XXVII

No vayan ustedes á figurarse que desde el entronizamiento del Gallo y

sus útiles reformas encaminadas á acrecentar el decoro y representación

de los Pazos, ó al menos de la mayordomía, se hubiese suprimido el

tertulión de la cocina por las noches. Suprimir, no; depurar, es otra

cosa. La autoridad del buen ex-gaitero se empleaba en alejar mañosa ó

explícitamente de allí á la gentuza, como las nietas de la Sabia y otras

_lambonas_ que sólo andaban tras la intriga y á la socaliña del pedazo

de pan hoy, y mañana del de cerdo, si á mano viene. Para semejantes

brujas, chismosas y zurcidoras de voluntades, desde el primer día

significó el Gallo con toda su autoridad de sultán y marido, la orden de

expulsión; ¡si conocería él el paño! Y Sabel, aunque muy dada á

comadrear, hubo de conformarse--como se conformaría á andar á cuatro

patas, si tales fuesen los deseos del insigne rey del corral.

Escogido ya el número de tertulianos, se redujo á los notables de Ulloa

y Naya, al pedáneo, á los labriegos cabezas de familia y colonos de los

Pazos, al criado del cura, al sacristán, al peón caminero, y demás

personas de suposición que por allí podían encontrarse; de suerte que

varió muchísimo el carácter de aquel sarao, y no se parecía en lo más

mínimo á lo que fué en otros días, bajo la dominación de Primitivo _el

Terrible_. Antaño, predominando el sexo femenino, se pagaba tributo muy

crecido á la superstición: se refería el paso de la _Compaña_ con su

procesión de luces; se contaban las tribulaciones de la mocita á quien

le había dado _sombra de gato negro_ ó atacádola el _ramo cativo_; se

ofrecían recetas y medicinas para todos los males; se gastaba una noche

en comentar el robo de una gallina ó el feliz alumbramiento de una vaca;

un viejo chusco refería cuentos, y las mozas, en ratos de buen humor, se

tiroteaban á coplas, improvisándolas nuevas cuando se les acababan las

antiguas. Toda esta diversión populachera era incompatible con los

adelantos de la civilización que pretendía introducir allí el Gallo.

Bajo su influjo, la tertulia, compuesta de sesudos y doctos varones, se

convirtió en una especie de ateneo ó academia, donde se ventilaban

diariamente cuestiones arduas más ó menos enlazadas con las ciencias

políticas y morales. El Gallo se encargaba de la lectura de periódicos,

que realizaba con aquel garabato y chiste que sabemos; y excusado me

parece advertir lo bien informado que quedaba el público, y las

exactísimas nociones que adquiría sobre cuanto Dios crió. Así es que el

debate era de lo más luminoso, y mal año para los gobernantes y

repúblicos que no viniesen allí á ver resueltos por encanto los

problemas que tanto les dan en qué entender. Había en la asamblea

especialistas, profundo cada cual en la materia á que consagraba sus

desvelos: Goros, el criado del cura de Ulloa, se dedicaba á la

controversia teológica y á la exégesis religiosa, soltando cada herejía

que temblaba el misterio; el señor pedáneo tenía á su cargo la política

interior, cortaba sayos y daba atinadísimos consejos á Castelar y á

Sagasta, hablaba de ellos como si fuesen sus compinches, y vaticinaba

cuanto infaliblemente iba á producirse en el seno del gabinete: un

labriego machucho, el tío Pepe de Naya, antes encargado del ramo de

chascarrillos, corría ahora con el de hacienda, y exponía las más

atrevidas teorías de los socialistas y comunistas revolucionarios, sin

necesidad de haber leído á Proudhon ni cosa que lo valga; y el atador de

Boán, cuando llamado por deberes profesionales ó alumbrado más de la

cuenta se veía obligado á pasar la noche en Ulloa, dedicábase á la

propaganda filosófica, y ponía cátedra de panteísmo, explicando cómo los

hombres y las lechugas son una sola esencia en diferentes posiciones...

ó para decirlo en sus propias palabras, lo mismito, carraspo, perdonando

vusté.

Uno de los mayores placeres de aquel senado campesino era confundir y

aturdir con su ciencia á los ignorantuelos, á los criados de escalera

abajo, ó sea de establo y labranza, haciéndoles preguntas capciosas y

divirtiéndose en acrecentar su estupidez, cosa bastante difícil. A veces

llamaban al pastor, aquel rapazuco escrofuloso que padeció persecución

bajo Primitivo y era ahora un tagarote medio idiota; y excitando su

vanidad (que todos la tienen) le hacían soltar peregrinos despropósitos.

