IX

Tan enamorado estaba Juncal de las buenas trazas y discreción de su

huésped, que al día siguiente quiso entrarle en persona el chocolate,

varios periódicos, un mazo de tolerables regalías y una calderetilla con

agua caliente por si acostumbraba afeitarse. No le maravilló poco

encontrar á don Gabriel ya en pie, calzado y vestido. ¡Qué madrugador!

¡Y en ayunas! ¿Qué tal el brazo? ¿Preferiría don Gabriel el chocolate en

la huerta, debajo de los limoneros? Don Gabriel dijo que sí, que lo

prefería.

Razón llevaba en ello, porque la mañanita estaba fresca, el azahar

trascendía á gloria, y sobre la rústica mesilla de piedra encandilaba

los ojos y excitaba el paladar la vista de la bandeja con el pocillo de

Caracas, la pella de manteca recién batida, que aún rezumaba suero, el

vaso de agua serenada en el pozo, el pan de dorada corteza y las

lengüetas rubias de los bizcochos finamente espolvoreados de azúcar.

--Su señora de usted es una gran ama de casa--observó jovialmente don

Gabriel al sorber el último residuo del aromático chocolate.--Nos trata

á cuerpo de rey. Es increíble el gusto con que se come en el campo, y

qué bien sabe todo. Parece que se le quitan á uno diez años de encima.

Con efecto, fuese por obra del campo ó por otras causas, semejaba

remozado el huésped de Juncal.

--¿Usted quiere ir esta tarde á casa del cura de Ulloa, sin falta? ¿No

sería mejor descansar otro diita en mi choza?

--Me urge, amigo Juncal. Pero si usted por esa ojeriza que profesa al

clero no quiere acompañarme...--murmuró don Gabriel risueño, limpiándose

los bigotes con encarnizamiento, á fuer de hombre pulcro.

--¿Quién? ¿yo? ¿á casa del cura de Ulloa? ¡Por vida del chápiro verde!

Si todos fuesen como ese... me parece que acabaría por volverme beato.

--No todos pueden ser iguales, señor don Máximo, usted bien lo sabe.

--Mire usted, natural sería que el clero... Digo, creo que les tocaba

dar ejemplo á los demás.

--El clero es el reflejo de la sociedad en que vivimos. No estamos ahora

en los primeros siglos del cristianismo--replicó con cierta malicia

discreta don Gabriel mirando á Juncal que echaba lumbres con un eslabón

para darle mecha encendida, pues á causa del viento y de las caminatas,

el médico había proscrito los fósforos.

--Ríase usted de cuentos... Bien gordos y repolludos andan los tales

parrocetáceos--refunfuñó Máximo empleando el vocabulario peculiar del

_Motín_--á cuenta de nuestra bobería... Más tocino tiene el Arcipreste

encima de su alma, que siete puercos cebados.

--Pues en realidad, la profesión es de las menos lucrativas que hoy se

pueden seguir. ¿Por ambición, quién diablos va á hacerse clérigo? Amigo,

seamos razonables. Antaño, decir canónigo era decir hombre de vida

regalona y riñón cubierto; hogaño el canónigo á quien le alcanza el

sueldo para comer principio y llevar manteos decentes, se tiene por

dichoso. Un cura de aldea es un pobre de solemnidad: cuando más, llegará

á donde llegue un labriego acomodado: á tener la despensa regularmente

abastecida; y eso, para un hombre que recibió cierta instrucción y tiene

por consecuencia necesidades que no tiene el labriego.... ya usted

ve.... Esto lo sabrá usted mejor que yo, porque hasta ahora mi carrera

me mantuvo alejado de Galicia.

--¿Es usted artillero, señor don Gabriel?

--Para servir á usted.

--Por muchísimos años. ¿Grado?

--Comandante efectivo. Hoy excedente, á petición mía. Convénzase usted:

al clero no le podemos exigir tantas cosas.

--Pero usted también sabe de sobra... ¿porque usted habrá viajado? ¿eh?

--Sí, he estado algún tiempo en el extranjero.

--En otras partes, la ilustración, la moralidad...

--Moralidad... Sí... Pero el hombre es hombre en todas partes. El clero

protestante, en Inglaterra por ejemplo, alardea de muy moral; sólo que

un vicario protestante, en resumidas cuentas, es un hombre casado, un

empleado con buen sueldo y respetadísimo; ¿qué ha de hacer? ¿Tendría

usted disculpa si incurriese en algún desliz, amigo Juncal, con esa

bella, complaciente y hacendosa mitad, y esta dorada medianía que goza?

