahora tan inmenso desaliento, tales ganas de
echarlo todo á rodar, meterse en un coche y volverse á Santiago, á
Madrid...
Tres noches llevaba sin dormir y tres días sin comer casi, y tal vez por
culpa de la vigilia y abstinencia le parecía en aquel instante que su
cerebro estaba reblandecido, y que sus ideas eran como esos círculos que
hace en el agua la piedra arrojadiza; no tenían consistencia alguna. A
fuerza de encontrarse frente á frente, de lidiar cuerpo á cuerpo con uno
de los problemas más tremendos que pueden acongojar á la razón humana,
ya había perdido la brújula, y el desbarajuste de su criterio le
amedrentaba.--Vamos á ver (y era la centésima vez que repetía aquel
soliloquio mental). Aquí se han tronzado moralmente dos existencias; se
les ha estropeado la vida á dos seres en la flor de la edad. Los dos se
causan horror á sí mismos; los dos se creen reos de un crimen, de un
pecado espantoso... y los dos, bien lo veo, seguirán queriéndose largo
tiempo aún. ¿Son delincuentes en rigor? Por de pronto, que no lo sabían;
pero supongamos que lo supiesen, y así y todo... No, dentro de la ley
natural, eso no es crimen, ni lo ha sido nunca. Si en los tiempos
primitivos, de una sola pareja se formó la raza humana, ¿cómo diantres
se pobló el mundo sino con _eso_? ¡Ea, se acabó; está visto que yo no
tengo lo que llaman por ahí sentido moral! ¡A fuerza de lecturas, de
estudiar y de ejercitar la razón, me he acostumbrado á ver el pro y el
contra de todas las cosas... Me he lucido! Lo que la humanidad encuentra
claro como el agua, lo que un niño puede resolver con las nociones
aprendidas en la escuela, á mí me parece hondísimo é insoluble... Sólo
en el primer momento, guiado por mi instinto, procedo con lógica; así
cuando quería matar á Perucho; entonces era yo un hombre resuelto, no
un divagador miserable; pero ¿cuánto me dura á mí esa fuerza, esa
convicción? Diez minutos; el tiempo que tardo en echarme á filosofar
sobre el asunto y empezar con porqués, con atenuaciones, indulgencias y
tolerancias... ¡El cáncer que me roe á mí es la indulgencia, la
indulgencia! ¿Me casaría yo, aunque fuese lícito, con una de mis
hermanas? No, y estoy disculpando el incesto. Como aquella vez que
encontré mil excusas á la cobardía del famoso Zaldívar, el que se guardó
varios bofetones y no quiso batirse... ¡y luego tuve que echármelas yo
de matón para que no se figurasen que defendía causa propia! Aún me
río... ¡Cómo me puse cuando el otro botarate de Morón me dijo con mucha
soflama que era cómodo tener ciertas teorías á mano...! Aún se deben
acordar en el café de la que allí se armó... ¡Ay, y qué cansado estoy de
estas dislocaciones de la razón, de este afán de comprenderlo y
explicarlo todo! La calamidad de nuestro siglo. Quisiera tener el
cerebro virgen, ¡qué hermosura! ¡Pensar y sentir como yo mismo; con
energía, con espontaneidad, equivocándome ó disparatando, pero por mi
cuenta! Ese montañés me ha inspirado simpatía, cariño, envidia,
admiración. Él se cree el hombre más infeliz de la tierra, y yo me
trocaría por él ahora mismo... ¡Con qué sinceridad y entereza siente,
piensa y quiere! Vamos, que ya daría yo algo por poder decir con aquella
voz, aquel tono y aquella energía:--¿Soy algún perro para no creer en
Dios?
Gabriel se oprimió más las sienes. El moscardón seguía zumbando y
golpeándose, incansable en su empeño de romper un vidrio con la cabeza
para salir al aire y á la libertad que desde fuera le estaban
convidando. Levantóse Pardo, deseoso de librarse, con la acción, de la
tortura de aquellas cavilaciones estériles y mareantes. Púsose á pasear
de arriba abajo por la sala, escuchando el crujido de sus botas nuevas,
unas botas de becerro blanco encargadas para la expedición al valle de
Ulloa. Se paró ante la urna de la Virgen del Carmen, y la miró
atentamente, reparando en su corona, en la inocente travesura de los
ojos del niño, en la forma del escapulario... ¡De veras que ya iba
tardando el cura! Sentía Gabriel esa necesidad de movimiento que
entretiene la impaciencia. Salió á la cocina, donde Goros mondaba
patatas; y abriendo la petaca, le ofreció cordialmente un cigarro. El
criado del cura se puso de pie, sonrió complacientemente y se rascó el
cogote detrás de la oreja, ademán favorito del gallego cuando delibera
para entre sí. Gabriel adivinó.
