Libres ya del atador, tomaron un sendero más practicable, que por entre
tierras labradías y viñedos conducía al gran castañar del solariego
caserón de Ulloa. Aunque la luna, en cuarto creciente, dibujaba ya sobre
el cielo verdoso una fina segur, todavía la claridad del crepúsculo
permitía registrar bien el paisaje; pero al ir entrando bajo la
tenebrosa bóveda formada por el ramaje de los castaños, se encontró la
pareja envuelta en la oscuridad, y en no sé qué de pavoroso y sagrado, y
fresco y solemne, como el ambiente de una iglesia. El suelo estaba seco
y mullido, como suele estar en verano el de los bosques, y el pie lo
hollaba con placer. No se oía más ruido que el rumor de las hojas,
melodioso como una música distante de la cual apenas se percibe el
acompañamiento. Instintivamente, Pedro y Manuela se aproximaron el uno
al otro, y sus dedos se engancharon con más fuerza; pero el sentimiento
que ahora los unía no era el mismo que allá en la gruta, sino una
especie de comunión de los espíritus, simultáneamente agitados, sin que
ellos mismos lo comprendiesen, por las ideas de muerte, de
transformación y de amor, removidas en la grosera plática del vejete
borracho.
--¡Perucho!--murmuró ella alzando el rostro para mirar el de su
compañero, que en aquella sombra veía pálido y sin contornos.
--¿Qué quieres?--contestó él sacudiéndole el brazo.
--¿Qué me dices de todo eso?... ¡Cuántas bobadas echó por aquella boca
el señor Antón!
--Está peneque, y chocho además.
--¿Me volveré yo rosa? ¿Malvita de olor?
--No tienes que volverte... Ya Dios te dió rosa y clavel y cuantas
flores hay.
--No empieces á meterte conmigo... ¡Que me enfado! ¿Y eso que dice de
una cosa muy grande, que está en el cielo, y en la tierra, y en todos
los sitios?
--Muchos ratos también se me pone á mí aquí--murmuró Pedro deteniéndose
y señalando á la frente--que hay una cosa muy grande.... ¡y tan
grande!... Mayor que el cielo. ¿Sabes dónde, Manola? ¿A que no lo
aciertas?
--¿Yo qué sé? ¿Soy bruja ó echo las cartas como la Sabia?
El mancebo le tomó la mano, y la paseó por su pecho, hasta colocarla
allí, donde, sin estar situado el corazón, se percibe mejor su diástole
y sístole.
--Aquí, aquí, aquí--repitió con ardiente voz, oprimiendo como para
deshacerla la mano morena y fuerte de la muchacha, que se reía,
tratando de soltarse.
--Majadero, brutiño, que me lastimas.
La soltó y ella siguió andando delante en silencio. De cuando en cuando
se percibía entre las hojas el corretear de una liebre, ó resonaba el
último gorjeo de un ave. A lo lejos arrullaban roncamente las tórtolas,
bien alimentadas aquellos días con los granos caídos en los surcos del
centeno. También se escuchaba, dominando la sinfonía con sordina del
follaje, el gemido de los carros que volvían cargados de haces de mies á
las eras.
--Manola, no corras tanto...--exclamó Pedro con voz tan angustiada como
si la chica se le escapase.--¡Ave María, mujer! Parece que te van
persiguiendo los canes. ¿Tienes miedo?
--No sé á qué he de tener miedo.
--Pues entonces, anda á modo, mujer... ¿Qué diversión se nos pierde en
los Pazos? ¡Mira que es bonita! Padrino estará fumando un cigarro en el
balcón, ó viendo cómo arreglan las _medas_; mamá por allí, dando
vueltas en la cocina; papá en la era, eso de fijo... las chiquillas ya
dormirán... ¡va buena que dormirán! Oye, chica, la mano.
Trabáronse como antes por los dedos meñiques y continuaron andando no
muy despacio. El bosque se hacía más intrincado y oscuro, y á veces un
obstáculo, seto de maleza ó valla de renuevos de árboles, les obligaba á
soltarse de los dedos, á levantar mucho el pie y tentar con la mano.
Tropezó Manola en el cepo de un castaño cortado, y sin poderlo evitar
cayó de rodillas. Pedro se lanzó á sostenerla, pero ella se levantaba ya
soltando la carcajada.
--¡Vaya una montañesa, que tropieza en cualquier cosa como las señoritas
del pueblo! Por el afán de correr. Bien empleado.
