XII

Por delante de los Pazos cruzaba un mozallón conduciendo una pareja de

bueyes sueltos, picándoles con la aguijada á fin de que anduviesen más

aprisa. Gabriel le preguntó, para orientarse, pues ignoraba á cuál de

las puertas del vasto edificio tenía que llamar. Ofrecióse el mozo á

guiarle adonde estuviese el marqués de Ulloa, que no sería en casa, sino

en la era, viendo recoger la cosecha del centeno. Arrendando el

artillero su dócil montura, echó detrás del mozo y de los bueyes.

Dieron vuelta casi completa á la cerca de los Pazos, pues la era se

encontraba situada más allá del huerto, á espaldas del solariego

caserón. Gabriel aprovechó la coyuntura de enterarse del edificio, en

cuyas trazas conventuales discernía rastros de aspecto bélico y feudal,

aire de fortaleza, por el grosor de los muros, la angostura de las

ventanas, reminiscencia de las antiguas saeteras, las rejas que

defendían la planta baja, las fuertes puertas y los disimulados

postigos, las torres que estaban pidiendo almenas, y sobre todo, el

montés blasón, el pino, la puente y las sangrientas cabezas de lobo.

Indicaba desde lejos la era la roja cruz del hórreo; se oía el coro

estridente de los ejes de los carros, que salían vacíos para volver

cargados de cosecha. Era la hora en que los bueyes, rociados con unto y

aceite como preservativo de las moscas, cumplen con buen ánimo su pesada

faena, y se dejan uncir mansamente al yugo, mosqueando despacio el ijar

con las crinadas colas. Gabriel se tropezó con dos ó tres carros, y al

emparejar con ellos, pensó que su chirrido le rompiese el tímpano.

Delante de la era se apeó ayudado por su guía; entrególe las riendas, y

entró.

Un enjambre de fornidos gañanes, vestidos solamente con grosera camisa y

calzón de estopa, alguno con un rudimentario chaleco y una faja de lana,

empezaban á elevar, al lado de una _meda_ ó montículo enorme de mies,

otro que prometía no ser más chico. Dirigía la faena un hombre de

gallarda estatura, moreno y patilludo, de buena presencia, vestido á lo

señor, con americana, cuello almidonado, leontina y bastón, y muy zafio

y patán _en el aire_; Gabriel pensó que sería el mayordomo, el Gallo.

Sentado en un banquillo hecho de _un tablón grueso_, cuyas patas eran

cuatro leños que, espatarrándose, miraban hacia los cuatro punto

cardinales, estaba otro hombre más corpulento, más obeso, más entrado en

edad ó más combatido por ella, con barba aborrascada y ya canosa, y

vientre potente, que resaltaba por la posición que le imponía la poca

altura del banco. A Gabriel le pasó por los ojos una niebla: creyó ver á

su padre, don Manuel Pardo, tal cual era hacía unos quince ó veinte

años; y con mayor cordialidad de la que traía premeditada, se fué

derecho á saludar al marqués de Ulloa.

Este alzó la cabeza muy sorprendido; el Gallo, sin volverse, giró sus

ojos redondos, de niña oscura y pupila aurífera, como los del sultán del

corral, hacia el recién llegado; los mozos suspendieron la faena, y

Gabriel, en medio del repentino silencio, notó en las plantas de los

pies una sensación muelle y grata, parecida á la del que entra en un

salón hollando tupidas alfombras. Eran los extendidos haces de centeno

que pisaba.

El hidalgo de Ulloa se puso en pie, y se hizo con la mano una pantalla,

porque los rayos del sol poniente daban de lleno en la cara de Gabriel,

y no le permitían verla á su gusto. El comandante se acercó más á su

cuñado, y alargó la diestra, diciendo:

--No me conocerás... Te diré quien soy... Gabriel, Gabriel Pardo, el

hermano de tu mujer.

--Gabriel Pardo?

Revelaba la exclamación de don Pedro Moscoso, no solamente sorpresa,

sino hosco recelo, como el que infunden las cosas ó las personas cuya

inesperada presencia resucita épocas de recuerdo ingrato. Viendo Gabriel

que no le tomaban la mano que tendía, hízose un poco atrás, y murmuró

serenamente:

--Vengo á verte y á pedirte posada unos cuantos días... ¿te parece mal

la libertad que me tomo? ¿Me recibirás con gusto? Di la verdad; no

quisiera contrariarte.

--Jesús... hombre!--prorrumpió el hidalgo esforzándose al fin por

manifestar cordialidad y contento, pues no desconocía la virtud

primitiva de la hospitalidad.--Seas muy bienvenido: estás en tu casa.

