¡Bueno venía el _Motín_ aquella mañana; bueno, bueno! La caricatura, de
las más chistosas; como que representaba á _don Antonio_ con una lira,
coronado de rosas y rodeado de angelitos; ¡y luego, en la sección de
sueltos picantes, cada hazaña de los _parroquidermos_ y _clericerontes_!
Aquello sí que era ponerles las peras á cuarto. ¡Habráse visto
sinvergüenzas! ¡Pues apenas andarían ellos desbocados si no hubiese un
_Motín_ encargado de velar por la moral pública y delatar
inexorablemente todas las picardigüelas de la gente negra! ¡Si con
_Motín_ y todo...!
Juncal se regodeaba, partiéndose de risa ó pegando en la mesa puñetazos
de indignación, según lo requería el caso; pero tan divertido y absorto
en la lectura, que no hizo caso del perrillo acostado á sus pies cuando
ladró anunciando que venía alguien. En efecto entró Catuxa, frescachona
y vertiendo satisfacción al preguntar á su marido:
--¿Que no ciertas quien tay viene?
El alborozo de su mujer era inequívoco; el médico de Cebre cayó en la
cuenta al punto, y saltó en la silla dando al _Motín_ un papirotazo
solemne y exclamando:
--¿Don Gabriel Pardo?
--¡El mismo!
--Mujer... ¡y no lo haces subir! Anda, despabílate ya... No, voy yo
también... ¡Qué mómara! ¡Menéate!
--Si todavía no llegó á casa, ¡polvorín! Vilo desde el patio; viene de á
caballo. ¡Y corre como un loco! ¡Parece que viene á apagar un fuego!
Máximo, sin querer oir más, bajó á paso de carga la escalera, salió al
patio, y como la llave del portón acostumbraba hacerse de pencas para
girar, la emprendió á puñadas con la cerradura; á bien que la médica le
sacó del paso, que sino, de puro querer abrir pronto, no abre ni en un
siglo. Y cuando la cabalgadura cubierta de sudor se detuvo y fué á
apearse el comandante, Juncal no se dió por contento sino recibiéndole
en sus brazos. Hubo exclamaciones, afectuosas palmadicas en los hombros,
carcajadas de gozo de Catuxa; y antes de preguntarse por la salud, ni de
entrar bajo techado, ya se le habían ofrecido al huésped toda clase de
manjares y bebidas, insistiendo en saber _qué tomaría_, hasta no dejarle
respirar. La respuesta de Pardo le llenó á la amable médica las medidas
del deseo:
--De buena gana tomaré chocolate, Catalina, si no le sirve de
molestia... Ahora recuerdo que he salido de los Pazos en ayunas.
Solos ya, sentáronse en el banco de piedra, y Gabriel dijo al médico
que le miraba embelesado de gratitud y regocijo:
--No me agradezca usted la visita; vengo á reclamar sus servicios
profesionales.
--¿Se le ha puesto peor el brazo? ¡Ya lo decía yo! Con estas idas y
venidas... No, y está usted algo... desmejorado, vamos; el semblante...
y eso que viene sofocado... Mucha prisa trajo, ¡caramba!
--¡Bastante me acuerdo yo de mi brazo! Si usted no lo menta ahora...
¡Hay en los Pazos gente enferma...?
--¿En los Pazos? ¡Eso es lo peor! Pero ya sabe que yo, desde las
elecciones...
--Déjeme usted de elecciones... usted se viene conmigo.
--Con usted, al fin del mundo; sólo que si luego creen que me meto donde
no me llaman...
--Pierda usted cuidado.
--¿Y quién está malo? ¿Es el marqués?
--Y su hija.
--¿Los dos?
Gabriel dijo que sí con la cabeza, y se quedó unos instantes pensativo,
acariciándose la barba. Realmente estaba pálido, ojeroso, abatido; pero
le quedaba el aire de viril resolución que tan simpático le hacía.
--Oiga usted, Juncal... ¿Puedo contar con usted? ¿Haría usted por mí
algo que le pidiese? ¡No es cosa muy difícil!
--¡Don Gabriel! Me está usted faltando... ¡Voto al chápiro...! ¡Por
usted...! ¿Quiere... que organice un comité conservador en Cebre?
--¡En política estaba yo pensando...! Lo primero es... no decirle nada á
Catalina. Que sepa que va usted á los Pazos, bien; que va usted por la
enfermedad de mi cuñado, corriente... Pero de la de mi sobrina, ni esto.
¿Conformes?
--Hasta la pared de enfrente.
--Además... que nos marchemos cuanto antes.
--¿Y el chocolate?
