A tiempo que el párroco de Ulloa cruzaba, sereno en apariencia, aquellos
salones tan poblados para él de memorias y de diabólicas insidias y
asechanzas contra su reposo, Juncal salía del cuarto de la enferma. A la
pregunta ansiosa de Gabriel, el médico dió respuesta sumamente
satisfactoria:
--Mejor, mucho mejor... Se ha comido la patita de la gallina, toda
entera... Se bebió un vaso de tostado...
--¿Por su voluntad?
--No; tuve que rogarle mucho, pero después se veía que lo despachaba
sin repugnancia. A esa edad, la naturaleza ayuda... Señor abad;
¡felices!
--Igualmente, don Máximo... ¿De manera que no hay inconveniente en
entrar junto á ella?
--Al contrario... tiene afán por verle á usted.
--Pues señores... hasta luego.
Así que el cura desapareció tras la puerta del cuarto, Juncal enganchó
el brazo derecho en el del comandante, y le llevó hacia el claustro,
diciendo afectuosamente:
--Véngase, véngase á tomar un poco el aire... usted va á salir de esta
batalla con una enfermedad. Duerme y come tan poco como la enferma, y
eso no puede ser... A ella la sostuvo hasta hoy la excitación nerviosa;
usted está en diferente caso.
--Bch... ¿Cómo sigue don Pedro? No voy allá porque se pone hecho un lobo
cuando me ve... ¡La manía de que yo he venido á traer la desgracia á
esta casa!
--Mire, seguir no le sigue peor; mañana ó pasado se levantará, y
parecerá muy fuerte; pero... confieso que me ha dado un chasco.
Físicamente (consiste en la diferencia de edades) le ha hecho la cosa
más eco que á la muchacha... Ha sido un golpe terrible. Y que nada; que
no se acostumbra á que el chico se haya marchado. Hasta los jabalíes del
monte quieren á sus cachorros; esto lo prueba.
--Bonita está esta casa. Dígole á usted, Máximo, que arde en un candil.
No hablemos de Manuela; pero entre don Pedro que aúlla, y las gentes de
abajo, que me arman cada gazapera y cada red... Porque ahora sus
baterías se dirigen á que don Pedro reconozca... Piensan que va á
liárselas, y... á lo que estamos, tuerta.
--Bueno es que usted se impuso desde el primer instante..... Sinó,
¿quién pararía aquí?
--Me impuse; no quiero que molesten á un enfermo; pero lo del
reconocimiento lo considero muy justo. Si ese cernícalo me quisiese
oir, se lo aconsejaría. ¡Cuántos daños se hubieran evitado, con hacerlo
al tiempo debido!
Juncal inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y los dos amigos
siguieron paseando por el claustro, ó mejor dicho por la solana,
sostenida en pilastras de piedra, con el escudo de Moscoso, que formaba
el cuerpo superior del claustro. El liquen, á la luz del sol, estriaba
de oro la piedra; y bajo los aleros del tejado se oía el pitío
alborotador de las golondrinas, que desmintiendo la popular creencia de
que sólo anidan en casas donde reinan paz y ventura, entraban y salían
en sus nidos, con vuelo airoso.
--Don Gabriel, usted está alterado--exclamó el médico notando la
irregularidad del andar y los movimientos del comandante. Todo el cuerpo
de Gabriel, en efecto, vibraba como una caldera de vapor á tensión muy
alta.--No se lo dije, que acabaría usted por ponerse más malo que su
sobrina?
--No es eso, no es eso...--exclamó con vehemencia el comandante,
soltando el brazo de su amigo y reclinándose en una de las
pilastras.--Es... que ahora, en este mismo instante, se decide el
destino de mi vida y el de Manuela. El cura de Ulloa lleva un encargo
mío...
--¡Mi madre querida!--exclamó con cómico terror Juncal, agarrándose con
las manos la cabeza.--¡Ha puesto usted su destino en manos de un
clericeronte! ¡Estamos frescos! Ay, don Gabriel, de aquí va á salir una
_falcatrúa_... Verá, verá, verá.