Angel!--ordenó dirigiéndose al _Gallo_,--que recojan el caballo del

señor, que le dén cebada... Quieres refrescar, tomar algo? Vendrás

molestado del viaje. Vamos á casa enseguida.

--No por cierto. De Cebre aquí á caballo, no es jornada para rendir á

nadie. Siéntate donde estabas; si lo permites, me quedaré aquí; lo

prefiero.

--Como tú dispongas; pero si estás cansado y... Ey, Angel!--gritó al

individuo que ya se alejaba:--á tu mujer que prepare tostado y unos

bizcochos. Vaya, hombre, vaya!--añadió volviéndose á Gabriel.--Tú por

acá, por este país...

--He llegado ayer--contestó Gabriel comprendiendo que una vez más se le

pedía cuenta de su presencia y razón plausible de su venida.--Estaba en

la diligencia que volcó--y al decir así, señalaba su brazo replegado,

sostenido aún por el pañuelo de seda de Catuxa.--Ha sido preciso

descansar del batacazo.

--Hola, con que en la diligencia que volcó! Ey, tú, Sarnoso!--exclamó el

hidalgo dirigiéndose á uno de los gañanes.--No dijiste tú que vieras

entrar en Cebre ayer una mula y un delantero estropeados?

--Con perdón--respondió el Sarnoso tocándose una pierna--llevaban esto

_crebado_, dispensando usted.

--Sí, es verdad; hoy se les hizo la cura--confirmó Gabriel.

El vuelco de la diligencia empezó á dar mucho juego. El Sarnoso agregó

detalles; Gabriel añadió otros; el marqués no se saciaba de preguntar,

con esa curiosidad de los acontecimientos ínfimos propia de las personas

que viven en soledad y sin distracción de ninguna clase. Gabriel le

examinaba á hurtadillas. Para los cincuenta y pico en que debía frisar,

parecíale muy atropellado y desfigurado el marqués, tan barrigón, con la

tez tan inyectada, con el pescuezo y nuca tan anchos y gruesos, con las

manos tan nudosas por las falanges como suelen estar las de los

labriegos que por espacio de medio siglo se han consagrado á beber el

hálito de la tierra, y á rasgarle el seno diariamente. A modo de maleza

que invade un muro abandonado, veía el artillero en el conducto

auditivo, en las fosas nasales, en las cejas, en las muñecas de su

cuñado, que teñía de rojo el sol poniente, una vegetación, un musgo

piloso, que acrecentaba su aspecto inculto y desapacible. El abandono de

la persona, las incesantes fatigas de la caza, la absorción de humedad,

de sol, de viento frío, la nutrición excesiva, la bebida destemplada, el

sueño á pierna suelta, el exceso en suma de vida animal, habían

arruinado rápidamente la torre de aquella un tiempo robustísima y

arrogante persona, de distinta manera pero tan por completo como lo

harían las excitaciones, las luchas morales y las emociones febriles de

la vida cortesana. Tal vez parecía mayor la ruina por la falta de

artificio en ocultarla y remediarla. Ceñido aquel mismo abdomen por una

faja, bajo un pantalón negro hábilmente cortado; desmochada aquella

misma cabeza por un diestro peluquero; raídas aquellas mejillas con

afiladísima navaja, y suavizada aquella barba con brillantina; añadido á

todo ello cierto aire entre galante y grave, que caracteriza á las

personas respetables en un salón, es seguro que más de cuatro damas

dirían, al ver pasar al marqués de Ulloa:--Qué bien conservado! Cuarenta

años es lo más que representa.

Lo cierto es que Gabriel, al ver en su cuñado señales evidentes del peso

de los años y del esfuerzo con que iba descendiendo ya el agrio repecho

de la vida, sintió por él esa compasión involuntaria que inspiran á los

corazones generosos las personas aborrecidas ó antipáticas, cuando se ve

que caminan al desenlace de las humanas tribulaciones, flaquezas é

iniquidades--la muerte.

--Yo que le tenía por un castillo!--pensó.--Pero también los castillos

se desmoronan.

De su parte el marqués, lleno de curiosidad y suspicacia, estaba que

daría el dedo meñique por saber qué viento traía á su cuñado. Pensaba en

recriminaciones, en acusaciones, en cuentas del pasado ajustadas ahora

por quien tenía derecho de ajustarlas, y pensaba también en cosa más

inmediata y práctica, en una discusión referente á las partijas que se

hallaban incoadas y pendientes desde el fallecimiento del señor de la

Lage. Por más que el aire abierto y franco que traía Gabriel decía á

voces--no vengo aquí á ocuparme en cuestiones de intereses--el marqués

de Ulloa se fijó en la última hipótesis, y la dió por segura, y empezó á

tirar mentalmente sus líneas y á combinar su estrategia. Con los años,

el marqués de Ulloa había contraído las aficiones de los labriegos

viejos, para los cuales no hay plato más gustoso que una discusión de

pertenencia, un litigio, un enredo cualquiera en que si no danza el

papel sellado, esté por lo menos en ocasión de danzar.

