XXVIII

Como saliesen un poco más aprisa de lo justo, abriendo con ímpetu la

puerta, estuvieron á punto de aplastar entre hoja y pared la nariz del

Gallo, el cual, sin género de duda, atisbaba. Al impensado portazo,

lejos de enfadarse, sonrió con dignidad y afabilidad, murmurando no sé

qué fórmulas de cortesía: su gran civilización le obligaba á mostrarse

atento con las personas que visitaban su domicilio. Pero Gabriel y

Perucho cruzaron por delante de él como sombras chinescas, y no le

hicieron maldito el caso. Lo cual, unido á otros singulares incidentes,

la ira de Gabriel, su afán por encontrar á Perucho, lo extraño de la

entrevista, la encerrona, le puso en alarma y despertó su aguda

suspicacia labriega. Rascóse primero detrás de la oreja, luego al través

de las patillas, y estas operaciones le ayudaron eficazmente á deliberar

y á dar desde luego no muy lejos del hito.

Al entrar Perucho y Gabriel en la habitación de éste, se encontraron á

oscuras: el montañés rascó un fósforo contra el pantalón, y encendió la

bujía; el artillero acudió á echar la llave, prevención contra

importunos y curiosos. Para mayor seguridad, acercóse á la ventana,

bastante desviada de la puerta. Ninguno de los dos pensó en sentarse.

Recostado en la pared, con la izquierda metida en el seno, al modo de

los oradores cuando reposan, el brazo derecho caído á lo largo del

muslo, una pierna extendida y firme y otra cruzada y apoyada en la punta

del pie, Perucho aguardaba, animoso y resuelto, como el que no ha de

transigir ni renunciar por más que hagan y digan. Con las manos en los

bolsillos de la cazadora, la cabeza caída sobre el pecho, y meneándola

un poco de arriba abajo, los labios plegados, arrugada la frente,

Gabriel Pardo se paseaba indeciso, tres pasitos arriba, tres abajo. Al

fin hizo un movimiento de hombros como diciendo--pecho al agua--y,

súbitamente, se enderezó, encaróse con el montañés y articuló lo que

sigue:

--Vamos claros... ¿Usted sabe ó no sabe que es hermano de Manuela?

Si asestó la puñalada contando con los efectos de su rapidez, no le

salió el cálculo fallido. El montañés abrió los brazos, la boca, los

ojos, todas las puertas por donde puede entrar el estupor y el espanto;

enarcó las cejas, ensanchó la nariz... fué, por breves momentos, una

estatua clásica; el escultor que allí se encontrase lamentaría, de fijo,

que estuviese vestido el modelo. Y sin lanzar la exclamación que ya se

asomaba á los labios, poco á poco mudó de aspecto, se hizo atrás, bajó

los ojos, y se vió claramente en su fisonomía el paso del tropel de

ideas que se agolpan de improviso á un cerebro, la asociación de

reminiscencias que, unidas de súbito en luminoso haz, extirpan una

ignorancia inveterada; la revelación, en suma, la tremenda revelación,

la que el enamorado, el esposo, el creyente, el padre convencido de la

virtud de la adorada hija, se resisten, se niegan á recibir, hasta que

les cae encima, contundente, brutal y mortífera, como un mazazo en el

cráneo.

--¡No!--balbuceó en ronca voz.--No, Jesús, Señor, no, no puede ser...

usted... vamos á ver... ¿ha venido aquí para volverme loco? ¿Eh? ¡Pues

diviértase... en otra cosa! Yo... no quiero loquear... ¡No se divierta

conmigo! Jesús... ¡ay Dios!

Llevóse ambas manos á los rizos, y los mesó con repentino frenesí, con

uno de esos ademanes primitivos que suele tener la mujer del pueblo á

vista del cuerpo muerto de su hijo. Al mismo tiempo quebrantaba un

gemido doloroso entre los apretados dientes. Rehaciéndose á poco, se

cruzó de brazos y anduvo hacia Gabriel, retándole.

--Mire usted, á mi no me venga usted con trapisondas... usted ha entrado

aquí traído por el diablo, para engañarme y engañar á todo el mundo...

