XI

Antes de salir de Cebre á caballo, rigiendo una yegua y una mulita,

detuviéronse cortos momentos Juncal y don Gabriel en el _alpendre_ ó

cobertizo del patio del mesón donde remudaba tiro la diligencia. Yacían

allí las víctimas del siniestro, una mula con una pata toda

entablillada, y no lejos, sobre paja esparcida, cubierto con una manta,

temblando aún de la bárbara cura que acababan de hacerle, el infeliz

delantero, no menos entablillado que la mula. A su cabecera (llamémosle

así) estaba el facultativo, que no era sino el famoso señor Antón, el

algebrista de Boan. Máximo dió un codazo á don Gabriel, advirtiéndole

que reparase en la peregrina catadura del viejo, el cual no se turbó

poco ni mucho al encontrarse cogido infraganti delito de usurpación de

atribuciones; saludó, sacó de detrás de la oreja la colilla, y empezó á

chuparla, á vueltas de inauditos esfuerzos de su barba, determinada á

juntarse de una vez con la nariz.

Miró Gabriel al pobre mozo que gemía, con los ojos cerrados, la cabeza

entrapajada y una pierna tiesa del terrible aparato que acababan de

colocarle, y consistía en más de una docena de _talas_ ó astillas de

caña de cortas dimensiones, defensa de la bizma de pez hirviendo que le

habían aplicado. La criada y el amo del mesón se limpiaban aún el sudor

que les chorreaba por la frente, cansados de ayudar á la operación de la

compostura tirando con toda su fuerza de la pierna rota hasta hacer

estallar los huesos, á fin de _concertar_ las articulaciones, mientras

el paciente veía todos los planetas, incluso los telescópicos.

--Mire si tenía razón--murmuró Máximo.--Estoy ahí á la puerta, y han

preferido mandar llamar á éste de más de tres leguas... Es verdad que él

ha curado de una vez al muchacho y á la mula, cosa que yo no haría.

Gabriel observaba al algebrista como se observa un tipo de cuadro de

género, de los que trasladó al lienzo para admiración de las edades el

pincel de Velázquez y Goya.

--Me gustaría darle palique si no tuviésemos el tiempo tan

tasado--indicó al médico.

--¡Bah! No tenga miedo, que al señor Antón se lo encontrará usted á cada

paso por ahí... Raro es que pase un mes sin que dé una vuelta por los

Pazos: como hay mucho ganado...

Antes de ponerse en camino, don Gabriel sacó de la petaca algunos

cigarros, que tendió al atador. Tomólos éste con su flema y reposo

habituales; y arrojando la ya apurada colilla, se tocó el ala del

grotesco sombrero, mientras con la izquierda cogía el vaso colmado de

vino que le brindaba la mesonera.

Los jinetes refrenaron el primer ímpetu de sus cabalgaduras, á fin de no

cansarlas ni cansarse, y adoptaron una ambladura pacífica. Era la tarde

de esas del centro del año, que en los países templados suelen ostentar

incomparable magnificencia y hermosura. Campesinos aromas de saúco

venían á veces en alas de una ligerísima brisa, apenas perceptible. La

yegua de Juncal, que montaba el comandante, no desmentía los encomios de

su dueño. Regíala Gabriel con la diestra, y bien pudiera dejarle flotar

las riendas sobre el pescuezo, pues aunque lucia y redondita de ancas,

gracias al salvado de Catuxa, era la propia mansedumbre. Sólo se

permitía de rato en rato el exceso de torcer el cuello, sacudir el

hocico y rociar de baba y espuma los pantalones del jinete; pero aun

esto mismo lo hacía con cierta docilidad afectuosa.

