Como saliesen un poco más aprisa de lo justo, abriendo con ímpetu la
puerta, estuvieron á punto de aplastar entre hoja y pared la nariz del
Gallo, el cual, sin género de duda, atisbaba. Al impensado portazo,
lejos de enfadarse, sonrió con dignidad y afabilidad, murmurando no sé
qué fórmulas de cortesía: su gran civilización le obligaba á mostrarse
atento con las personas que visitaban su domicilio. Pero Gabriel y
Perucho cruzaron por delante de él como sombras chinescas, y no le
hicieron maldito el caso. Lo cual, unido á otros singulares incidentes,
la ira de Gabriel, su afán por encontrar á Perucho, lo extraño de la
entrevista, la encerrona, le puso en alarma y despertó su aguda
suspicacia labriega. Rascóse primero detrás de la oreja, luego al través
de las patillas, y estas operaciones le ayudaron eficazmente á deliberar
y á dar desde luego no muy lejos del hito.
Al entrar Perucho y Gabriel en la habitación de éste, se encontraron á
oscuras: el montañés rascó un fósforo contra el pantalón, y encendió la
bujía; el artillero acudió á echar la llave, prevención contra
importunos y curiosos. Para mayor seguridad, acercóse á la ventana,
bastante desviada de la puerta. Ninguno de los dos pensó en sentarse.
Recostado en la pared, con la izquierda metida en el seno, al modo de
los oradores cuando reposan, el brazo derecho caído á lo largo del
muslo, una pierna extendida y firme y otra cruzada y apoyada en la punta
del pie, Perucho aguardaba, animoso y resuelto, como el que no ha de
transigir ni renunciar por más que hagan y digan. Con las manos en los
bolsillos de la cazadora, la cabeza caída sobre el pecho, y meneándola
un poco de arriba abajo, los labios plegados, arrugada la frente,
Gabriel Pardo se paseaba indeciso, tres pasitos arriba, tres abajo. Al
fin hizo un movimiento de hombros como diciendo--pecho al agua--y,
súbitamente, se enderezó, encaróse con el montañés y articuló lo que
sigue:
--Vamos claros... ¿Usted sabe ó no sabe que es hermano de Manuela?
Si asestó la puñalada contando con los efectos de su rapidez, no le
salió el cálculo fallido. El montañés abrió los brazos, la boca, los
ojos, todas las puertas por donde puede entrar el estupor y el espanto;
enarcó las cejas, ensanchó la nariz... fué, por breves momentos, una
estatua clásica; el escultor que allí se encontrase lamentaría, de fijo,
que estuviese vestido el modelo. Y sin lanzar la exclamación que ya se
asomaba á los labios, poco á poco mudó de aspecto, se hizo atrás, bajó
los ojos, y se vió claramente en su fisonomía el paso del tropel de
ideas que se agolpan de improviso á un cerebro, la asociación de
reminiscencias que, unidas de súbito en luminoso haz, extirpan una
ignorancia inveterada; la revelación, en suma, la tremenda revelación,
la que el enamorado, el esposo, el creyente, el padre convencido de la
virtud de la adorada hija, se resisten, se niegan á recibir, hasta que
les cae encima, contundente, brutal y mortífera, como un mazazo en el
cráneo.
--¡No!--balbuceó en ronca voz.--No, Jesús, Señor, no, no puede ser...
usted... vamos á ver... ¿ha venido aquí para volverme loco? ¿Eh? ¡Pues
diviértase... en otra cosa! Yo... no quiero loquear... ¡No se divierta
conmigo! Jesús... ¡ay Dios!
Llevóse ambas manos á los rizos, y los mesó con repentino frenesí, con
uno de esos ademanes primitivos que suele tener la mujer del pueblo á
vista del cuerpo muerto de su hijo. Al mismo tiempo quebrantaba un
gemido doloroso entre los apretados dientes. Rehaciéndose á poco, se
cruzó de brazos y anduvo hacia Gabriel, retándole.
--Mire usted, á mi no me venga usted con trapisondas... usted ha entrado
aquí traído por el diablo, para engañarme y engañar á todo el mundo...