Y además toma usted un chocolate... ¡Cuántas veces habrá usted echado

en cara á los frailes la afición á chocolatear! ¡Pues lo que es usted...

no se descuida!

Dijo esto don Gabriel golpeando familiarmente en el hombro del médico,

porque veía á éste colgado de su boca y oyéndole como á un oráculo, y no

quería poner cátedra. Sucedíale á veces avergonzarse del calor que

involuntariamente tenían sus palabras al discutir ó afirmar, y para

disimularlo recurría á la ironía y á la broma. Juncal se extasiaba

encontrando tanta sencillez y llaneza en aquel hombre cuya superioridad

intelectual, social y hasta psíquica le había subyugado desde el primer

instante.

--Vamos--pensaba para su capote,--que aunque fuese mi hermano no estaría

más contento de tenerle aquí. Y todo cuanto dice me convence... No sé

disputar con él, ¡qué rábano!--Echóse el sombrero atrás con un

papirotazo del dedo cordial sobre la yema del pulgar, ademán muy suyo

cuando quería explicar detenidamente alguna cosa, y añadió:--Mire

usted, así que conozca al cura de Ulloa y le compare con los demás... Se

quita la camisa por dársela á los pobres: no alza los ojos del suelo:

dicen que hasta trae cilicio... Apenas quiere cobrar á los feligreses ni

oblata, ni derechos, ni nada, y su criado (porque ese no entiende de

amas ni de bellaquerías) está que trina, como que les falta á veces

hasta para arrimar el puchero á la lumbre.

--Bien, ese ya es un santo--repuso Gabriel.--¡Si abundase tal género,

qué mayor milagro! Pero en general, ¿qué va usted á exigirle, señor don

Máximo, á una clase tan mal retribuída? ¿Que instrucción, dice usted?

¿Sabe usted lo que cuesta la carrera de un seminarista? Una futesa,

porque si costase mucho, la Iglesia no podría sostenerlos...

Instrucción! ¿Dónde se recluta la clase sacerdotal? Entre los labriegos

ó los muchachos más pobres de las poblaciones. La clase media, que es la

cantera de que se extraen hoy los sabios, buena gana tiene de enviar al

seminario sus hijos.... Los manda á las universidades, y de allí, si

puede, al Parlamento, caminito del Ministerio, ó al menos del destino

pingüe...... En las clases altas, por milagro aparece una vocación al

sacerdocio: ¡los tiempos no son de fe! La aristocracia es devota, mas no

lo bastante para producir otro duque de Gandía. Y los pocos que se

inclinan á la Iglesia, van á las órdenes, en particular á los jesuítas.

Así y todo, nuestro episcopado, señor de Juncal, le aseguro á usted que

compite con cualquiera de Europa, en luces y en piedad... Y nuestro

clero parroquial, aunque algo atrasado y díscolo, posee virtudes y

cualidades que no son de despreciar.

--Es usted...--preguntó Juncal con la cara más afligida del mundo--es

usted.... neocatólico, por lo visto.

--No, nada de eso--respondió apaciblemente Gabriel.--Soy, platónicamente

hablando, avanzadísimo; tengo ideas mucho más disolventes que las de

usted solamente... Pero ¡qué limoneros tan hermosos!

Tomó una rama y respiró con delicia los cálices blancos, de pétalos

duros como la cuajada cera.

--Estoy encantado con mi tierra, don Máximo... Es de los países más

poéticos y hermosos que se pueden soñar. Yo no conocía ni esa parte de

Vigo, tan pintoresca, tan amena, ni esto de aquí; y lo poco que ya he

visto, me seduce... El suelo y el cielo, una delicia; el entresuelo...

gente amable y cariñosa hasta lo sumo; las mujeres parece que le

arrullan á uno en vez de hablarle.

--¿Mecha otra vez?

--Gracias, no fumo más. ¿Vamos á saludar á la señora? Aún no le hemos

dado los buenos días.

--Catalina apreciará tanto... Pero á estas horas.... _va en_ el molino,

de seguro. Así que alistó el chocolate, le faltó tiempo para recrearse

con aquel barullo de dos mil diablos que arman las parroquianas...

