Al entrar en los Pazos experimentó Gabriel la impresión melancólica que
sentimos al acercarnos á la sepultura de una persona querida, y la
emoción profunda que nos causa ver con los ojos sitios que desde hace
mucho tiempo visita nuestra imaginación. En sus años de colegio, Gabriel
se representaba la casa de su hermana como una tacita de plata,
elegante, espaciosa, cómoda; después sus ideas variaron bastante; pero
nunca pudo figurársela tan ceñuda y destartalada como era en realidad.
A la escalera salieron á hacerle los honores el Gallo y su esposa, la
ex-bella fregatriz Sabel, causa de tantos disturbios, pecados y
tristezas. Quien la hubiese visto cosa de diez y ocho años antes, cuando
quería hacer prevaricar á los capellanes de la casa, no la conocería
ahora. Las aldeanas, aunque no se dediquen á labrar la tierra, no
conservan, pasados los treinta, atractivo alguno, y en general se ajan y
marchitan desde los veinticinco. Sus extremidades se deforman, su piel
se curte, la osatura se les marca, el pelo se les vuelve áspero como
cola de buey, el seno se esparce y abulta feamente, los labios se secan,
en los ojos se descubre, en vez de la chispa de juguetona travesura
propia de la mocedad, la codicia y el servilismo juntos, sello de la
máscara labriega. Si la aldeana permanece soltera, la lozanía de los
primeros años dura algo más; pero si se casa, es segura la ruina
inmediata de su hermosura. Campesinas mozas vemos que tienen la
balsámica frescura de las hierbas puestas á serenar la víspera de San
Juan, y al año de consorcio no es posible conocerlas ni creer que son
las mismas, y su tez lleva ya arrugas, las arrugas aldeanas, que parecen
grietas del terruño. Todo el peso del hogar les cae encima, y adiós risa
alegre y labios colorados. Las coplas populares gallegas no celebran
jamás la belleza en la mujer después de casada y madre: sus requiebros y
ternezas son siempre para las _rapazas_, las _nenas bunitas_.
Sabel no desmentía la regla. A los cuarenta y tantos años, era lastimoso
andrajo de lo que algún día fué la mejor moza diez leguas en contorno.
El azul de sus pupilas, antes tan claro y puro, amarilleaba; su tez de
albérchigo era piel de manzana que en el madurero se va secando; y los
pómulos sobresalientes y la frente baja y la forma achatada del cráneo
se marcaban ahora con energía, completando una de esas cabezas de
aldeana de las cuales dice cualquiera: «Más fácil sería convencer á una
mula que á esta mujer, cuando se empeñe en algo.»
Con todo, su marido Angel de Naya, por remoquete _Gallo_, la tenía no
sólo convencida, sino subyugada y vencida por completo, desde los
tiempos ya lejanos en que anhelaba dejar por él su puesto y corte de
sultana favorita en los Pazos, é irse á cavar la tierra. Era una
devoción fanática, una sumisión de la carne que rayaba en
embrutecimiento, y una simpatía general de epidermis grosera y alma
burda, que hacían de aquel matrimonio el más dichoso del mundo. El
varón, no obstante, calzaba más puntos que la hembra en inteligencia, en
carácter, y hasta en ventajas físicas. Ajada y lacia ella, él conservaba
su tipo de majo á la gallega y su triunfadora guapeza de sultán de
corral: el andar engallado, el ojo claro, redondeado y vivo, las rizosas
patillas y la _fachenda_ en vestir y el empeño de presentarse con cierta
dignidad harto cómica. Es de saber que el Gallo, sin madurar los vastos
y mefistofélicos planes de su antecesor y suegro el terrible Primitivo,
no era ajeno á miras de engrandecimiento personal, que delataban
indicios evidentes. El Gallo vestía de _señor_, lo que se dice de
_señor_; encargaba á Orense camisolas, corbatas, pañuelos, capa, reloj,
botitos, y por nada del mundo se volvería á poner su pintoresco traje de
terciopelo de rizo azul, con botones de filigrana de plata, y la montera
con plumas de pavo real, ni á oprimir bajo el sobaco el _fol_ de la
gaita á cuyo sonido habían danzado tantas veces las mozas. Paisano
trasplantado á una capa superior, todo el afán del Gallo era subir más,
más aún, en la escala social. Nadie le obligaría á coger una horquilla ó
una azada: dirigía la faena agrícola, nunca tomaba parte activa en ella,
porque soñaba con tener las manos blancas y no _esclavas_, como él
decía. Otra de sus pretensiones era leer óptimamente y escribir con
