Sin embargo, aún le quedaban al señor Antón deberes facultativos que
llenar en aquella casa. Le presentaron un ternero que andaba malucho de
desgano y rehusaba las cortezas de pan y la hierba más apetitosa. Le
abrió la boca al punto, sacóle de través la lengua, y declaró que tenía
_el piojo_. Pidió los ingredientes de sal y ajo, que metió en una
bolsita de lienzo; mojóla en vinagre, y frotó con ella los bordes de la
lengua, para levantar las escamillas en que consistía el mal: sacó luego
del bolsillo-estuche unas tijeras de costura, y cortó las escamas,
dejando al choto en disposición de zamparse todos los prados comarcanos.
Tras el ternero vino un buey, cojo de la mano derecha: el doctor
reconoció que tenía _el pulgón_ y que era preciso meterle entre la
pezuña un puñado de pólvora amasada y prenderle fuego. El caso era que
no se encontraba pólvora allí.
--Que vayan por ella á los Pazos--exclamó servicialmente Perucho.
--Mientras van y vuelven llega la noche, señorito--exclamó el atador,--y
de aquí á Boán hay camino. Ya pasaré por aquí mañana ó pasado lo más
tarde, que me cumple verle la yegua al señor Angel. No hay duda, que no
muere el buey por eso.
Quedó aplazada la voladura del pulgón, pero no consintió la Sabia en que
se partiese el algebrista sin _tomar un taco_ y _echar un cloris_.
Limpiándose el copioso sudor con el pañuelo de yerbas, sentóse el señor
Antón á la mesa, ante el zoquete de pan de centeno y el jarro de vino.
Entabló conversación con el ama de casa, no habiendo querido los
señoritos sentarse ni probar cosa alguna, porque les divertía más
presenciar la cómica escena y oir, cruzando ojeadas y risas, la plática
donosa que avivaban con sus preguntas. Estaba de buen humor el vejete,
como siempre que terminaba felizmente una operación y se veía con el
pichel de mosto delante. A las quejas de la Sabia, que se lamentaba de
las enfermedades de los animales con tono de abuela cuando deplora
achaques de sus nietos, respondía jocosamente el algebrista que, si no
tuviese _una riqueza_ en ganado, no se le pondría el ganado enfermo
nunca.
--¿A que á mí no se me mueren las vacas? En no las teniendo... catá.
La bruja respondía á tan atinada observación con otra muy filosófica y
cristiana:
--Todos habernos de morir, si Dios quiere.
De tal respuesta tomó pie el algebrista para procurar insinuarse,
hablando del bocio de la vieja, y comprometiéndose á extirpárselo con
tanta prontitud como el tumor de la vaca, _fuera el alma_. Contó que
precisamente acababa de realizar la misma operación en un labrador rico
de Gondás. De cuatro ó cinco tajos de navaja _¡zis, zas!_ (y al decir
_zis_, _zas_ pasaba el dedo por delante del cuello deforme de la Sabia)
le había sajado el bocio perfectísimamente, plantándole, para atajar la
_morragia_, un emplasto donde se misturaban trementina, diaquilón,
confortativo, minio, litargirio, incienso, pez blanca, pez dorada y pez
negra...
--Vamos, pez de todos los colores--dijo Perucho riendo.
--No haga burla, señorito, no haga burla... Pues emplasto fué aquel que
apretó, apretó, apretó (y el algebrista cerraba y apretaba el puño con
toda su fuerza) y á los quince días...
--¿Al campo santo?
--¡Quedó como si tal cosa, más contento que un cuco! La sabiduría puede
mucho, señorito!
La bruja no se resolvía á empecinarse. Tantos años con aquello, y al
fin _iba durando_: luego no era cosa de muerte. Los animales... no tiene
que ver con las personas: si no se cuidan y se asisten, ni trabajan, ni
dan leche, ni... En vista de que allí no necesitaban médico las
_personas humanas_, el algebrista, después de dejar temblando el jarro,
sacó el pitillo que llevaba tras la oreja, encendiólo en las brasas del
lar, se terció la chaqueta, y con andar más que nunca dificultoso, tomó
el camino del valle.