Una mariposilla blanca, la vanesa de las coles que abundaban por allí,

vino revoloteando á posarse en el sombrero de Juncal. Don Gabriel

tendió los dedos índice y pulgar entreabiertos, para asirla de las alas.

La mariposa, como si olfatease aquellos amenazadores dedos, voló con

gran rapidez, muy alto, entre la radiante serenidad matutina. Don

Gabriel la siguió con los ojos estirando el pescuezo, y el médico reparó

en lo bien cuidada (sin afeminación) que traía la barba el comandante.

Cada pormenor acrecentaba la simpatía en el médico, que estancado en la

cultura de los años universitarios, arrinconado en un poblachón,

olvidado ya, á fuerza de bienestar material y de pereza mental, de sus

antiguas lecturas científicas, y sus grandes teorías higiénicas,

conservaba no obstante la facultad de respetar y admirar, en un grado

casi supersticioso, cuando veía en alguien la plenitud de circulación y

el oxígeno intelectual que él había ido perdiendo poco á poco. Además,

¡era tan cortés, resuelto, despejado y afable aquel señor!

Gabriel permanecía con los ojos medio guiñados, como cuando seguimos un

objeto distante. Sin embargo, la mariposa había desaparecido hacía

tiempo. El artillero se volvió de repente.

--Don Máximo, ¿me hará usted el favor de contestar francamente á varias

preguntas que tengo que hacerle?

--Señor de Pardo, por Dios... Me manda y yo obedezco. En cuanto le pueda

servir....

--Pensaba entenderme con el abad de Ulloa; pero por la descripción que

usted me hace de él, temo... ¿cómo diré?... temo que sea uno de esos

seres angelicales, pero inocentes y pacatos, que no le sacan á uno de

dudas... y que además, por lo mismo que son buenos, conocen mal á la

gente que les rodea. (A medida que hablaba don Gabriel, aprobaba más

enérgicamente con la cabeza el médico, murmurando--por ahí--por ahí!)

Usted es un hombre inteligente y honrado, Juncal...

Ruborizóse éste como se ruborizan los morenos, dorándosele la piel hasta

por las sienes, y con algo atragantado en la nuez, murmuró:

--Honrado... eso sí... Me tengo por honrado, señor don Gabriel. Tanto

como el que más.

--Pues yo fío en usted enteramente. Sepa que he venido aquí con objeto

de casarme...

Abrió Juncal dos ojos tamaños como dos aros de servilleta.

--....Con mi sobrina, la señorita de Moscoso.

--La señorita de Moscoso?--exclamó el médico apenas repuesto de la

sorpresa.--¿Qué me dice, don Gabriel? La señorita Manolita? No sabía ni

lo menos!

--Ya lo creo--repuso Gabriel soltando la risa.--Como que tampoco lo

sabía yo mismo pocos días hace; ni lo sabe nadie aún. Es usted la

primera persona á quien se lo cuento.

Juncal sintió dulce cosquilleo en la vanidad, y aturrullado de puro

satisfecho, trató de formular varias preguntas, que Gabriel atajó

adelantándose á ellas.

--Diré á usted, para que comprenda mi propósito, que la persona á quien

más quise yo en el mundo fué mi pobre hermana Marcelina, la que casó con

don Pedro Moscoso; y si hay cielo--aquí le tembló un poco la voz á don

Gabriel--allí debe estar pidiendo por mí, porque fué una... már... una

santa. Al morir me dejó encargada su hija; no lo supe hasta que mi padre

falleció. Yo me encuentro hoy libre, no muy viejo aún, sin compromisos

ni lazos que me aten, con regular hacienda y deseoso del calor de una

familia. Teniendo Manolita padre como tiene, un tío... no está

autorizado para velar por ella. Un marido, es otra cosa. Si no le

repugno á mi sobrina y quiere ser mi mujer... Estoy determinado á

casarme cuanto antes.

Oía Juncal, y poniendo las manos en los hombros del artillero, respondió

vagamente, cual si hablase consigo mismo:

--En efecto.... no hay duda que.... Realmente, ¿quién mejor? La verdad

es...

Miró don Gabriel, sonriéndose de alegría, al médico. Su corazón se

dilataba dulcemente con la confidencia, y se le ocurría que por la

serena atmósfera revoloteaba un porvenir dichoso, columpiado en el

espacio infinito, como la mariposilla blanca, que una superstición

popular cree nuncio de dicha. Clavó sus ojos garzos en el médico: la luz

del día hacía centellear en ellos filamentos de derretido oro. Se había

guardado los quevedos en el bolsillo, y parpadeaba como suelen los

miopes cuando la claridad les deslumbra.