Como anticipándose á indicar el verdadero objeto de su venida, Gabriel,

habiéndose quitado su sombrero hongo de fieltro, que le dejaba una raya

roja en la frente, y pasándose con movimiento juvenil la mano por el

cabello para arreglarlo y calados mejor los quevedos, preguntó:

--Y... ¿qué tal mi sobrina Manuela? Estoy deseando verla. Debe ser toda

una mujer... ¿estará guapísima?

El marqués de Ulloa gruñó, creyendo que el gruñido era la mejor manera

de contestar á lo que juzgaba cumplimiento. Al fin articuló:

--Ahora la verás... Milagro que no anda por aquí. Estarán ella y

Perucho... como dos cabritos, triscando. Los pocos años, ya se ve...

Cuando vamos viejos se acaba el humor... Más tengo corrido yo por esos

vericuetos, que ningún muchacho de hoy en día... Pero á cada cerdo le

llega su San Martín, como dicen... Todos vamos para allá--dijo apoyando

su grueso mentón en el puño de su palo, y señalando con la cabeza á

punto muy distante.

Gabriel se entretenía contemplando el espectáculo de la era, que le

parecía, acaso por la gran plenitud de su corazón y el rosado vapor en

que sabía bañar las cosas su fantasía incurable, henchida de soberana

quietud y paz. La puesta del sol era de las más espléndidas, y los

últimos resplandores del astro inundaban de rubia claridad la cima de

las _medas_, convertían en cinta de oro bruñido la atadura de los haces,

daban toques clarísimos de esmeralda á la copa de los árboles, mientras

las ramas bajas se oscurecían hasta llegar al completo negror. Se oían

los últimos pitíos de los pájaros, dispuestos ya á recogerse, el canto

ritmado del pas-pa-llás! en el barbecho, el arrullo de las tórtolas, que

se dejaban caer por bandadas en los sembrados, en busca del rezago de

granos y espigas que allí había derramado la hoz, y la lamentación

interminable del carro cargado, tan áspera de cerca como melodiosa de

lejos. A trechos se escuchaba también otra queja prolongadísima, pero

humana, un ala laaaá! de segadoras, y todo ello formaba una especie de

sinfonía--porque Gabriel no discernía bien los ruidos, ni podía decir

cuáles salían de laringe de pájaro y cuáles de femenina garganta--una

sinfonía que inclinaba á la contemplación y en la cual sólo desafinaba

la voz enronquecida del marqués de Ulloa.

Incorporóse éste, haciendo segunda vez pantalla de la mano.

--¿No preguntabas por tu sobrina? Me parece que ahí la tienes. ¡Vela

allí!

--¿En dónde?--preguntó Gabriel, que no veía nada ni oía más que un

discordante quejido, que poco á poco iba convirtiéndose en insoportable

estridor.

Entre el marco que dos higueras retorcidas, cargadas de fruto, formaban

á la puerta de la era, desembocó entonces una yunta de amarillos y

lucios bueyes, tirando de un carro atestado de gavillas de centeno.

Reparó Gabriel con sorpresa la forma primitiva del carro, que mejor que

instrumento de labranza parecía máquina de guerra: la llanta angosta, la

rueda sin rayos, claveteada de clavos gruesos, el borde hecho con

empalizada de agudas estacas, donde para sujetar la carga, descansa un

tosco enrejado de mimbres, de quitaipón. Pero al alzar la vista de las

ruedas, fijó su atención un objeto más curioso: un grupo que se

destacaba en la cúspide del carro, un mancebo y una mocita, tendidos más

que sentados en los haces de mies y hundido el cuerpo en su blando

colchón; una mocita y un mancebo risueños, morenos, vertiendo vida y

salud, con los semblantes coloreados por el purpúreo reflejo del Oeste

donde se acumulaban esas franjas de arrebol que anuncian un día muy

caluroso. Y venía tan íntima y arrimada la pareja, que más que carro de

mies, parecía aquello el nido amoroso que la naturaleza brinda

liberalmente, sea á la fiera entre la espinosa maleza del bosque, sea al

ave en la copa del arbusto. Gabriel sintió de nuevo una extraña

impresión; algo raro é inexplicable que le apretó la garganta y le

nubló la vista.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 20 / 64 题