El sol había salido, y también el cura de Ulloa á celebrar el santo
sacrificio de la misa. Goros, medio en cuclillas ante la piedra del
hogar, con las manos fuertemente hincadas en las caderas, el cuerpo
inclinado hacia delante, los carrillos inflados y la boca haciendo
embudo, soplaba el fuego, al cual tenía aplicado un fósforo. Y á decir
verdad, no se necesitaba tanto aparato para que ardiesen cuatro ramas
bien secas.
Ladró el mastín en el patio, pero con ese tono falsamente irritado que
indica que el vigilante conoce muy bien á la persona que llega, y ladra
por llenar una fórmula. En efecto, cansado estaba el _Fiel_ de contar en
el número de sus conocidos al madrugador visitante. Como que, siendo
aquel todavía cachorro, éste se había encargado de la cruenta operación
de cercenarle la punta del rabo y la extremidad de las orejas.
Venía el atador de Boán con el estómago ayuno de bebida, pues acababa de
dejar la camada de paja fresca con que aquella noche le había obsequiado
el pedáneo; y si esta narración ha de ser del todo verídica y puntual,
conviene advertir que llevaba el propósito de matar el gusanillo en la
cocina del cura. Lo cual prueba que el señor Antón no estaba muy al
tanto de las costumbres severas y espartanas del incomparable Goros,
incapaz de tener, como otros muchos de su clase, el frasquete del
aguardiente de caña oculto en algún rincón. Es más: ni siquiera por
cortesía ofreció un tente-en-pie, un _taco_ de pan y algo de comida de
la víspera, y se contentó con responder secamente:--Felices nos los dé
Dios--al saludo del algebrista. La razón de esta sequedad era una razón
profunda, seria y digna del temple de alma de Goros. Allá en su
conciencia de creyente á macha martillo y de persona bien informada en
lo que respecta al dogma, Goros tenía al señor Antón por un endemoniado
hereje, acusándole de que, merced al trato con las bestias, no
diferenciaba á un cristiano de un animal, ni siquiera de una hortaliza,
y que para él era _lo mismo una ristra de ajos_, con perdón, que el alma
de una persona humana. En las discusiones del ateneo de los Pazos, Goros
tenía siempre pedida la palabra en contra, y así que el algebrista se
descolgaba con una de sus atrocidades, allí estaba el criado del cura
hecho martillo de herejes, confutando las proposiciones panteísticas que
el alcohol y el atavismo ponían en los sumidos labios del componedor de
Boán.
--¿Vienes á ver los animales?--preguntóle aquella mañana
desapaciblemente.--Están bien lucidos. San Antón por delante. No tienen
falta de médico.
--Vengo á me sentar... que el cuerpo del hombre no es de madera, y á las
veces cánsase también.
--Bueno, ahí está el banco.
--¡Quién como tú!--suspiró el algebrista, quitándose el sombrero de copa
alta y poniéndolo entre las rodillas.--¡Hecho un canónigo, carraspo! Así
te engordan los cachetes, que pareces fuera el alma el marrano del
pedáneo cuando lo van á matar.
--Sí, sí, vente con endrómenas... Si hablases de otros criados de otros
curas diferentes, de todos los más que hay por el mundo adelante, que
revientan de gordos y de ricos... á cuenta de los malpocados de los
feligreses... Pero este mi señor, que antes de la hora de la muerte ya
ha entrado de patas en la gloria, nunca tiene sino necesidades y
pobrezas, y si el criado fuese como los vagos y lambones que andan de
casa en casa á la chupandina del jarro y del pisquis de caña... ¡ya le
quiero yo un recadito!
--¡Mal hablado! Aun siquiera una gota te pedí.
--Buena falta hace que me la pidas. Conozco yo las entenciones de la
gente...
Echóse á reir el algebrista, pues no era él hombre que se formalizase
por tan poco. De oirse llamar borrachón y pellejo estaba harto, y esas
menudencias no lastimaban su dignidad. Al contrario, dábanle pretexto
para explayarse en sus favoritas y perniciosas filosofías.
--Bueno, carraspo, bueno; el hombre tampoco es de palo y ha de tener sus
aficiones... quiérese decir, sus perfirencias. Y sino ¿para qué venimos
á este mundo recondenado? A la presente estamos aquí platicando los dos;
pues cata que sale una mosca verde del estiércol y te pica... el
_caruncho_ sea contigo, y acabóse; ya puede el señor cura plantarse
aquellos riquilorios negros con la cinta dorada. Que pasa un can con la
lengua de fuera, un suponer, y te da una dentada... pues como no te
acudan con el hierro ardiendo, ó no te pongan la cabeza de un conejo en
vez de la tuya, que dice que es ahora la última moda de Francia para la
rabia...
--Vaya á contar mentiras al infierno--exclamó Goros furioso, destrozando
en menudos fragmentos una onza de chocolate, pues el agua hervía ya en
la chocolatera.--No sé cómo Dios no manda un rayo que te parta, cuando
dices esos pecados de confundirnos con las bestias, Jesús mil veces!
--¡Si ya anda en los papeles! A fe de Antón, carraspo, que no te miento.
--Los papeles son la perdición de hoy en día. Los que escriben los
papeles, más malvados aún que las amas de los clérigos.
--Asosiégate, hombre, que tú no has de arreglar el mundo, ni yo tampoco.
Lo que se quiere decir, es que para cuatro días que tenemos de vida, no
debe un hombre privarse de lo que le gusta, en no haciendo daño á sus
desemejantes.
