VIII

El cuarto que dió Juncal á su huésped era en la planta baja, cerca del

comedor, y tenía puertecilla de salida á una especie de patio ó corral,

donde por el día escarbaba media docena de gallinas á la sombra de un

emparrado. Don Gabriel, al retirarse después de una cena no menos

regalada que la comida, sintió deseo de respirar el aire fresco de la

noche; apagó la vela, y alzando el pestillo se encontró en el corral.

Sentóse en el banco de piedra entoldado por la parra, y encendiendo un

papelito y recostándose en la pared, tibia aún del sol de todo el día,

empezó á mirar á la oscuridad. La cual era completa, intensísima, sin

que la disipase estrella alguna; una de esas noches como boca de lobo,

en que le parece á uno más infinito el espacio, más alto é inaccesible

el cielo, y la tierra menos real, pues al perder sus apariencias

sensibles, sus variadísimas formas y colores, diríase que se funde y

desvanece, sin que en ella quede existente más que nuestra imaginación

soñadora.

En aquellas remotas y negras profundidades nada vió al pronto don

Gabriel, pero al poco rato, fuese merced á los generosos espíritus del

añejo ron de Juncal, ó á que era para don Gabriel uno de esos momentos

en que hace crisis la vida del hombre, y éste se da cuenta exacta de que

entra en un camino nuevo y el porvenir va á ser muy diferente del

pasado, comenzó á alzarse del oscuro telón de fondo una especie de

niebla mental, una nube confusa, blanquecina primero, rojiza después, y

en ella se delinearon y perfilaron cada vez con mayor claridad escenas

de su existencia.

Primero se vió niño, en un gran caserón de un pueblo triste, pero no en

brazos de su madre, pues no recordaba haberla conocido jamás, sino en

los de otra niña casi tan chica como él. Aquella niña era pálida; tenía

los ojos grandes y negros, y algo bizcos; solía estar malucha; pero,

sana ó enferma, no se apartaba una línea de él. Acordábase de que le

llamaba _mamita_, y la hacía rabiar y desquerer con sus travesuras. Un

recuerdo sobre todo estaba fijo en su mente. Además de la niña pálida,

vivían en el caserón otras niñas sonrosadas, enredadoras y alegres, que

le trataban con menos blandura, y aun le cascaban las liendres con el

menor pretexto. Un día--podría tener entonces Gabriel cinco años,--se le

había ocurrido entrar en el cuarto de la mayor de sus hermanas, Rita, la

cual poseía un canario domesticado que cantaba á maravilla y á quien

llamaban _el músico_. Gabriel se moría por el canario, y soñaba siempre

con imitar á Rita: sacarlo de la jaula, montarlo en el dedo, darle

azúcar, y que se pusiese á redoblar y trinar allí. ¡Era tan gracioso

cuando meneaba la cabecita á derecha é izquierda, cuando se sacudía

erizando las plumas de oro! Para lograr su deseo, aprovechaba la ocasión

de un domingo por la mañana: todo el mundo estaba en misa: momento

decisivo y supremo. Escurríase al cuarto de su hermana, y divisaba la

jaulita de alambre azul balanceándose ante la vidriera, con su hoja de

lechuga entre los hierros, y el pájaro que saltaba de la varilla

central, descendía al comedero á triturar un grano de alpiste, y vuelta

á la varilla. Contempló ansiosamente el lindo avechucho. ¿Cómo llegarle?

Ocurriósele una idea luminosa. Poner una silla sobre la cómoda de su

hermana. Mi dicho, mi hecho. Colocarla más ó menos trabajosamente,

trepar, encaramarse, echar mano al garfio que sujetaba la jaula, todo se

hizo en un verbo. Sólo que la silla, mal afianzada no conservó el

equilibrio al inclinarse Gabriel, y ¡oh dolor! cuando ya tenía en sus

manos el deseado _músico_, pataplín! se fué de cabeza al suelo, jaula

en mano, desde una regular altura. Recibió el golpe en la frente, y

quedóse breves momentos aturdido. Al recobrar los espíritus se encontró

con que tenía asida la jaula por la argolla... La jaula sí: pero el

músico? Gabriel miró hacia todas partes, y al pronto nada vió, ó por

mejor decir, vió algo que le paralizó de terror: en una esquina, el

gatazo de la casa, tendido en postura de esfinje que acecha, contemplaba

inmóvil un punto de la estancia... Gabriel siguió la dirección de

aquellas pupilas de esmeralda, y divisó al músico, todo anhelante aún

del golpe y del susto, hecho un ovillo entre los pliegues del cortinaje

que cubría la vidriera.... El niño perdió completamente la sangre fría,

y loco de miedo, púsose á hacer lo más conveniente para el gato: sacudir

la cortina y espantar al pajarillo. El aturdido músico revoloteó un

momento, dió contra los cristales de la ventana, y dolorido y exánime,

vino á caer sobre la almohada de la cama de Rita.... Horror!.... el

gato en acecho pega un brinco de tigre.... ¡Adiós, musica!

