La primer noche de los Pazos fué para Gabriel Pardo noche de fiebre.
Fiebre de impaciencia, fiebre de cólera, fiebre de recuerdos, de
esperanzas, de curiosidad, de indefinible y hondo temor, y además...
¿por qué negarlo? ¿por qué dudarlo? ¡fiebre amorosa!
¡Amorosa! ¡Una niña á quien había visto un cuarto de hora, que le había
dicho _buenas tardes_ por junto y enseguida á recoger gavillas de
centeno sin mirarle más á la cara! ¡Una niña cuyos rasgos fisiognómicos
le sería imposible recordar con exactitud!
--No soy yo quien se enamora, es mi imaginación condenada--pensaba el
comandante.--Parezco un cadete. Pero es que en esa chiquilla he cifrado
yo muchas cosas. La familia pasada y la futura, mi _mamita_ y mi hogar,
mis ya casi desvanecidas memorias de cariño y mis justas aspiraciones á
los afectos santos que todo hombre tiene derecho á poseer... Por eso me
ha entrado así, tan fuerte.
Cabalmente le habían dado el cuarto de su _mamita_--¡el cuarto en que
había muerto! Él no lo sabía. Por una especie de convenio tácito consigo
mismo, y á fuer de persona recta, le repugnaba hacer ninguna pregunta
hostil ó desagradable en una casa adonde venía en són de paz; así es que
no había querido ni enterarse de _cuál era el cuarto_. Se lo dieron
porque, arreglado poco antes de la boda, se encontraba más presentable
que el resto de la desmantelada huronera, tan invadida por las aficiones
agrícolas del dueño, que en algún salón la cosecha de maíz sobrante se
amontonaba á ambos lados en rimero de oro.--Allí la cama barroca, con
su dorado copete figurando el sol; allí el biombo con inverosímiles
pinturas de casas y árboles; allí todavía el canapé de estilo Imperio en
que se reclinaba la enferma, la honda ventana junto á la cual se sentaba
á leer en un sillón de gutapercha ya descascarado; sobre la cabecera
estampas de su devoción, un rosario de azabache con engarce de plata...
todo había sido conservado allí, no por respeto ni por ternura, sino por
la indiferencia de la vida campesina, por el tamaño del gran caserón,
donde se pasaba un año sin que fuesen visitados algunos aposentos.
Gabriel velaba revolviéndose en la cama, escuchando el silencio, ese
silencio campesino en que vibran siempre ladridos de canes vigilantes,
murmullos de agua y brisa, coros de ranas, y antes de la aurora, gemir
de carros, y á la aurora, dianas de gallos de sangre ligera. Calculaba
qué línea de conducta le convendría adoptar al día siguiente; al fin
optó por la más leal. Hablaría con el hidalgo francamente, se lo diría
todo, obraría de acuerdo con él y previo su consentimiento. Y si le
negaba autorización para hacerse querer de la niña... bien, entonces le
asistiría el derecho de tomársela.
Llegó al cabo el amanecer y sucedióle á Gabriel lo que á todos los que
se pasan la noche en blanco suspirando por el día: que se quedó profunda
é invenciblemente dormido. El marqués de Ulloa, inveterado madrugador
gracias á sus hábitos de caza y siesta, vino con impertinente celo á
despertar á su cuñado, aguijoneándole ya la curiosidad de saber el
objeto de la venida del comandante. Gabriel fué llamado al mundo real
cuando más á su sabor se encontraba en el de las quimeras. Propuso el
marqués, á guisa de armisticio, que la conversación fuese de cama á
butaca, pero Gabriel rechazó las sábanas, y empezó á vestirse y lavarse
en un aguamanil tan chico como incómodo, con dos tohallas no mayores que
pañuelos de narices. Convinieron en que la entrevista se celebraría
dentro de media hora en el despacho y archivo del marqués de
Ulloa--archivo que ya volvía á encontrarse punto más punto menos, en su
pristino estado, antes de arreglarlo cierto capellán.
