XXXIV

A tiempo que el párroco de Ulloa cruzaba, sereno en apariencia, aquellos

salones tan poblados para él de memorias y de diabólicas insidias y

asechanzas contra su reposo, Juncal salía del cuarto de la enferma. A la

pregunta ansiosa de Gabriel, el médico dió respuesta sumamente

satisfactoria:

--Mejor, mucho mejor... Se ha comido la patita de la gallina, toda

entera... Se bebió un vaso de tostado...

--¿Por su voluntad?

--No; tuve que rogarle mucho, pero después se veía que lo despachaba

sin repugnancia. A esa edad, la naturaleza ayuda... Señor abad;

¡felices!

--Igualmente, don Máximo... ¿De manera que no hay inconveniente en

entrar junto á ella?

--Al contrario... tiene afán por verle á usted.

--Pues señores... hasta luego.

Así que el cura desapareció tras la puerta del cuarto, Juncal enganchó

el brazo derecho en el del comandante, y le llevó hacia el claustro,

diciendo afectuosamente:

--Véngase, véngase á tomar un poco el aire... usted va á salir de esta

batalla con una enfermedad. Duerme y come tan poco como la enferma, y

eso no puede ser... A ella la sostuvo hasta hoy la excitación nerviosa;

usted está en diferente caso.

--Bch... ¿Cómo sigue don Pedro? No voy allá porque se pone hecho un lobo

cuando me ve... ¡La manía de que yo he venido á traer la desgracia á

esta casa!

--Mire, seguir no le sigue peor; mañana ó pasado se levantará, y

parecerá muy fuerte; pero... confieso que me ha dado un chasco.

Físicamente (consiste en la diferencia de edades) le ha hecho la cosa

más eco que á la muchacha... Ha sido un golpe terrible. Y que nada; que

no se acostumbra á que el chico se haya marchado. Hasta los jabalíes del

monte quieren á sus cachorros; esto lo prueba.

--Bonita está esta casa. Dígole á usted, Máximo, que arde en un candil.

No hablemos de Manuela; pero entre don Pedro que aúlla, y las gentes de

abajo, que me arman cada gazapera y cada red... Porque ahora sus

baterías se dirigen á que don Pedro reconozca... Piensan que va á

liárselas, y... á lo que estamos, tuerta.

--Bueno es que usted se impuso desde el primer instante..... Sinó,

¿quién pararía aquí?

--Me impuse; no quiero que molesten á un enfermo; pero lo del

reconocimiento lo considero muy justo. Si ese cernícalo me quisiese

oir, se lo aconsejaría. ¡Cuántos daños se hubieran evitado, con hacerlo

al tiempo debido!

Juncal inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y los dos amigos

siguieron paseando por el claustro, ó mejor dicho por la solana,

sostenida en pilastras de piedra, con el escudo de Moscoso, que formaba

el cuerpo superior del claustro. El liquen, á la luz del sol, estriaba

de oro la piedra; y bajo los aleros del tejado se oía el pitío

alborotador de las golondrinas, que desmintiendo la popular creencia de

que sólo anidan en casas donde reinan paz y ventura, entraban y salían

en sus nidos, con vuelo airoso.

--Don Gabriel, usted está alterado--exclamó el médico notando la

irregularidad del andar y los movimientos del comandante. Todo el cuerpo

de Gabriel, en efecto, vibraba como una caldera de vapor á tensión muy

alta.--No se lo dije, que acabaría usted por ponerse más malo que su

sobrina?

--No es eso, no es eso...--exclamó con vehemencia el comandante,

soltando el brazo de su amigo y reclinándose en una de las

pilastras.--Es... que ahora, en este mismo instante, se decide el

destino de mi vida y el de Manuela. El cura de Ulloa lleva un encargo

mío...

--¡Mi madre querida!--exclamó con cómico terror Juncal, agarrándose con

las manos la cabeza.--¡Ha puesto usted su destino en manos de un

clericeronte! ¡Estamos frescos! Ay, don Gabriel, de aquí va á salir una

_falcatrúa_... Verá, verá, verá.