Generalmente lo examinaban de teología.

--Quitaday, marrano, que tan siquiera sabes quién es Dios.

--Sé, sé--contestaba muy ufano el mozo rascándose la oreja.

--Pues gomítalo.

--Es un ángel rebelde, que por su...

Coro de risotadas, de exclamaciones y de aplausos.

--A ver--exclamaba Goros;--para qué es el Sacramento del Orden?

--Si me pergunta de cosas de allá de Madrí, yo mal le puedo dar

sastifación.

--Soó... mulo! El Sacramento del Orden (abre el ojo) es para... criar

hijos para el cielo!

--Bien, ya estamos en eso--contestaba muy serio el gañán, entre la

algazara y regocijo del ateneo de Ulloa.

Con intermedios de este jaez se amenizaban las discusiones formales. Es

de saber que en tiempo de verano, y más si el calor arreciaba, y con

doble motivo si era en días de maja y siega, el ateneo trasladaba el

local de sus sesiones de la cocina, á la parte del huerto lindante con

la era: colocábanse allí bancos, _tallos_, cestas volcadas panza

arriba, y sin derrochar más candela que la que los astros ó la luna

ofrecían gratuitamente, gozando el fresco y oyendo en la era el canticio

y el bailoteo de segadoras y majadores, departían sabrosamente, echaban

yescas para el cigarro, y la conversación giraba sobre temas de

actualidad, agrícolas y rurales.

En mitad de una acalorada discusión sobre la calidad del trigo cayó allí

Gabriel Pardo, que regresaba de su tremendo viaje á través del valle de

Ulloa. Por fortuna, la luz estelar, con ser tan viva y refulgente, no

bastaba á descubrir al pronto lo descompuesto de su semblante; pero bien

se podía notar lo ronco de la voz en que exclamó, encarándose con el

primer ateneísta que le salió al paso:

--Dónde está Perucho?

El Gallo se levantó obsequiosamente, y con sonrisa afable y la frase más

selecta que pudo encontrar, respondió lo que sigue:

--Señor don Grabiel, no le saberé decir con eusautitú... Quizásmente que

aún no tendrá voltado, _en atención_ á que no se ha visto por aquí su

comparecencia...

--¡Falso! Es usted un embustero--gritó brutalmente el comandante, ciego

de dolor y necesitado, con necesidad física, de desahogar en

alguien y de hacer daño... de pegar fuego á los Pazos, si

pudiese.--¡Ea!--añadió--á decirme dónde está su hijo de usted ó lo que

sea... ¡Aquí no vale encubrir!

¡Quién viera al rey del corral erguirse sobre sus espolones, enderezar

la cresta, estirar el cuello, y exhalar este sonoro quiquiriquí:

--Adispensando las barbas honradas de usté, señorito don Grabiel, esas

son palabras muy mayores y mi caballerosidá y mi dicencia, es un decir,

no me premiten...

--Eh... ¿quién le cuenta á usted nada? ¿Qué se me importa por

usted?--vociferó Gabriel nuevamente.--A quien necesito es á Perucho...

Llámenle ustedes, pero en seguida.

--Ha de estar en la era--indicó tímidamente el pastor.

Gabriel no quiso oir más, y desapareció como un rehilete en dirección

de la era. Encontróla brillante, concurridísima. Una tanda de mozas y

mozos bailaba el _contrapás_, al són de la pandereta y la flauta; la

tañedora de pandero cantaba esta copla:

_A lua vay encuberta..._

_a min pouco se me dá:_

_a lua que a min m’alumbra_

_dentro do meu peito está._

Oíala como en sueños el comandante, detenido á la entrada y presa

entonces de un paroxismo de ira que le hacía temblar como la vara verde:

Calma... sosiego... voy á echarlo todo á perder... decía consigo mismo;

y al par que veía claramente su razón la necesidad de tener aplomo y

presencia de ánimo, aquella parte de nosotros mismos que debiera

llamarse la _insurgente_, le tenía entre sus uñas de fierecilla

desencadenada, y le soplaba al oído:--Qué gusto coger un palo... entrar

en la era... deslomar á estacazos á todo el mundo... arrimar un fósforo

á las medas... armar el revólver, y en un santiamén... pun, pun... á

éste quiero, á éste no quiero...