Acompañóle la pareja, divertida con su charla. Era el señor Antón uno de
esos personajes típicos, manifestación viviente, en una comarca, de los
remotos orígenes y misteriosas afinidades étnicas de la raza que la
habita. En el país se contaban muchos que ejercían la profesión de
_algebristas_, componiendo con singular destreza canillas rotas y
húmeros desvencijados, reduciendo lujaciones y extirpando sarcomas,
merced á no sé qué ciencia infusa ó tradición comunicada
hereditariamente, ó recogida de labios de algún _compostor_ viejo á
quien el mozo había _tomado los moldes_; pero ninguno tan acreditado y
consultado en todas partes como el _atador de Boan_, que tenía fama de
poner la ceniza en la frente á los médicos de Orense y Santiago,
habiendo persona que vino expresamente desde Madrid, cuando todavía se
viajaba en diligencia, á que el señor Antón le curase una fractura. No
desvanecían al vejete las glorias científicas; pero sí le daban pretexto
á descuidar la labranza de sus tierras y entregarse á sabrosa vagancia
cuotidiana por riscos y breñas. Con su chaquetón al hombro en el verano,
su montecristo de pardomonte en invierno, y siempre el pitillo tras la
oreja, la chistera calada sobre el pañuelo, el paraguas colorado bajo el
brazo y el libro grasiento en la faltriquera, recorría haciendo eses los
senderos del país, sintiendo en la cabeza y en la sangre la doble
efervescencia del aire puro y vivo de la montaña y de la libación de
mosto ó aguardiente hecha á los dioses lares de cada enfermo. La
atmósfera candente, el cierzo glacial, las claras mañanas primaverales,
las templadas noches, la borrasca, la bonanza, le tenían seco y oreado
como un fruto de cuelga, como esas manzanas tabardillas cuya piel se
arruga y contrae y adoba más que el mejor pergamino; y también, lo mismo
que en ellas, la pulpa se concentraba guardando toda su virtud y sabor.
No había viejo mejor conservado, más templado y _rufo_ que el señor
Antón: asegurábanlo las mozas trocando maliciosos guiños, y lo
confirmaban los mozos haciendo con la mano alzada y el pulgar inclinado
hacia la boca el ademán del que se atiza un buen traguete. Nunca se le
encontraba que no estuviese bajo la alegre influencia del jarro, ó del
sol, que tenía la virtud de hacerle fermentar en las venas la reserva de
espíritus alcohólicos. Entonces se desataba su locuacidad, y le gustaba
sobre todo platicar con los curas ó con los aldeanos viejos y duchos, en
quienes, á falta de instrucción, la experiencia de una larga vida ha
desarrollado cierta inteligencia práctica, haciéndoles depositarios del
caudal del saber popular, ancho cauce de arena donde á trechos brilla
alguna partícula de oro ó algún diamante en bruto. El señor Antón tenía
su filosofía allá á su modo, mitad bebida en tres ó cuatro librotes
viejos, en tomos descabalados de _Feijóo_, en el _Desiderio_ y _Electo_,
mitad inspirada por el espectáculo y la sugestión incesante de la madre
naturaleza, de árboles y estrellas, ríos y nubes. En su cráneo estrecho
y prolongado, verdadero cráneo céltico, bullían á veces viejas ideas
cosmogónicas, bocetos confusos de panteísmo y restos de cultos y
creencias ancestrales. Por lo cual, al meterse en honduras, solía decir
muchos y muy peregrinos despropósitos, mezclados con dictámenes y
sentencias que sorprendían al verlos salir de aquella boca plegada como
la jareta de un bolsón, envueltas en vaho aguardentoso y subrayadas por
la risa de polichinela que establecía inmediata comunicación entre su
nariz y su barba.
Encontrándolo más alumbrado que de costumbre, moríase Perucho por
tirarle de la lengua, y le seguía, llevando el dedo meñique enganchado
en el de Manuela y columpiando el brazo á compás, por hábito inveterado
de contacto cariñoso.
Chupaba el señor Antón su apestoso papelito, sumiendo la boca de tal
manera que, más que con los labios, parecía aspirar el humo con la
laringe. Al mismo tiempo iba filosofando sobre las enfermedades, la
vejez y la muerte.