--Pero si no se ve miaja. Rabio por salir pronto de aquí.
--Para irte á la cama, ¿eh? ¿Para dejarme solito?
--Podías dar un repaso á los libros, haragán.
--Mujer... ¡para cochinos tres meses que tiene uno de vacaciones! Yo
antes pasaba contigo todo el año... ¿no te acuerdas? Siempre, siempre
andábamos juntos... ¡Qué vida tan buena! Y bien aprendíamos reunidos,
más de lo que aprendo ahora en clase... Apenas tenemos leído libros de
la estantería! ¿Te acuerdas cuando te enseñé las letras por uno que
tiene estampas?
--Pero de la mitad nos quedábamos á oscuras. De muchos sólo mirábamos
las estampitas, aquellos monigotes tan descarados.
--Bueno, el caso es que estábamos más contentos, ¿eh? Yo al menos. ¿Y
tú?
Calló la niña montañesa, tal vez porque un haz de arbustos nuevos y un
alto zarzal le cerraban el paso. Tuvieron que retroceder y buscar entre
los castaños la senda perdida.
--¿No me contestas? ¿Vas enfadada conmigo?
--No hay humor de hablar mientras esté uno en estas negruras.
--Y después que salgamos al camino de la era, ¿me das palabra de que
rodearemos por los sembrados?
--Sí, hombre, sí.
--Manola?
--Quée?
Deslizábase á la sazón la pareja por un estrecho pasadizo de troncos de
castaño, que apenas daba espacio á una persona de frente. La oscuridad
disminuía; acercábanse á la linde del bosque. La niña alzó los ojos, vió
la cara de su compañero y acompañó la interrogación de fingido mal humor
con una sonrisa, y entonces él se inclinó, le echó las manos á la
cabeza, y con una mezcla de expansión fraternal y vehemencia apasionada,
apretóle la frente entre las palmas, acariciándole y revolviéndole el
cabello con los dedos, al mismo tiempo que balbucía:
--Me quieres, eh? me quieres?
--Sí, sí--tartamudeaba ella casi sin aliento, deliciosamente turbada por
la violencia de la presión.
--¿Como antes? ¿como allá cuando éramos pequeñitos? eh? ¿Como si yo
viviese aquí?
--Ay! me ahogas.... me arrancas pelo--murmuró Manola, exhalando estas
quejas con el mismo tono que diría:--Apriétame, ahógame más.--No
obstante, Pedro la soltó, contentándose con guiarla de la mano hasta que
salieron completamente del bosque y en vez de árboles distinguieron
frente á sí el _carrerito_ que llevaba en derechura á la era de los
Pazos. Pero el mancebo torció á la izquierda, y Manola le siguió. Iban
orillando un sembrado de trigo, que en aquel país abundan menos y se
siegan más tarde que los de centeno. Si á la luz del sol un trigal es
cosa linda por su frescura de égloga, por los tonos pastoriles de sus
espigas, amapolas, cardos y acianos, de noche gana en aromas lo que
pierde en colores, y parece perfumado colchón tendido bajo un dosel de
seda bordado de astros. Convida á tomar asiento el florido ribazo
alfombrado de manzanillas, cuya vaga blancura se destaca sobre la franja
de yerba; y allá detrás se oye el susurro casi imperceptible de los
tallos que van y vienen como las ondas de una laguna.
Dejóse caer Manola en el ribazo, sentándose y recogiendo las faldas, y
Pedro se echó enfrente de ella, boca abajo, descansando el rostro en la
mano derecha. Así permanecieron dos ó tres minutos, sin pronunciar
palabra.
--Debe de ser muy tarde--articuló la muchacha agarrando algunos tallos
de trigo y empuñándolos para sacudir las espigas junto á la cara de
Pedro.
--Silencio... ¿No te da gusto tomar el fresco, _chuchiña_? Esta tarde no
se paraba con el calor. ¿Ó tienes sed?
--No--contestó lacónicamente.
Transcurrió un momento, durante el cual Manola se entretuvo en arrancar
una por una flores de manzanilla, y juntarlas en el hueco de la mano. Al
fin la impacientó el obediente mutismo de su compañero.
--¿Qué haces, babeco?
--Te estoy mirando.
--¡Vaya una diversión!
--Ya se ve. Como á ti ahora te ha dado por no mirarme... Parece que te
van á enfermar los ojos si me miras. Te has vuelto conmigo más brava que
un tojo.