A su izquierda divisó un grupo, compuesto de Sabel y de varias comadres

del vecindario: y delante, en pie, algo ensimismado, á Perucho en

persona. Gabriel se le acercó, hasta ponerle la mano en el hombro; y al

_tenemos que hablar_ del comandante, estremecióse el montañés, pero

respondió con súbita firmeza:

--Cuando usted guste.

--Ahora mismo.

--Bueno, ya voy.

Echó delante el mozo, y siguióle Pardo, sin añadir palabra. Alejándose

de la gente, atravesaron el huerto, entraron en el corredor, llegaron á

la cocina, donde la fregatriz revolvía en la sartén, con cuchara de

palo, algo que olía á fritanga apetitosa; y el montañés, sin detenerse,

tomó una candileja de petróleo encendida, y guió á las habitaciones de

la familia del Gallo, entre las cuales se contaba cierta salita, orgullo

y prez del mayordomo, porque en seis leguas á la redonda, sin exceptuar

las casas majas de Cebre, no la había mejor puesta, ni más conforme á

las exigencias del gusto moderno, sin que le faltase siquiera--¡lujo

inaudito, refinamiento increíble!--un _entredós_ en vez de consola; un

entredós de imitación de palo santo, con magníficos adornos de un metal

que sin pizca de vergüenza remedaba el bronce. Frente á este mueble, en

que el Gallo tenía puesto su corazón, un soberbio diván de _repis_

amarillo canario convidaba al reposo, y Perucho, dejando la candileja

sobre el entredós, hizo seña al comandante de que podía sentarse si

gustaba, al mismo tiempo que se le plantaba enfrente, con la cabeza

erguida, resuelto el ademán, algo pálidas, contra lo acostumbrado, las

mejillas, y pronunciando en tono que á Gabriel le sonó provocativo:

--Usted dirá, señor de Pardo... ¿Qué se le ofrece?

El comandante midió de alto á bajo al bastardo, frunciendo la boca, con

el gesto de desprecio más claro y más enérgico que pudo; acercóse luego

á la puerta, y dió vuelta á la llave, que halló puesta por dentro; y

volviéndose hacia el montañés, le escupió al rostro estas frases:

--¡Se me ofrece decirte que eres un pillastre y un ladrón, y que voy á

darte tu merecido, canalla! ¡A ti y á la perra que te parió! ¡Mamarracho

indecente!

Lo raro era que Gabriel oía sus propias palabras como si las dijese otra

persona; y allá en el fondo de su sér, las comentaba una voz,

susurrando:--Es demasiado, ese hombre habla como un loco.--Y no podía,

no podía sujetar la lengua, ni refrenar la indignación frenética.--Por

lo que hace á Perucho, oyendo aquellas cláusulas que abofeteaban, saltó

lo mismo que si le hincasen en la carne un alfiler candente; desvió y

echó atrás los codos, cerró los puños, y sacó el pecho, como para

arrojarse sobre Gabriel. El furor ennegrecía sus pupilas azules, y daba

á sus facciones correctas y bien delineadas la ceñuda severidad de un

rostro de Apolo flechero.

--No... no me tutee usted--balbuceó reprimiéndose todavía--no me tutee

ni me insulte... porque tan cierto como que Dios está en el cielo y nos

oye...

--¿Qué harás, bergante?