El artillero acudió puntualmente, y sin saber cómo, el diálogo que
Gabriel se había propuesto que fuese sumamente correcto y formal, tomó
en seguida giro humorístico, descarado y hostil por ambas partes.--Me
dejas pasmado.--No sé por qué.--Pero, vamos claros: tú tienes gana de
broma?--Nada de eso: con nadie, y menos contigo.--¿En qué quedamos; me
pides ó no á Manolita?--No te la pido; lo que hago es advertirte que voy
á intentar tomarla, porque me parece desleal proceder de otra manera: al
fin eres su padre.--¿Tomarla? ¿Cómo se entiende eso de tomarla?--¿Cómo
se entiende? No como lo entiendes tú, sino de otro modo: y para
explicártelo mejor, voy á ver si logro que la chica me quiera, y
entonces... entonces sí que te la pido.--Sólo faltaba que tampoco me la
pidieras entonces.--Pues bien mirado, si ella quiere darse, es cuando
menos falta me hace que me la dés tú; pero... yo soy así.--Tú eres por
lo visto una buena pieza.--Nada de eso; al contrario; por sencillez y
por honradez te cuento á ti todo esto.--Pero... ¿estará decente que
andes tú por ahí acompañando á la chica, después de saber que tienes
tales proyectos?--Mis proyectos son muy honestos, y no parece sino que
tu hija anda muy recogida y pierniquebrada.--Hombre... hombre!--La has
criado como un marimacho, sin recato ninguno, ¿sabes? Y muy mal, por no
decir infernalmente.--Y á ti ¿quién te da vela?...--Poca cosa: como que
intento ser su marido, y como que soy el hermano de su madre.--Manolita
es una chiquilla, y además.... no anda sola.--No, ya sé que la
acompaña... el hijo del mayordomo.--(Aquí los ojos de ambos cuñados
cruzaron una mirada singular, y don Pedro acabó por bajarlos).--Siempre
anduvieron juntos ella y ese rapaz desde pequeñitos.--Bonita razón! En
fin, al grano; ¿me permites, sí ó no, que pruebe á agradar á
Manolita?--¿Y si no te lo permito?--Lo haré sin tu permiso; sólo que lo
haré desde fuera de tu casa, porque no me parecerá regular venir á
meterme en ella para obrar contra tu gusto.--Y si te doy permiso y le
agradas ¿te casarás con ella?--Hombre! ese es mi propósito: pero y si
tratada, no me gusta? No puedo empeñarte mi palabra.--Me estás
proponiendo cosas raras.--Aún voy á proponerte otra más rara que todas
las demás. Si se arregla la boda, no le dés un céntimo á tu hija de
presente, y dispón tu testamento como te dé la gana y á favor de quien
se te antoje.--Eh.... Ni un cént.... Quieto, quieto; mi hija no está en
la calle; por de pronto tiene... la legítima materna.--(Por ahí te
duele, pensó Gabriel cuando oyó esto).--La legítima materna de Manolita
te la cederé: yo le señalaré de mi patrimonio, en carta dotal, otro
tanto como le corresponda por herencia de su madre.--Yo... en realidad
de verdad... así Dios me salve...--He dicho que ni un céntimo de
presente, ¿cómo se dicen las cosas?... Y el día de mañana... lo que te
dicte tu conciencia... y nada más.--(La cara del marqués se dilataba, su
barba gris temblaba de placer).--Vaya, vaya con don Gabriel Pardo! ¿Y
cómo ha sido ese repentón de gustarte la chica?--Tres meses hace que me
gusta.--¿Sin verla?--¡Se entiende! Casi no la he visto aún á estas
horas. A ti, ¿qué te importa eso? Es cuenta de ella y mía. No se te pide
sino la aquiescencia y nada más.--Pues... por mí... trato hecho.--Trato
hecho... Acabáramos!
--Ya tengo--pensó Gabriel al volver á su cuarto--campo libre y carta
blanca. Pasábase el cepillo por la cabeza á fin de alisar y distribuir
mejor sus cabellos finos y escasos, cuando el corazón le dió un brinco
absurdo, inverosímil: unos dedos menudos herían aprisa la puerta, una
voz que le era imposible confundir ya con otra alguna, preguntaba:
--¿Hay permiso?
Manolita entró. Venía vestida con algún más esmero que el día anterior,
y su traje de percal color garbanzo salpicado de cabecitas de perros,
látigos y gorras de jockey, revelaba pretensiones de _seguir la moda_ y
procedencia orensana ó pontevedresa. El peinado también indicaba más
larga elaboración que la víspera, y había un lazo azul de raso al
extremo de las trenzas. La muchacha se adelantó sin cortedad alguna por
el cuarto de su tío, y con cierta sequedad le dijo, de carretilla y en
tono uniforme, á manera de chico que recita la lección:
--Buenos días. ¿Cómo ha descansado usted? Yo... bien. Dice papá que le
lleve á ver el huerto y la casa toda.
--Gracias, niña... Y para venir conmigo te has compuesto así?