--Pretexto para quitarnos de encima á la pobre Catalina. No haga usted
caso. Diga que es urgente echar á andar, y que en vez de chocolate, me
contento con... cualquier cosa bebida... ¿Leche, supongamos?
--Bueno... pero en mientras que arrean la yegua, también está el
chocolate listo.
--¡Se lo suplico... arréela usted al vuelo!
No bien acabó de manifestar este deseo, estaba el médico en la cuadra,
dando al rapazuelo que curaba de su hacanea las necesarias órdenes. A
los tres minutos volvía junto á Gabriel.
--Perdone, ya me doy prisa... pero es que no me ha dicho qué casta de
mal es la que anda por los Pazos, y no sé qué he de llevar de
medicamentos, instrumentos...
--Manuela sufre, desde ayer por la tarde, fuertes accesos nerviosos...
Pero muy fuertes... Convulsiones, lloreras,... soponcios.... Desvaría un
poco... yo creo que hay delirio.
--¡Bien! Mal conocido, herencia materna... Bromuro de potasio. Por
suerte lo tengo recién preparadito. ¿Y el... _marqués_?
--Ese no me parece que tenga cosa de cuidado... Ahogos, la sangre
arrebatada á la cabeza...
--¡Bah, bah! Coser y cantar... Me llevo la lanceta, y le doy cuerda para
un año... Le han acostumbrado desde muchacho á la sangría, y aunque yo
las proscribo severamente, uniendo mi humilde opinión á la de los más
ilustrados facultativos de Francia y Alemania... en este caso
particular, me declaro empírico. El hábito es...
--Por Dios.... Despachemos--exclamó Gabriel, que parecía también
necesitar bromuro, según la agitación, no por reprimida menos honda, que
se observaba en su rostro y movimientos. Conviene decir, en abono de la
excelente voluntad de Juncal, que para ninguna de sus correrías médicas
se preparó más brevemente que para aquella. Ni tampoco, desde que el
mundo es mundo, se ha sorbido más aprisa ni de peores ganas una taza de
chocolate que la presentada por Catuxa á Pardo... y cuidado que venía
para abrir el apetito á un difunto, por lo espumosa y aromática.
--¡Tan siquiera un bizcochito, señor!--suplicaba Catuxa.--Mire que están
fresquitos de ahora, que cantan en los dientes... ¿Y el esponjado? ¡Ay,
que el agua sola mata á un cristiano! Señor... ¿y las tostadas?
--Cállate la boca ya--gritó Juncal severamente;--cuando hay apuro, hay
apuro... El marqués de Ulloa se encuentra mal... y vamos allá á escape.
Cosa de un kilómetro se habrían desviado de Cebre, cuando don Gabriel,
ladeándose en la silla, preguntó á Juncal:
--¿Dice usted que es herencia materna lo de mi sobrina?
--Sí señor, ¡en mi desautorizada opinión al menos! La pobre doña
Marcelina, _que en gloria esté_--masculló con gran compunción el impío
clerófobo--era nerviosísima y algo débil, y aunque la señorita Manuela
salió más robusta y se crió de otra manera muy distinta, en su edad es
la cosa más fácil... Habrá tenido cualquier rabieta... Pero no pase
susto, que ese no es mal de cuidado.
Enmudeció el artillero, y por algunos minutos no se oyó más que el trote
de las dos yeguas sobre la carretera polvorosa. Gabriel callaba
reflexionando, con la quijada metida en el pecho; de aquellas
reflexiones salió volverse á Juncal y decirle con tono suplicante y
persuasivo:
--Amigo Máximo, en esta ocasión espero de usted mucho... Espero que me
pruebe que efectivamente he encontrado aquí lo que tan rara vez se
tropieza uno por el mundo adelante: un amigo verdadero, de corazón.
--¡Señor de Pardo!--exclamó el médico, á quien semejantes palabras
cogían por su lado flaco--¡Bien puede usted estar satisfecho--aunque la
cosa no lo merece--de que ni á mi padre le tuve más respeto, ni á mis
hermanos los quise más que á usted! Desde que le ví me entró una
simpatía de repente... vamos, una cosa particular, que los diablos
lleven si la sé explicar yo mismo. A mi señora se lo tengo dicho: mira,
chica, si te da la ocurrencia de ponerte un día muy mala y quieres
médico, que no sea el mismo día que me necesite don Gabriel... ¿Y luego,
qué pensaba? Pero si no me pide otra cosa de más importancia que darle
bromuro á la sobrina... para eso, maldito si...
--Las circunstancias--dijo Gabriel titubeando aún--son tales, que yo
necesito creer á pie juntillas lo que usted me asegura para no perder el
tino y desorientarme completamente. Voy á hablarle, á usted con
franqueza, como hablaría yo también á mi hermano...