Eso es mentira, mentira, mentira, aunque lo jure el Espíritu Santo...

Malas lenguas, lenguas de escorpión inventaron esa maldad, porque...

porque nací sirviendo mi madre en esta casa... Pero no puede ser...

¡Madre mía del Corpiño! No puede ser... ¡No puede ser! ¡Por el alma de

quien tiene en el otro mundo, señor de Pardo... no me mate, confiéseme

que mintió... para quitarme á Manola...!

Gabriel se acercó al bastardo de Ulloa y logró apoyarle la mano en el

hombro; después le miró de hito en hito, poniendo en los ojos y en la

expresión de la cara el alma desnuda.

--La mitad de mi vida daría yo--dijo con inmensa nobleza--por tener la

seguridad de que en sus venas de usted no corre una gota de la sangre

de Moscoso. Créame... ¿No me cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted...

Pues escuche; si usted fuese hijo del mayordomo de los Pazos... yo,

Gabriel Pardo de la Lage, que soy... ¡qué diablos! ¡un hombre de

bien...! me comprometía á casarlo á usted con mi sobrina. Porque he

visto lo que usted la quiere... y porque... porque sería lo mejor para

todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?

Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la cabeza una señal de

aquiescencia. Gabriel prosiguió:

--No solamente mi cuñado le tiene á usted por hijo suyo, sino que le

quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer... más que á

Manuela, ¡cien veces más! y hoy, si se descuida, delante de todos los

majadores le llama á usted... lo que usted es. Su propósito es

reconocerle, y después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que

pueda... Su padrastro de usted lo sabe; su madre... ¡figúrese usted!

y... ¡es inconcebible que no haya llegado á conocimiento de usted jamás!

--Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres en la feria y los

estudiantes en Orense... Pero pensé que era guasa, por reirse de mí, y

porque el... padrino... me daba carrera... Estuve ciego, ciego! Ay Dios

mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! Lo que me sucede... lo que

me sucede! Pobre, infeliz Manola!

Gimió esto cubriendo y abofeteando á la vez el rostro con las palmas; y

á pasos inciertos, como los que se dan en el primer período de la

embriaguez, se dejó caer de bruces, borracho de dolor, sobre la cama de

Gabriel Pardo, cuya colcha mordió revolcando en ella la cara. Gabriel

acudió y le obligó á levantarse, luchando á brazo partido con aquella

desesperación juvenil que no quería consuelo.

--Vamos, serénese usted... Qué hace usted, qué remedia con ponerse así?

Serenidad... un poco de reflexión... Venga usted, criatura, venga á

sentarse en el sofá... Calma... calma! Con esos extremos lo echa usted

más á perder... Venga usted... Respire un poco!

En el sofá, donde le sentó medio por fuerza, Perucho volvió á dejar caer

la cabeza sobre los brazos, y á esconder la cara, con el mismo

movimiento de fiera montés herida, que sólo aspira á agonizar sola y

oculta. Balanceaba el cuello, como los niños obstinados en una perrera

nerviosa, que ya les tiene incapaces de ver, de oir, ni de atender á las

caricias que les hacen.

--Sosiéguese usted--repetía el artillero.--¿Quiere usted un sorbo de

agua? Ea, ánimo, qué vergüenza! Sea usted hombre.

Se volvió rugiendo.

--Soy hombre, aunque parezco chiquillo... Hombre para cualquiera,

repuño! Pero soy el hombre más infeliz, más infeliz que hay bajo la capa

del cielo... y un infame... sí, un infame, el infame de los infames...

Hoy mismo, hoy--y se retorcía las manos--he perdido á... á una santa de

Dios, á Manola, _malpocado_... Debían quemarme como la Inquisición á

las brujas... Que no quemase á la condenada que nos echó, esta mañana la

paulina... y nos hizo mal de ojo, por fuerza! Maldito de mí, maldito...

Pero qué más casti...