--Mandó papá que me pusiese el vestido nuevo para acompañarle á usted.
--¿Te sería igual tutearme... ó te parezco demasiado viejo? Di--añadió
con unos visos de melancolía.
--Algo viejo es... y me da vergüenza.
Gabriel se quedó encantado de la contestación. «Ella me tuteará»--pensó
para sí;--y añadió en voz alta:
--Pues cuando tengamos más confianza. Ahora, vámonos por ahí, al
huerto... Tengo más ganas de aire libre que de ver la casa. ¿quieres mi
brazo?
--¡Brazo! Ay qué chiste! Tengo los dos que Dios me dió. Puede que...
--¿Qué?
--Que si fuésemos por ahí... por montes... le tuviese yo que dar la
mano.
--Pues mira... Justamente quería pedirte ese favor. Que me enseñases
paseos largos, sitios bonitos... Tú que conoces todo este país como tu
propio cuarto.
--Sí; pero á esta horita--notó la muchacha castañeteando los
dedos--quién se atreve á pasar más allá del bosque? No se aguantará la
calor, y usted que no tiene costumbre...
--Pues al bosque ahora, y á la tarde... me llevarás á donde gustes,
chiquilla.
Volvióse la muchacha con un movimiento de malhumor y aspereza, que ya
dos veces había observado en ella Gabriel; y este síntoma infalible de
detestable educación, en vez de desalentar al artillero, le atrajo
más.--Es un terreno inculto, virgen, lleno de espinos, ortigas,
zarzales... ¡Pobre huérfana, y pobre hermana mía! Si viviese... A falta
suya, yo desbrozaré esa maleza, á fuerza de paciencia y de cariño.
La montañesa echó delante, ágil y airosa como una cabrita montés, y su
tío la seguía, rumiando aquello del terreno virgen, y observando con
gran placer que era aplicable así á lo moral como á lo físico de la
muchacha. La cintura de Manolita, en vez de ser de forma cilíndrica,
tenía las dos planicies delante y detrás, que suelen delatar la
inocencia del cuerpo; su nuca (descubierta por la raya que dividía las
trenzas colgantes), su nuca, esa parte del cuerpo femenino que el arte
moderno ha rehabilitado devolviéndole todo su valor expresivo, era de
las más tranquilizadoras, por su delgadez y pureza, y lo raro y lacio
del pelo corto que la sombreaba; su andar era andar de cervatilla, sin
languidez alguna, y sus sienes rameadas de venas azules y su frente
convexa la hacían semejante á las santas mártires ó extáticas que se ven
en los museos.
--¡Cuánto tengo aquí que enmendar, que enseñar, que
formar!--reflexionaba Gabriel, muy encariñado ya con su oficio de
preceptor.--Pero hay terreno, hay sujeto... ¡La han descuidado tanto! Lo
que exista aquí de bueno ha de ser bueno de ley, por deberse
exclusivamente á la fuerza é influjo del natural, á la rectitud del
instinto. Más fácil es habérselas con esta niña, entregada á sí misma
desde que nació, que con esas chicas criadas en una atmósfera
artificial, y á quienes la solicitud y los sabios... ó hipócritas
consejos de las mamás, tías, y amiguitas, han cubierto de un barniz tan
espeso y compacto, que el demonio que sepa lo que hay debajo de
él.--¿Con que á dónde me llevas? al bosque? Pero qué modo de
correr!--exclamó en voz alta, viendo que Manolita atravesaba velozmente
las habitaciones de la casa, bajaba las escaleras de cuatro saltos, y
sin aflojar el paso se metía por el huerto.
--Corra también--respondió la niña casi sin volver la cara:--¡todo esto
de la casa y la huerta es más cargante! Ya iremos despacio por el
soto... Allí da gusto.
Realmente el huerto parecía un horno. El día amenazaba ser del todo
canicular, y en la superficie del estanque, los mismos _escribanos de
agua_ tenían pereza de echar complicadas firmas con sus largos zancos, y
adormecidos sobre las verdosas plantas palúdicas se entregaban al goce
de beber sol. Los átomos del aire vibraban, prontos á inflamarse cuando
el astro ascendiese á su zenit; innumerables insectos zumbaban entre la
hierba; gorjeaban con viveza y regocijo los pájaros, seguros de que con
aquel día tropical la espiga se abriría sola y los surcos se llenarían
de derramada simiente; de cuando en cuando, una bandada de mariposas
ejecutaba en el ambiente de fuego una figura de rigodón, y luego se
desvanecía. Gabriel, sofocado, se había quitado el hongo, y abanicábase
con él. Sin pararse, de soslayo la chica lo vió.
