Uno de los deleites más sibaríticos para el feroz egoísmo humano, es
ver--desde una pradería fresca, toda empapada en agua, toda salpicada de
amarillos ranunclos y delicadas gramíneas, á la sombra de un grupo de
álamos y un seto de mimbrales, regalado el oído con el suave murmurio
del cañaveral, el argentino cántico del riachuelo y las piadas ternezas
que se cruzan entre jilgueros, pardales y mirlos,--cómo vence la cuesta
de la carretera próxima, á paso de tortuga, el armatoste de la
diligencia. Hace el pensamiento un paralelo (fuente de epicúreos goces,
sazonados por el espectáculo del martirio ajeno), entre aquella
fastidiosa angostura y esta dulce libertad, aquellos malos olores y
estas auras embalsamadas, aquel ambiente irrespirable y esta atmósfera
clara y vibrante de átomos de sol, aquel impertinente contacto forzoso y
esta soledad amable y reparadora, aquel desapacible estrépito de ruedas
y cristales y estos gorjeos de aves y manso ruido de viento, y por
último, aquel riesgo próximo y esta seguridad deliciosa en el seno de
una naturaleza amiga, risueña y penetrada de bondad.
No todos razonan y analizan esta impresión con lucidez; pero apenas hay
quien no la sienta y saboree. Bien la definía y paladeaba el médico de
Cebre, Máximo Juncal, entretenido en _echar_ un cigarro, tumbado boca
arriba en un pradillo de los más amenos que puede soñar la imaginación.
El médico vestía tuina de dril y calzaba zapatos de becerro; ni cuello
ni corbata tenía; su camisa de dormir, desabotonada, no tapaba unas
clavículas duras y salientes como pechuga de gallo viejo ya desplumado;
en sus manos afianzaba el último número de _El Motín_, donde acababa de
leer las picardigüelas de un _curiana_ allá en Navalcarnero enviadas al
periódico por un corresponsal rígidamente virtuoso, que escribía «lleno
de indignación.»
Desde que por la carretera, bastante más elevada que el prado, vió
Juncal asomar la nube de polvo que anuncia la proximidad de un coche de
línea, interrumpió la para él sabrosísima lectura de los sueltos
clerófobos, y alzando la cabeza, entre chupada y chupada, púsose á
considerar atentamente las trazas del gran mamotreto. Oyó el repiqueteo
de los cascabeles y campanillas, tan regocijado cuando el tiro trota,
como melancólico cuando va á paso de caracol. Vió luego aparecer el
macho delantero, y á sus lomos el flaco zagal, vestido de lienzo azul,
con gorra de pelo encasquetada hasta la nuca, aletargado completamente
bajo la influencia de un sol de brasa. Manteníase sin caer del caballo
merced á un milagro de equilibrio y á la costumbre de andar así, pero
lo cierto es que dormía. Dormía también el mayoral; sólo que ese ya
roncaba cínicamente, espatarrado en el pescante, con la bota casi
desangrada bajo el sobaco, el mango de la tralla escurriéndosele de la
mano, los carrillos echando lumbre y colgándole de los labios un hilo de
baba vinosa. Y dormitarían los caballos del tiro, si se lo permitiesen
los encarnizados y fieros tábanos y las pelmas de las moscas,
infatigables en lancetarles la piel. Los infelices jacos se estremecían,
coceaban, sacudían las orejas con frenesí, se mosqueaban con el rabo, y
solían arrancar al trote, creyendo huir de la tortura.
--Bueno va--pensó en alto el médico, riéndose sin pizca de
compasión.--El tiro campa por su respeto. Y apenas va cargado el coche!
No entiendo cómo no vuelca todos los días.
En efecto, desde lejos era el aspecto de la diligencia sumamente
alarmante. La base de la caja parecía angostísima en relación con la
cúspide, que la formaba una inmensa vaca ó imperial agobiada con
cuádruple peso del que razonablemente admitía. Por todas partes emergían
de la polvorienta cubierta enormes baúles, cajones descomunales, fardos
de colchones, grupos de sillas, pues la mujer del empleado trasladaba su
ajuar enterito. Del cupé, que también iba atestado de gente, sobresalían
cestos con gallinas, y más líos, y más rebujos, y más maletas, y otra
tanda de cajones. No se comprendía, al ver la penosa oscilación de la
desproporcionada cabeza del carruaje sobre las endebles ruedas, que ya
no se hubiese roto un eje, ó que la mole no se rindiese á su propia
pesadumbre. Algo que entrevió Juncal al través de los cristales de la
berlina, completó su malicioso regocijo.
