XIII

Primero se bajó de un salto Perucho, y tendiendo los brazos, recibió á

Manuela, á quien sostuvo por la cintura. Cayó la chica con las sayas en

espiral, dejando ver hasta el tobillo su pie mal calzado con zapato

grueso y media blanca. Al punto mismo de saltar vió al desconocido, y se

detuvo como indecisa. Perucho también pegó un respingo de animal montés

que encuentra impensadamente al cazador. Gabriel clavó en su rostro la

mirada, impulsado por ansia secreta é indefinible de saber si merecía su

fama de belleza física el que él llamaba entre sí, con asomos de

humorismo, el bastardo de Moscoso.

Para el escultor y el anatómico, belleza era, y de las más perfectas y

cumplidas, aquel cuerpo bien proporcionado y mórbido, en que ya, á pesar

de la juventud, se diseñaban líneas viriles, bien señaladas paletillas,

vigorosos hombros, corvas donde se advertía la firmeza de los tendones;

y rasgo también de belleza clásica y pura, la poderosa nuca redondeada,

formando casi línea recta con la cabeza y cubierta de un vello rojizo;

el trazo de la frente que continuaba sin entrada alguna; la vara de la

correcta nariz; los labios arqueados, carnosos y frescos como dos

mitades de guinda; las mejillas ovales, sonrosadas, imberbes; la nariz y

barba que ostentaban en el centro esa suave pero marcada meseta ó

planicie que se nota en los bustos griegos, y que los artistas modernos

no encuentran ya en sus modelos vulgares, y por último el monte de

bucles, digno de una testa marmórea, de los cuales dos ó tres se

emancipaban hasta flotar sobre las cejas y estorbar á los ojos.

Para Gabriel, más pensador é idealista que artista y pagano, y además

hombre moderno en toda la extensión de la palabra, aficionado á la

expresión, prendado sobre todo, en el sexo varonil, de las cabezas

reflexivas, de las frentes anchas en que empieza á escasear el cabello,

de las fisonomías que son una chispa, una llama, una idea hecha carne,

que habla por los ojos y se imprime en cada facción y se acentúa

enérgicamente en la ahorquillada ó puntiaguda barba, de los cuerpos en

que la disposición atlética y la hermosura de los miembros se disimula

hábilmente bajo la forma de la vestidura usual entre gente bien educada;

para Gabriel, decimos, fuese por todas estas razones ó por alguna otra

que ni él mismo entendía, no solamente resultó incomprensible la lindeza

de Perucho, sino que á pesar de su predisposición á la simpatía, sobre

todo hacia la gente de posición inferior á la suya, le pareció hasta

antipática é irritante aquella cabeza de joven deidad olímpica, aquella

frescura campesina y tosca, aquella cara tallada en alabastro, pero

encendida por una sangre moza y ardiente, savia vital grosera y propia

de un labriego (así pensaba Gabriel); y sobre todo aquellos modales

aldeanos, aquel vestir lugareño, aquella extracción evidentemente

rústica, revelada hasta en el modo de andar y en el olor á campo que le

había comunicado la mies.

En cambio--¡oh transacciones de la estética!--Gabriel se indignó de que

alguien hubiese dudado de la hermosura de Manolita. ¡Manolita! Manolita

sí que era guapa. Así como á Perucho se le estaba despegando la

americana y el pantalón, y su musculatura pedía á voces el calzón de

estopa de los gañanes que erigían la meda, á Manolita (seguía pensando

Gabriel) no le cuadraba bien el pobre vestidillo de lana, y su fino

talle y su airosa cabecita menuda reclamaban un traje de _cachemir_ de

corte elegante y sencillo, un sombrero _Rubens_ con plumas negras--que

lo llevaría divinamente.--¿Parecido con su madre? Sí; mirándola bien, se

parecía, se parecía mucho á la inolvidable _mamita_; los mismos ojazos

negros, las mismas trenzas, la frente bombeada, el rostro larguito...

pero animado, trigueño, con una vida exuberante que la pobre _mamita_ no

gozó nunca. Y además, serena é intrépida y despegada y arisca. Al

decirle su padre:--Este señor es tu tío Gabriel Pardo, el hermano de tu

mamá,--la montañesa apuntó á boca de jarro las pupilas, y murmuró con

desdeñosa gravedad:

--Tenga usted buenas tardes.