--Francamente, Juncal, no conozco á mi sobrina Manuela ni sé.... ¿Cómo

es?

--El retrato de su difunta madre, que esté en gloria--respondió muy

cristianamente el tremendo clerófobo Juncal.

--¡De su madre!--repitió el artillero extasiado.

--Pero más buena moza, no despreciando á la pobre señorita... La madre

era... algo bisoja y delgada... Esta mira derecho, y tiene unos ojazos

como moras maduras.... Alta, carnes apretaditas, morena con tanto andar

al sol... buenas trenzas de pelo negro... y bien constituída. No

digamos que sea una chica hermosísima, porque no tiene las

_perfecciones_ allá hechas á torno; pero puede campar en cualquier

parte... Vaya si puede.

--Si se parece á Nucha, para mí ha de ser un serafín, don Máximo.

--Y á usted se parece también, no se ría, señor de Pardo... Ya sabe que

á usted lo saqué yo ayer en el coche, por su hermana.

--Siempre hay eso que se llama aire de familia... Don Máximo, mire usted

que aún no he empezado, como quien dice, á preguntar lo que quiero

saber. Yo he sido franco con usted, ¿usted lo será conmigo?

--No faltaba más. Aunque me fuera la vida en responder.

--Diga usted. Mi cuñado...

X

Juncal terminó la semblanza y biografía de don Pedro Moscoso y Pardo de

la Lage, conocido por marqués de Ulloa, con las siguientes filosóficas

reflexiones:

--No todos sus defectos hay que imputárselos á él, sino (hablemos claro)

á la crianza empecatada que le dieron... Sería mejor que se educase él

solito ó con los perros y las liebres, que en poder de aquel tutor tan

animal, Dios me perdone... y tan listo para sus conveniencias... Y se

llamaba como usted, don Gabriel!

El comandante sonrió.

--Maldito lo que se parecen... Como iba diciendo, yo, hace años, muchos

años, que no pongo los pies en los Pazos de Ulloa; desde aquellas

elecciones dichosas en que anduve contra don Pedro... porque lo primero

de todo son las ideas y los principios, ¿verdad, don Gabriel?

--Sin duda, sobre todo cuando uno los ha pesado y examinado y está

seguro de su bondad--respondió el artillero.

--Tiene usted razón... á veces se calienta la cabeza, y hace uno

disparates... pero en fin, yo soy liberal desde que nací, y en vez de

enfriar con los años, me exalto más.

--¿Dice usted que no va usted por allí? ¿Cómo anda de salud... mi

cuñado?

--Regular... está muy grueso y padece bastante de la gota, como el

difunto tío, por lo cual dicen que gasta muy mal humor, y que ha perdido

la agilidad, de manera es que no puede salir á caza como antes.

--Y... acuérdese usted de que me ha prometido ser franco! ¿Y... esa

mujer que tiene en casa?

--Mire usted, como yo no voy por allí... con repetirle lo que se

cuenta... y unos hablan de un modo y otros de otro; pero yo me atendré á

lo que dicen los más formales y los que acostumbran ir á los Pazos.

Usted ya sabe que tal mujer estaba en la casa antes de casarse su señor

cuñado; enredados los dos, por supuesto, y el padre siendo el verdadero

mayordomo y en realidad el dueño de la casa, aunque por _plataforma_

trajeron allí al infeliz del cura de Ulloa, que no sirve para el caso...

Había un chiquillo precioso, y pasaba por hijo del marqués. Pero resultó

que después de la boda de don Pedro, la muchacha por su parte se empeñó

en casarse con un paisano de quien estaba enamoradísima, y á quien le

colgó, ¿usted se entera? el milagro del rapaz. Este paisano, que ahora

anda hecho un caballero, siempre de tiros largos, se llama el _Gallo_ de

apodo, y nadie le conoce sino por el apodo ó por el _Gaitero de Naya_,

porque lo fué; y el remoquete de _Gallo_ se lo pusieron sin duda por lo

bien plantado y arrogante mozo, que lo es, mejorando lo presente. Un

poco antes mataron al padre de la muchacha...

--¿No le asesinaron por una cuestión electoral?

--Justo.... Según eso está usted en autos?

--Uno que venía conmigo en la berlina... el Arcipreste no... el otro...