Ella, entre arisca y risueña, siguió arrancando las manzanillas
silvestres. Un céfiro de los más blandos que jamás ha cantado poeta
alguno, un soplo que parecía salir de labios de un niño dormido, pasando
luego por los cálices de todas las madreselvas y las ramas de todas las
mentas é hinojos, se divertía en halagarle la frente, inclinando después
las delgadas aristas de la espiga madura. A pesar de sus fingidas
asperezas, Manola sentía un gozo inexplicable, una alegría nerviosa que
le hacía temblar las manos al recoger las manzanillas. Con todo el
alborozo de una chiquilla saboreaba la impresión nueva de tener allí,
rendido, humilde y suplicante, al turbulento compañero de infancia, el
que siempre _podía más_ que ella en juegos y retozos, al que en la
asociación íntima y diaria de sus vidas representaba la fuerza, el
vigor, la agilidad, la destreza y el mando. Al sentirse investida por
primera vez de la regia prerrogativa femenina, al comprender claramente
cómo y hasta dónde le tenía sujeta la voluntad su Pedro, se deleitaba en
aparentar mal humor, en torcerle el gesto, en llevarle la contraria, en
responderle secamente, en burlarse de él con cualquier motivo,
encubriendo así la mezcla de miedo y dicha, el ímpetu de su sangre
virginal, ardorosa y pura, que se agolpaba toda al corazón, y subía
después zumbando á los oídos produciéndole deleitoso mareo, al oir la
voz de Pedro, y sobre todo al detallar su belleza física. Justamente,
mientras corría aquel tan halagüeño céfiro, Manuela se absorbía en la
contemplación de su amigo, pero de reojo. La luminosa transparencia de
la noche permitía ver los graciosos rizos del mancebo cayendo sobre su
frente blanca y tersa como el mármol, y distinguir la lindeza de sus
facciones y de sus azules ojos, que entonces parecían muy oscuros.
--¿Cómo me querrá tanto, siendo yo fea?--decía para sus adentros
Manola; y de repente, cogiendo todas las manzanillas, se las arrojó al
rostro.
--A casa, á casa enseguida, que son las tantas de la noche--murmuró
arrodillándose, como si le costase trabajo incorporarse de una vez. Ya
estaba allí Pedro para auxiliarla. Cuando eran chiquillos solía dejarla
en el atolladero por algún tiempo hasta que pidiese misericordia, y
reirse descaradamente de sus apuros.... Ahora no se atrevería á hacerla
rabiar: él era el esclavo.
Volvieron á tomar el sendero. A poco se encontraron en la era, vasto
redondel cercado por una parte de estrecha muralla y de manzanos
gibosos. Por la otra, sobre el cielo estrellado, se destacaba la cruz
del hórreo, y más arriba subían las ramas inmóviles de una higuera.
Alrededor, las _medas_ ó altos montículos de mies remedaban las tiendas
de un campamento ó la ranchería de una india. Ya no había allí nadie:
por el suelo quedaban todavía esparcidos algunos haces de la cosecha
del día.
Un perro, ladrando hostilmente, se abalanzó contra la pareja; mas al
reconocerla, trocó los ladridos de cólera en delirantes aullidos de
alegría, se echó al suelo, se revolcó, gimió, y por último, zarandeando
la cola de un modo insensato, con la lengua fuera de las fauces,
trotando sobre la seca hierba del sendero, y volviéndose á cada
segundo, los precedió hasta los Pazos de Ulloa.
V
Subía la diligencia de Santiago el repecho que hay antes de llegar á la
villa de Cebre. Era la hora de mayor calor, las tres de la tarde. La
persona de más duras entrañas se compadecería de los viajeros encerrados
en aquel cajón, donde si toda incomodidad tiene su asiento, el que lo
paga suele contentarse con la mitad de uno.