Gabriel, como Caín después de matar á su hermano, había corrido á

esconderse al cuarto más oscuro de la casa, en que se guardaban baúles y

trastos, y donde no tardó en descubrirle Rita al volver de misa y

encontrarse con la jaula por tierra y algunas plumas amarillas,

espeluznadas y sanguinolentas, revoloteando sobre su lecho...--Pícaro,

infame! te he de desollar vivo, muñeco del demonio! te he de estirar las

orejas hasta que sangren!--Los oídos de Gabriel apenas pudieron recoger

el sonido de estas ternezas, porque al mismo tiempo diez deditos recios

y furiosos le tiraban con cuanta fuerza tenían de las orejas... Y luego

pasaban á los carrillos, escribiendo allí los mandamientos, y después

bajaban á parte que es ocioso nombrar, y se daban gusto con la mejor

mano de azotaina que recuerdan los siglos; y en pos las uñas, por no

quedar desairadas, se ejercitaron en pellizcar y retorcer la carne, ya

hecha una amapola, hasta acardenalarla de veras, y en seguida, sin

darle al culpable tiempo ni á gritar, le asieron de las muñecas, le

llevaron arrastrando al desván, le metieron allí, echaron la llave... Al

punto mismo se oyó en la puerta el altercado de dos vocecillas, y en pos

la brega de dos cuerpos... Giró la llave otra vez, y la _mamita_ pálida,

la hermana protectora, entró anhelante, desgreñada y victoriosa, cogió

en brazos á su niño, lo arrebató á su cuarto, lo curó, lo calmó, se lo

comió á besos y á caricias....

¡Qué ojeriza le profesó desde aquel día Gabriel á la hermana mayor!

¡Cómo se acostumbró á envolverse en las faldas de la pequeña, hasta que

fué adquiriendo su autonomía al desarrollársele el vigor masculino, con

el cual, á los diez ó doce años podía más él solo que lo que llamaba

despreciativamente el gallinero de sus hermanas!

Se veía concurriendo al Instituto de segunda enseñanza, aprendiéndose

por la noche de malísima gana la conferencia que había de dar al día

siguiente, y merced á la fuerza y precisión con que se nos presentan

ciertos recuerdos, en la negra inmensidad nocturna veía destacarse, como

en el cristal de un claro espejo, al estudiantino inclinado sobre el

libro enfadoso, dando tormento con nerviosa mano á los mechones de pelo

que le caían sobre la frente, ó pintando soldados con fusil al hombro y

barcos y todo género de monigotes sobre el margen de las páginas,

mientras torturaba la memoria para incrustar en ella por ejemplo, los

_pretéritos_ y _supinos de la segunda conjugación, moneo, mones, monere,

monui, mónitum, avisar_... que los compañeros de clase se apuntaban unos

á otros de esta manera: _mono, mona, monitos, monitas, micos_... Al

recordar semejantes puerilidades, se sonreía don Gabriel... ¡Cuántas

veces recordaba haberse levantado y llamado á su hermana!

--Nucha, tómame la lección, que me parece que ya la sé.

Luego una impresión imborrable: la marcha de Santiago, el ingreso en el

colegio de artillería de Segovia, los días terribles de la _novatada_,

la sujeción al _galonista_, el llanto de furor reconcentrado que le

abrasó las pupilas cuando por primera vez tuvo que limpiarle y

embetunarle las botas... Y siempre el recuerdo de su hermana, para la

cual, más bien que para su padre, se hizo fotografiar apenas vistió,

radiante de orgullo y alegría, el uniforme del cuerpo, y de la cual

hablaba á sus primeros amigos de colegio con tal insistencia y

exageración, que alguno de ellos, sin conocerla, se puso á escribirle

cartitas amorosas que leía á Gabriel... Luego, la confusión abrumadora

de los primeros estudios serios, de las matemáticas sublimes, de tanta

abstrusidad como tenían que meterse en la divina chola para los

exámenes... Ahora que Gabriel reflexionaba acerca de tales estudios y

mentalmente pasaba lista á sus compañeros de academia, maravillábase

pensando que de aquella hueste nutrida desde sus tiernos años con tanta

trigonometría rectilínea, tanta álgebra y tanta geometría del espacio,

no había salido ningún portentoso geómetra, ningún autor de obras

profundas y serias, ni siquiera ningún estratégico consumado, y al

contrario, por regla general, apenas se encontraba compañero suyo que al

terminar la carrera se distinguiese por algún concepto, ó rebasase del

nivel de las inteligencias medianas... Mucho caviló sobre el caso don

Gabriel, y vino á dar en que la balumba algebraica, el cálculo, las

geometrías y trigonometrías se las aprendían los más de memoria y

carretilla, á fuerza de machacar, para vomitarlas de corrido en los

exámenes; que los alumnos salían á la pizarra como sale el

prestidigitador al tablado, á hacer un juego de cubiletes en que no toma

parte el entendimiento; y que esta material gimnasia de la memoria sin

el desarrollo armonioso y correlativo de la razón, antes que provechosa

era funesta, matando en germen las facultades naturales y apabullando la

masa encefálica que venía á quedarse como un higo paso. Todo esto se le

había ocurrido á _posteriori_. En el colegio estaba lleno su corazón de

esa buena fe absoluta de los primeros años de la vida, y ni soñaba en

discutir las opiniones admitidas y las fórmulas consagradas: creía

cuanto creían sus compañeros, viviendo persuadido como ellos de que

ciertos profesores eran pozos de ciencia, aunque no se les conocía lo

bastante, por encontrarse un tantico _guillados_ del abuso de las

matemáticas... Con el pundonor innato que le obligaba en Santiago á

repasar de noche la lección, Gabriel se aplicó á aprender todas aquellas

diabluras del programa, y como su inteligencia era sensible y fresca su

retentiva, adelantó, adelantó... Recordaba, no sin cierta lástima de sí

mismo, que había hecho unos estudios brillantes. Le alabaron los

profesores, despertósele la emulación, no perdió curso...

