Muchas veces bajaba el marqués de Ulloa á la científica tertulia de su
cocina, sobre todo en invierno, cuando los vastos salones estaban
convertidos en una nevera, y el _lar_ con su alegre chisporroteo
convidaba á acurrucarse en el banquillo del rincón y dormitar al arrullo
de las discusiones. En verano, y habiendo labores agrícolas emprendidas,
prefería don Pedro el corro al aire libre de los jornaleros y
jornaleras, donde se comentaban verbosamente los mínimos incidentes del
día, el peso y el color de la espiga, el grueso de la paja. Y en todas
estaciones, podía asegurarse que el hidalgo, á las diez y media, estaba
retirado ya en su dormitorio.
No lo había escogido como necio: era una habitación contigua al archivo,
y aunque no de las mayores de la casa, abrigada del frío y del calor por
lo grueso de las paredes. Parecía un nido de urraca, tal revoltillo de
cachibaches había en ella. Olía allí a perro de caza, y á ese otro
tufillo llamado de _hombre_, siendo cosa segura que no lo despide ningún
hombre aseado, y sí el tabaco frío, la ropa mal cuidada y el sudor
rancio. Escopetas, morrales, polainas raídas, sombreros de distintas
formas y materias, bastones, garrotes, cachiporras, calabazas, frascos
de pólvora, mugrientos collares de cascabeles, espigas enormes de maíz,
conservadas por su tamaño, chaquetones de somonte, pantalones con
perneras de cuero, yacían amontonados por los rincones, cubiertos con
una capa de polvo, sobre la cual era dable, no sólo escribir con el
dedo, sino hasta grabar en hueco con buen realce. Único mueble serio de
la habitación era la cama, de testero salomónico y fondo de red, y la
vasta mesa-escritorio, forrado por delante de un cuero de Córdoba que
lucía los encantadores tonos pasados y mates del oro, la plata, los
rojos y azules que suelen prevalecer en tan hermoso producto de la
industria nacional. En el centro, sobre un medallón de damasco carmesí
rodeado de orlas de oro, estaba pintado el montés blasón de los
Moscosos, las cabezas de lobo, el pino y la puente. Al hidalgo le servía
la mesa para toda clase de menesteres y usos. Allí picaba tabaco y liaba
cigarrillos; allí amontonaba su escasa correspondencia, haciendo oficio
de prensapapeles una pistola de arzón inservible; allí tenía libros de
cuentas que no consultaba jamás, así como mazos de plumas de ganso y
otras de acero comidas de orín, al lado de una resma de papel sucio por
las orillas ya, aunque su virginidad estuviese intacta; allí rodaba la
cajita de píldoras contra el estreñimiento y el cajón de ricos habanos,
el rollo de bramante y la navaja mohosa; y cuando venía el tiempo de las
perdices y don Pedro intentaba reverdecer sus lauros cinegéticos, allí
se cargaban á mano los cartuchos y allí se limpiaban y atersaban á
fuerza de gamuza y aceite las mortíferas armas.
Mientras Gabriel y Perucho discutían cosas harto graves en la estancia
próxima, el hidalgo, recogido ya á la suya, entreteníase en contar las
rayitas que durante la jornada había hecho en una caña con el
cortaplumas. Cada rayita representaba una gavilla de trigo, y con este
procedimiento sabía á punto fijo la cantidad de gavillas majadas.
Abierta estaba la ventana, á causa del mucho calor, y por ella entraban
las falenas enamoradas de la luz á girar dementes sobre el tubo del
quinqué: alguna vez un murciélago negro y fatídico venía, revoloteando
torpemente, á caer sobre la mesa ó á batir contra un rincón del cuarto.
En el cielo asomaba ya la luna, triste é indiferente.