Eso es mentira, mentira, mentira, aunque lo jure el Espíritu Santo...
Malas lenguas, lenguas de escorpión inventaron esa maldad, porque...
porque nací sirviendo mi madre en esta casa... Pero no puede ser...
¡Madre mía del Corpiño! No puede ser... ¡No puede ser! ¡Por el alma de
quien tiene en el otro mundo, señor de Pardo... no me mate, confiéseme
que mintió... para quitarme á Manola...!
Gabriel se acercó al bastardo de Ulloa y logró apoyarle la mano en el
hombro; después le miró de hito en hito, poniendo en los ojos y en la
expresión de la cara el alma desnuda.
--La mitad de mi vida daría yo--dijo con inmensa nobleza--por tener la
seguridad de que en sus venas de usted no corre una gota de la sangre
de Moscoso. Créame... ¿No me cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted...
Pues escuche; si usted fuese hijo del mayordomo de los Pazos... yo,
Gabriel Pardo de la Lage, que soy... ¡qué diablos! ¡un hombre de
bien...! me comprometía á casarlo á usted con mi sobrina. Porque he
visto lo que usted la quiere... y porque... porque sería lo mejor para
todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?
Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la cabeza una señal de
aquiescencia. Gabriel prosiguió:
--No solamente mi cuñado le tiene á usted por hijo suyo, sino que le
quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer... más que á
Manuela, ¡cien veces más! y hoy, si se descuida, delante de todos los
majadores le llama á usted... lo que usted es. Su propósito es
reconocerle, y después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que
pueda... Su padrastro de usted lo sabe; su madre... ¡figúrese usted!
y... ¡es inconcebible que no haya llegado á conocimiento de usted jamás!
--Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres en la feria y los
estudiantes en Orense... Pero pensé que era guasa, por reirse de mí, y
porque el... padrino... me daba carrera... Estuve ciego, ciego! Ay Dios
mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! Lo que me sucede... lo que
me sucede! Pobre, infeliz Manola!
Gimió esto cubriendo y abofeteando á la vez el rostro con las palmas; y
á pasos inciertos, como los que se dan en el primer período de la
embriaguez, se dejó caer de bruces, borracho de dolor, sobre la cama de
Gabriel Pardo, cuya colcha mordió revolcando en ella la cara. Gabriel
acudió y le obligó á levantarse, luchando á brazo partido con aquella
desesperación juvenil que no quería consuelo.
--Vamos, serénese usted... Qué hace usted, qué remedia con ponerse así?
Serenidad... un poco de reflexión... Venga usted, criatura, venga á
sentarse en el sofá... Calma... calma! Con esos extremos lo echa usted
más á perder... Venga usted... Respire un poco!
En el sofá, donde le sentó medio por fuerza, Perucho volvió á dejar caer
la cabeza sobre los brazos, y á esconder la cara, con el mismo
movimiento de fiera montés herida, que sólo aspira á agonizar sola y
oculta. Balanceaba el cuello, como los niños obstinados en una perrera
nerviosa, que ya les tiene incapaces de ver, de oir, ni de atender á las
caricias que les hacen.
--Sosiéguese usted--repetía el artillero.--¿Quiere usted un sorbo de
agua? Ea, ánimo, qué vergüenza! Sea usted hombre.
Se volvió rugiendo.
--Soy hombre, aunque parezco chiquillo... Hombre para cualquiera,
repuño! Pero soy el hombre más infeliz, más infeliz que hay bajo la capa
del cielo... y un infame... sí, un infame, el infame de los infames...
Hoy mismo, hoy--y se retorcía las manos--he perdido á... á una santa de
Dios, á Manola, _malpocado_... Debían quemarme como la Inquisición á
las brujas... Que no quemase á la condenada que nos echó, esta mañana la
paulina... y nos hizo mal de ojo, por fuerza! Maldito de mí, maldito...
Pero qué más casti...