Al desventurado se le rompió la voz en un sollozo, y dejándose ir al

empuje del dolor, se recostó en el pecho de Gabriel Pardo, abriendo

camino al llanto impetuoso, el llanto de las primeras penas graves de la

vida--lágrimas de que tan avaros son después los ojos, y que torciendo

su cauce, van á caer, vueltas gotas de hiel, sobre el corazón. Movido de

infinita piedad, Gabriel instintivamente le alisó los bucles de crespa

seda. Así los dos, remedaban el tierno grupo de la última cena de Jesús;

y en aquel hermoso rostro, cercado de rizos castaño oscuro, un pintor

encontraría acabado modelo para la cabeza del discípulo amado.

--Que llore, que llore... Le conviene.

Casi agotado el llanto, agitaba los labios y la barbilla del montañés

temblor nervioso, y un ¡ay! entrecortado y plañidero, del todo

infantil, infundía á Gabriel tentaciones de estrecharle y acariciarle

como á un niño pequeño. Perucho se levantó con ímpetu, y se metió los

puños en los ojos para secar el llanto, dominando el hipo del sollozo

con ancha aspiración de aire. Pardo le cogió, le sujetó, temeroso de

algún acceso de rabia.

--No se asuste... Déjeme... ¿Por qué me sujeta? Me deje digo. ¡También

es fuerte cosa! ¡Le matan á uno, y luego ni le dejan menearse!

--¿Es que quiere usted matar... por su parte... á Manuela? ¿Eh? ¿Se

trata de eso? Le leo á usted en la cara... y le sujeto para que no dé la

última mano al asunto! Cuidado me llamo... ¡Manuela no ha de saber ni

esto! ¿Eh, no se hace usted cargo de que tengo razón?

--Sí, sí señor, razón en todo... Que no lo sepa, no... ¡Así no se la

llevarán los demonios como á mí!

--No se entregue usted á la desesperación... La desgracia que aflige á

usted... ¡que nos aflige á todos! es enorme... pero todavía hay algo

que, bien mirado, le puede á usted servir de consuelo.

--¿Algo? ¿Qué algo?--preguntó con ansia el mozo, agarrándose al clavo

ardiendo de la esperanza.

--Que no hay por parte de usted tal infamia, sino impremeditación,

locura, desatino, ¡infamia no! Usted tiene el alma derecha; aquí lo que

está torcido son los acontecimientos... y la intención de ciertas

gentes... Otros son los criminales; usted sólo ha delinquido porque la

sangre moza... En fin, al caso. (Queriendo estrecharle afectuosamente la

mano; pero el montañés la retira con violencia.) Sí, comprendo que no le

soy á usted demasiado simpático; en cambio usted á mí me ha interesado

por completo... Acepte usted ahora mis consejos; demasiado conoce que me

animan buenas intenciones. ¡Ea, valor! A lo hecho pecho: no hay poder

que deshaga lo que ya ha sucedido: á remediar en lo posible el daño...

A eso estamos y eso es lo único que importa... ¡Escuche, hombre! Usted

se tiene que marchar inmediatamente de esta casa... y no volver en mucho

tiempo, al menos mientras que Manuela no... no cambie de situación, ó...

¡En fin, mucho tiempo! A estudiar á Barcelona ó á Madrid... Yo le

proporcionaré á usted fondos... colocación... Todo cuanto le haga falta.

Un quejido de agonía alzó el pecho del montañés.

--Reflexione usted bien, mire la cuestión por todos sus aspectos: hay

que marcharse.

--¿No volveré ya en mi vida á ver á Manuela?--lloró el mozo, cayendo en

el sofá é hincándose las uñas en la cabeza.--Pues entonces, al Avieiro,

que es bien hondo... Así como así tendré mi merecido.

--Vamos... ¡que estoy apelando á su razón de usted! No me responda con

delirios... ¿No ha dicho usted allá cuando empezamos á reñir (Gabriel se

sonrió) que Dios está en el cielo y nos oye? ¿Cree usted lo que dijo?

¿Lo cree?

--¿Soy algún perro para no creer en Dios?

--Pues... si hay Dios... y si usted cree en él... ¡mire que le está

ofendiendo!

Perucho asió de una muñeca á Gabriel, y se la oprimió con toda su

fuerza, que no era poca; y acercándole mucho la cara, arrojó:

--Pues si no hubiese Dios... ¡lo que es á Manola... soltar no la suelto!