Venía atestado el coche, que era de los más angostos, desvencijados,
duros y fementidos. En el interior, hombro contra hombro del vecino del
lado, é incrustadas las piernas en las del frontero, se acomodaban
cinco estudiantes de carrera mayor en vacaciones, una moza chata,
portadora de un cesto de quesos, el notario de Cebre, y la mujer de un
empleado de Orense, con el apéndice de un niño de brazo. La atmósfera
del interior era sol, sol disuelto en polvo, sol blanquecino, crudo,
implacable, centuplicado por la oscura refracción de los puercos
vidrios, que ningún viajero osaba bajar, por temor de ahogarse entre la
polvareda. La respiración se dificultaba: gotas de sudor rezumaban de
los semblantes, y moscas y tábanos--cuyo fastidioso enjambre había
elegido allí domicilio--se agolpaban en los pescuezos y labios,
chupándolas. No había modo de espantar á tan impertinentes bichos,
porque ni nadie podía revolverse, ni ellos, enconados por el ambiente de
fuego, soltaban la presa á dos tirones. Al desabrido cosquilleo del
polvo en las fosas nasales se unía el punzante mal olor de los quesos, y
aun sobresalía el desapacible tufo del correaje y el vaho nauseabundo
tan peculiar á las diligencias como el olor del carbón de piedra á los
vapores. A despecho de todas estas molestias y otras muchas propias de
semejante lugar, los estudiantes no perdían ripio, y armaban tal
algazara y chacota, secundándolos el notario, que sus dichos, más
picantes que el aguijón de los tábanos, habían parado como un tomate las
orejas de la moza, la cual apretaba su cesta de quesos lo mismo que si
fuese el más perfumado ramillete del mundo. La mujer del empleado,
aunque nada iba con ella, creíase obligada por sus deberes de buena
esposa y madre de familia á suspirar á cada minuto levantando los ojos
al cielo, mientras abanicaba con un periódico al dormido vástago.
No disfrutaban mayor desahogo los de la berlina. De ordinario era esta
el sitio de preferencia; pero aquel día una especial circunstancia lo
había convertido en el más incómodo. Al salir de Santiago muy de
madrugada, los dos pasajeros que ya ocupaban las esquinas de la berlina
entrevieron con terror, á la dudosa luz del amanecer, otro pasajero de
dimensiones anormales, que se aproximaba á la portezuela, sin duda con
ánimo de subir y apoderarse del tercer asiento. Al pronto no
distinguieron sino un bulto oscuro, gigantesco, que exhalaba una especie
de gruñido, y se les ocurrió si sería algún animalazo extraño; pero
oyeron al mayoral--viejo terne conocido por el _Navarro_, aunque era,
según frase del país, más gallego que las vacas--exclamar, en el tono
flamenco y desenfadado que la gente de tralla cree indispensable
requisito de su oficio, y con la mitad del labio, pues el otro medio
sujetaba una venenosa tagarnina:
--¡Maldita sea mi suerte! ¿Cura á bordo? Vuelco tenemos.
Casi al mismo tiempo el pasajero de la esquina izquierda, vivaracho,
pequeño y moreno, tocó en el codo al de la derecha, que era alto, y le
dijo á media voz:
--Es el Arcipreste de Loiro... Veremos cómo se amaña para pasar al
medio... Nosotros no soltamos nuestro rincón... ¡Se prepara buen
sainete!...
Miróle el otro viajero y encogióse de hombros, sin responder palabra.
Entre el mayoral y el zagal procuraban izar la humanidad del Arcipreste
hasta las alturas de la berlina: empresa harto difícil, pues requería
que el enorme vejestorio pusiese un pie en el cubo de la rueda, luego
otro en el aro, y luego le empujasen y embutiesen dentro por la estrecha
abertura de la portezuela. El viajero pequeño reía á socapa, calculando
el fracaso probable de la tentativa, por estar ocupado el rincón. Grande
fué su sorpresa al ver que el viajero alto llevaba la mano á su gorra de
viaje, indicando un saludo; y en seguida se corría hacia el asiento del
centro, para dejar paso franco; y después, viendo que ni aun así
conseguían introducir al obeso y octogenario Arcipreste, alargaba sus
enguantadas manos y tiraba de él con fuerza hacia el interior, logrando
por fin que atravesase la portezuela y se desplomase en el asiento del
rincón, haciendo retemblar con su peso la berlina y llenándola toda con
su desmesurada corpulencia, al paso que refunfuñaba un--Felices días nos
dé Dios.
De soslayo--porque después de entrar el Arcipreste nadie podía
rebullirse y todos se encontraban extrictamente encajados, prensados
como sardina en banasta--el viajero chico insinuó á su compañero:
--¡Pero hombre, que se ha fastidiado usted! Ahora tiene usted que
aguantarse en el medio todo el viaje. ¡Ha sido usted un tonto! El
entremés era dejarle, á ver qué hacía.
Enarcó las cejas el viajero de los guantes, dudando si mandar á paseo á
aquel cernícalo ó darle una lección. Al fin se volvió, como pudo, y dijo
bajando la voz:
--Es un viejo y un sacerdote.