--Y para más, dentro va el Arcipreste de Loiro! Diez ó doce arrobas de
suplemento. Lo que es hoy.....
Al pensar esto el médico, llegaba el tiro á la revuelta de un
puentecillo tendido sobre un riachuelo de mezquino caudal--el mismo que
corriendo entre mimbrales y alisos regaba la pradería.--Era la revuelta
asaz rápida; el tiro, entregado á su propio impulso, la tomó muy en
corto. Juncal se incorporó, soltando un terno. No tuvo tiempo á más,
porque en un santiamén, sin saberse cómo, toda la balumba de coche y
caballos se revolvió, se enredó, se hizo un ovillo, y al sentir el peso
del carruaje, que se inclinaba con crujido espantoso, encrespáronse los
caballos, relinchando de ira y susto, irguióse la lanza por cima del
pretil del puente, y el macho delantero, con el zagal encima, y tras él
un caballo de cortas, salieron despedidos con ímpetu, haciendo _plaf!_
en mitad del riachuelo, lo mismo que ranas. Avínole bien á la
diligencia, que la misma fuerza del empuje rompió cuerdas y tirantes,
impidiéndole precipitarse con el resto del tiro desde una altura no
extraordinaria, pero suficiente para hacerla añicos. Su peso descomunal
la sujetó, volcada al borde del puente y recostada en él.
Dicen personas expertas en esta clase de lances, que ni los testigos
oculares, ni las víctimas, son capaces de referir puntualmente las
peripecias que se suceden en un abrir y cerrar de ojos, ni menos
recordar de qué manera, guiado por el instinto de conservación, se pone
en salvo cada quisque.
Yacía tumbado el coche; el mayoral había despertado rodando del pescante
al suelo y abriéndose la cabeza, y sin duda por la descalabradura se le
refrescó y disipó la mona, pues ágil ya y despabilado, se emperraba en
aquietar y desenredar el tiro, metiéndose entre las bestias con
intrepidez salvaje, lidiando cuerpo á cuerpo, á coces y puñadas, con
mulas y machos, sin diferenciarse de ellos más que en las espantosas
blasfemias que escupía. En ventanillas y portezuelas fueron asomando
cabezas, brazos, hombros, hasta pies, pugnando por romper su cautiverio.
Surgieron dos estudiantes, tiraron por la moza, y la sacaron arrastro; y
como se empeñase en recoger sus quesos, vociferaron y la desviaron á
empellones. La empleada salió pálida como la cera, apretando
silenciosamente al niño que lloraba sin consuelo; luego el notario,
echando venablos; y por la portezuela de la berlina, poco menos amarillo
que la empleada, saltó Trampeta con una mano sangrando de la cortadura
de un cristal. Los del cupé, gente aldeana, descendían aturdidos de
sorpresa. En el mismo instante llegaba Juncal, á todo correr, al pie de
la diligencia volcada.
--¿Qué es eso, hombre? ¿qué es eso?--preguntó á Trampeta.
--Ya lo ve, Máximo... Hoy nacimos todos...--respondió el cacique sin
poder hablar del susto.--Míreme aquí, hom, si tengo cortada la vena...
--Qué vena ni qué caracoles... Acudir á los que quedan dentro, hombre...
¿Queda alguien? A ver...
Con ayuda de los estudiantes, tenía ya el mayoral casi apaciguado el
tiro, y sólo le faltaba reducir á una mula que, habiéndose cogido la
cabeza entre dos correas, á fuerza de patear se empeñaba en ahorcarse.
El médico miró hacia el fondo de la berlina. Salía de allí un ahogado y
entrecortado ronquido, tan hondo como el registro más grave de un
órgano; y el médico vió á un viajero de buenas trazas metido en la ardua
faena de mover la masa gigante del señor Arcipreste, y empujarla hacia
la portezuela. Momentos antes Máximo Juncal se sentía animado de los más
siniestros propósitos contra la Iglesia en general y el clero diocesano
en particular; pero la vista del lastimoso cuadro le ablandó las
entrañas, que más que dañadas tenía curtidas por la hiel de un
temperamento bilioso, y sin hacer caso de la herida de Trampeta, que
éste liaba con el pañuelo, acudió en auxilio del viajero enguantado, á
quien veía de espaldas, llamando al notario para refuerzo.