Gabriel se dejaba columpiar blandamente, penetrado de un bienestar

intenso, de una embriaguez espiritual, que ya conocía de antiguo, por

haberla experimentado cuantas veces se divisaba en su vida un horizonte

ó un camino nuevo. Era una especie de eretismo de la imaginación, que al

caldearse desarrollaba, como en sucesión de cuadros disolventes, escenas

de la existencia futura, realzadas con toques de poesía, entretejidas

con lo mejor y más grato que esa existencia podía dar de sí, con su

expresión más ideal. En la fantasía incorregible del artillero, los

objetos y los sucesos representaban todo cuanto el novelista ó el autor

dramático pudiese desear para la creación artística, y por lo mismo que

no desahogaba esta ebullición en el papel, allá dentro seguía

borbotando. Si la realidad no se arreglaba después conforme al modelo

fantástico, Gabriel solía pedirle estrechas cuentas; de aquí sus

reiteradas decepciones. Soñador tanto más temible cuanto que guardaba

sepulcral silencio acerca de sus ensueños, y á nadie comunicaba sus

fracasos--los _caballos muertos_, que decía él para sí.--Conociéndose,

solía proponerse mayor cautela, y echar el torno á la imaginación. Pero

esta llevaba siempre la mejor parte.

Verbigracia, en el caso presente. ¿Pues no habíamos quedado en que el

pedir la mano de su sobrina era el cumplimiento de un austero deber, un

tributo pagado á la memoria de un sér querido, un acto sencillo y grave?

¿Bastarían dos ó tres frases de Juncal, el olor de las flores silvestres

y el hervor de su propia mollera para edificar sobre la base de la

obligación moral el castillo de naipes de la pasión? ¿Por qué pensaba en

su sobrina incesantemente, y se la figuraba de mil maneras, y discurría,

enlazando experiencias y recuerdos, cómo sorprenderla, interesarla y

enamorarla, hablando pronto? ¿Por qué se deleitaba en imaginar la

inocencia selvática de su sobrina, su carácter algo arisco, y el

rendimiento y ternura con que, después de las primeras esquiveces, le

caería sobre el corazón más blanda que una breva; y porqué se veía

disipando poco á poco su ignorancia, educándola, formándola, iniciándola

en los goces y bienes de la civilización, y otras veces volvía la torta,

y se veía á sí propio hecho un aldeano, y á Manolita, con los brazos

arremangados como Catuxa, dando de comer á las gallinas, ó... ¡celeste

visión, espectáculo inefable! arrimando al blanco y redondo pecho una

criaturita medio en pelota, toda bañada de sol...

La naturaleza se asemeja á la música en esto de ajustarse á nuestros

pensamientos y estados de ánimo. No le parecieron á Gabriel tristes y

lúgubres ni los abruptos despeñaderos que se suspenden sobre el río

Avieiro, ni los pinares negros cuya mancha limitaba el horizonte, ni los

montes calvos ó poblados de aliaga, ni los caminos hondos, que cubría

espesa bóveda de zarzal. Al contrario, miraba con interés los pormenores

del paisaje, y al llegar al crucero de piedra y al copudo castaño que le

formaba natural pabellón, exclamó con entusiasmo:

--Qué hermoso sitio! Ni ideado por un pintor escenógrafo de talento.

--Cerquita de aquí--advirtió Juncal--mataron al excomulgado de

Primitivo, el mayordomo de los Pazos. Mire usted: debió ser por allí,

donde blanquea aquel paredón... El chiquillo, el nieto, el Perucho, lo

estuvo viendo muy agachadito detrás de las piedras... Se le ha de

acordar cada vez que pase por aquí... si es que tiene valor de pasar.

Gabriel se volvió un poco sobre la silla española que vestía su yegua, y

exclamó como el que pregunta algo de sumo interés que se le ha olvidado:

--¿Qué tal índole es la de ese chico? ¿Maltrata á mi sobrina? ¿La

mortifica? ¿Le tiene envidia? ¿Hace por malquistarla con mi cuñado?

--Él maltratarla! A su sobrina! Pues si no ha habido en el mundo cariño

más apretado que el de tales criaturas. Desde que nació la niña, Perucho

se volvió chocho, lo que se llama chocho, por ella; la señora y el ama

no sabían cómo hacer para quitarse de encima al chiquillo, que no hacía

sino llorar por la nené. Allí estaba siempre, como un perrito faldero;