--Lo va usted á saber ahora mismo--gritó el montañés, cuyos ojos eran

dos llamas oscuras en una máscara trágica de alabastro. Un segundo duró

para Gabriel la visión de aquel rostro admirable, porque

instantáneamente sintió que dos barras de hierro flexibles y calientes

se le adaptaban al cuerpo, prensándole las costillas hasta quitarle la

respiración. Intentó defenderse lo mejor posible, tenía los brazos en

alto y libres y podía herir á su contrario en el rostro, arañarle,

tirarle del pelo; pero aun en tan crítica situación, comprendió lo

femenil y bajo de resistir así, y ¡extraña cosa! al verse cogido en la

formidable tenaza, preso, subyugado, vencido por el mismo á quien venía

á confundir y humillar, su ciega y furiosa ira y el hervor animal é

instintivo de su sangre se calmaron como por obra de un conjuro, y hasta

le pareció que experimentaba simpatía por el brioso mozo. Todo fué como

un relámpago, porque el achuchón crecía, y el ahogo también, y el

montañés tenía á su rival á dos dedos del suelo, aprestándose á ponerle

en el pecho la rodilla. Intentó Gabriel un esfuerzo para rehacerse y

librarse, pero Perucho apretó más, y mal lo hubiera pasado su enemigo, á

no ser por una casual circunstancia. La butaca contra la cual estaba

acorralado el comandante era nada menos que una mecedora, mueble que

hacía la felicidad del Gallo, por lo mismo que nadie de su familia ni de

seis leguas en contorno acertaba á sentarse en ella sino después de

reiterados ensayos, continuas lecciones y fracasos serios. Al peso de

los dos combatientes, la mecedora cedió con movimiento de báscula, y el

grupo vino á tierra, haciendo la dichosa mecedora el oficio de Beltrán

Claquin en la noche de Montiel, pues Perucho, que estaba encima, se

halló debajo, y Gabriel, sin más auxilio que el de su propio peso y

corpulencia, con la rapidez de movimientos que dicta el instinto de

conservación, le sujetó y contuvo, teniéndole cogidas las muñecas é

hincándole la rodilla en el estómago.

--¡Máteme, ya que puede!--tartamudeaba el montañés.--Máteme ó suélteme,

para que yo... le... ahog...

El aliento se le acababa, porque el cuerpo de su adversario, gravitando

sobre su pecho, le impedía respirar: Terminó la frase con un ¡z! ¡z! ¡z!

cada vez más fatigoso... Vió en el espacio unas lucecitas amarillentas y

moradas... luego sintió un bienestar inexplicable, y oyó una voz que

decía:

--Pues anda, levántate y ahógame... ¿No puedes? La mano.

Se levantó sostenido por Gabriel, tambaleándose; dió dos ó tres pasos

sin objeto; se pasó la diestra por los ojos, y miró al artillero

fijamente; y como viese en su rostro una tranquilidad muy distinta de la

furia de antes, la tuvo por señal de mofa, cerró otra vez los puños, y

bajando la cabeza como el novillo cuando embiste, se precipitó. Gabriel

adelantó las manos para parar el golpe, con calma desdeñosa; entonces,

el montañés se contuvo, dejó caer los brazos, dió media vuelta, y

encogiéndose de hombros, exclamó:

--Yo no pego á quien no me resiste... ¿Somos aquí chiquillos? ¿Estamos

jugando, ó qué?

Callaba Gabriel y reflexionaba, sintiéndose ya, con íntima satisfacción,

dueño de sí y capaz de regir sus acciones. Seamos francos, pensaba; me

he comportado como un bruto; he hablado como un demente. A bien que en

mí son momentáneas las excitaciones; que si me durase como me da, yo me

dejaría atrás á todos los salvajes. Un poco de juicio, señor de Pardo...

Pero ahora se me figura que ya lo tengo de sobra.

--Oiga usted...--dijo á Perucho, tosiendo, para afianzar la voz.--Le he

maltratado á usted hace un instante; hice mal, y lo reconozco. Es

decir: no me faltan motivos de hablarle á usted con toda la dureza

posible; pero con razones, no con injurias... Debí empezar por ahí.

--Los motivos que usted tiene, ya los sé yo... Demasiado que los sé.

--Se equivoca usted... Hágame el obsequio de sentarse; ya ve que no le

tuteo, ni le ofendo en lo más mínimo. Pero tenemos que hablar largamente

y ajustar cuentas, de las cuales no he de perdonarle á usted un céntimo

si sale alcanzado... Vuelvo á rogarle que se siente.

Perucho se dejó caer en el sofá con hosco ademán, arreglándose

maquinalmente el cuello y la corbata, que ya no tenía muy en orden antes

y que con la refriega se habían insubordinado por completo. Ocupó

Gabriel la mecedora de enfrente, y empezó á mecerse con movimiento

automático. Arreglaba un discurso; pero lo que salió fué un trabucazo.

--¿Usted sabe de quién es hijo? (al preguntarlo se encaró con Perucho).

--¿Y á qué viene eso?--contestó el mozo.

--¿No está usted cansado de conocer á mis padres? Déjeme usted en paz.

--¿Y siendo sus padres de usted... un mayordomo y una criada... cómo se

ha atrevido usted... á poner los ojos en mi sobrina? ¿Cómo se ha

atrevido usted... (ensordeciendo la voz, que vibraba de enojo aún) á

levantarse hasta dónde usted no puede ni debe subir? ¡Sólo un hombre vil

(acercándose al montañés) se aprovecha del descuido y de la confianza

ajena para... apoderarse de... una señorita... y... abusar de ella,

cuando come el pan de su casa!