Sólo hubo una temporada, poco antes de salir á teniente, en que atrasó

bastante, poniéndose á dos dedos de ser _perdigón_. Fué al recibir la

noticia de la muerte de su mamita, su hermana Nucha... Se la escribió su

padre en persona, cosa que no ocurría sino en las ocasiones solemnes,

pues el hidalgo de la Lage no se preciaba mucho de pendolista. Gabriel

recordaba que en el primer momento sólo había sentido un asombro muy

grande al ver que semejante desgracia no le producía más efecto. Con la

carta abierta en la mano, miraba en torno suyo, pasando revista á todos

los muebles del gran dormitorio artesonado, contando los hierros de las

camas. Hasta recordaba haber acabado de abrocharse los botones de la

levita de uniforme, faena interrumpida cuando llegó la carta fatal.

Luego, de repente, daba dos ó tres pasos vacilantes, sepultaba el rostro

en la almohada de su lecho, y empezaba á llorar á gotitas menudas,

rápidas, que se le metían entre el naciente bigote y de allí se le

colaban á los labios, con un sabor tan amargo!

¡Su pobre _mamita_! ¡Con qué vanidad le había él enviado su retrato; con

qué orgullo había comprado, de sus economías, una sortija de oro para

regalársela en su boda! ¡Qué admiración gozosa, unida á unos asomos de

infantiles celos, había sentido al saber que su hermana tenía una

chiquilla... ¡Monada como ella! ¡Una chiquilla! Y ahora... fría,

callada, apagados aquellos dulces y vagos ojos, metida en un ataúd,

muerta, muerta, muerta!

Bien seguro estaba de no haber querido probar bocado en dos días, ¡Cómo

le mortificaban los consuelos de sus compañeros y amigotes! Eran bien

intencionados, eso sí; pero indiscretos, inoportunos, fuera de sazón,

como suelen ser los afectos en la zonza é ingrata edad de la

adolescencia. Empeñábanse en divertirlo, en llevárselo al café, ó á ver

una compañía de zarzuela... ¡De zarzuela! Gabriel necesitaba un médico.

A los ocho días se le declaraba una fiebre nerviosa, en la cual le

contaron que había delirado con su _mamita_, diciendo que quería irse

junto á ella, al cielo ó al infierno, donde estuviese... Pronto

convaleció, y quedó más fuerte y más hombre, como si aquella fiebre

hubiera sido la solución de una crisis lenta de pubertad tardía, acaso

retrasada por estudios prematuros... Salió á teniente, y recordaba el

orgullo de los galones y el de un hermoso bigote castaño, ya poblado,

que se propuso no afeitar nunca.

Pasó de la academia al siglo con la entidad moral que imprimen los

colegios de carreras especiales, y señaladamente el de artillería:

segunda naturaleza, de la cual sólo se desprenden, andando el tiempo,

los que poseen gran espontaneidad ó cierto instinto crítico, y que

sobrevive aun en los que se retiran, aun en los mismos que reniegan de

la carrera y manifiestan que les causa hondo hastío el uniforme...

Volviendo atrás la vista, Gabriel se asombraba de ser aquel muchacho que

salió del colegio tan artillero, tan imbuído de ciertas altaneras

niñerías que se llaman espíritu de cuerpo, tan convencido de la inmensa

superioridad del arma de artillería sobre todas las demás del ejército

español y aun del mundo, y en particular tan arisco, tan dado á esa

cosa particular que en el cuerpo llaman _la peña_, tendencia mixta de

orgulloso retraimiento y de feroz insociabilidad, que en él llegaba al

extremo de pasarse tres horas en la esquina de una calle de Segovia,

atisbando el momento en que saliesen de su casa unas señoras á quienes

su padre le ordenaba visitar, para cumplir con dejarles una tarjeta en

la portería.

¡Y que apenas era él entonces reaccionario, como los demás individuos

del noble cuerpo! Sentía un odio profundo hacia las ideas nuevas y la

revolución, la cual justo es decir que se hallaba en su más desatentado

y anárquico período. Lo que Gabriel no le perdonaba á la setembrina

maldecida, era el haberle echado á perder su España, la España histórica

condensada en su cabeza de estudiante asiduo y formal, una España épica

y gloriosa, compuesta de grandes capitanes y monarcas invictos, cuyos

bustos adornaban el Salón de los Reyes en el Alcázar. Gabriel se tenía

por heredero directo de aquellos héroes acorazados, esgrimidores de

tizona. Arrinconados el montante y la espada, la artillería era el arma

de los tiempos modernos. ¡Qué de ilusiones y de fermentaciones locas

producía en Gabriel el solo nombre de batalla! Á la idea de barrer a

cañonazos un reducto enemigo, le parecía no caberle el corazón en el

pecho, y un frío sutil, el divino escalofrío del entusiasmo, le serpeaba

por la espina dorsal. En esta disposición de ánimo le incorporaban á una

batería montada y le enviaban á la guerra contra los carlistas en el

Norte....