--¡Hombre!--repuso Gabriel sin poder evitar la risa.--Yo pensé que hacía
usted una excepción honrosísima en favor del cura de Ulloa.
--Entendámonos, entendámonos... Hasta cierto punto nada más. ¡El clérigo
siempre es clérigo! Donde él pone la mano, todo lo deja llevado de
Judas. ¿Usted piensa que á mí me hizo gracia el que la chica llamase por
él y quisiera verlo á toda costa? ¡Mal síntoma, síntoma funesto! Yo á
sanarla, y el clérigo... ¡ya lo verá usted! á enfermar la otra vez, y
de más cuidado que la primera. Mucho será que hoy no tengamos la
convulsión y la llorerita... ¡Mecachis en los que vienen ahí á alborotar
á la gente!
--Vamos, Máximo, tolerancia, tolerancia... ¿De modo que si usted
pudiese, al cura de Ulloa me lo metía en el buque con los demás, y con
los demás me lo enviaba á tierra de salvajes?
--¡Pues claro, señor! ¿No hace falta un apóstol para convertir á los
infieles? Pues así habría un apóstol entre muchos pillos... Y nos
quedaríamos libres por acá de apóstoles, porque nosotros ya estamos
convertidos hace rato.
En tomando la ampolleta Juncal sobre esta cuestión, no era facil
atajarle; y como Gabriel se reía á veces de sus extravagantes dichos, el
médico sacaba todo su repertorio. Mientras el comandante apuraba el
cigarro, el médico refería la vida y milagros de todos los abades del
contorno, más ó menos recargada de arabescos y viñetas.
--El de Boan... á ese ya lo habían despachado por bueno: lo atacaron
veinte facinerosos en su casa, y les probó que servía mejor que ellos
para el oficio: si se descuidan me los escabecha á todos... Mire qué
mansedumbre evangélica. El de Naya no me la da á mí con su carita
complaciente: debe de ser un pillo redomado: más amigo de diversión y
gaudeamus... Si le estuviesen dando la consagración de obispo y oyese
que al lado se iban á disparar unos cohetes y á hinchar un globo, tira
con la mitra y echa mano al tizón... El arcipreste de Loiro... dice que
se come él solo un capón cebado y que le chorrea la grasa de la enjundia
por el queso abajo, hasta el ombligo.... ¡Pues no digo nada del nuevo
que nos han mandado á Cebre! Más bruto no lo hace Dios aunque se
empeñe... y tiene pretensiones de orador sagrado, porque en Santiago le
dieron una faena de cavador; en un mismo día predicó por la mañana el
sermón del Encuentro, al aire libre, y por la tarde el de la Agonía:
total cuatro horas de echar el pulmón, y de hacer chacota de él los
estudiantes. Y lo más célebre fué que en el sermón del Encuentro llevaba
una pelliz, eso sí, muy planchada y muy rizadita; y cuando para
enternecer al público hizo ademán de abrazar á la Virgen para consolarla
de la ausencia de su hijo, los estudiantes gritaban: ¡Ay mi pelliz! Así
que se enteró el Arzobispo, dicen que le pasó recado de que no predicase
más... Aquí cuando echa la plática aturde la iglesia... Según dicen; que
yo, ya imaginará usted que no asisto á semejante iniquidad... Usted está
distraído, vamos; no le cuento á usted más cuentos de esa gente.
--No, cuente usted; así entretengo un poco la ansiedad inevitable.
Porque sepa usted que á mí lo único que me saca de quicio y me desata
los nervios, es la expectación y la incertidumbre. Para las desgracias
verdaderas, para los males ya conocidos, creo que no me falta
resistencia; y eso que no la doy de estoico.
Siguió Juncal refiriendo cuentos de curas; pero como todo se agota, la
conversación iba languideciendo mucho. Gabriel, de cuando en cuando,
entraba en el salón, recorría dos ó tres habitaciones, y salía siempre
diciendo:--¡Nada... nada...! ¡La cosa va larga!
--Ya verá usted--respondía Juncal--cómo el bueno del cura le mete
escrúpulos en la cabeza á la señorita.