Al desventurado se le rompió la voz en un sollozo, y dejándose ir al
empuje del dolor, se recostó en el pecho de Gabriel Pardo, abriendo
camino al llanto impetuoso, el llanto de las primeras penas graves de la
vida--lágrimas de que tan avaros son después los ojos, y que torciendo
su cauce, van á caer, vueltas gotas de hiel, sobre el corazón. Movido de
infinita piedad, Gabriel instintivamente le alisó los bucles de crespa
seda. Así los dos, remedaban el tierno grupo de la última cena de Jesús;
y en aquel hermoso rostro, cercado de rizos castaño oscuro, un pintor
encontraría acabado modelo para la cabeza del discípulo amado.
--Que llore, que llore... Le conviene.
Casi agotado el llanto, agitaba los labios y la barbilla del montañés
temblor nervioso, y un ¡ay! entrecortado y plañidero, del todo
infantil, infundía á Gabriel tentaciones de estrecharle y acariciarle
como á un niño pequeño. Perucho se levantó con ímpetu, y se metió los
puños en los ojos para secar el llanto, dominando el hipo del sollozo
con ancha aspiración de aire. Pardo le cogió, le sujetó, temeroso de
algún acceso de rabia.
--No se asuste... Déjeme... ¿Por qué me sujeta? Me deje digo. ¡También
es fuerte cosa! ¡Le matan á uno, y luego ni le dejan menearse!
--¿Es que quiere usted matar... por su parte... á Manuela? ¿Eh? ¿Se
trata de eso? Le leo á usted en la cara... y le sujeto para que no dé la
última mano al asunto! Cuidado me llamo... ¡Manuela no ha de saber ni
esto! ¿Eh, no se hace usted cargo de que tengo razón?
--Sí, sí señor, razón en todo... Que no lo sepa, no... ¡Así no se la
llevarán los demonios como á mí!
--No se entregue usted á la desesperación... La desgracia que aflige á
usted... ¡que nos aflige á todos! es enorme... pero todavía hay algo
que, bien mirado, le puede á usted servir de consuelo.
--¿Algo? ¿Qué algo?--preguntó con ansia el mozo, agarrándose al clavo
ardiendo de la esperanza.
--Que no hay por parte de usted tal infamia, sino impremeditación,
locura, desatino, ¡infamia no! Usted tiene el alma derecha; aquí lo que
está torcido son los acontecimientos... y la intención de ciertas
gentes... Otros son los criminales; usted sólo ha delinquido porque la
sangre moza... En fin, al caso. (Queriendo estrecharle afectuosamente la
mano; pero el montañés la retira con violencia.) Sí, comprendo que no le
soy á usted demasiado simpático; en cambio usted á mí me ha interesado
por completo... Acepte usted ahora mis consejos; demasiado conoce que me
animan buenas intenciones. ¡Ea, valor! A lo hecho pecho: no hay poder
que deshaga lo que ya ha sucedido: á remediar en lo posible el daño...
A eso estamos y eso es lo único que importa... ¡Escuche, hombre! Usted
se tiene que marchar inmediatamente de esta casa... y no volver en mucho
tiempo, al menos mientras que Manuela no... no cambie de situación, ó...
¡En fin, mucho tiempo! A estudiar á Barcelona ó á Madrid... Yo le
proporcionaré á usted fondos... colocación... Todo cuanto le haga falta.
Un quejido de agonía alzó el pecho del montañés.
--Reflexione usted bien, mire la cuestión por todos sus aspectos: hay
que marcharse.
--¿No volveré ya en mi vida á ver á Manuela?--lloró el mozo, cayendo en
el sofá é hincándose las uñas en la cabeza.--Pues entonces, al Avieiro,
que es bien hondo... Así como así tendré mi merecido.
--Vamos... ¡que estoy apelando á su razón de usted! No me responda con
delirios... ¿No ha dicho usted allá cuando empezamos á reñir (Gabriel se
sonrió) que Dios está en el cielo y nos oye? ¿Cree usted lo que dijo?
¿Lo cree?
--¿Soy algún perro para no creer en Dios?
--Pues... si hay Dios... y si usted cree en él... ¡mire que le está
ofendiendo!
Perucho asió de una muñeca á Gabriel, y se la oprimió con toda su
fuerza, que no era poca; y acercándole mucho la cara, arrojó:
--Pues si no hubiese Dios... ¡lo que es á Manola... soltar no la suelto!