Quince días á lo sumo recordaba que duraron sus fantasías heroicas. No

eran aquellas las marciales funciones que había soñado. Si en las rudas

montañas de Vasconia no faltaban las fatigas propias de la vida militar,

los fríos, los calores, el agua hasta el tobillo, la nieve hasta media

pierna, las raciones malas y escasas, el dormir punto menos que en el

suelo, la ropa hecha girones, cuanto constituye el poético aparato de

la campaña, en cambio no veía Gabriel el elemento moral que vigoriza la

fibra y calienta los cascos; no veía flotar la sagrada bandera de la

patria contra el odiado pabellón extranjero. Aquellas aldeas en que

entraba vencedor, eran españolas; aquellas gentes á quienes combatía,

españolas también. Se llamaban carlistas, y él amadeísta: única

diferencia. Por otra parte la guerra, aunque civil, se hacía sin saña ni

furor; en los intervalos en que no se disparaban tiros, los

destacamentos enemigos, divididos sólo por el ancho de una trinchera, se

insultaban festivamente, llamándose _carcas_ y _guiris_; también se

prestaban pequeños servicios, pasándose _El Cuartel Real_ y _El

Imparcial_ de campo á campo; y en los frecuentes ratos de tregua,

bajaban, se hablaban, se pedían fuego para el cigarro, y el teniente de

artillería _guiri_ fraternizaba muy gustoso con los oficiales _carcas_,

tan buenos mozos y tan elegantes y marciales con sus guerreras orladas

de astracán, á cuyo lado izquierdo lucía el rojo corazón del _detente_,

y sus boinas con borla de oro, gentilmente ladeadas. A menudo hasta le

sucedía á Gabriel dudar si el deber y la patria estaban del lado acá ó

del lado allá de la trinchera. A pesar de las burlas con que sus

compañeros acogían los _pepinillos_ carlistas, en el campamento se

contaban maravillas de la improvisada artillería de don Carlos,

organizada en un decir Jesús, por un par de oficiales que habían

ingresado en sus filas y algunos cabos y sargentos listos; cosa que

inducía á Gabriel á pensar que no se necesitaban tantas matemáticas de

colegio para santiguar al enemigo á cañonazos. Sí; Gabriel cumplía con

su obligación; pero sin calor ni fe. Batirse, corriente, para eso vestía

el uniforme; otra cosa que no se la pidieran. Un casco de metralla

saltaba los sesos á su asistente, aragonés más cabal que el oro, á quien

Gabriel profesaba entrañable cariño, y su muerte le causaba la impresión

de haber presenciado un aleve asesinato, más bien que un episodio

bélico.

Entre la oscuridad nocturna, Gabriel Pardo sonreía á la reminiscencia de

un recelo que le apretó mucho por entonces. Al encontrarse tan frío en

medio de las escaramuzas, al conocer que le hastiaba la guerrilla y la

tienda, recordó que se había interrogado á sí mismo con un miedo

atroz... de tener miedo.

--¿Si seré un cobardón? ¿Si tendré la sangre blanca?

Al ver cómo le felicitaban unánimemente los jefes y los compañeros por

su _serenidad_, comprendió que lo que padecía era atrofia del

entusiasmo. Y así le cogió la disolución del cuerpo de artillería por

decreto revolucionario. Casi se alegró. Ya no tenía cariño al uniforme.

Y sin embargo, todavía el _espíritu de cuerpo_ le dominaba. Le cruzó por

las mientes irse al campo carlista, y no lo hizo, porque los compañeros

habían determinado «aguardar, estar á ver venir.» Se fué á Madrid,

hospedándose en casa de unos parientes encumbrados, un título primo de

su madre.

¡Cuántos recuerdos se le agolpaban! La noche oscura parecía poblarse de

estrellas y constelaciones, de centelleos misteriosos.... Gabriel sentía

una impresión, frecuente en las personas á quienes la viveza de la

fantasía y de la sensibilidad hacen pasar, durante una existencia

relativamente corta, por muchas y muy variadas fases psíquicas.

Admirábase del cambio producido en él por aquellos meses de residencia

en Madrid, y al mismo tiempo, se sorprendía _ahora_ de lo que se había

realizado en él _entonces_, y no creía ser la misma persona, sino evocar

la historia de otro hombre. Él no fué ni pudo jamás el brillante y

frívolo mancebo á quien tan especiales agasajos y tan lisonjera acogida

dispensaron las damas de alto copete, que le obsequiaban por oficial del

cuerpo hostil á la Revolución y por hidalgo provinciano, pero de vieja

cepa, de veintitantos abriles y gallarda figura. ¡Cuán dulces bromas le

habían sido disparadas entonces por risueños labios, recalcadas por el

guiño semi-altanero y semi-picaresco de algunos flecheros ojos de rica

hembra, á propósito de su afición á _la peña_, entonces erigida en

sociedad reaccionaria, ojalatera del alfonsismo! Gabriel en el fondo se

sentía muy _peñasco_, igual que antes, y abominaba de saraos y visitas

de cumplido, de andar poniéndose el frac y el ramito en el ojal, de

saludos en la Castellana y bailes por todo lo fino; pero el asunto es

que iba, iba, iba, seguía yendo, arrastrado por una blanca mano cuya

piel suave le causaba mareos deliciosos..... Era una viuda, hermana de

la mujer de su primo, en cuya casa vivía; hermosa hembra de treinta y

tantos, dotada de ingenio, oro y blasones... Gabriel no había tenido

sino aventuras de alojamiento ó de días de salida en Segovia. Volvióse

loco, y un día, con la mente y la sangre caldeadas, habló de bodas, para

asegurar hasta el fin de la vida la dicha actual... Se le rieron

blandamente, y como insistió, le pusieron de patitas fuera del paraíso.

¡Qué crujida, Dios! Gabriel, al pensar en ella, se admiraba de su

juventud, de su sincera pasión y de sus románticos desvaríos. Lo de

menos era no dormir, no comer, sufrir abrasadora calentura, beber y

jugar para aturdirse.... ¿Pues no se le ocurrió cierta mañana mirar con

ojos foscos y extraviados un par de pistolas inglesas?... Aquello sí que

tuvo gracia! discurría hoy el hombre de pelo ralo acordándose de las

fogosidades del teniente...