perfección. Como todos los labriegos que aprenden á leer y escribir de
chiquillos, su iniciación en esta maravillosa clave de los conocimientos
humanos era muy relativa: saber leer y escribir no es conocer los signos
alfabéticos, nombrarlos, trazarlos; es sobre todo poseer las ideas que
despiertan esos signos. Por eso hay quien se ríe oyendo que para
civilizar al pueblo conviene que todos sepan escritura y lectura; pues
el pueblo no sabe leer ni escribir jamás, aunque lo aprenda. En
resolución, el Gallo se despepitaba por alardear de lector y pendolista
y acostumbraba por las noches, antes de acostarse, leerle á su mujer, en
alta voz, el periódico político á que estaba suscrito y que
proporcionaba una satisfacción profunda á su vanidad, al imprimir en la
faja--Sr. D. Angel Barbeito--Santiago--Cebre.--Por supuesto que leía de
tal manera, que no sólo al caletre algo obtuso de Sabel, sino al más
despierto y agudo, le sería difícil sacar nada en limpio; porque
suprimía radicalmente puntos y comas, se comía preposiciones y
conjunciones, se merendaba pronombres y verbos, casaba sin dispensa
palabras y repetía cuatro y seis veces sílabas difíciles, siendo de ver
lo que se volvían en labios suyos las noticias referentes, verbigracia,
al _Mahdi_, á los _nihilistas_, al rey Luís de Baviera ó á los
_fenianos_ y _liga agraria_. Y todos estos sucesos, batallas,
asolamientos y fieros males, cuanto más lejanos y más inaccesibles,
razonablemente hablando, á su comprensión, más le deleitaban,
interesaban y conmovían; y era curioso oírselos explicar, en tono
dogmático, á otros labriegos menos enterados que él de la política
exterior europea en cierta tertulia que solía juntarse en la cocina de
los Pazos. Respecto á sus pretensiones de pendolista, había empezado á
satisfacerlas del modo siguiente: encargando á Orense una resmilla de
papel de cartas bien lustroso, de canto dorado, y mandando plantificar
en mitad de cada hoja un A. B. cruzado, tamaño como la circunferencia de
un duro; y ya provisto de papel tan elegante y de escribanía y cabos de
pluma en armonía con él, dió en escribir, para ejercitar la letra,
cartas y más cartas á todo bicho viviente, tomando por pretexto, ya el
felicitar los días, ya cualquier motivo análogo. También era para él
gran preocupación el hablar, pues se esforzaba á que sus labios
olvidasen el dialecto á que estaban avezados desde la niñez, y no
pronunciasen sino un castellano que sería muy correcto si salvásemos las
innumerables _jeadas_, contracciones, diptongos, barbarismos y otros
lunarcillos de su parla selecta. Y cuanto más se empeñaba en sacudirse
de los labios, de las manos, de los pies, el terruño nativo, la oscura
capa de la madre tierra, más reaparecía, en sus dedos de uñas córneas,
en sus patillas cerdosas y encrespadas, en sus muñecas huesudas y en sus
anchos pies, la extracción, la extracción indeleble, que le retenía en
su primitiva esfera social! Si él lo comprendiese sería muy infeliz. Por
fortuna suya creía todo lo contrario.
Incapaz de los vastos cálculos de Primitivo, había dedicado á comprar
tierras todo el dinero heredado de su difunto suegro, que no era poco y
andaba esparcido por el país en préstamos á un rédito usurario. El Gallo
amaba las fincas rústicas á fuer de labriego de raza. Instalado en los
Pazos de Ulloa, la casa más importante del distrito, vió desde luego lo
ventajoso de su situación para _papelonear_; y como el Gallo antes
pecaba de pródigo que de mezquino, condición frecuente en los gallegos,
dígase lo que se quiera, su sueño dorado fué subir como la espuma, no
tanto en caudal cuanto en posición y decoro; y se propuso, ya casado con
Sabel, convertirse en _señor_ y á ella en _señora_, y á Perucho en
señorito verdadero... Aquí conviene aclarar un delicado punto. Era de
tal índole la vanidad del buen Gallo, que dejándose tratar de _papá_ por
Perucho y sin razón alguna para regatearle el título de hijo, la idea de
que por las venas del mozo pudiese circular más hidalga sangre, le ponía
tan esponjado, tan hueco, tan fuera de sí de orgullo, que no había
anchura bastante para él en toda el área de los Pazos. Lo pasado, el
ayer de Sabel en aquella casa, lejos de indignarle ó disgustarle, era el
verdadero atractivo que aún poseía á sus ojos una mujer marchita y
cuadragenaria.