--_¿Trampeta?_

--Pequeño, vivaracho, entrecano...

--El mismo. Pues le contó verdad. Al gran pillastre de Primitivo me lo

despabilaron de un trabucazo, en venganza de que los había vendido á

última hora, tanto que les hizo perder la elección (Juncal bajó la voz

involuntariamente). Ve usted aquellas tapias, pasadas las primeras...

donde asoman las ramas de un cerezo con fruta? Pues son las del huerto

de Barbacana, el cacique más temible que hubo en el país... Dicen que

ese ordenó la ejecución, aunque el verdugo fué una especie de

facineroso que anda siempre á salto de mata, de aquí á Portugal y de

Portugal aquí...

Gabriel meditaba, sepultando la quijada en el pecho. Luego se caló

distraidamente los quevedos.

--Así somos, amigo Juncal... Un país imposible, en ese terreno sobre

todo. Antes que aquí se formen costumbres en armonía con el

constitucionalismo, tiene que ir una poca de agua á su molino de

usted... Decía cierto hombre político que el sistema parlamentario era

una cosa excelente, que nos había de hacer felices dentro de setecientos

años... Yo entiendo que se quedó corto. Al caso; dígame todo lo

concerniente á la historia...

--Hoy en día, á Barbacana ya lo llevan acorralado, y se cree que trata

de levantar la casa é irse á morir en paz á Orense... Porque va viejo, y

no le dejan respirar sus enemigos. El que vino con usted, Trampeta, con

el aquel de protegido de Sagasta, es ahora quien sierra de arriba... En

fin, todo ello para nuestro cuento importa un comino. Así que mataron

al padre, la muchacha se casó con su Gallo, y cuando se creía que el

marqués los iba á echar con cajas destempladas, resulta que se quedan en

la casa, ellos y el rapaz, y que está su señor cuñado contentísimo con

tal muñeco... Esto fué antes, muy poco antes de morir la señorita su

hermana...

Gabriel suspiró, juntando rápidamente el entrecejo.

--No había quedado nada fuerte desde el nacimiento de la niña: yo la

asistí, y necesité echar mano de todos los recursos de la ciencia para

que...

--¿Usted asistió á mi hermana?--exclamó el artillero, cuyos ojos

destellaron simpatía, casi ternura, humedeciéndose con esa humedad que

es como el primer vaho de una lágrima antes de subir á empañar la

pupila.

--Entonces, sí señor; que después, como dije á usted, el marqués hizo

punto en no volverme á llamar... La pobre señora se quedó, según dicen,

como un pajarito; se le atravesaron unas flemas en la garganta...

Los ojos de Gabriel, ya secos, ardientes y escrutadores, se posaron en

Juncal.

--Don Máximo, cree usted en su conciencia que mi hermana murió de muerte

natural?--pronunció con tal acento, que el médico tartamudeaba al

contestar:

--Sí señor... sí señor! sí señor! Puedo atestiguarlo con solo una vez

que la ví en la feria de Vilamorta, donde estaba comprando no sé qué,

allá unos seis meses antes de la desgracia. La fallé y dije (puede usted

creerme como estamos aquí y Dios en el cielo):--No dura medio

año esta señorita.--(Pasóse Gabriel la mano por la frente). Don

Gabriel--prosiguió el médico,--¿qué le hemos de hacer? Su hermana era

delicada; necesitaba algodones; encontró tojos y espinas... De todas las

maneras, ella siempre fué poquita cosa... Volviendo á la niña, no

digamos que su padre la maltrate, pero apenas le hace caso... Él contaba

con un varón, y recuerdo que cuando nació la pequeña, ya renegó y echó

por aquella boca una ristra de barbaridades... Al que adora es al

chiquillo de la Sabel. Si lo querrá, que hasta se ha empeñado en que

estudie, y lo manda á Orense al Instituto, y piensa enviarlo á Santiago

á concluir carrera... El muchacho anda lo mismo que un mayorazgo: su

buen reloj de oro, su buena ropa de paño, la camisola fina, el

bastoncito ó el látigo cuando va á las ferias... y yegua para montar, y

dinero en el bolsillo...

Asió Juncal con misterio la solapa de la americana de don Gabriel, y

arrimando la boca á su oído susurró:

--Dicen que le quiere dejar bajo cuerda casi todo cuanto tiene...