El caso es que con el desengaño amoroso, se había vuelto más peñasco que

nunca. Por entonces, apartado ya del gran mundo y de sus pompas y

vanidades, sin que le quedase más rastro que los buenos modales

adquiridos, ese baño delicadísimo que sobre la corteza brusca del

tenientillo recién salido de la academia derrama el trato con damas y el

ingreso familiar en círculos selectos--baño permanente cuando se recibe

en la primera juventud--empezaron para Gabriel estudios libres que se

impuso á sí propio. Convencido de que podía beber bastante alcohol sin

emborracharse, y de que la embriaguez en él jamás era completa,

dejándole siempre cierta lucidez dolorosa; de que el _fatal tapete

verde_ no le divertía, y de que las mujeres, no queriéndolas mucho, le

eran casi indiferentes, se dió á la lectura por recurso, y en ella

encontró la deseada distracción, y la convalecencia de aquella herida al

parecer tan profunda, y que en realidad no pasaba de la epidermis.

Con los libros sí que se había emborrachado de veras. Eran obras de

filosofía alemana, unas traducidas al francés, otras en pésimo y bárbaro

castellano. Pero Gabriel, más reflexivo que artista, más sediento de

doctrina que de placer, no se entretenía con la forma; íbase al fondo, á

la médula. Las matemáticas del colegio le tenían divinamente preparado

para las peliagudas ascensiones de la metafísica y las generosas

quintesencias de la ética. Eran sus actuales estudios lo que el riego á

la planta tierna cuyas raíces penetran en terreno bien cultivado y

removido ya. La inteligencia de Gabriel se abría, comprendiendo períodos

enrevesados y diabólicos, y lisonjeaba su orgullo el que los demás

afirmasen no poder entender semejante monserga. Sus nuevas aficiones le

pusieron en contacto con muchos jóvenes, prosélitos de la entonces

flamante y boyante escuela krausista. Y resolvió que él era kantiano á

puño cerrado, pero sin aplicar el método critico del maestro, como

entonces se decía, más que á las cosas de _la ciencia_; para las de _la

vida_ se agarró con dientes y uñas á la ética de Krause. No sólo renegó

de las aventuras, los naipes y el absintio, sino que empezó á aquilatar

con más que monjiles escrúpulos la trascendencia y móvil de sus menores

actos, á tener por grave delito el asistir á una corrida de toros ó á un

baile de máscaras. Ponía cuidado especial en que no saliese de sus

labios ni siquiera una mentira oficiosa, en no defraudar á nadie, en

vivir de tal manera que sus acciones fuesen claras como el agua,

honradas y serias... ¡La seriedad sobre todo!... Por las noches hacía

examen de conciencia; por las mañanas elevaba, al despertarse, el

pensamiento á Dios--al Dios impersonal y sin entrañas! Reprimidos los

impulsos y ardores juveniles por la especie de fiebre filosófica que le

abrasaba dulcemente el cerebro, sentía en las iglesias, á donde asistía

con frecuencia suma, impulsos místicos, ternuras inexplicables, ganas de

llorar, y entonces se creía _íntimo con el sér_...

¿Cuánto había durado? ¿Cuánto? Las cosas políticas se encrespan; la

demagogia y el cantonalismo escupen fuego y sangre; los carlistas

medran, pululan, brotan por todas partes con armamento y municiones;

Castelar llama á los artilleros; Gabriel duda, recela, se alarma ante la

perspectiva de verter sangre humana; por fin sus nuevas ideas liberales

y una carta de su padre le deciden; va otra vez al Norte. Rodéanle sus

antiguos amigos; en la maleta del teniente vienen sin duda la

_Analítica_, la _Crítica del juicio_, la _Crítica de la razón pura_, la

_Teoría de lo infinito_; pero á la primer marcha forzada, á la primer

bocanada de aire montañés, al primer encuentro, á la primer tertulia en

la tienda de campaña, parécele que entre él y los maestros de su

entendimiento se interpone una muralla, un velo oscuro, y que en su alma

se derrumba, sin saber cómo, un edificio vasto. Y con el bienestar

físico que producen el ejercicio y la actividad después de una vida

contemplativa y sedentaria; y la reacción violenta, propia de los

temperamentos nerviosos y los caracteres impresionables, á los pocos

días el teniente no se acuerda de Kant, da al diablo los _Mandamientos

de la humanidad_, y muy á gusto se deja arrastrar á las distracciones

del compañerismo, á los lances de la campaña y los episodios de

alojamiento. La guerra se hace ya con más empuje, en vista del

desaliento y merma de las fuerzas carlistas: Gabriel bate el cobre con

fe, persuadido de que el orden y la libertad están en las negras

entrañas de los cañones de su batería; fraterniza con bandidos

contra-guerrilleros, lee con afán los periódicos políticos, vive de

acción y de lucha, y todas las mañanas se levanta determinado á salvar

á España... España le había dado en cambio la efectividad de capitán.

Mas el golpe de Estado de Pavía y luego la proclamación de don Alfonso,

que tanto alegraron á todo el noble cuerpo, le cortaron las alas del

espíritu á Gabriel Pardo, que era republicano teórico y andaba entonces

vuelto tarumba por un orden de cosas muy recto y sensato, al modo sajón.

Al otro día de recibir el grado de comandante, viendo la guerra próxima

á su fin, desilusionado más que nunca y sin gusto para pelear, recordaba

haber tomado el camino de la corte.

¡Qué vida tan sosa al principio la suya! Mal visto entre sus compañeros

á causa de sus opiniones políticas; sin trato con sus antiguas

relaciones; sin ánimos para volver á sepultarse en los libros de

metafísica que eran hoy para él lo que la envoltura de la oruga cuando

ya voló la mariposa, sintió de repente, convirtiendo los ojos hacia sí

mismo, que no le quedaba en lo más íntimo sino descreimiento y

cansancio. Quién ó qué le había demostrado la inanidad de sus

filosofías? Nadie. La fe no se destruye con razones: es error imaginar

que hay argucia que eche abajo un sentimiento. La fe es como el

amor--bien lo advertía Gabriel.