--Va á pillar un _soleado_... ¡Ave María Purísima! Coja una hoja de
berza y métala en el sombrero, que sino... mañana á estas horas está en
la cama con un mal.
Obedeció el sabio consejo el artillero, y colocó dentro de su hongo una
hoja de col bien aplicada.
--¿Y tú?--exclamó en seguida.--¿Por qué no coges un _soleado_ tú? No
llevas nada en la cabeza.
--¡Uy! Yo! Yo ya tengo confianza con el sol.
A lo lejos, más allá de los frutales del huerto, que apenas daban
sombra, destacábase el soto, como una promesa de frescura y bienestar;
el soto de castaños floridos, donde los rayos del sol no tenían acceso.
Pero Gabriel, fuese por detenerse un minuto, ó porque realmente el paseo
convidaba á refrescar la boca, se detuvo al pie de un ciruelo cargado
de fruta, y llamó á su sobrina.
--Manuela?
Ella se volvió, asaz impaciente.
--Sabes que de buena gana comería un par de ciruelas?
--Pues cómalas, y buen provecho--respondió la chica encogiéndose de
hombros.
--Escógemelas; ten compasión de un pobre cortesano ignorante.
--_Seque_ no diferencia las verdes de las maduras?
--No... Sé un poco amable. Ayúdame.
Con el ceño fruncido, el ademán entre hosco y burlón, la chica alargó
los dedos, bajó una rama, fué tentando ciruelas... y en un abrir y
cerrar de ojos, dejó caer una docena, como la pura miel, amarillas por
la cara que miraba al sol y reventadas ya de tan dulces, en el pañuelo
limpio, marcado con elegante cifra, que Gabriel tenía cogido por las
puntas.
--Mil gracias... Ahora...
--¿Ahora qué?
--Cómete tú una primero, para que me sepan mejor las demás.
--No me da la gana... Estoy harta de ciruelas.
--Pues dispensa... Una más ó menos, no te produciría indigestión, y al
comerla, cumplirías un deber.
--_¿De qué?_--preguntó ella fijando con dureza en Gabriel sus ojos
ariscos.
--El deber de las señoritas, que es hacerse agradables y simpáticas á
todo el mundo, y con mayor razón á los huéspedes que tienen en casa, y
todavía más si son sus tíos y vienen á verlas.
Una ojeada más fiera que las anteriores fué la respuesta de Manolita,
que echó á andar apretando el paso, tanto que á Gabriel le costaba
trabajo seguirla.
--Chica, chica.....--gritó.--Mira que he trepado por los vericuetos de
las Provincias, pero tú eres un gamo..... Aguarda un poco.
Paróse la muchacha, y agarrándose al tronco de un peral, y estribando en
la pierna izquierda, con la punta del pie derecho describía
semicírculos sobré la hierba. Al alcanzarla su tío, no dijo palabra;
suspiró con resignación, y siguió andando con menos ímpetu, pero sin
hacer caso del forastero.
Dejado atrás el huerto, pisaron la linde del bosque, alfombrada por las
panojas amarillentas de la flor del castaño, que empezaba á desprenderse
aquellos días y había impregnado el aire de un olorcillo que sin ser
embriagador perfume, tiene algo de silvestre, de fresco, de forestal, de
húmedo y refrigerante, por decirlo así, encantador para los que han
nacido ó vivido largo tiempo en la región gallega. No pecaba el soto de
intrincado; como más próximo á la casa, había sido plantado con cierto
orden y simetría, y los troncos de sus magníficos árboles formaban
calles en todas direcciones, aunque los obstruyese la maleza, dejando
sólo relativamente limpia la del centro, atajo que solían tomar los
peatones que descendían de la montaña, para llegar á los Pazos más
pronto. El ramaje era tan tupido y formaba tan espesa bóveda, que sólo
casualmente le atravesaba la claridad solar, engalanándolo con una
estrella de oro de visos irisados, trémula sobre la cortina verde.
Manolita andaba y andaba, pero más despacio ya, con el involuntario
recogimiento que produce la frescura y la oscuridad de un bosque.
Gabriel emparejó con ella, y señalándole el repuesto y solitario lugar y
la mullida hierba, le dijo:
--¿Vamos á sentarnos un poco? Esto está envidiable.
--Bien--contestó lacónicamente la muchacha, siempre con la misma agrazón
en el acento y el gesto; y se tumbó como de mala gana en el blando
tapiz.