Primero se bajó de un salto Perucho, y tendiendo los brazos, recibió á
Manuela, á quien sostuvo por la cintura. Cayó la chica con las sayas en
espiral, dejando ver hasta el tobillo su pie mal calzado con zapato
grueso y media blanca. Al punto mismo de saltar vió al desconocido, y se
detuvo como indecisa. Perucho también pegó un respingo de animal montés
que encuentra impensadamente al cazador. Gabriel clavó en su rostro la
mirada, impulsado por ansia secreta é indefinible de saber si merecía su
fama de belleza física el que él llamaba entre sí, con asomos de
humorismo, el bastardo de Moscoso.
Para el escultor y el anatómico, belleza era, y de las más perfectas y
cumplidas, aquel cuerpo bien proporcionado y mórbido, en que ya, á pesar
de la juventud, se diseñaban líneas viriles, bien señaladas paletillas,
vigorosos hombros, corvas donde se advertía la firmeza de los tendones;
y rasgo también de belleza clásica y pura, la poderosa nuca redondeada,
formando casi línea recta con la cabeza y cubierta de un vello rojizo;
el trazo de la frente que continuaba sin entrada alguna; la vara de la
correcta nariz; los labios arqueados, carnosos y frescos como dos
mitades de guinda; las mejillas ovales, sonrosadas, imberbes; la nariz y
barba que ostentaban en el centro esa suave pero marcada meseta ó
planicie que se nota en los bustos griegos, y que los artistas modernos
no encuentran ya en sus modelos vulgares, y por último el monte de
bucles, digno de una testa marmórea, de los cuales dos ó tres se
emancipaban hasta flotar sobre las cejas y estorbar á los ojos.
Para Gabriel, más pensador é idealista que artista y pagano, y además
hombre moderno en toda la extensión de la palabra, aficionado á la
expresión, prendado sobre todo, en el sexo varonil, de las cabezas
reflexivas, de las frentes anchas en que empieza á escasear el cabello,
de las fisonomías que son una chispa, una llama, una idea hecha carne,
que habla por los ojos y se imprime en cada facción y se acentúa
enérgicamente en la ahorquillada ó puntiaguda barba, de los cuerpos en
que la disposición atlética y la hermosura de los miembros se disimula
hábilmente bajo la forma de la vestidura usual entre gente bien educada;
para Gabriel, decimos, fuese por todas estas razones ó por alguna otra
que ni él mismo entendía, no solamente resultó incomprensible la lindeza
de Perucho, sino que á pesar de su predisposición á la simpatía, sobre
todo hacia la gente de posición inferior á la suya, le pareció hasta
antipática é irritante aquella cabeza de joven deidad olímpica, aquella
frescura campesina y tosca, aquella cara tallada en alabastro, pero
encendida por una sangre moza y ardiente, savia vital grosera y propia
de un labriego (así pensaba Gabriel); y sobre todo aquellos modales
aldeanos, aquel vestir lugareño, aquella extracción evidentemente
rústica, revelada hasta en el modo de andar y en el olor á campo que le
había comunicado la mies.
En cambio--¡oh transacciones de la estética!--Gabriel se indignó de que
alguien hubiese dudado de la hermosura de Manolita. ¡Manolita! Manolita
sí que era guapa. Así como á Perucho se le estaba despegando la
americana y el pantalón, y su musculatura pedía á voces el calzón de
estopa de los gañanes que erigían la meda, á Manolita (seguía pensando
Gabriel) no le cuadraba bien el pobre vestidillo de lana, y su fino
talle y su airosa cabecita menuda reclamaban un traje de _cachemir_ de
corte elegante y sencillo, un sombrero _Rubens_ con plumas negras--que
lo llevaría divinamente.--¿Parecido con su madre? Sí; mirándola bien, se
parecía, se parecía mucho á la inolvidable _mamita_; los mismos ojazos
negros, las mismas trenzas, la frente bombeada, el rostro larguito...
pero animado, trigueño, con una vida exuberante que la pobre _mamita_ no
gozó nunca. Y además, serena é intrépida y despegada y arisca. Al
decirle su padre:--Este señor es tu tío Gabriel Pardo, el hermano de tu
mamá,--la montañesa apuntó á boca de jarro las pupilas, y murmuró con
desdeñosa gravedad:
--Tenga usted buenas tardes.
Sin más conversación, volvió la espalda, deslizándose tras de la meda.
Gabriel se quedó algo sorprendido de semejante conducta por parte de su
sobrina. Entre los números del programa trazado por su imaginación, se
contaba el del recibimiento. Con el candor idílico que guardan en el
fondo del alma los muy ensoñadores, durante el camino se había imaginado
una escena digna del buril de un grabador inglés: una doncella
candorosa aunque algo brava y asustadiza, que se ruborizase al verle,
que le hiciese muy confusa y bajando los ojos varios saludos y
reverencias, que luego consultase con tímida mirada á su padre, y
autorizada por una seña de éste, saliese precipitadamente, volviendo á
poco rato con una bandeja de frutas y refrescos que brindar al
forastero... ¡Sí, buenos refrescos te dé Dios! Maldito el caso que le
hacía Manolita; y su padre, en vez de mostrar que extrañaba semejante
comportamiento, ni lo notaba y seguía conversando con Gabriel,
informándose asiduamente de ¿cómo había encontrado los asuntos de su
padre, al hacerse cargo de ellos? ¿Cómo andaba el partido H y los foros
X? El artillero contestaba; pero de soslayo observaba atentamente lo que
acontecía en la era. A su sobrina no la veía entonces; sí á Perucho, que
en mangas de camisa, habiendo echado la americana sobre el yugo de los
bueyes, ayudaba á descargar el carro, mostrando deleitarse en la
actividad muscular, que esparcía su sangre y la enviaba en olas á
enrojecer su pescuezo y su frente blanca y lisa. Así que la carga del
carro estuvo por tierra, llegóse á la meda empezada, en cuya cima vió
Gabriel alzarse, como estatua en su pedestal, á Manolita. Cruzáronse
entre los dos muchachos frases, risas y una especie de gracioso reto; y
empuñando Perucho con resolución una horquilla de palo, dió principio al
juego de levantar con ella un haz y arrojárselo á la chica, que lo
recibía en las manos como hubiera podido recibir una pelota de goma, sin
titubear, y se lo pasaba al punto á un gañán encaramado también sobre la
meseta de la meda, el cual lo sentaba y colocaba, espiga adentro,
_medando_ hábil y rápidamente.
Gabriel no tenía ojos ni oídos más que para el juego. Su cuñado seguía
habla que te hablarás, en el tono llano y cansado del hombre para quien
pasó la edad de los retozos y no cree que ya le importen á nadie. Y
Gabriel se consumía, contestando cortésmente, pero distraído, con el
alma á cien leguas de la plática. Al fin no pudo contenerse, y se
levantó.
--¿Tú querrás descansar? ¿Tomas algo? ¿Cenas?....--interrogó
obsequiosamente el marqués, dando muestras de querer llevarse á su
huésped hacia casa.
--No... Sí... Quisiera...--murmuró Gabriel un tanto confuso, porque al
verse de pie le pareció ridículo decir:--Lo que estoy deseando, á pesar
de mi brazo vendado, es ponerme también á echar haces á la _meda_...--Y
no atreviéndose á confesar el capricho, se dejó guiar resignado hacia la
gran mole de la casa solariega. Al salir siguió escuchando durante
algunos segundos las risas de la pareja, el ¡jeeem! triunfal que
dilataba la cavidad pulmonar de Perucho al lanzar los haces, y el
impaciente--¡venga otro!--de Manolita cuando tardaban.