Buena pieza se quedó el comandante Pardo sin saber qué contestar,

dominado, vencido. En la encarnizada batalla llevaba, desde el

principio, la peor parte; y lo extraño es que la derrota moral que

sufría, conocida de él solamente, le ocasionaba íntimo placer, y le

apegaba cada vez más al antes detestado bastardo de Ulloa.

Viendo callado á Gabriel, Perucho alentó un poco, y en tono de súplica

humilde, murmuró:

--Me iré, me iré... haré cuanto me manden, y si quieren, me meteré en el

Seminario de Santiago y seré cura... cualquier cosa... pero respóndame,

señor, dígame la verdad... ¿Se va usted á casar con Manola cuando...

después que... falte yo?

Gabriel alzó la vista y le miró cara á cara. Tardó bastante, bastante en

responder: sus ojos brillaron, adquirió su fisonomía aquella expresión

elevada y generosa que era su única hermosura, y respondió serenamente:

--Yo no le he de salvar á usted mintiéndole... Hoy más que nunca estoy

dispuesto a casarme con mi sobrina... ¡No rechine usted los dientes, no

se enfurezca, por todos los santos... oiga, oiga! Cuando ella, por su

voluntad, sin imposiciones de ningún género, porque me cobre cariño ó...

porque necesite mi protección en cualquier terreno y por cualquier

causa, se resuelva á casarse conmigo... yo estoy aquí; cuanto soy y

valgo, de ella es... Pero jamás ¡jamás! si ella no quiere... Y ella no

querrá--fíese usted en mí, que tengo experiencia--ni en mucho tiempo,

ni tal vez en su vida... Es aún más montañesa y más porfiada que

usted... Sobre todo, ¡como no le hemos de soltar el tiro de decirle lo

que hay de por medio! Eso sí, usted tiene el deber de procurar... ¡con

resolución! ¡con heroísmo! que ella le olvide, que ella no piense en

usted... sino como se piensa en el compañero querido de la niñez...

¡Nada más! Usted se va, usted le escribe algo al principio...

cariñosamente... pero... con cariño... fraternal... Luego escasean las

cartas... Luego cesan... Luego... tiene usted novia, ¡novia! y ella lo

averigua... Si es verdad que usted quiere á Manuela, usted hará todo

eso... ¡y mucho más!

El montañés tenía los párpados entornados, la mirada vagabunda por los

rincones del aposento, repasando, probablemente sin verlas, las molduras

barrocas de la cama, las pinturas del biombo, los remates de época del

Imperio que lucía el vetusto sofá. Cuando acabó de hablar Gabriel, sus

pupilas destellaron, hizo con la mano derecha ese movimiento de sube y

baja que dice clarísimamente:--Plazo... espera...--y se dirigió á la

puerta. Pero Gabriel saltó y se interpuso, estorbándole la salida.

--No se pasa... (en tono más cariñoso y festivo que otra cosa).

--Haga usted favor... Si por lo visto usted está para bromas, yo no, y

sentiría cometer una barbaridad.

--En serio (con mucha energía), no le dejo á usted pasar sin que me diga

adónde. De evitarle la barbaridad se trata.

--Bueno, pues sépalo; tanto me da que lo sepa, y si le parece mal...

(gesto grosero). No me da la gana de creer, por su honrada palabra de

usted, que Manola y yo... En fin, usted quiere á Manola... yo le

estorbo... le viene de perillas que me largue... y como no soy ningún

páparo... ¿eh? no me mete usted el dedo en la boca... Voy á la fuente

limpia... á saber la verdad, ¡la verdad!

--¿Cómo, cómo? ¿á quién se la va usted á preguntar? ¡Cuidado... á mi

sobrina nada!

--¡Eh!... ¿Si pensará usted que ha de tener más miramientos que yo con

Manola? Repuño, que ya me cargó á mí esto! La verdad se la voy á sacar

de las mismísimas entrañas á don Pedro Moscoso... y apartarse, y dejarme

de una vez!

Ciñó los brazos al cuerpo del artillero, y de un empujón lo lanzó á dos

varas de distancia. Luego se precipitó hacia fuera.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 51 / 64 题