Los que no tenían casa ni amigos en Cebre, hubieron de dar con sus
molidos cuerpos en el mesón que allí toma nombre de fonda; el Arcipreste
fué á pedir hospitalidad á su correligionario el cacique Barbacana; y al
viajero de los guantes, ó sea don Gabriel Pardo, se lo llevó consigo el
médico, sin permitir que se cobijase bajo otro techo sino el suyo,
porque desde el primer instante le había _entrado_ el cuñado del
marqués,--y cuenta que no simpatizaba fácilmente con las personas el
bueno de Juncal.
Agasajó á su huésped lo mejor que pudo y supo, diciéndole á cada rato
que su _señora_ estaba ausente, pero volvería dentro de un ratito, y
entonces se sentarían á _hacer penitencia_. A pesar de las ideas
avanzadísimas de Juncal, que con la revolución se habían acentuado aún
más en sentido anticlerical y biliosamente demagógico, guardóse bien de
informar á don Gabriel de que la susodicha _señora_ (nombre con que se
llenaba la boca), había sido una panadera de las famosas del pueblo de
Cebre: cierto que la de más almidonadas enaguas, limpias medias,
rollizos mofletes y alegres y _churrusqueiros_ ojos que tenía el país.
Por sus muchos pecados, tropezó Juncal en aquel dulce escollo desde su
llegada á Cebre, y al fin, después de unos cuantos años de
enharinamiento ilícito, un día se fué, como el resto de los mortales, á
pedir al párroco la sanción de lo comenzado sin su venia. Y justo es
añadir que á su mujer, tan jovial y sencilla ahora como antes, se le
daba un ardite de la posición social, y solía decir á menudo:--Cuando
yo llevaba el pan á casa de don Fulano, ó de don Zutano...--Hasta por un
resto de afición á las cosas del oficio, había persuadido á su esposo á
que adquiriese y explotase un molino, poco distante del prado en que el
médico presenció el vuelco de la diligencia. Mientras el marido leía ó
descansaba, la buena de _Catuxa_, que así llamaba todo Cebre á la señora
de don Máximo, era dichosa ayudando al molinero á cobrar las maquilas,
midiendo el grano, regateando la molienda á sus antiguas colegas,
charlando con ellas á pretexto del negocio, y viviendo perpetuamente en
la atmósfera de fino polvillo vegetal á que sus poros estaban hechos.
Envuelta venía aún en flor de harina cuando entró en la salita donde la
esperaban Máximo y Gabriel; traía los brazos remangados y el pelo gris
como si se lo hubiesen recorrido con la borla impregnada, de polvos de
arroz, lo cual hacía más brillantes sus ojos, más límpido el sano carmín
de sus trigueñas mejillas. Saludó sin cortedad, con expansiva lisura, y
don Gabriel por su parte empezó á tratarla con tan reverente cortesía
como á la más encopetada ricahembra; pero en breve comprendió que la
complacería mudando de tono, y hablóle con llaneza festiva, sin
renunciar por eso á mostrarse deferente y cortés. Ambos matices los notó
Juncal, que no tenía pelo de tonto, y creció su inclinación hacia el
viajero, que le parecía ahora tan discreto como caritativo antes.
Comieron en una ancha sala con pocos muebles: Catuxa cerró casi del todo
las maderas de las ventanas, por las cuales se colaba una delgada cinta
de luz, y ofreció á cada convidado una rama de nogal con mucho follaje,
para que mientras comían no se descuidasen en espantar las moscas. No
hizo ascos á la comida don Gabriel, y alabó como se merecían algunos
platos muy gustosos, los pollitos tiernos aderezados con guisantes, las
sutiles mantequillas trabajadas en figura de espantable culebrón, con
ojos de azabache y una flor de borraja hincada de trecho en trecho en
el escamoso lomo. Tales primores gastronómicos revelaron á don Gabriel
que la señora de Juncal trataba bien á su marido y le hacía grata la
vida: así era en efecto, moral y físicamente, y por humillante que
parezca esta confusión de fuerzas tan distintas, el genio apacible y las
mantequillas suaves de Catuxa influían á partes iguales en sosegar la
bilis del médico.
Mientras duró el festín, Juncal y su huésped hablaron mucho del lance
del vuelco, del escándalo de que menudeasen tanto, de que en no multando
á las empresas, éstas hacían su gusto, riéndose de quejas de viajeros y
piernas rotas. Informóse don Gabriel de los antecedentes de su curioso
compañero de viaje, y al referirle Juncal algunas de sus caciquescas
hazañas, se rió recordando la indignación con que Trampeta condenaba en
Barbacana otras muy parecidas. A los postres, notó el médico que su
huésped parecía molestado, aunque haciendo esfuerzos para disimularlo.