La puerta se abrió con fragor y estruendo; el hidalgo soltó su caña y
miró... Casi en el mismo instante se deslizaba en el corredor una
sombra, un hombre que no hacía ruido al andar, por la plausible razón de
que llevaba los pies descalzos. Una de las cosas mejor montadas en las
aldeas--con mayor perfección que en los palacios, ó con mayor descaro
por lo menos--es el espionaje, y difícilmente hará un señor que vive
rodeado de labriegos cosa que ellos no olfateen y atisben, siempre que
el atisbarla convenga á sus miras ó importe á su curiosidad. Este dato
se refiere sobre todo al campesino de Galicia. Bajo el aspecto
soñoliento y las trazas cariñosas y humildes del aldeano gallego, se
esconde una trastienda, una penetración y una diplomacia incomparables,
pudiéndose decir de él que siente crecer la hierba y corta un pelo en el
aire, si no tan aprisa, quizás con mayor destreza que el gitano más
ladino. A la perspicacia une la tenacidad y la paciencia; y si tuviese
también la energía y el arranque, de cierto no habría raza como esta en
el mundo. En suma, lo que el gallego se empeña en saber, lo rastrea
mejor que el zorro rastrea el ave descarriada. Primero se dejaría
nuestro Gallo arrancar la cresta y la cola, que no ir á pegar el oído á
la puerta de los señores aquella noche memorable. Resignándose á la
ignominia de la descalcez, rondó el cuarto del comandante; pero ¡oh
dolor! nada se oía: el salón era extenso, y Gabriel precavido en cerrar
y situarse. Ahora la cosa mudaba de aspecto: el dormitorio del marqués
era chico, y allí sí que no se diría palabra que se le escapase al
Gallo.
Una sola inquietud: ¿no saldría el comandante á cogerle con las manos en
la masa? Se arrimó á la puerta de Gabriel y le oyó pasear arriba y
abajo, con paso acelerado, indicio de agitación...--No sale! dedujo el
sultán: aguarda ahí por el otro!--Así era en efecto: Gabriel no quería
meter la mano entre la cuña y la madera, y esperaba impaciente, pero
esperaba.--Mis atribuciones no llegan á tanto... decía para sí: allá se
las hayan padre é hijo... Que se desengañe, que se convenza... Ya
veremos después.
Tranquilo por esa parte el sultán, volvió al observatorio. Algo le
estorbaba una vieja mampara, que reforzando la puerta, apagaba el ruido
de las voces. Con todo, las más altas le llegaban bien distintas, y él
no necesitaba otra cosa para coger el hilo del diálogo.
Acalorado, muy acalorado... Perucho preguntaba y el señor de Ulloa daba
explicaciones en tono brusco, á manera de persona que confirma una
verdad sabida y conocida hace tiempo... ¡Calle! aquí empieza el asombro
del Gallo... el mocoso del rapaz, en vez de alegrarse, se pone como un
potro bravo... Un genio tan _maino_ como gasta siempre, y ahora ¡qué
_fantesía_! Dios nos libre! Está diciéndole trescientas al señor... Si
éste lo toma por malas, se va á armar la de _saquinte_... Le echa en
cara que no lo reconoció desde pequeñito... ¡Se insolenta! Hoy hay aquí
un terremoto... El señor... no se oye cuasimente... de indinado que
está, parece que le sale la voz de dentro de una olla... ¿Y el rapaz?
Ese berra bien... ¡ay lo que está diciendo...! Que se va y que se va y
que se va de esta casa arrenegada... Que se larga aunque tenga que pedir
limosna por el mundo adelante... Que más que se esté muriendo el señor y
lo llame para cerrarle los ojos, no viene, sino que lo amarren con
cordeles y lo traigan así codo con codo atado... Que se cisca en lo que
le deje por testamento, y que no quiere de él ni la hostia... ¡Ojo...
habla el señor... No se oye miga...! todo lo entrapalla con toser y con
la rabia que tiene... El rapaz!... Que bueno, que si le mandan la
Guardia civil para traerlo acá de pareja en pareja, que vendrá á la
fuerza pero que se ahorcará con la faja ó se tirará al Avieiro... Que de
lo que gane trabajando le ha de enviar el dinero que gastó con él, y que
después no le debe nada, y ya lo puede aborrecer á su gusto... Ahora el
señor alborota... Que no lo tiente, que conforme lo hizo también lo
deshace... que le tira á la cabeza un demonio... Que maldito y condenado
sea... Arre!
Esta última exclamación la lanzó para sí el Gallo, porque estuvo á punto
de ser aplastado segunda vez por la puerta, que el montañés empujó
furioso para salir, al mismo tiempo que voceaba, volviendo el rostro
hacia el interior del cuarto:
--Pues con más motivo le maldigo yo, y maldito sea por toda la
eternidad, amén. ¡Que no esté yo solo en el infierno!
Tan aturdido y ebrio salía, que ni reparó en la presencia de una persona
arrimada á la puerta. Corriendo se volvió á la habitación del
comandante, entró en ella... Bien quisiera continuar sus investigaciones
el sultán, pero ni el rumor más mínimo llegó á sus oídos: si se hablaba
allí, debía ser en voz muy queda, lo mismo que cuando se confiesan las
gentes.