--¡Hombre!--repuso Gabriel sin poder evitar la risa.--Yo pensé que hacía

usted una excepción honrosísima en favor del cura de Ulloa.

--Entendámonos, entendámonos... Hasta cierto punto nada más. ¡El clérigo

siempre es clérigo! Donde él pone la mano, todo lo deja llevado de

Judas. ¿Usted piensa que á mí me hizo gracia el que la chica llamase por

él y quisiera verlo á toda costa? ¡Mal síntoma, síntoma funesto! Yo á

sanarla, y el clérigo... ¡ya lo verá usted! á enfermar la otra vez, y

de más cuidado que la primera. Mucho será que hoy no tengamos la

convulsión y la llorerita... ¡Mecachis en los que vienen ahí á alborotar

á la gente!

--Vamos, Máximo, tolerancia, tolerancia... ¿De modo que si usted

pudiese, al cura de Ulloa me lo metía en el buque con los demás, y con

los demás me lo enviaba á tierra de salvajes?

--¡Pues claro, señor! ¿No hace falta un apóstol para convertir á los

infieles? Pues así habría un apóstol entre muchos pillos... Y nos

quedaríamos libres por acá de apóstoles, porque nosotros ya estamos

convertidos hace rato.

En tomando la ampolleta Juncal sobre esta cuestión, no era facil

atajarle; y como Gabriel se reía á veces de sus extravagantes dichos, el

médico sacaba todo su repertorio. Mientras el comandante apuraba el

cigarro, el médico refería la vida y milagros de todos los abades del

contorno, más ó menos recargada de arabescos y viñetas.

--El de Boan... á ese ya lo habían despachado por bueno: lo atacaron

veinte facinerosos en su casa, y les probó que servía mejor que ellos

para el oficio: si se descuidan me los escabecha á todos... Mire qué

mansedumbre evangélica. El de Naya no me la da á mí con su carita

complaciente: debe de ser un pillo redomado: más amigo de diversión y

gaudeamus... Si le estuviesen dando la consagración de obispo y oyese

que al lado se iban á disparar unos cohetes y á hinchar un globo, tira

con la mitra y echa mano al tizón... El arcipreste de Loiro... dice que

se come él solo un capón cebado y que le chorrea la grasa de la enjundia

por el queso abajo, hasta el ombligo.... ¡Pues no digo nada del nuevo

que nos han mandado á Cebre! Más bruto no lo hace Dios aunque se

empeñe... y tiene pretensiones de orador sagrado, porque en Santiago le

dieron una faena de cavador; en un mismo día predicó por la mañana el

sermón del Encuentro, al aire libre, y por la tarde el de la Agonía:

total cuatro horas de echar el pulmón, y de hacer chacota de él los

estudiantes. Y lo más célebre fué que en el sermón del Encuentro llevaba

una pelliz, eso sí, muy planchada y muy rizadita; y cuando para

enternecer al público hizo ademán de abrazar á la Virgen para consolarla

de la ausencia de su hijo, los estudiantes gritaban: ¡Ay mi pelliz! Así

que se enteró el Arzobispo, dicen que le pasó recado de que no predicase

más... Aquí cuando echa la plática aturde la iglesia... Según dicen; que

yo, ya imaginará usted que no asisto á semejante iniquidad... Usted está

distraído, vamos; no le cuento á usted más cuentos de esa gente.

--No, cuente usted; así entretengo un poco la ansiedad inevitable.

Porque sepa usted que á mí lo único que me saca de quicio y me desata

los nervios, es la expectación y la incertidumbre. Para las desgracias

verdaderas, para los males ya conocidos, creo que no me falta

resistencia; y eso que no la doy de estoico.

Siguió Juncal refiriendo cuentos de curas; pero como todo se agota, la

conversación iba languideciendo mucho. Gabriel, de cuando en cuando,

entraba en el salón, recorría dos ó tres habitaciones, y salía siempre

diciendo:--¡Nada... nada...! ¡La cosa va larga!

--Ya verá usted--respondía Juncal--cómo el bueno del cura le mete

escrúpulos en la cabeza á la señorita.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 57 / 64 题