Buena pieza se quedó el comandante Pardo sin saber qué contestar,
dominado, vencido. En la encarnizada batalla llevaba, desde el
principio, la peor parte; y lo extraño es que la derrota moral que
sufría, conocida de él solamente, le ocasionaba íntimo placer, y le
apegaba cada vez más al antes detestado bastardo de Ulloa.
Viendo callado á Gabriel, Perucho alentó un poco, y en tono de súplica
humilde, murmuró:
--Me iré, me iré... haré cuanto me manden, y si quieren, me meteré en el
Seminario de Santiago y seré cura... cualquier cosa... pero respóndame,
señor, dígame la verdad... ¿Se va usted á casar con Manola cuando...
después que... falte yo?
Gabriel alzó la vista y le miró cara á cara. Tardó bastante, bastante en
responder: sus ojos brillaron, adquirió su fisonomía aquella expresión
elevada y generosa que era su única hermosura, y respondió serenamente:
--Yo no le he de salvar á usted mintiéndole... Hoy más que nunca estoy
dispuesto a casarme con mi sobrina... ¡No rechine usted los dientes, no
se enfurezca, por todos los santos... oiga, oiga! Cuando ella, por su
voluntad, sin imposiciones de ningún género, porque me cobre cariño ó...
porque necesite mi protección en cualquier terreno y por cualquier
causa, se resuelva á casarse conmigo... yo estoy aquí; cuanto soy y
valgo, de ella es... Pero jamás ¡jamás! si ella no quiere... Y ella no
querrá--fíese usted en mí, que tengo experiencia--ni en mucho tiempo,
ni tal vez en su vida... Es aún más montañesa y más porfiada que
usted... Sobre todo, ¡como no le hemos de soltar el tiro de decirle lo
que hay de por medio! Eso sí, usted tiene el deber de procurar... ¡con
resolución! ¡con heroísmo! que ella le olvide, que ella no piense en
usted... sino como se piensa en el compañero querido de la niñez...
¡Nada más! Usted se va, usted le escribe algo al principio...
cariñosamente... pero... con cariño... fraternal... Luego escasean las
cartas... Luego cesan... Luego... tiene usted novia, ¡novia! y ella lo
averigua... Si es verdad que usted quiere á Manuela, usted hará todo
eso... ¡y mucho más!
El montañés tenía los párpados entornados, la mirada vagabunda por los
rincones del aposento, repasando, probablemente sin verlas, las molduras
barrocas de la cama, las pinturas del biombo, los remates de época del
Imperio que lucía el vetusto sofá. Cuando acabó de hablar Gabriel, sus
pupilas destellaron, hizo con la mano derecha ese movimiento de sube y
baja que dice clarísimamente:--Plazo... espera...--y se dirigió á la
puerta. Pero Gabriel saltó y se interpuso, estorbándole la salida.
--No se pasa... (en tono más cariñoso y festivo que otra cosa).
--Haga usted favor... Si por lo visto usted está para bromas, yo no, y
sentiría cometer una barbaridad.
--En serio (con mucha energía), no le dejo á usted pasar sin que me diga
adónde. De evitarle la barbaridad se trata.
--Bueno, pues sépalo; tanto me da que lo sepa, y si le parece mal...
(gesto grosero). No me da la gana de creer, por su honrada palabra de
usted, que Manola y yo... En fin, usted quiere á Manola... yo le
estorbo... le viene de perillas que me largue... y como no soy ningún
páparo... ¿eh? no me mete usted el dedo en la boca... Voy á la fuente
limpia... á saber la verdad, ¡la verdad!
--¿Cómo, cómo? ¿á quién se la va usted á preguntar? ¡Cuidado... á mi
sobrina nada!
--¡Eh!... ¿Si pensará usted que ha de tener más miramientos que yo con
Manola? Repuño, que ya me cargó á mí esto! La verdad se la voy á sacar
de las mismísimas entrañas á don Pedro Moscoso... y apartarse, y dejarme
de una vez!
Ciñó los brazos al cuerpo del artillero, y de un empujón lo lanzó á dos
varas de distancia. Luego se precipitó hacia fuera.