¿Hay en el mundo del pensamiento algún asidero firme?--discurrió

entonces. Casualmente empezaban las corrientes positivistas: hablábase

de realidades científicas, de doctrinas basadas en hechos de

experimentalismo. El comandante se propuso estudiar á fondo alguna

ciencia, como se estudian las cosas para saberlas de verdad, y adquirir

la suspirada certeza. Tenía un amigo, ex-profesor de geología en la

Universidad, de donde le expulsara el decreto de Orovio. Se puso bajo su

dirección, y consagró seis horas diarias á trabajos de pormenor. Hacía

unos cortes en las piedras y luego se desojaba mirándolos al

microscopio. Se cansó á cosa de medio año. La certeza consabida, por las

nubes. Encontraba relaciones lógicas y armoniosas entre lo creado, leyes

impuestas á la materia por voluntad al parecer inteligente, dependencia

y conexión en los fenómenos; pero el enigma seguía, el misterio no se

disipaba, la sustancia no parecía, la cantidad de _incognoscible_ era la

misma siempre. Gabriel tenía sobrada imaginación para sujetarse á la

severa disciplina científica sin esperanza ni objeto, y fueron

disminuyendo sus visitas al laboratorio de su amigo. ¿Y no había otra

razón?.... Pues, á decir verdad....

Muy aficionado á la música, Gabriel estaba abonado á una butaca del

Real--tercer turno. Resplandecía el regio coliseo con la animación que

le prestaba la buena sociedad ya completa y la restaurada monarquía: y,

más que teatro, parecía elegante salón cuajado de beldades. Al lado de

Gabriel sentábanse un machucho brigadier de artillería y su joven

esposa, deidad murciana, de árabes ojos, que á cada acorde de la música,

ó á cada nota de los amorosos dúos, se posaban en los del comandante,

deteniéndose un poco más de lo necesario. El brigadier, fumador

empedernido, no recelaba salir en los entreactos dejando á su esposa

bajo la salvaguardia del subalterno. ¡Bendito señor, pensaba Gabriel, y

cómo lo hizo Dios de confiado! Á lo mejor el brigadier fué destinado á

Filipinas, y partió llevándose á su cara mitad. Gabriel, medio loco,

según su costumbre en casos tales, habló de pedir el traslado... la

hermosa brigadiera se negó, afirmando que su marido ya tenía sospechas,

que el viaje era celosa precaución, y que si se encontraba con el

comandante llovido del cielo en Manila, habría la de Dios es Cristo. Y

el enamorado la vió partir sin que nublase aquellos ojazos de terciopelo

la humedad más leve... No, lo que es de esta vez, el comandante no hacía

memoria de haber pensado en suicidios, pero cayó en misantropía amarga,

rabiosa y prolongadísima que paró en un ataque de ictericia de los de

padre y muy señor mío. Destinado á Barcelona... ¡qué temporada la que

pasó en la ciudad condal! ¿Cómo es posible aburrirse tanto y quedar con

vida? A enfrascarse otra vez en los libros: no de filosofía ya, sino de

ciencia militar, estudiando las propiedades formidables de las materias

explosivas que nuestro siglo refina y concentra á cada paso, lo mismo

que si el objeto supremo de tanto adelanto, de tanto progreso, fuese una

conflagración universal. A leerse cuanto encontró sobre el asunto en

revistas alemanas é inglesas, encargando obras especiales, y escribiendo

dos ó tres artículos en que lo resumía y exponía con bastante claridad,

publicados en los periódicos y que le valieron ser citado como una

gloria del cuerpo. Por más señas que entonces fué cuando se le chamuscó

la cara probando pólvora, y se le metieron unos cuantos granos en la

mejilla. Ocurrióle la idea de gestionar que le diesen una comisión para

el extranjero; la consiguió, viajó por Francia, Alemania, Inglaterra,

países que él creía cifra y compendio de la civilización posible. Al

pronto, impresión pesimista: Francia era una gran tienda de modas,

Alemania un vasto cuartel, Inglaterra un país de egoístas brutales y de

hipócritas noños. Pero al regresar á España, al notar el dulce temblor

que sólo las almas de cántaro pueden no sentir en el punto de hollar

otra vez tierra patria, mudó de opinión sin saber por qué: echó de menos

el oxigenado aire francés, y le pareció entrar en una casa venida á

menos, en una comarca semi-salvaje, donde era postiza y exótica y

prestada la exigua cultura, los adelantos y la forma del vivir moderno,

donde el tren corría más triste y lánguido, donde la gente echaba de sí

tufo de grosería y miseria... Al acercarse á Madrid y atravesar los

páramos que lo rodean, al subir por la cuesta de Areneros, al ver las

calles estrechas, torcidas, mal empedradas, el desanimado comercio, al

oir el canturrear de los ciegos y el pregón de la lotería, pensó

encontrarse en uno de esos prehistóricos poblachones de Castilla,

fosilizados desde el tiempo de los moros... Madrid! Ese era Madrid...

esa era España... la España santa de sus ensueños de adolescente!

Empezó á hablar, mejor dicho, á perorar donde quiera que encontraba

auditorio, proponiendo una campaña activísima, especie de coalición de

todos los elementos intelectuales del país, á fin de civilizarlo é

impulsarlo hacia senderos donde no quería el muy remolón sentar el

pie... Un día, en el Centro militar, al caer la tarde, Gabriel

sorprendió un diálogo de sofá á butaca.