El viajero pequeño le miró con curiosidad, arrugando el gesto, y
procurando discernir mejor, á la pálida luz del amanecer, las trazas del
enguantado caballero. Parecíale hombre ya maduro, bien barbado,
descolorido de rostro, alto de estatura, no muy entrado en carnes--sin
ser lo que se llama flaco--y vestido de un modo especialmente decoroso y
correcto, por lo cual el observador pensó:
--Este me huele á título ó diputado de los conservadores. ¿Quién será,
demonios, que no lo he visto nunca?--Y después de reflexionar breves
instantes:--De fijo--decidió es algún forastero que va á la finca del
marqués de las Cruces ó á la del de San Rafael... Claro. Allí todo el
mundo se come los santos y les hace el _salamelé_ á los curas... Pues el
marqués de las Cruces no es, que á ese bien le conozco... El de San
Rafael, menos... ¡ojalá! Nos haría reventar de risa con sus dichos...
señor más ocurrente y más natural... ¿Será alguno de los maridos de las
sobrinas? ¡Cá! vendría la señora también con él. Pero, ¿quién rayos
será?
Ya no tuvo punto de reposo el activo y bullidor cerebro del viajero
chico, á quien no en vano daban amigos y adversarios (de las dos cosas
tenía cosecha, á fuer de temible cacique) el sobrenombre significativo
de _Trampeta_, queriendo expresar la fertilidad en expedientes y
enredos que le distinguía. Toda la potencia escrutadora del intelecto
trampetil se aplicó á despejar la incógnita del misterioso viajero que
cedía el asiento del rincón á los curas. Con más atención que ningún
novelista de los que se precian de describir con pelos y señales; con
más escama que un agente de policía que sigue una pista, dedicóse á
estudiar é interpretar á su modo los actos de su compañero de viaje, á
fin de rastrear algo. Después de que arrancó la diligencia, el viajero
no había hecho sino bajar un cristal, el que le tocaba enfrente, con
ánimo sin duda de mirar el paisaje; pero al convencerse de que no se
veían por allí sino los hierros del pescante y los pies zapatudos del
mayoral, volvió á subirlo, y se recostó en el respaldo, resignadamente,
no sin lanzar una ojeada, de tiempo en tiempo, hacia las ventanillas.
Transcurrido un cuarto de hora, cuando ya habían perdido de vista el
pueblo, sacó una petaca fina, y abriéndola, la ofreció á ambos
compañeros sin hablar, pero con ademán cortés. Trampeta alargó sus dedos
peludos y cortos y cogió un cigarrillo diciendo:--Se estima.--El
Arcipreste entreabrió un ojo (iba como aletargado, resoplando y con la
cabeza temblona) y dijo que no con las cejas; al mismo tiempo deslizó la
incierta mano, que de puro gruesa parecía hidrópica, bajo el balandrán,
y exhibió una tabaquera de forma prehistórica, un gran _fusique_ de
plata, que arrimó á la nariz, sorbiendo con notoria complacencia el
rapé.
--No toma sino polvo... Está más viejo que la Bula... Yo no sé cómo no
ha reventado ya--exclamó Trampeta, sin cuidarse de bajar la voz; por lo
cual el otro viajero le amonestó algo severamente:
--Mire usted que este señor puede oir lo que usted dice de él.
--¡Cá! Más sordo que una tapia--gritó Trampeta, como para probar su
aserto.--Aunque le dispare un cañón junto á la oreja, ni esto. Siempre
fué algo _teniente_; pero ahora ¡María Santísima! La sordera, como usted
me enseña, es un mal que crece mucho con los años. Y vamos á ver: ¿dirá
usted al verlo tan acabado, que este bendito Arcipreste fué un _remeje
que te remejerás_ de elecciones, que nos dejaba á todos tamañitos? Hoy
no es ni su sombra... En sus tiempos era un demonio con sotana: no había
quien se la empatase en toda la provincia. Cuentan que una vez dió un
puntapié á la urna... Sin ir más lejos, allá cuando la Revolución, _la
gloriosa_, ¿usté me entiende? que andaban los carlistas muy alterados,
como usté me enseña, por poco entre ese condenado y otros de su laya me
hacen perder una elección reñidísima, y me sacan avante al Marqués de
Ulloa contra el candidato del gobierno.