--¿No fuma usted?
--No señor, no gasto, hase de decir la verdad. Dios se lo pague y la
Virgen Santísima y de hoy en un año me dé otro.
--¡Pues si no le he dado á usted ninguno!
--La entención es lo que se estima, señor. No se le va el tiempo; con su
permiso, cumple avisar al señor abad.
--No, hombre; si ya no es posible que tarde mucho. Tiene el abad una
casita muy mona... ¿Produce mucho el huerto?
--No señor, apenas nada... ¿Quiere molestarse en ver cuatro coles?
--Si usted no tiene ocupación precisa...
--Jesús, señor... Venga por aquí. (Goros tomó la delantera.) Esto es una
poquita cosa que yo la trabajo cuando tengo vagar... (Encogiéndose de
hombros con aire resignado.) Porque el señor abad... ¡mi alma como la
suya! no mete un triste jornalero, y yo á veces me levanto antes de ser
día, y con un farol en la mano voy cuidando... Y todo me lo come el
verme...
Obligaba la cortesía á Gabriel á fijarse en un repollo comido de orugas,
un tomate que rojeaba, un pavío chiquito, enfermo de un flujo de goma, y
un peral muy cargado ya. Luego entraron en la corraliza donde se ofrecía
á los ojos un cuadro de familia interesante. Era una marrana soberbia en
medio de su ventregada de guarros, los más rosados y lucios que pueden
verse. La madre vino á frotarse cariñosamente contra Goros; pero al ver
á Gabriel gruñó con recelo y echó al trote, seguida de sus críos, hacia
la pocilga. Goros la llamó con cariñosos apelativos, diminutivos y
onomatopeyas, para sosegarla.
--Quina, quiniña... cuch, cuch, cuch...
--¡Qué grande es y qué hermosa!--observó Gabriel para lisonjear la
vanidad de Goros.
--Es muy hermosísima, sí señor; y eso que está chupada de criar. Cuando
se cebe tendrá con perdón unas carnes y unos tocinos... como los del
Arcipreste de Boan. ¿Le conoce, señorito?--exclamó el criado, que ya
estaba rabiando por vaciar el saco de las chanzas irreverentes.
--Algo--respondió Gabriel sonriendo.
--¿Y no le parece, dispensando usté, que se la podíamos enviar de
ama?--añadió Goros señalando á la puerca. Como Gabriel no celebró mucho
el chiste, Goros mudó de estilo.
--¿Ve los que tiene?--dijo enseñando los cochinillos.--Pues á todos los
ha criado... Es el segundo año que cría... Aquel ya es hijo suyo--añadió
mostrando en un rincón de la corraliza un cerdazo corpulento, pero con
un aire hosco y feroz que recordaba al jabalí montés.--Matamos el cerdo
viejo por Todos los Santos... y quedó ese para padre.
Mientras Gabriel consideraba á aquel Edipo de la raza porcuna, un
gracioso animal vino á enredársele entre los pies: era una paloma
calzuda, moñuda, de cuello tornasolado donde reverberaban los más lindos
colores; giraba arrullando, y su ronquera era honda, triste y voluptuosa
á la vez. Gabriel se inclinó hacia ella, y el ave, sin asustarse mucho,
se limitó á desviarse unos cuantos pasos de sus patitas rosadas.
--¿Hay palomar?--preguntó Pardo.
--No señor... (El criado estregó el pulgar contra el índice, como
indicando que no sobraba dinero para meterse en aventuras.) Pero el
señor abad... como Dios lo dió tan blando de corazón... y como las
palomas le gustan..., mantiene á las de todos los palomares de por ahí,
y siempre tenemos la casa llena de estas bribonas.... Siquiera sacamos
un par de pichones para asarlos; aquí no vienen sino á llenar el papo y
marcharse.... ¡Largo, galopinas!--añadió dirigiéndose á varias que desde
el tejado descendían á la corraliza volando corto.--¡Ay señor!--añadió
el criado tristemente:--es mucho gusto servir á un santo... ¡pero
también... los trabajos que se pasan para ir viviendo acaban con uno!
Aquí no se cobran derechos.... aquí los feligreses se ríen del señor, y
no traen ni huevos, ni gallinas, ni fruta, ni nada... aquí la fiesta del
Patrón, como si no la hubiera... Aquí se guarda el tocino y la carne
para los enfermos de la parroquia, y nosotros pasamos con berzas y unto!
Latió el perro de alegría; abrióse la puerta del patio que comunicaba
con la corraliza, y apareció el cura flaco, sumido de carnes, encorvado,
canoso, de ojos azules muy apagados, vestido con una sotanuela color de
ala de mosca, pero limpia. Gabriel se descubrió, se adelantó, y antes de
saludarle inclinóse y le estampó un gran beso en la mano.