--¿Y el comandante Pardo?--preguntaba el sofá.--¿Le ha visto usted desde

que ha llegado de su excursión por tierras de extrangis?

--Ayer me le encontré en la Carrera...--respondía la butaca.

--¿Y qué cuenta? ¿Viene entusiasmado?

--¿Entusiasmado? Decidido á que crucen por doquier caminos y canales.

Siempre dije yo que se guillaba; pero ahora, me ratifico. Sonámbulo.

Chifladísimo.

--De remate--confirmó el sofá.

No hizo falta más para que el gran reformador entrase á cuentas consigo

mismo.--¿Será cierto, Gabriel? ¿Serás tú un chiflado, un badulaque que

se mete á arreglar lo que no entiende, que todo lo intenta y de todo se

cansa, y que se acerca ya á la madurez sin encontrar ancla donde amarrar

el bajel de la vida? Soldadito de papel, ¿cuántos caballos te han matado

ya? Pero, ¿es culpa tuya si esos caballos no los montas frescos, sino

rendidos y exánimes? ¿Has pedido tú tantas gollerías? Verbigracia: ¿qué

le pediste al amor? Sinceridad y firmeza: qué diantre! tú ibas derecho

al término de la pasión, que se sobrepone y debe sobreponerse á

intereses mezquinos... Y á la filosofía, á la ciencia? Certidumbre: una

regla moral para seguirla, un Dios en quien creer, á quien elevar el

alma. Y al uniforme que vistes, y á la patria á quien sirves, y á las

convicciones políticas que profesas? Un ideal á quien sacrificar todas

las energías, todo el calor que te sobraba... ¡Vive Dios! Que á cada

cosa le pedías tú lo justo, lo que puede y debe contener, y nada más.

¿Es culpa tuya si el amor es distracción frívola, la ciencia nombre

pomposo que disfraza nuestra ignorancia trascendental y la política

farsa más triste y vil que toda?

Al llegar á esta parte de sus recuerdos autobiográficos, alzó Gabriel la

vista al cielo, como buscando huellas del poder augusto que rige nuestro

destino terrestre. Y eso que él sabía que aquel gran espacio oscuro que

le envolvía por todas partes no era más que el firmamento astronómico,

con sus millares de millares de soles, de planetas, de mundos chicos y

grandes...

¿Tendrán razón los que creen que andan las almas viajando por

ahí?--pensaba, al acordarse de la muerte de su padre. Por cierto que no

la había sentido con la misma fuerza que la de su hermana, porque

Gabriel y don Manuel Pardo eran naturalezas que no simpatizaban:

pertenecían á dos generaciones muy diversas, y en realidad no se

entendían; con todo, vino el dolor natural y justo, pues siempre hace

su oficio la sangre. Bastante abatido llegó Gabriel á Santiago... Y

apenas hubo puesto el pie en el caserón solariego--ya suyo,--de los

envejecidos muebles, de los cuadros cuyo asunto tenía clavado en la

memoria, de las cortinas de apagado color, de los rincones familiares,

se alzó radiante, amorosa, poetizada por la muerte y la distancia, la

imagen, no de su padre, sino de su hermana Marcelina, la _mamita_, la

única mujer que con desinteresado amor le había querido; y aquellas

lágrimas que un día lloró el alumno, el mancebo colegial, subieron ahora

más que á los párpados, al corazón de Gabriel, derramándose en benéfico

rocío. Recorrió toda la casa: buscaba en ella no sé qué; tal vez un

fantasma--el del tiempo pasado! El caserón estaba solitario, triste, sin

otros moradores que una criada antigua, cuyas perezosas chancletas, así

como el hálito de un cascado reloj de pared, era lo único que pugnaba

con el alto silencio de los salones y corredores vacíos. Ninguna de las

tres hermanas que tenía vivas Gabriel había acudido allí para

acompañarle: todas estaban casadas, la menor mal, con un estudiante de

medicina, hoy médico de un partido; la otra con un hidalgo rico de la

montaña; la mayor con un ingeniero andaluz, con quien residía en una

provincia distante. Gabriel escudriñaba todas las habitaciones, tocaba

con una especie de devoción y de pueril curiosidad los objetos que por

allí andaban diseminados. En el que fué cuarto de su _mamita_ encontró

detrás del tocador horquillas, una caja de polvos, un alfiler grueso: lo

manoseó todo: probablemente sería _de ella_. Sobre la cabecera del

difunto don Manuel campeaba un ramo de pensamientos trabajado en pelo

negro, encerrado en un marco de madera oscura: abajo decía en letrita

cursiva y muy regarabateada: _Nucha á su querido papá_. Gabriel pegó los

labios al cristal, besando religiosa y lentamente la reliquia. Después

se dejó caer en una butaca que tenía los muelles rotos, vencidos del

enorme peso de don Manuel Pardo de la Lage, y sus meditaciones tomaron

un giro inusitado.

¿Cómo no se le habría ocurrido antes? ¿Por qué, hasta que circunstancias

fortuitas le arrojaron al hogar viejo, no le cruzó por las mientes idea

tan sencilla... perogrullada semejante? ¿Es posible que se pase un

hombre la vida con la linterna de Diógenes en la mano, buscando sendas y

probando derroteros, cuando la felicidad le está prevenida en el

cumplimiento de la ley natural? La esposa, el hijo, la familia; arca

santa donde se salva del diluvio toda fe; Jordán en que se regenera y

purifica el alma.