Al nombre del Marqués de Ulloa, el viajero enguantado, que hasta
entonces escuchaba como quien oye llover, y sin ocuparse más que del
cigarrillo suave que fumaba, prestó atención y aun intentó volverse;
pero esto no era factible, atendido que cada vez iban más apretados,
porque el Arcipreste, reclinando la cabeza en la esquina, y cubriéndose
la cara con un pañuelo blanco, adoptaba postura más cómoda, y ocupaba
todavía más sitio.
--¿Dice usted que las elecciones en que figuró el Marqués de Ulloa?...
--Sí señor, sí señor...--repuso Trampeta, todo esponjado y contento de
acertar con algo que interesaba al viajero y le hacía dar señales de
vida. Por cierto que después...
--El Marqués de Ulloa--interrumpió el viajero--es don Pedro Moscoso,
¿verdad?
--El mismo que viste y calza. Por cierto que...
--¿El yerno del señor de la Lage?
No era sólo atención, era interés muy vivo lo que revelaba el semblante
del enguantado, y no pudiendo volver el cuerpo, torcía la barba sobre el
hombro, clavando en Trampeta sus ojos garzos y grandes, de párpado
marchito y enrojecido, como suelen tenerlo las personas que leen mucho ó
viven aprisa.
--Aajá--articuló Trampeta afirmando con cabeza y manos y con todo el
rebullicio de cuerpo que consentía la apretura:--¡aajá! El mismito. ¿Al
parecer usted lo conoce?
No contestó el de los guantes, pero dijo con las pupilas:--Siga
usted.--Trampeta, aunque tan observador y ladino, no era capaz de darse
un punto á la lengua cuando ésta le picaba.
--¡Aquellas fueron unas elecciones... de la mar salada! Quedó que contar
de ellas en el país para veinte años... Y como además de los líos que
hubo en ellas, vino después la muerte del mayordomo del marqués, que fué
una cosa atroz...
A pesar de la sordera del Arcipreste, aquí bajó la voz Trampeta, y sus
ojos vivos, ratoniles, se posaron oblicuamente en el clérigo. Este
roncaba ya, con ahogado resuello de apoplético. El cacique se
tranquilizó y prosiguió:
--Lo despabilaron en un monte por mandato de los mismos suyos; ni visto
ni oído... ¡Un balazo limpio, de esos que dejan sequito á un hombre!
--Ese mayordomo...--murmuró el de los guantes, fijando la vista en
Trampeta, como si quisiera preguntarle algo; pero se contuvo y no
prosiguió. Afortunadamente para él, Trampeta no era hombre de dejar cojo
el cuento.
--Como usted me enseña, mi amigo, donde pasan ciertas cosas siempre hay
misterios y demoniuras... ¿Usted conoce al marqués? Bueno: pues entonces
ya sabe usted que vivía... mal arreglado, ó enredado, ó embrutecido,
como se quiera decir, con la hija de ese mayordomo que mataron... ¡y qué
moza era, me valga Dios! Como unas flores. Pues cuando el marqués
determinó de casarse con la hija del señor de la Lage...
El enguantado hizo un movimiento.
--¿También lo conoció, eh?--preguntó Trampeta.
Dijo el viajero que sí con la cabeza, y el bueno del Secretario
prosiguió:
--Pues ¿usted me entiende? la boda del señorito no le hizo maldita la
gracia al truchimán del mayordomo, que tenía más conchas que un
galápago, y como no pudo vengarse de otro modo, fué, y ¿qué hizo?
Preparó las elecciones muy preparaditas, y cuando el marqués estaba
cerca de triunfar, no sé cómo judas lo amañó...
Aquí la mirada de Trampeta se hizo más oblicua y casi torva.
--En fin, que vendió completamente á su amo, lo mismo que vende uno los
cerdos en el mercado, con perdón: una jugarreta que le costó al señorito
la diputación, ni más ni menos... Y como usted me enseña... al vengativo
de Barbacana, que es más malo que la quina...
Pausa breve.
--¿Usted no sabrá quién es Barbacana? ¡Dios nos libre! Entonces era el
tirano del país; uno de esos tiranones terribles, como usted me
enseña... Ahora ya va de capa caída... los años le pesan... le tenemos
metido el resuello en el cuerpo... vaya si se lo tenemos... ¿Usted irá
á Orense? ¡pues pregúntele usted al gobernador qué apunte es
Barbacana...!
Al decir esto observaba Trampeta el rostro del enguantado, á ver si la
referencia al gobernador le producía efecto. Viendo que no, pensó para
su sayo:--No debe de ser diputado, ni cosa así.--Y añadió:
--En fin, que se cree... ¿Usted me entiende? que fué Barbacana quien...