--Empújelo usted hacia acá... Yo tiraré por la pierna... ¡Eh! señor
escriba, aguante usted aquí... coja este pie... así... quietos... ya
pasó un muslo... ¡Arráncate nabo! Ey... que me hundo, que me hundo!
¡Apuntáleme, escriba de los demonios!
Salió en vilo, sostenida por los puños de Juncal y los fuertes brazos
del notario, la mole del desventurado Arcipreste, que dormido durante la
catástrofe, no comprendía lo que pasaba, y se veía con sus compañeros de
viaje encima, y una astilla de la destrozada caja hincándosele en un
costado. Tal fué su estupor, que se le cortó el habla, y sólo exhalaba
sordos ronquidos de agonía. Apareció hecho una lástima, con el rostro
amoratado y congestionado, en desorden los venerables cabellos blancos,
la cabeza y manos no ya temblonas, sino perláticas, y el balandrán roto.
Juncal torció el gesto, y falló para sí:
--A sus años, esto echa á un hombre á la sepultura.
El caritativo viajero salió á su vez; tiempo era ya. De la brega tenía
destrozados los guantes y descompuesto el traje; con los esfuerzos, se
le había coloreado la tez y animado el rostro, quitándole, como suele
decirse, diez años de encima, ó mejor dicho revelando su verdadera edad,
más alrededor de los treinta y pico que de los cuarenta. Aproximósele
Juncal muy solícito, y al fijar los ojos en él, se echó atrás admirado.
--Usted dispense...--pronunció.--¡Soy capaz de aventurar algo bueno á
que es usted de la familia de la difunta señora de Ulloa, doña Marcelina
Pardo!
El viajero se sorprendió también.
--Su hermano para servir á usted--contestó.--¿Tanto me parezco?
--Facción por facción, no señor: pero el aire, es una cosa, como dicen
aquí, escupida... Con que es usted...
--Gabriel Pardo de la Lage, para lo que usted guste mandar. No cree
usted que ahora convendría...
--Lo que conviene es que todos los pasajeros se vengan á Cebre, y allí
se curarán los heridos, y los asustados tomarán un trago y un bocado
para tranquilizarse... Al mayoral y al zagal les mandaremos gente que
ayude á enderezar el coche, y á llevar los caballos á la cuadra, que
falta les hace también... A bien que en Cebre ya de todas las maneras
tenían que mudar tiro... Hay herrero que empalme la lanza rota, y
carpintero que eche un remiendo á la caja... El coche no ha sufrido
grandes desperfectos... Fue más el ruido que las nueces... El que tenga
que curar algo, á mi casa enseguidita... ¿Usted ha salido ileso, señor
de Pardo?
--Noto un dolor en este codo... Alguna rozadura.
--Veremos... Usted no se va á la posada, que se viene á mi choza...
Espero en Dios que podrá usted seguir el viaje.
--Mi propósito era bajarme en Cebre. Y en efecto me he bajado, sólo más
aprisa de lo que pensé.
Sonrióse al decir esto, y Juncal le encontró «templado» y simpático. La
caravana se puso en marcha: los estudiantes, de los cuales sólo uno
tenía un chichón en la frente, iban locuaces y jaraneros, metiendo á
barato el percance; la moza, antecogiendo su cestilla de quesos, que al
fin había logrado rescatar; la mujer del empleado cargada con su rorro,
que se abría á puros llantos, sin que la madre le diese más consuelo que
decirle--calla que se lo hemos de contar á papá... á papaíto,--Trampeta
con la mano liada, seguro ya de no desangrarse y nuevamente cebada la
curiosidad al saber que el enguantado viajero era el propio cuñado del
marqués de Ulloa; el notario de Cebre, tan arrimadito á la moza chata,
como la moza á sus quesos; y el Arcipreste, cogido del brazo de Juncal,
flaqueándole las piernas, temblándole el cuerpo todo, gimiendo y
resoplando.