En vez de fruncir el ceño el artillero, despejóse su encapotada

fisonomía, y contestó en voz serena:

--Ojalá. ¿Se admira usted de mi desinterés? Pues no hay de qué. Es

cierto que considero obligación del hombre sostener la familia que crea

al casarse; pero no soy de esos tipos que tanto les gustan á los

autores dramáticos de ahora, que no se casan con una mujer de quien

están perdidamente enamorados, sólo porque es rica. En el caso presente

me alegro, porque cuantas menos esperanzas de riqueza tenga mi sobrina,

más fácilmente se avendrán á dármela, á mí que no he de exigir dote...

Confieso que tenía yo mis miedos de que me diese calabazas mi señor

cuñado. Verdad es que como no me las dé Manolita, soy abonado hasta para

robarla... ni más ni menos que en las novelas de allá del tiempo del rey

que rabió.

Miró Juncal la fisonomía del artillero, á ver si hablaba en broma ó en

veras. Revelaba cierta juvenil intrepidez, y la resolución de poner por

obra grandes hazañas, á pesar de los blancos hilos sembrados por la

barba y el pelo que escaseaba en las sienes.

--Si ella no me quiere... y bien puede ser, que al fin soy viejo para

ella... (Juncal hizo con manos y rostro furiosos signos negativos)...

entonces... no habrá rapto. De todos modos, por cuestión de cuartos, no

se ha de deshacer la boda: yo lo fío. Aparte de que, siendo ese chico

hijo del marqués, natural me parece que le toque algo de la fortuna

paterna.

--¿Quién sabe de quién es el chico? Y es como un pino de oro.

--¿Más lindo que mi sobrina? Mire usted que voy á defender, sin haberla

visto, como el ingenioso hidalgo, que es la más hermosa mujer de la

tierra.

--De fea no tiene nada: pero de vestir, la traen... así... nada más que

regular. Muchas veces no se diferencia de una costurerita de Cebre...

Vamos, la pobre tuvo poca suerte hasta el día.

--A arreglar todo eso venimos--contestó Gabriel levantándose, como

deseoso de echar á andar sin dilación en busca de su futura esposa. Su

huésped le imitó.

--Entonces, ¿á qué hora de la tarde quiere usted salir para la rectoral

de Ulloa?--preguntó muy solícito.

--He mudado de plan; ya no voy... Iré dentro de un par de días á

saludar al señor cura. Tengo por usted cuantos informes necesito, y

puedo presentarme hoy mismo en los Pazos de Ulloa sin inconveniente

alguno.

--¿Le corre tanta prisa?

--¿Qué quiere usted? Cuando uno está enamorado...

Juncal se rió, y volvió á mirar á su interlocutor, gozándose en verle

tan animoso. El sol ascendía, la proyección de sombra de las tapias y el

emparrado empezaba á acortarse. Por la puerta del huerto asomó una

figura humana inundada de luz, de frescura y color: era una mujer,

Catuxa, con el delantal recogido y levantado, lleno de aechaduras de

trigo que arrojaba á puñados en torno suyo chillando agudamente:--Pitos,

pitos, pitos..., pipí, pipí, pipí... Seguíanla los pollos nuevos,

amarillos como canarios, con sus listos ojillos de azabache, con sus

corpezuelos que aún conservaban la forma del cascarón, columpiados sobre

las patitas endebles. Detrás venía la gallina, una gallina pedreña,

grave y cacareadora, honrada madre de familia, llena de dignidad. A la

nidada seguía una horda confusa de volátiles: pollos flacos y belicosos,

gallinas jóvenes muy púdicas y modestas, muy sumisas al hermosísimo

bajá, al gallo rojizo con cresta de fuego y ojos de ágata derretida, que

las custodiaba y les señalaba con un cacareo lleno de deferencia el

sustento esparcido, sin dignarse probarlo. Don Gabriel se detuvo muy

interesado por aquel cuadro de bodegón, que rebosaba alegría. El gallo

le recordó el mote del marido de Sabel y, por inevitable enlace de

ideas, los Pazos de Ulloa. Y al pensar que estaría en ellos por la tarde

y conocería á la que ya nombraba mentalmente _su novia_, la circulación

se le paralizó un momento, y sintió que se le enfriaban las manos, como

sucede en los instantes graves y decisivos.

--Fantasía, fantasía!--pensó.--Cuidadito... no empieces ya á hacer de

las tuyas!

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 18 / 64 题