--Mire, señorito, que esto de estar enfermo (aquí un traspiés), le tiene
su aquel, carraspo! Lee uno en libros, á lo mejor, que el hombre es,
como quien dice, un gusano, y viene la soberbia, y replica:--No, gusano,
no, que yo tengooó (ahuecó la voz enfáticamente), lo que no tiene un
gusanoooó! Pero llega la enfermedad, _maina mainita_ (y remedaba los
movimientos del que se acerca muy cautelosamente á otro), y ya no se
diferencia el _verme_ del hombre... carraspo! Porque díganme: uso yo
una navaja para _estripar_, con perdón, las _tumificaciones_ de las
vacas y otra para las personas humanas? No señor, que uso la misma, que
aquí la llevo en el bolsillo (y se golpeaba con fuerza el pecho). El
emplasto ó la cataplasma, ¿se misturan de otro modo? No señoóoor! Y en
vista de ello...
--Resulta, señor Antón, que á usted no le parece diferente un buey de un
cristiano? Eh? Usted y yo valemos tanto como un jumento?
--No sea tan _materialista_, señorito, carraspo!... Son poquitos los que
se hacen cargo de estas cosas _perfundas_... ¡Hay que abrir el ojo!
¿Tiene ahí un misto? Se me apaga el condenado del pitillo. Estimando la
molestia... Vamos al decir de que la gente como usted y como yo, y las
bestias, dispensando vustedes, padecen de los mismos males, y en la
botica no hay diferencias de remedios, y la vida se les viene y se les
va del mismo modo, y todos pasan su tiempo de chiquillos, porque los
perritos pequeños lloran y enredan como las criaturas, y luego á las
personas humanas les llega la de andar tras de las mozas, y andan que
_tolean_, y también los perros se escapan de casa para perseguir á las
perras, con perdón, y las buscan, y riñen por causa de ellas, y las
obsequian como los señoritos á las señoritas... ¡Carraspoó!
Al llegar á este punto el discurso del atador, Pedro soltó los dedos de
Manuela para reir á carcajadas, y la montañesa le acompañó, sofocando la
risa en la boca con la punta del pañuelo.
--Pero eso ya se sabe, señor Antón... Vaya unas noticias que da!
Fresquitas!
--Poco y poco, poco y poco... (se ignora si el algebrista lo decía
pensando en que el camino tenía muchas piedras y él más vino en el
estómago, ó siguiendo la ilación de su tesis trascendental.) Vamos á la
_custión_... Digo, señorito, y no miento: un hombre _valerá_, estamos
conformes, más que los animales; pero poder... Vaya, poder, no puede más
que un buey; y cuando le llega la de cerrar el ojo, aunque sepa más que
el rey Salimón, lo cierra... y abur. ¿Lo cierra ó no, señorito?
--Según y conforme.... También los hay que se quedan con él muy
abierto--murmuró Pedro para hacer rabiar al atador.
--Desmasiado nos entendemos...--articuló éste escupiendo, por el sitio
en que algún día tuvo los colmillos, un chorro de saliva negruzca, cuya
proyección cortó limpiándose el agujero de la boca con el dorso de la
mano. Señorito, escuche y perdone.--¡A lo que me da que pensar,
carraspo! Esto del nacer, y del morir, y del enfermarse, y del comer, y
del beber ¡atención! (hizo aquí una ese más arqueada que ninguna), es
un... un... un aquel que puede más que los animales y los hombres
juntos, á modo de una _endrómena_ muy grande, muy graaaande....
El algebrista tendía la mano y la giraba en derredor, señalando con
amplio ademán circular la profundidad del valle de Ulloa, el anfiteatro
de montañas que lo cierra, el río que espumaba cautivo en la hoz, todo
lo cual se dominaba desde el sendero alto y escarpado. Pedro y Manuela,
que habían vuelto á enganchar los dedos por instinto, miraban hacia
donde apuntaba el viejo, tratando de comprender la idea rebozada en
báquicos vapores que desde el cerebro del señor Antón descendía
trabajosamente hasta su lengua.
--Tan grande--añadía extendiendo ya los dos brazos para mejor expresar
la inmensidad--que me parece á mí, señorito, con perdón, que es tan
grande como el mundo... ¡Más aún, carraspo!