Varias veces había notado don Gabriel la irresistible tendencia de su

imaginación viva, ardorosa y plástica, á construir, con la vista de un

objeto, sobre la base de una palabra, un poema entero, un sistema, una

teoría vasta y universal, llegando siempre á las últimas y extremas

consecuencias: propensión que le explicaba fácilmente los muchos

desengaños sufridos y aquello que llamaba él _caérsele muertos los

caballos_. Le sucedía también que la experiencia no le enseñaba á

cautelar, y cada nueva construcción la emprendía con igual lujo y

derroche de ilusiones y esperanzas. En la vieja poltrona paterna, ante

la cama de dorado copete donde tal vez había venido al mundo, comenzó á

edificar un palacio conyugal, sintiendo el tiempo perdido y lamentando

no haber caído antes en la cuenta de que todo sujeto válido, todo

individuo sano é inteligente, con mediano caudal, buena carrera é

hidalgo nombre, está muy obligado á _crear una familia_, ayudando á

preparar así la nueva generación que ha de sustituir á ésta tan

exhausta, tan sin conciencia ni generosos propósitos.

--Yo no soy un chiflado--pensaba don Gabriel, respirando sin percibirlo

por la herida.--Yo soy víctima de mi época y del estado de mi nación, ni

más ni menos. Y nuestro destino corre parejas. Los mismos desencantos

hemos sufrido; iguales caminos hemos emprendido, y las mismas esperanzas

quiméricas nos han agitado. ¿Fué estéril todo? ¿Hemos perdido malamente

el tiempo? ¿Sentenciados vivimos á no producir ni fundar cosa alguna?

Cansados, sí, porque el cansancio sigue á la lucha; pero ¿no hemos

aprendido, ni progresado nada? Yo, sin ir más lejos, ¿soy el mismo que

cuando salí del colegio? ¿No ha ganado algo mi educación externa desde

qué frecuenté el gran mundo? El suceso de mis amoríos malogrados ¿no me

curó y preservó de ilícitos y torpes devaneos? Aquellos libros que no me

dieron la certeza, ¿por ventura no me cultivaron y ensancharon el

entendimiento, no me hicieron más recto, más tolerante y más reflexivo?

Mis sueños de gloria militar, mis rachas políticas, ¿no sirven, cuando

menos, para probarme á mí mismo que aspiro á algo superior, que me

intereso por mi raza y por mi patria, que siento y que vivo? No,

Gabriel, lo que es de eso no hay por qué arrepentirse. Y á no ser por

tus años de peregrinación y aprendizaje, ¿valdrías hoy para fundar casa,

para contribuir en la medida de tus fuerzas á la regeneración de la

sociedad y á la depuración de las costumbres... para formar á tus

hijos... ¡si Dios...!

Cuando el nombre divino surgía, ya que no de los labios, del espíritu

del comandante, iba el crepúsculo lento de una tarde del mes de Mayo

difuminando los objetos y haciendo más melancólica la soledad del vacío

dormitorio paternal. Sintió Gabriel que el corazón se le llenaba de

ternura, y no sabiendo cómo desahogarla, llamó cariñosamente á la

decrépita servidora, y en tono festivo, en voz casi humilde, pidióle que

trajese luz.

Así que la bujía quedó colocada sobre la cómoda de su padre, fijáronse

los ojos de Gabriel en el antiguo mueble, muy distinto de los que hoy se

construyen. La cubierta hacía declive, y recordaba Gabriel que al

abrirse formaba un escritorio, descubriendo una especie de templete con

columnas, y múltiples cajoncitos adornados de raras herrajes, que

ocultaban _secretos_. ¡Secretos! De niño, esta palabra le infundía

curiosidad rabiosa y una especie de terror... ¡Secretos! Sonrióse, sacó

del bolsillo un llavero, probó varias llavecicas.... Una servía.... Cayó

la cubierta, y los dedos impacientes de Gabriel empezaron á escudriñar

los famosos _secretos_ de la cómoda, cual si en ellos se encerrase algún

escondido tesoro... Los buenos de los secretos no tenían mucho de tales,

y cualquier ratero, por torpe que fuese, lograría como Gabriel hacer

girar sobre su base las dos columnas del templete, y poner patente el

hueco que existía detrás. Calle... pues había algo allí. Rollos de

dinero.... Los deshizo: eran moneditas de premio, Carlos terceros y

cuartos, guardados sin duda por su padre para evitarles la ignominia de

la refundición... Y allá, en el fondo, muy en el fondo, un papel

amarillento ya por las dobleces, atado con una sedita negra...

Maquinalmente lo cogió, lo abrió, rompió la sedita. Cayó una sortija de

oro con perlas menudas, y vió Gabriel, cuyo corazón literalmente

brincaba contra la carne del pecho, que el papel era una carta, escrita

con tinta ya descolorida, y letra no muy suelta. Sus ojos, vidriados por

un velo de humedad, leyeron casi de una ojeada:--«Querido papá, felicito

á usted los días; sabe Dios quien vivirá el año que viene; hágame el

favor, si me empeoro, de darle á mi hermano Gabriel la sortijita

adjunta, y que mucho me acuerdo de él y le quiero; que si yo llego á

faltar, ahí queda mi niña. Usted y él no dejarán de mirar por ella:

moriré tranquila confiando en eso...»--Una lágrima, una verdadera

lágrima, redonda y rápida en su curso, se precipitó sobre la firma--«Su

amante hija, Marcelina Pardo.»

El comandante apoyó el papel contra los ojos al esconder la cara en las

manos, y se reclinó en la cómoda, vencido por uno de esos terremotos del

corazón que modifican las actitudes y las elevan á la altura trágica sin

que lo advirtamos nosotros mismos... Pasados quince minutos, alzó la

frente, con una firme resolución y una promesa.

La misma que repetía ahora á la majestuosa noche.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 17 / 64 题