(Ademán muy expresivo de despabilar una luz con los dedos.)
--¿Dice usted que mataron á ese hombre, al mayordomo del marqués de
Ulloa?--preguntó por fin el viajero de los guantes.--¿Y dónde, y quién y
por qué?
--¿Quién? Un satélite de Barbacana, un facineroso malhechor relajado que
se llama el Tuerto... Así que Barbacana tiene un arachita, ya anda él
muy campante por el país, metiendo miedos á todo dios... ¡Uno de tantos
escándalos! Pero ahora les hemos de atar corto de vez. ¿Dónde? En un
monte, propiedad del marqués... por el día y por el sol. ¿Por qué? Pues
como dije, en venganza de que le hizo al marqués perder las elecciones.
--Y la hija de ese hombre... ¿qué ha sido de ella?--interrogó el
viajero, acariciándose la barba con la enguantada mano, para simular
indiferencia que no sentía.
--Ese es otro cantar... ¿Usted ya sabrá que el marqués enviudó de allí á
poco?
Una tristeza, una angustia profunda se grabó en el rostro del viajero.
Si Trampeta le mirase, ahora sí que vería la alteración de sus
facciones. Pero Trampeta á la sazón encendía dificultosamente el
cigarro.
--Enviudó, porque la señorita _se puso tisis_... Parece que le dió muy
mala vida por causa de la raida de la moza, y que andaba San Benito de
Palermo... Ella era poquita cosa; de poco estuche... Pss...
Aumentó la turbación del viajero al decir esto Trampeta, y la revelaron
visibles señales. Sus ojos, que tenían más de pensativos que de
brillantes, chispearon un momento; frunció el entrecejo, y por su
frente despejada corrieron una tras otra, como olas, tres ó cuatro
arrugas bastante profundas. Respiró tan fuerte y hondo, que Trampeta,
volviéndose, le miró con mayor curiosidad aún.
--Parece que la historia le toca á este señor de cerca... Tate... Hay
que ver lo que se habla... ¡Me caso! No se me quita el vicio de ser
parlanchín.
Había amanecido del todo, disipándose la niebla; el sol doraba ya con
alegre reflejo las cimas de los árboles, las aguas de los manantialillos
que brincaban del monte á la carretera, los cristales de las casitas que
de trecho en trecho se asomaban curiosas con su cerca, sus dos manzanos,
su emparrado de vid, su _meda_ de centeno junto al hórreo. A aquella
hora, en que el calor no hostigaba todavía á jacos ni á viajeros, y la
tierra despertaba impregnada de rocío nocturno, y el sol se bebía la
ligera _brétema_, no molestaría ir en la berlina, á no ser por los
ronquidos del Arcipreste, más hondos y atronadores cada vez, por su
estorboso volumen, por las blasfemias del mayoral, por el olor
desagradable del forro del coche. La claridad diurna alumbraba las
facciones del viajero de los guantes, descubriendo en su barba corrida,
bien recortada y no muy recia, unos cuantos hilos de plata; en su
dentadura una mella; en sus sienes lo ralo del pelo; en sus mejillas, de
piel fina y coloración mate, la azul señal de algunos granos de pólvora
incrustados bajo el cutis. A un lado y á otro de la nariz, los quevedos
de acero que solía gastar le habían labrado una especie de surco, rojo ó
amoratado. Su mirada, intensa, dulce, miope, tenía esa concentración
propia de las personas muy inteligentes, bien avenidas con los libros,
inclinadas á la reflexión y aun al ensueño.
El cacique, en guardia contra las preguntas que se le pudiesen dirigir,
esperaba; pero pasó un rato, y el viajero nada dijo: suspiró como quien
desahoga el pecho, y limpió con el pañuelo los quevedos, cerrándolos
cuidadosamente para no romperlos. Trampeta le atisbaba receloso.
--¡Borrico de mi!--pensó.--Dice que conoce al marqués... Será su amigo,
y no querrá más chismes... Aunque, don Pedro Moscoso ¡qué ha de ser
amigo de ninguna persona tan así... tan decente!
Ocupábase el viajero, después de bajarse con dificultad, en sacar de un
cestito de paja un frasco blanco, forrado también de paja hasta el
gollete, con reluciente tapadera de metal.
--Gusta usted un trago de vermut?--dijo al cacique.
--No señor... Se aprecia... Llevo anís estrellado y buen aguardiente,
que es lo mejor para el flato estando en ayunas... Pero ya maté el
gusano antes de salir...