El matrimonio salió á esperar al huésped en la meseta de la escalera,
deshaciéndose en obsequiosos ofrecimientos al «señorito». Parecían los
verdaderos dueños de la casa. Aunque Sabel no guisaba ya, ¡pues no
faltaría otra cosa! se enteró minuciosamente de lo que el huésped podía
apetecer para su cena. ¿Una ensaladita? Tortilla? Lonjas de carne?
Chocolate? Gabriel repetía que cualquier cosa, que él comía de todo; y
en esta porfía me lo iban llevando de habitación en habitación, á cual
más destartalada, y sin muebles. En el comedor dieron fondo, y según la
costumbre del país, sentáronse ante la mesa libre de manteles,
presenciando cómo la _cubrían_. Gabriel, al comprender que se trataba de
cenar, buscó con los ojos algo que no parecía por el comedor. Y al fin
no pudo contenerse.
--¿Y Manolita?--preguntó.--Y Manolita? No cena?
--La chiquilla?... Busca! Quién cuenta con ella?--respondió el marqués
de Ulloa, como si dijese la cosa más natural y corriente del
mundo.--¿En tiempo de siega? Echarle un galgo. Ahora se juntarán en la
era todas las segadoras, y armarán un bailoteo de cuatrocientos mil
demonios, y pandereta arriba y pandereta abajo, y copla va y copla
viene, y habiendo una luna hermosa como hay, tenemos broma hasta cerca
de las diez.
No replicó palabra Gabriel, por lo mismo que se le ocurrían infinidad de
objeciones: pero no era ocasión de soltar la sin hueso allí delante de
la criada que entraba y salía llevando platos, vasos y servilletas. Su
impulso era decir:--Pues mira, vámonos á la era, y luego cenaremos
juntos,--pero se contuvo: todo le parecía prematuro, indelicado y fuera
de sazón mientras no tuviese con su cuñado una entrevista, lo que se
llama una entrevista formal.
Trató de entretenerse observando. Le parecía poético aquel comedor tan
distinto de los que se ven en todas partes, sin aparadores, sin platitos
japoneses ó de Manises colgados por la muralla, sin cortinas ni
chimenea; por todo adorno, barrocas pinturas al fresco, desconchadas y
empalidecidas, representando pájaros, racimos, panecillos, ratones que
subían á comérselos, y otros caprichos de la fantasía del pintor; y en
el centro, frente á la vasta mesa de roble y á los bancos duros, de
abacial respaldo, el péndulo solemne. También la mesa se le antojó que
tenía _carácter_ ó _cachet_, ese no sé qué de arcaico que enamora á las
cansadas imaginaciones modernas, y se confirmó en ello al fijarse en el
plato que le pusieron delante, en cuyo fondo campeaban emblemas
curiosísimos, que le trajeron á la memoria su edad infantil, pues en su
casa siendo niño había visto loza idéntica. Era en efecto resto de dos
docenas de platos traídos por doña Micaela, la madre del marqués, que
debían formar parte de alguna soberbia vajilla hecha para un Pardo
virrey ó magnate: tenía en el centro el escudo de los Pardos de la Lage
dividido en dos cuarteles; en el de la derecha se encabritaban dos
leones rampantes en campo de gules, y en el de la izquierda otro león y
cuatro cruces de Malta en campo de oro. Un casco con una cruz de
Caravaca por cimera remataba el escudo: sobre él se leía en una
banderola la divisa: _Fortis in fide et regi fidelis_; bajo el escudo,
en otra banderola, _Per cruces ad triumphos_. ¡Resto de algo glorioso,
esculpida y dorada proa que recuerda al buque náufrago! Distrajo á
Gabriel de la contemplación del plato, su cuñado que con inmenso
cucharón de plata le servía una sopa de pan humeante, grasienta y
doradita. La sopa cubrió en un momento los lemas heroicos y los fieros
leones, y no quedó ni señal de la pluma flotante del casco, ni de los
airosos picos en que se bifurcaban al extremo las gallardas banderolas
de las divisas.
Si Gabriel pudiese recordar otras épocas de los Pazos, notaría, no sólo
en aquella exhibición de vajilla blasonada, sino en mil detalles más,
que allí reinaba cierta suntuosidad desconocida cosa de veinte años
antes. Y no era que don Pedro Moscoso se hubiese pulido y civilizado
algo; al revés: con la mengua de sus fuerzas físicas, con el paso de la
vida nómada de cazador á la más sedentaria de hidalgo que cultiva sus
tierras, con el terror de la gota, de la vejez y de la muerte, terror
que se iba escribiendo en su huraño semblante, le había entrado mayor
indiferencia que nunca por las finuras y elegancias: en cambio la
materia le dominaba, cogiéndole por el flaco de la gula, y como todos
los gotosos, apetecía justamente los platos y vinos que más daño podían
causarle. El ramo de pompas y vanidades corría de cuenta del insigne
Gallo, en quien latía la inclinación más irresistible al fausto y
esplendor, y que procuraba deslumbrar al huésped con la vajilla y con
cuanto pudiese.