--¿Usted no se encuentra bien?
--No es nada... Parece como si este brazo se me hubiese resentido un
poco; me cuesta trabajo moverlo. No se apure usted ahora... Cuando nos
levantemos de la mesa tendrá la bondad de reconocérmelo, á ver qué ha
sido.
Quería Juncal verificarlo al punto, mas el huésped afirmó que no valía
la pena de darse prisa, y el médico en persona preparó el café con una
maquinilla de espíritu de vino, mientras Catuxa subía de la bodega una
botella de ron muy añejo, guarnecida de telarañas. Tal regalo fué, como
suele decirse, pedir el goloso para el deseoso; porque si bien don
Gabriel no se negó á gustar el rancio néctar, el caso es que Juncal le
hizo la razón con tanta eficacia, que se bebió de él casi la mitad.
Siempre había sido Juncal, aun en tiempos en que no se le caía de la
boca la higiene, grande amigo del licor de la Jamaica; pero, desde que
se unió en santo vínculo á Catuxa, la ignorante panadera le obligó á
practicar lo que predicaba, cerrando bajo siete llaves el ron y
dándoselo por alquitara, ó en ocasiones muy singulares, como la
presente.
Alzados los manteles, retiráronse Juncal y don Gabriel al despacho del
primero, donde había estantes de libros profesionales, una cabeza
desollada y asquerosísima, con un ojo cerrado y otro abierto, que
representaba el _sistema venoso_, estuches y carteras de lancetas y
bisturíes, y no pocos números del _Motín_ y _Las Dominicales_ rodando
por sillas, pupitre y suelo. Despojóse don Gabriel de su americana de
paño gris á cuadros; desabrochó el gemelo de su camisa y la levantó para
mostrar el brazo lastimado. Lo palpó Juncal, se lo hizo mover, y observó
concienzudamente, por las manifestaciones del dolor, de qué índole y en
qué punto residía la lesión. Dos ó tres veces notó en el semblante del
viajero indicios de que reprimía un _¡Ay!_ Con seriedad é interés le
dijo:
--No repare usted en quejarse... Estamos á saber qué le duele, y cuánto
y cómo.
--Si he de ser franco--respondió sonriendo don Gabriel--me escuece unas
miajas. Se conoce que al tratar de mover á aquel buen señor de
Arcipreste, todo el peso de su cuerpo y del mío juntos cargó sobre este
brazo, que hacía fuerza en la delantera de la berlina... Será una
dislocación del hueso.
--No señor; creo que no tiene usted nada más que un tendón relajado,
aunque el pronóstico de esta clase de lesiones es muy aventurado
siempre, y se lleva uno cada chasco, que da la hora. Si usted fuese un
labriego...
--¿Qué sucedería?
--Se lo voy á decir á usted con toda franqueza, por lo mismo que estoy
hablando con una persona que me parece altamente ilustrada....
--Por Dios...
--No, no, mire usted que tengo buena nariz, y ciertas cosas se conocen
en el olor. Pues lo que haría si usted fuese uno de esos que andan
arando, sería llamar á un _atador_ ó _algebrista_, de los infinitos que
hay por aquí....
--Curanderos?
--Componedores; son al curandero lo que al médico el cirujano operador.
Justamente aquí cerca tenemos uno, el más famoso diez leguas en
contorno, que hace milagros. Cuando yo llegué de la Universidad, llegué
lleno de fantasía, y me enfadaba si me decían que los algebristas pueden
reducir una fractura sin dejar cojo ó manco al paciente; después me fuí
convenciendo de que la naturaleza, así como es madre, es maestra del
hombre, y que el instinto y la práctica obran maravillas.... Con cuatro
emplastos y cocimientos, y sobre todo con la destreza manual, que esa
raya en admirable...
Decía todo esto Juncal mientras aplicaba compresas empapadas en árnica y
vendaba el brazo de don Gabriel.
--Creo--respondió el paciente--que usted habla así por lo mismo que
domina su arte y no teme competencias. No todos los médicos pensarán
como usted en ese punto...
--Pensar, tal vez, pero no quieren confesarlo; hasta los hay que
persiguen de muerte á los algebristas. Los más encarnizados aún no son
los médicos, sino los veterinarios,--porque los atadores curan
indistintamente á hombres y animales, no reconociendo esta división
artificial creada por nuestro orgullo. Eh?