Perucho contenía los bramidos que se le venían á la laringe, y oía

royéndose la uña del pulgar con tal ensañamiento, que ya brotaba sangre.

Al fin pudo formar voz humana en la garganta.

--Quien... quien abusa es usted, señor de Pardo... Sí, señor, abusa

usted de mi posición, de verme un infeliz, un hijo de pobres, un

desdichado que no se puede reponer contra usted como corresponde... Pero

me repondré, caramba si me repondré... que tampoco no es uno ningún

sapo, para dejarse patear sin volverse á quien lo patea... Y nos veremos

las caras donde usted guste, que aunque me ve sin pelo en ella, soy

hombre para cualquier hombre, y á mí no me espantan palabras ni obras...

Y si á obras vamos... si se trata de romperse el alma por Manuela,

porque usted la quiere para sí y ha venido á hacerle los cocos...

¡mejor, mejor! Nos la rompemos, y en paz... También le puedo contar

algunas cositas que le lleguen adentro, para que tenga más modo otra

vez... Que yo como el pan de esta casa; que Manuela es mi señorita, y

que tumba y que dale... De eso de comer el pan, podíamos hablar mucho;

porque, según le oí á mi madre, más dinero le debía á mi abuelo la casa

de los Pazos que mi abuelo á ella... De ser Manola mi señorita... cierto

que ella es hija de un señor... pero maldito si se conoció nunca que lo

fuese... Desde chiquillos andamos juntos, sin diferencias de clases ni

de señoríos; y nadie nos recordó nuestra condición desigual, hasta que

cayó aquí, llovido del cielo, el señor don Gabriel Pardo de la Lage...

Manola, ahí donde usted la ve, no tuvo en toda su vida nadie que la

quisiese más que yo, yo (y se golpeaba el fornido pecho), nadie que se

acordase de ella, no señor, ni su padre, usted lo oye? ni su padre...

Yo, desde que levantaba del suelo tanto como una berza, la enseñé á

andar, cargué con ella en brazos, para que no se mojase los pies cuando

llovía, le dí las sopas, le guardé el sueño, y le discurrí los juguetes

y las diversiones... Yo le enseñé lo poco que sabe de leer y escribir,

que sino, ahora estaría firmando con una cruz... Yo la defendí una vez

de un perro de rabia... ¿Sabe usted lo que es un perro de rabia? ¡No,

que en los pueblos eso no se ve nunca! Pues al perro, con aquellos ojos

encarnizados y aquel hocico baboso, lo maté yo, pero no de lejos, sino

desde cerquita, así, echándome á él, machacándole la cabeza con una

piedra grande, mientras la chiquilla lloraba muerta de miedo... ¡Si no

estoy yo allí, á tales horas Manola es ánima del purgatorio! En el brazo

y en la pierna me mordió el perro, y gracias que la ropa era fuerte, y

allí se quedó la baba... Otra vez la cogí á la orillita de un barranco,

que si me descuido, al Avieiro se me larga... Yo me quemé la mano en el

horno por sacarle una bolla caliente, que se le había antojado... ¿ve

usted...? aquí anda todavía la señal... Y yo por ella me echaría de

cabeza al río, y me dejaría arrancar las tiras del pellejo... Ni ella

tiene sino á mí, ni yo sino á ella. ¿Que es usted su tío? ¿Y qué?, ¿Se

ha acordado usted de ella hasta la presente? ¡Buena gana! Andaba usted

por esos mundos, muy bien divertido y recreado. Yo con ella, con ella

siempre... hasta morir! Me quiere, la quiero, y ni usted ni veinte como

usted... ni el mismo Dios del cielo que bajase con toda la corte

celestial! me la quitan. Así me valga Cristo, y antes yo ciegue que

verla casada con usted!

El montañés hablaba con presteza, accionando mucho, como escupiendo

palabras y pensamientos que desde muy atrás le rebosaban del corazón. Su

gallarda persona y su acción fogosa y expresiva parecían no caber en la

ridícula sala, bien como el gran actor no encuentra espacio en un

escenario estrecho; y á cada molinete de su fuerte brazo se hallaban en

inminente peligro los cromos, las cajas de cartón, las orquestas de

perritos y gatitos de loza, las figuras de yeso teñidas con purpurina

imitando bronce, todas las simplezas importadas por el Gallo de sus

excursiones orensanas, pues tan adelantado estaba el buen sultán en la

ciencia suntuaria de nuestra época, que hasta cultivaba el _bibelot_.