Cuando después de reposar la cena fumando un par de cigarrillos, pedía
Gabriel á don Pedro una entrevista confidencial para el día siguiente,
retirábase el Gallo á sus habitaciones en compañía de su mujer, la cual
acababa de disponer todo lo necesario al alojamiento del huésped. Nada
menos que á sus habitaciones que eran en la planta baja, muy apañadas y
cucas, con divisiones nuevecitas de barrotillo y enlucido de yeso. Todo
lo que antes fué madriguera del zorro Primitivo, lo había convertido el
presuntuoso Gallo en corral digno de sus espolones y fachenda. Y cuanto
tenían de destartalados y tristes los aposentos de arriba, que habitaba
el señor, otro tanto de cómodos y alegres los de abajo, el nido que se
labraba el mayordomo. Llenitas como un huevo, nada faltaba en ellas: ni
los cómodos armarios recién pintados, ni las útiles perchas, ni las
sillas y sofá de _yute_, ni el espejo grande en la salita, ni las
fotografías harto ridículas, en sus marcos dorados, ni cromos de frailes
y majas, ni muñequitos de porcelana tocando el violín, ni calendario
americano, ni, en suma, ninguno de los objetos que componen el falso
bienestar y el lujo de similor que hoy penetra hasta en las aldeas. La
cama de matrimonio era negra _maqueada_, es decir, con unos pecaminosos
medallones dorados y unas inicuas guirnaldas de rosas; á cada viaje que
el Gallo hacía á Orense, se le acrecentaba el deseo de trocarla por una
dorada enteramente, lo cual era á sus ojos el colmo de la ostentación y
sibaritismo humano; pero un vago recelo de lo que podría decir la gente
envidiosa y chismosa, le contenía siempre, reduciendo su vehemente
capricho al estado de sueño, de aspiración imposible, y por lo mismo más
seductora.
Las pollitas, ó sean las hijas del Gallo, de siete y nueve años de edad,
dormían ya como sardina en banasta en una misma cama, la una en posición
natural, la otra con los pies hacia la cabecera; dormían con los ojos
colorados y los carrillos hechos un tomate de tanto becerrear y llorar,
porque querían ir á la era, á oir tocar la pandereta y cantar la
_encomienda_; pero su padre, que profesaba las más severas ideas
respecto al decoro de las _señoritas_, no se lo había permitido. Sabel
empezaba á soltarse los cordones de las innumerables sayas que vestía
según la costumbre aldeana: y el Gallo, sentado en una butaca, al lado
de una mesa que sustentaba la lámpara de petróleo (una lámpara nada
menos que de imitación de porcelana japonesa) tomó el periódico que á la
sazón recibía, y era si no mienten las crónicas _El Globo_, y comenzó á
chapucear sueltos, asombrándose mucho del calor que hacía en Nueva York,
y exclamando:
--¡Ave María de gracia!... ¡Dice que están á noventa... y cin... y
cin... co _farengues_... (95° Fahrenheit se cree que sería), y trin...
trienta y ci... cinco y ciento gra... dos!... (35° centígrados, supongo
que rezaría la hoja.) Mujer... ¡qué pasmo!
Sabel, que se acostaba entonces, respondió con una especie de
complaciente gruñido, estirándose gustosa entre las sábanas, pues sin
saber cuántos _farengues_ de calor se gastaban por allí, sabía que había
sudado el quilo el día entero. Y con ese género de gruñidos salía del
apuro siempre que su consorte se empeñaba en enseñarle el santito, el
grabado, ó mejor dicho el borrosísimo cliché del periódico, para hacerle
admirar cuatro chafarrinones y media docena de rayas en que una fantasía
ardiente podía reconocer, ya una _Aldea rusa á orillas del Volga_, ya la
_Vista de Constantinopla tomada desde el Bósforo_, con otros primores
artísticos de la misma laya. Aquella noche, después de pagar el
imprescindible tributo á la política exterior y al movimiento europeo,
ambos cónyuges, después de apagar el quinqué soplando fuertemente en la
boca del tubo, entre el silencio y la oscuridad y el bienestar del
lecho, que refuerza muchísimo la potencia discursiva, se echaron á
indagar, comunicándose sus reflexiones, qué demonios sería aquella
venida del señorito don Gabriel.