Bebió el enguantado por un vaso oblongo, recogió todo, y desabrochando
mal como pudo las correas de su manta de viaje, tomó de dentro un libro,
amarillo, con las hojas sin cortar. Abrió como unas veinte ó treinta
sirviéndose de un cortaplumas, mirando á Trampeta como en espera de que
terminaría la crónica chismográfica tan brillantemente comenzada.
Vacilaba y deseaba hablar. Se decidió por fin...
--La hija del mayordomo...--articuló.
Qué tentación tan fuerte para el cacique! Más fuerte que su virtud. Ya
no pudo contenerse.
--Pues así que murió la señora, todo el mundo pensó que el marqués se
casaba con ella... porque la muchacha tenía un chiquillo, y al marqués
le había dado por tomarle un cariño atroz, de repente... así como á la
hija verdadera, la que tuvo de su señora, no le hacía apenas caso... Y
por cuanto salimos con que la moza apareció muy prendada y en tratos con
un tal Angel, el gaitero de Naya, un buen mozo también, y jurando y
perjurando que el chiquillo era hijo del gaitero dichoso... No hubo
fuerzas humanas que la disuadiesen: que me caso, que me caso, y va y se
casa con su querido, y el marqués, por no apartarse del chiquillo, los
deja seguir de criados en casa, al frente de la labranza... y le da
carrera al muchacho, y me lo trae hecho un señorito... Y unos dicen que
si esto, que si aquello, que si lo otro, que si lo de más allá... Las
lenguas, como usted me enseña, no hay quien las ate, eh? y usted, un
suponer, no va á ponerle un tapón en la boca á todos.
Al llegar aquí Trampeta, el viajero frunció las cejas otra vez. Después
de dudar un instante, dijo reposada y cortésmente:
--Con permiso de usted...
Y tomando á sus pies, de entre el lío de la manta, un libro, se puso á
leer sosegadamente, aprovechando el paso de procesión con que la
diligencia subía ¡á la cumbre, á la cumbre!
Túvose Trampeta por chasqueado. Los indicios de curiosidad é interés del
viajero prometían plática larga y tendida, de esas que de repente, en un
coche de línea, convierten en amigos íntimos á los dos indiferentes que
un cuarto de hora antes dormitaban hombro contra hombro. Y héteme aquí
que ahora el compañero se ponía á leer sin hacerle más caso. Echó una
mirada sesga al libro, por si algo rastreaba: nuevo desengaño. El libro
estaba en un idioma que Trampeta no conocía ni aun para servirlo.
¿Hay hablador curioso que se resigne á no chistar, dejando en paz á los
que huyen de él refugiándose en un libro? Mil pretextos encontró
Trampeta para distraer á su vecino y llamarle la atención. Ya le
enseñaba un punto de vista, ya le nombraba un sitio, ya le bosquejaba en
pocas palabras y muchos guiños de inteligencia la historia del dueño de
alguna quinta. Fuese por cortesía ó porque le agradase, el enguantado
atendía gustoso. Cerraba el libro metiendo el dedo índice por entre dos
páginas para no perder la señal, y escuchaba, inclinando la cabeza, las
indicaciones topográficas y chismográficas del cacique.
Habrían andado cosa de tres horas, y ya el sol, el polvo y los tábanos
comenzaban á crucificar á los viajeros, cuando Trampeta tiró
repentinamente de la manga al enguantado.
--Á bajarse tocan--le advirtió muy solícito como quien presta un
servicio notable.
--Decía usted?--exclamó el viajero sorprendido.
--¿No va á la finca del marqués de las Cruces? Pues aquel es el soto.
Mayoral! Para, mayoraal!
--No señor... Si no voy allí.
--Ah! Pensé.... Ha de dispensar.
La misma escena se repitió poco más adelante, en el empalme del camino
que conduce á la soberbia quinta del marqués de San Rafael. Trampeta
bien quisiera preguntar al enguantado--¿á dónde judas va entonces?--pero
con toda su petulante grosería de cacique mimado por personajes muy
conspicuos, dueño y señor feudal de un mediano trozo de territorio
gallego, y por contera y remate, mal criado y zafio desde sus años
juveniles, supo, á fuer de listo, notar en el semblante, modales y
trazas del viajero misterioso cierto _no sé qué_ sumamente difícil de
describir, combinación de firmeza, de resolución y de superioridad, que
sin violencia rechazaba la excesiva curiosidad dejándola burlada.