Gabriel oía, mostrando un rostro apenado, perplejo y meditabundo; á

veces cruzaban por él vislumbres de compasión; otras, aquella pasión tan

juvenil y fresca, tan vigorosamente expresada, le removía como remueve

la escena de un drama magnífico; y su boca se crispaba de terror, lo

mismo que si el conflicto, tan grave ya, creciese en proporciones y

rayase en horrenda é invencible catástrofe... Viendo callado al

artillero, Perucho se persuadió de que lo convencía, y continuó con más

calor aún:

--Si Manola es rica, sepan que yo no quiero sus riquezas, y que me futro

y me refutro en ellas... Que el padrino gaste su dinero en lo que se le

antoje; que lo gaste en cohetes, ó lo dé á los pobres de la parroquia.

Dios se lo pague por la carrera que me está dando, pero con carrera ó

sin ella... yo ganaré para mí y para mi mujer. Manola se crió como la

hija de un labriego; no necesita lujos ni sedas; yo menos todavía. Mi

madre no es pobre miserable: heredó del abuelo un pasar, y me dará... Y

si no me da, tal día hizo un año. Con cuatro paredes y unas tejas, allá

en el monte, frente á las Poldras, vivimos como unos reyes, sin

acordarnos del mundo y sus engañifas... Casualmente lo único para que

sirvo yo es para arar y sachar: los estudios me revientan: paisano nací

y paisano he de morir, con la tierra pegada á las manos... Una casita y

una heredad y una pareja de bueyes con que labrarla, no hemos de ser tan

infelices que eso nos falte,... y en teniendo eso, que se ría el mundo

de mí, que yo me reiré del mundo... y estaré como en el cielo, y Manola

también... mientras que con usted rabiaría y se condenaría, porque no le

quiere, no le quiere y no le quiere.

Acabar su peroración el montañés y sentirse Gabriel Pardo

definitivamente vencido y arrastrado por la corriente de simpatía que

empezaba á ablandarle desde que había jadeado entre los brazos fuertes

del mozo, fueron cosas simultáneas. Obedeciendo á impulso irresistible,

tendió la mano para darle una palmada en el hombro; hízose atrás

Perucho, tomando por nueva hostilidad lo que no era sino halago.

--¡No ponerse en guardia, amigo, que no hay de qué!--exclamó el

artillero, cuya noble fisonomía respiraba ya concordia y bondad al par

que dolor y pena.--Tan no hay de qué, que se va usted á pasmar... Déme

usted esa mano, y perdóneme todo cuanto le he dicho al entrar aquí... He

procedido con injusticia, con barbarie y con grosería; pero si usted

supiese cómo me estaba doliendo el alma, y cómo me duele aún... No

conserve usted nada contra mí: déme la mano...

Los ojos azules le miraron con desconfianza, y Perucho retiró el brazo.

--Mucho estimo eso que usted dice ahora, pero mejor fuera no venirse con

esos desprecios de antes... Nadie tiene cara de corcho, y la vergüenza

es de todo el mundo.

--Usted lleva razón, pero yo la he perdido media hora de este aciago

día... Motivo me ha sobrado para ello. ¡Oigame usted, por lo que más

quiera! Por... por mi sobrina. Déme usted su palabra de que hará lo que

voy á rogarle.

--No señor, no; yo no prometo nada tocante á Manola. ¿Y á qué viene

mentir? Mejor es desengañarle. Lo mismo da que lo prometa que que no lo

prometa. Ahora prometería, pongo por caso, no arrimarme á ella en

jamás, y de contado me volvería á pegar á sus faldas. Imposibles no se

han de pedir á nadie.

--No es eso... ¡Si usted no me oye...!

--¿No es nada de dejar á Manoliña?

--No... Es que me prometa usted que de lo que vamos á hablar no dirá

usted palabra á nadie... ¡á nadie de este mundo!

--Corriente. Si no es más que eso...

--No más.

--Pues venga.

--No--replicó Gabriel bajando la voz...--Aquí no... Acompáñeme usted á

mi cuarto... Tengo excelente oído... y juraría que anda gente en el

corredor.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 50 / 64 题