ni por pegarle; le digo á usted que era mucho cuento tal afición. Y

después de fallecer la señora, Dios nos libre! El niñero de la señorita

Manolita en realidad ha sido Perucho. Siempre juntos, correteando por

ahí. ¡Pocas veces me los tengo encontrados por los sotos, haciendo

_magostos_, por las viñas picando uvas, ó chapuzando por los pantanos! Y

que no sé cómo no se mataron un millón de veces ó no rodaron por los

despeñaderos al río. El chiquillo es fuerte como un toro ¡más sano y

recio! Un hijo verdadero de la naturaleza. Sólo una enfermedad le

conocí, y verá usted cuál. Cátate que se le pone en la cabeza al

marqués, y otros dicen que al farolón del _Gallo_, enviar al rapaz á

Orense para que estudie; y quién le dice á usted que el primer año,

cuando tocaron á separarse, los dos chiquillos cayeron malos qué sé yo

de qué... de una cosa que aquí llamamos _saudades_... ¿Usted comprende

el término? porque usted lleva años de faltar de Galicia...

--Sí, ya sé qué quiere decir _saudades_. Los catalanes llaman á eso

_anyoransa_. En castellano no hay modo tan expresivo de decirlo.

--Ajajá. Pues el chiquillo, el primer año, se desmejoró bastante y vino

todo encogido, como los gatos cuando tienen _morriña_; pero así que

volvieron á sus correrías, sanó y se puso otra vez alegre. Y á cada

curso la misma función. Siempre triste y rabiando en Orense (parece que

la cabeza no la tiene el chico allá para grandes sabidurías) y, apenas

_pintan_ las cerezas y toma las de Villadiego, otra vez más contento que

un cuco, y á corretear con su...

Juncal dudó y vaciló al llegar aquí. Por vez primera acaso, se le vino á

las mientes una idea muy rara, de esas que hacen signarse aun á los

menos devotos murmurando--Ave María!--de esas que no se ocurren en mil

años, y una circunstancia fortuita sugiere en un segundo...

Cruzáronse sus miradas con las de don Gabriel, que le parecieron reflejo

de su propio pensamiento, reflejo tan exacto como el del cielo en el

río; y entonces el artillero, sin reprimir una angustia que revelaba el

empañado timbre de la voz, terminó el período:

--Con su hermana.

Calló Juncal. Lo que ambos cavilaban no era para dicho en alto.

Reinó un silencio abrumador, cargado de electricidad. Estaban en sitio

desde el cual se divisaba ya perfectamente la mole cuadrangular de los

Pazos de Ulloa, y el sendero escarpado que á ellos conducía. Juncal dió

una sofrenada á su mula.

--Yo no paso de aquí, don Gabriel... Si llego hasta la puerta,

extrañarán más que no entre... y la verdad, como está uno así...

político... no me da la gana de que piensen que aproveché la ocasión

para meter las narices en casa de su señor cuñado. Mañana vendrá el

criado mío á recoger la yegua...

Gabriel tendió la mano sana buscando la del médico.

--Me tendrá usted en Cebre cuando menos lo piense, á charlar, amigo

Juncal... A usted y á su señora les debo un recibimiento y una

hospitalidad de esas... que no se olvidan.

--Por Dios, don Gabriel... No avergüence á los pobres... Dispensar las

faltas que hubiese. La buena voluntad no escaseaba: pero usted pasaría

mil incomodidades, señor.

--Le digo á usted que no la olvidaré...

Y el rostro del artillero expresó gratitud afectuosa.

--Cuidar el brazo, no hacer nada con él!--gritaba Juncal desde lejos,

volviéndose y apoyando la palma sobre el anca de la mula. Y diez minutos

después aún repetía para sí:--¡Qué simpático... qué persona tan

decente!... Qué instruído... qué modos finos!...

El médico, después de volver grupas, apuró lo posible á la mulita con

ánimo de llegar pronto á su casa. Iba pesaroso y cabizbajo, porque

ahora le venía el trasacuerdo de que no había preguntado al comandante

Pardo sus opiniones políticas y su dictamen acerca del porvenir de la

regencia y posible advenimiento de la república.

--¿Cómo pensará este señor?--discurría Juncal, mientras el trote de la

mula le zarandeaba los intestinos.--¿Qué será? Liberal ó carcunda?

Vamos, carcunda es imposible... Tan simpático... qué había de ser

carcunda! Pues sea lo que quiera... debe de estar en lo cierto.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 19 / 64 题