El médico miró á don Gabriel como reclamando su aquiescencia á este
rasgo de osadía científica. Don Gabriel sonrió. Se había terminado la
cura, y bajaba la manga para vestirse otra vez.
--Y decir--murmuraba el médico ayudándole á pasar un brazo por una
manga--que se ha llevado usted ese barquinazo por meterse á redentor de
un hipopótamo de cura,..... de un parroquidermo! Suerte tuvo en dar con
usted. Yo lo dejo allí en escabeche para toda su vida.
Esto lo insinuaba Juncal con la secreta esperanza de provocar al viajero
á espontanearse en política, para saber cómo pensaba y tener el gusto
de discutir; pero se llevó chasco, pues don Gabriel no se dió por
aludido, contentándose con hacer un leve ademán, que podía
significar:--Usted y cualquiera persona regular obraría como yo.
--Ahora--ordenó Máximo--procure usted no hacer con ese brazo movimiento
alguno, pues estas lesiones las cura la paciencia. Quietud y más
quietud.
--¡Qué diablura!--exclamó don Gabriel incorporándose.--El caso es que
para montar á caballo, tendré sin remedio que usar de él... Porque es el
izquierdo.
--Bah! Las caballerías de aquí, lo mismo se rigen con la derecha que con
la zurda. Mejor dicho, con ninguna de las dos. Ellas hacen lo que les da
la real gana, y salen disparadas así que ven una hembra, y muerden, y
bailan el walse, y otros excesos.... ¿A dónde quería usted ir? Si no es
indiscreción.
--De ninguna manera. Tengo que ir á la rectoral de Ulloa, y después á
los Pazos, á casa de... mi cuñado.
En el rostro del médico se pintó un segundo la irresolución, el temor de
_sobrar_ ó _faltar_ que tanto acucia á los que llevan mucho tiempo de
vida campestre, sin trato que pueda llamarse social. Al fin se
determinó, y dijo con cordialidad suma:
--Don Gabriel, no me creerá tal vez, pero desde que le ví me ha
inspirado simpatía... vamos, yo soy así; soy muy raro; hay gentes que no
me llenan nunca, y usted me llenó incontinenti... Estoy con usted ya
como si le hubiese tratado toda la vida... No le pondero... Soy franco,
y lo que ofrezco lo ofrezco de corazón... Hoy es muy tarde ya para ir á
donde usted quiera; ni tampoco conviene que mueva el brazo, al menos en
las primeras veinticuatro horas. Ya que está en mi pobre choza, tenga la
dignación de quedarse en ella. Sábanas lavadas y cena limpia, no le han
de faltar. Mañana por la fresca, después que descanse, le doy mi
yegüecita, que la gobernará con la punta de un dedo, cojo otra hacanea,
y le acompaño hasta la rectoral de Ulloa... ó hasta el cabo del mundo,
si se precisa!
No era don Gabriel hombre capaz de contestar con mil y tantos
cumplimientos á una improvisación semejante. Tomó la diestra del médico,
la apretó, y dijo con sencillez afectuosa:
--Aquí me quedo, amigo Juncal... Y crea usted que doy por bien empleado
el percance.
Sintió Juncal que se ponía colorado de placer... Para disimular la
emoción, echó á correr hacia la puerta, gritando:
--Catalina.... Catalina!... Esposa.... Catalina!
Presentóse la lozana panadera, de mandil blanco lo mismo que en sus
buenos tiempos, con el pelo alborotado y una sonrisa complaciente en su
bermeja y apetecible boca.
--Prepararás la cama en el cuarto del armario grande... Don Gabriel nos
hace el favor de se quedar esta noche.
La sonrisa del ama de casa fué al oirlo más alegre todavía; sus ojos
chispearon, y pronunció con el acento gutural y cantarín de las
muchachas de Cebre:
--De hoy en un año vuelva á quedarse, señor, y que sea con salú.
--_Tray_ un pañuelo de seda, mujer...--murmuró su esposo.--Hay que
hacerle un sostén para el brazo malo.
Con prontitud y no sin gracia se quitó _Catuxa_ el que llevaba á la
garganta, que era carmesí con lista negra, y ella misma lo ató al cuello
del forastero, diciendo mimosamente, con suavidad del todo galiciana:
--¿Queda así á _gustiño_, señor?
Don Gabriel agradeció sonriendo. El diminutivo, el calor de la seda que
había estado en contacto con la piel de la arrogante moza, le produjeron
el efecto de una caricia del país natal, á donde volvía por vez primera
después de una ausencia muy prolongada.