--¿Pongo la yegua al paso? La de usted no lo sentirá--preguntó Juncal,
que oía con toda su alma.
--Sí... conviene salir cuanto antes del atolladero, y que nos entendamos
los dos.
--Hable con descanso, que así me arrodillasen para fusilarme, de mi boca
no saldría una palabra.
--Eso quiero: cautela y secreto absoluto por parte de usted. Mi infeliz
sobrina está desde ayer tarde en un estado de exaltación alarmantísimo.
Yo creo que su razón se oscurece algunas veces. Y entonces grita, llora,
habla, desbarra, dice enormidades que... que nadie debe oir, ¿lo
entiende usted? ¡sino personas que antes se dejen arrancar la lengua que
repetirlas!
Juncal sacudió la cabeza gravemente, murmurando:
--¡Entendido!
--Los accesos--prosiguió el artillero--le dan con bastante intervalo, y
del uno al otro se queda como postrada y sin fuerzas. Ayer ha tenido
dos, uno á las cinco de la tarde y otro á las diez de la noche; dormitó
unas horas, y á las tres de la madrugada, el acceso más fuerte,
acompañado de una copiosa hemorragia por las narices; á las siete, se
repitió la función, sin hemorragia; y así que la dejé algo tranquila,
suponiendo que tendríamos al menos tres ó cuatro horas de plazo, me vine
reventando la yegua... y así que acabe la explicación la volveré á
reventar, para llegar antes de que el acceso se produzca. ¿Qué opina
usted? ¿Le dará antes de mi vuelta?
--Señor don Gabriel, esperanza en Dios... Es probable que no le dé.
Según lo que usted me va contando, la neurosis de la señorita tiene
carácter epiléptico, y hay un poco de tendencia al desvarío... Bien, ya
puede hablar, que es como si se lo dijese á un agujero abierto en la
pared. Y... ¿Usted no sospecha algo de las causas de este mal tan
repentino?
Enderezóse Gabriel en la silla, como afianzándose en una resolución
inevitable.
--Sin que yo se lo dijese, en cuanto llegue usted á los Pazos se
enterará de que allí han ocurrido ayer y anteayer sucesos gravísimos...
Basta para imponerle á usted el primero que encuentre, el mozo de cuadra
que recoja la yegua. Anteayer, de noche, mi cuñado sostuvo un altercado
terrible con... ese muchacho que pasaba por hijo de los mayordomos...
--Bien, bien... Ya estamos al cabo--indicó Juncal guiñando el
ojo...--Pero ¡qué milagro enfadarse con él! Si lo quería por los
quereres.
--Mucho le quiere, en efecto; ¿de qué está malo hoy, sino del berrinche?
Pues... á consecuencia de la escena espantosa que se armó entre los dos,
el muchacho, que es testarudo y resuelto, arregló ayer mañana su
maletilla de estudiante, y ni visto ni oído... A pie se largó... y hasta
la fecha no se ha vuelto á saber de él.
Al ir narrando, fijábase don Gabriel en la expresión del rostro de
Juncal. Aunque éste procuraba no dejar salir á él más pensamientos que
los que no mortificasen ni alarmasen al artillero, no podía ocultar la
luz que iba penetrando en su cerebro y que no tardaría en ser completa.
La prueba es que exclamó como involuntariamente:
--Ah... ya.
--Sí--añadió Pardo con resignación:--desde que Manuela supo la marcha de
su... amigo...
--¿Y quién se la contó? ¿A que se lo encajaron de golpe y porrazo...
con todas las exageraciones?
--¡Lo mismito que usted lo piensa! La mayordoma...
--Que es una vaca...
--Se fué á abrazar con ella, llorando á gritos...
--A berridos, que es como lloran semejantes bestias...
--Y le dijo que Perucho no volvía más; que se había marchado decidido á
embarcarse para América, y que iba tan desesperado, que era fácil que le
diese por tomar arsénico...
--_Séneca_, que le llaman así.
--En fin, le dijo... ¿Hace falta más explicación?
--¡Qué lástima de albarda, Dios me lo perdone, para esa pollina vieja!
Bueno, señor de Pardo; no añada más, no se moleste, sosiéguese; ya
estamos enterados de lo que conviene ahora. Tranquilizarle á la niña el
pensamiento... ¡todo lo posible...!
--Y en especial...
--¡Basta, basta! En especial, silencio... y que los curiosos se queden á
la puerta... La curiosidad, para la ropa blanca. Fíese en mí. ¿Al trote?
--Al galope, que es cuesta arriba.
Arrancaron las dos yeguas alzando una polvareda infernal.