Sin más conversación, volvió la espalda, deslizándose tras de la meda.

Gabriel se quedó algo sorprendido de semejante conducta por parte de su

sobrina. Entre los números del programa trazado por su imaginación, se

contaba el del recibimiento. Con el candor idílico que guardan en el

fondo del alma los muy ensoñadores, durante el camino se había imaginado

una escena digna del buril de un grabador inglés: una doncella

candorosa aunque algo brava y asustadiza, que se ruborizase al verle,

que le hiciese muy confusa y bajando los ojos varios saludos y

reverencias, que luego consultase con tímida mirada á su padre, y

autorizada por una seña de éste, saliese precipitadamente, volviendo á

poco rato con una bandeja de frutas y refrescos que brindar al

forastero... ¡Sí, buenos refrescos te dé Dios! Maldito el caso que le

hacía Manolita; y su padre, en vez de mostrar que extrañaba semejante

comportamiento, ni lo notaba y seguía conversando con Gabriel,

informándose asiduamente de ¿cómo había encontrado los asuntos de su

padre, al hacerse cargo de ellos? ¿Cómo andaba el partido H y los foros

X? El artillero contestaba; pero de soslayo observaba atentamente lo que

acontecía en la era. A su sobrina no la veía entonces; sí á Perucho, que

en mangas de camisa, habiendo echado la americana sobre el yugo de los

bueyes, ayudaba á descargar el carro, mostrando deleitarse en la

actividad muscular, que esparcía su sangre y la enviaba en olas á

enrojecer su pescuezo y su frente blanca y lisa. Así que la carga del

carro estuvo por tierra, llegóse á la meda empezada, en cuya cima vió

Gabriel alzarse, como estatua en su pedestal, á Manolita. Cruzáronse

entre los dos muchachos frases, risas y una especie de gracioso reto; y

empuñando Perucho con resolución una horquilla de palo, dió principio al

juego de levantar con ella un haz y arrojárselo á la chica, que lo

recibía en las manos como hubiera podido recibir una pelota de goma, sin

titubear, y se lo pasaba al punto á un gañán encaramado también sobre la

meseta de la meda, el cual lo sentaba y colocaba, espiga adentro,

_medando_ hábil y rápidamente.

Gabriel no tenía ojos ni oídos más que para el juego. Su cuñado seguía

habla que te hablarás, en el tono llano y cansado del hombre para quien

pasó la edad de los retozos y no cree que ya le importen á nadie. Y

Gabriel se consumía, contestando cortésmente, pero distraído, con el

alma á cien leguas de la plática. Al fin no pudo contenerse, y se

levantó.

--¿Tú querrás descansar? ¿Tomas algo? ¿Cenas?....--interrogó

obsequiosamente el marqués, dando muestras de querer llevarse á su

huésped hacia casa.

--No... Sí... Quisiera...--murmuró Gabriel un tanto confuso, porque al

verse de pie le pareció ridículo decir:--Lo que estoy deseando, á pesar

de mi brazo vendado, es ponerme también á echar haces á la _meda_...--Y

no atreviéndose á confesar el capricho, se dejó guiar resignado hacia la

gran mole de la casa solariega. Al salir siguió escuchando durante

algunos segundos las risas de la pareja, el ¡jeeem! triunfal que

dilataba la cavidad pulmonar de Perucho al lanzar los haces, y el

impaciente--¡venga otro!--de Manolita cuando tardaban.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 21 / 64 题