--Como los cerdos, con perdón, ¿eh?--vociferó Goros en el colmo de la
indignación, mientras buscaba por la espetera el molinillo.--¿Como los
marranos? ¿Comer, dormir, castizar, y luego á podrirse en tierra? Calle,
calle, que hasta parece que se me revuelve el estómago.
Lo que se revolvía era el chocolate, bajo el vertiginoso girar del
molinillo en la chocolatera. El cura de Ulloa padecía debilidad, y
necesitaba que en el mismo momento de llegar de la iglesia le metiesen
en la boca su chocolate, fuese en el estado que fuese; por lo cual Goros
acostumbraba tenerlo listo con anticipación, y el señor cura tomarlo
detestable.
--Yo no sé qué diferentes son de los marranos los hombres,
carraspo--blasfemó el algebrista.--Tras de lo mismo andan; el comer, el
beber, las mozas... Al fin, de una masa somos todos...
--¡No sé cómo Dios aguanta á este empío en el mundo!
--¿Y yo qué mal le hago á Dios, por si es caso? ¡De quien se ríe Dios es
de los bobos que se están aunando y con flatos y pasando mala vida!
¿Para quién hizo Dios,--vamos á ver, responde, cristiano,--para quién
hizo Dios las cosas buenas, el vino, y más la comida, y más las
muchachas de salero? ¿Las hizo Dios, sí ó no? Pues si las hizo, no será
para que nadie las escupa. Y si alguien las escupe, se ríe Dios de él,
¡carraspo y carraspiche!
--Si le oye mi señor, le echa con cajas destempladas de la cocina.
--¿No va en los Pazos el señor abad?--preguntó el algebrista, mudando de
tono, y como quien pregunta algo serio.
--¿En los Pazos? No, va en misa.
--Pues dice que lo van á llamar de los Pazos.
--¡Milagro! ¿Para qué será?
--Para echarle los desconjuros y los asperjes á la señorita Manola, que
tiene el _ramo cativo_, y para darle la esterminación á don Pedro, que
está en los últimos.
--¿Quién le dijo todo eso?
--El estanquero de Naya. Allá estive de noche.
--Pues es una mentirería descarada. Ayer noche fuí á los Pazos á ver qué
sucedía. También me lo encargó el señor abad. Y ni la señorita Manola
está endemoniada, ni el marqués tan malo.
--El haber hay en la casa un rebumbio de dos mil júncaras. ¿Hay ó no?
--Rebumbio lo hay, eso es como el Evangelio; pero eusageran, que no es
tanto.
--¿Y será mentira también el cuento de lo que pasó con el Perucho, el
hijo de la Sabel? Por Naya anda el cuento más corrido, ¡que no sé!
--Largó de casa, y no se sabe á derechas el motivo. Ese es el caso.
La fisonomía del algebrista, truhanesca y socarrona como ella sola, se
contrajo y arrugó con el más malicioso gesto posible.
--El motivo... Endrómenas, carraspo... Unos dicen de una manera, otros
de la otra, y tú vete á saber la verdá...
--La verdá sólo Dios--sentenció Goros...
--Ó el diaño, que inda es más listo. Pues señor, que dicen unos que la
señorita tuvo un disgusto grandísimo con el padre, á que había de echar
de casa al Perucho, y que hasta que lo echó no paró. Otros que ese señor
que está ahí... ¡ese de los cuatro ojos!
--Ya sé. El hermano de la difunta señora.
--Que fué quien porfió por echar á Perucho, porque quiere casarse con la
señorita... y así que supo que don Pedro le dejaba cuartos por
testamento, amenazó á Perucho de matarlo y por poco lo mata... hasta que
se tuvo que largar con viento fresco. Que otros... (aquí el guiño se
hizo más malicioso) que si andaban, si no andaban, si el Perucho y la
Manola y el otro y todos... ¡El diablo y más su madre! El cuento es que
juraban que el señor no salía de esta... que estaba gunizando... y que
tenían llamado al médico de Cebre, aquel con quien riñeran por mor de
las eleuciones...
Goros sacó en esto la chocolatera del fuego, porque ya había dado los
dos hervores de rúbrica; y meneando la cabeza con aire filosófico,
pronunció:
--Ni por ser rico... ni por ser señor... ni por por poca edá... ni por
sabiduría... Cuando llega la de pagar la gabela de las enfermedades y de
las desgracias y de la muerte negra...
El algebrista callaba, como el que no tiene ganas de armar disputa otra
vez, y picaba con la uña, de una gruesa tagarnina, cantidad bastante
para liar un papelito. Así que lo hubo liado, se encasquetó la
monumental chistera, y acercándose al fogón, murmuró con tonillo
insinuante:
--¿Con que no das ni una pinga?
--No gasto--respondió el criado del cura áspera y lacónicamente.
--Da entonces lumbre para el cigarro, que no te arruinará, cutre,
sarnoso.
Goros le alargó un tizón, y el componedor, con un cigarrillo en el canto
de la boca, salió rezongando un
--¡Conservarse!
Creyóse el perro en el compromiso de soltar un ladrido de alarma al ver
salir al señor Antón; mas de allí á dos minutos, rompió á ladrar con
verdadero frenesí, con ese bronco ladrido, casi trágico, que es aviso y
reto á la vez. Goros se lanzó fuera y se halló, á la puerta del patio,
con el señor de los _cuatro ojos_.