--¿Más que el mundo? ¡Quieto, vino, quieto!--exclamó Pedro, significando
que por boca del algebrista hablaba la borrachera.
--Más aún, sí señor. ¿De qué se pasma? Desmasiado nos entendemos. Un
hombre ha leído algo... ¿Tiene otro misto? Disimule.
--Ahí va la caja. ¿Con que se ha leído mucho?
Una sonrisa orgullosa dilató los plieguecillos de la consabida jareta.
--El saber, como dijo el otro, no ocupa lugar... No se burle, señorito,
no se burle... ¿Desmasiado tendrá usted leído lo que llaman el Treato...
el Trato...
--¿Alguna comedia?
--¡¡Comedia!! Lo compuso un fraile, hablando con respeto... un fraile de
esta tierra, con más sabiduría que todos los de España y del mundo
entero juntos... Pues allí dice, ¡sí, señorito! que las estrellas del
cielo son como nosotros... ¡con perdón! como este universo-mundo de
acá... y que también allí nacen, y mueren, y comen, y andan atrás de las
muchachas...
Al llegar aquí guiñó picarescamente el algebrista el ojo izquierdo á la
bóveda celeste, y como si obedeciese á un conjuro, el hermoso lucero de
Venus comenzó á rielar con dulce brillo en el sereno espacio.
--¡Hay que desengañarse, hay que desengañarse!--prosiguió el viejo
moviendo la cabeza, que, al oscilar sobre el seco pescuezo, parecía una
pasa pronta á desprenderse del rabo. Por muchas vueltas que se le dé,
esta cosa grande, grande, grandísima (y reiteraba el ademán de abarcar
todo el valle con los brazos), puede más que vusté, y que yo, y aquel, y
que todos, ¡carraspiche! Yo me muero, verbo en gracia; bien, corriente,
sí señor; ¿y después? La cosa grande se queda tan fresca. Yo me divertí
mis carnes; pero de yo ya propiamente no soy nada; se crían repollos, y
patatas, y ortigas, y toda _clas_ de hortalizas... ¿me entiende?
--¿También de mi cuerpo se han de criar repollos?--preguntó Manolita.
--Y ¡juy juy!--relinchó el algebrista, trompicándose en una piedra por
culpa del arrechucho de galantería que le entró.--Del cuerpo de las
señoritas buenas mozas se criará espliego, rositas de Mayo...
Adoptando de nuevo su gravedad filosófica, añadió:
--Pero no se ponga hueca... Le es igual... igualito... Qué más tiene
volverse chirivía ó malva de olor, carrás... ¿Quiérese decir que las
estrellas del cielo, y las tierras, y el _mainzo_, y el cuerpo de
vusté, y el mío, y el del Papa, con perdón, y el espliego, y los
repollos, y las vacas, y los gatos, es todito lo mismo, disimulando
vusté, y no hay que andar escoge de aquí y escoge de allí... Todo lo
mismo señorita, todo lo mismísimo... La cosa grande!!
Al llegar aquí de su perorata le besó un canto en la espinilla, y
llevóse la mano á la pierna, exhalando un ay doliente; pero al punto
mismo, después de refregarse la parte dolorida y tirar con rabia del
cigarro, que se apagaba de vez, volvió á su tema, balbuciendo con lengua
todavía más estropajosa:
--La co... la cosa grande... se ríe de todo, sí señor, de todo... Allá
anda, carraspo... haciendo la burla á quien nace... y á quien muere... y
á los que buscamos las mo... mozas... de rumbo.... ¡juy! La cosa... g...
gran... no nació en jamás... ni se ha de morir... Buena gana tiene... A
cada a...ño... está... más... fres.... frescachona.... juy! vivan las
rap... rapazas... Arde, cigarro, arde, condenado, si quieres, que...
te... par...to...!
--Echemos por las viñas, Manola--dijo Pedro á su compañera.--El
algebrista va hoy como un templo. Ya no se le sacan del cuerpo sino
barbaridades.
--¿Y si tropieza y cae al río?
--¡Qué disparate! Estaría muerto ya un millón de veces, mujer, si fuese
capaz de caerse. Anda así toda la santa vida.