III

Sin embargo, aún le quedaban al señor Antón deberes facultativos que

llenar en aquella casa. Le presentaron un ternero que andaba malucho de

desgano y rehusaba las cortezas de pan y la hierba más apetitosa. Le

abrió la boca al punto, sacóle de través la lengua, y declaró que tenía

_el piojo_. Pidió los ingredientes de sal y ajo, que metió en una

bolsita de lienzo; mojóla en vinagre, y frotó con ella los bordes de la

lengua, para levantar las escamillas en que consistía el mal: sacó luego

del bolsillo-estuche unas tijeras de costura, y cortó las escamas,

dejando al choto en disposición de zamparse todos los prados comarcanos.

Tras el ternero vino un buey, cojo de la mano derecha: el doctor

reconoció que tenía _el pulgón_ y que era preciso meterle entre la

pezuña un puñado de pólvora amasada y prenderle fuego. El caso era que

no se encontraba pólvora allí.

--Que vayan por ella á los Pazos--exclamó servicialmente Perucho.

--Mientras van y vuelven llega la noche, señorito--exclamó el atador,--y

de aquí á Boán hay camino. Ya pasaré por aquí mañana ó pasado lo más

tarde, que me cumple verle la yegua al señor Angel. No hay duda, que no

muere el buey por eso.

Quedó aplazada la voladura del pulgón, pero no consintió la Sabia en que

se partiese el algebrista sin _tomar un taco_ y _echar un cloris_.

Limpiándose el copioso sudor con el pañuelo de yerbas, sentóse el señor

Antón á la mesa, ante el zoquete de pan de centeno y el jarro de vino.

Entabló conversación con el ama de casa, no habiendo querido los

señoritos sentarse ni probar cosa alguna, porque les divertía más

presenciar la cómica escena y oir, cruzando ojeadas y risas, la plática

donosa que avivaban con sus preguntas. Estaba de buen humor el vejete,

como siempre que terminaba felizmente una operación y se veía con el

pichel de mosto delante. A las quejas de la Sabia, que se lamentaba de

las enfermedades de los animales con tono de abuela cuando deplora

achaques de sus nietos, respondía jocosamente el algebrista que, si no

tuviese _una riqueza_ en ganado, no se le pondría el ganado enfermo

nunca.

--¿A que á mí no se me mueren las vacas? En no las teniendo... catá.

La bruja respondía á tan atinada observación con otra muy filosófica y

cristiana:

--Todos habernos de morir, si Dios quiere.

De tal respuesta tomó pie el algebrista para procurar insinuarse,

hablando del bocio de la vieja, y comprometiéndose á extirpárselo con

tanta prontitud como el tumor de la vaca, _fuera el alma_. Contó que

precisamente acababa de realizar la misma operación en un labrador rico

de Gondás. De cuatro ó cinco tajos de navaja _¡zis, zas!_ (y al decir

_zis_, _zas_ pasaba el dedo por delante del cuello deforme de la Sabia)

le había sajado el bocio perfectísimamente, plantándole, para atajar la

_morragia_, un emplasto donde se misturaban trementina, diaquilón,

confortativo, minio, litargirio, incienso, pez blanca, pez dorada y pez

negra...

--Vamos, pez de todos los colores--dijo Perucho riendo.

--No haga burla, señorito, no haga burla... Pues emplasto fué aquel que

apretó, apretó, apretó (y el algebrista cerraba y apretaba el puño con

toda su fuerza) y á los quince días...

--¿Al campo santo?

--¡Quedó como si tal cosa, más contento que un cuco! La sabiduría puede

mucho, señorito!

La bruja no se resolvía á empecinarse. Tantos años con aquello, y al

fin _iba durando_: luego no era cosa de muerte. Los animales... no tiene

que ver con las personas: si no se cuidan y se asisten, ni trabajan, ni

dan leche, ni... En vista de que allí no necesitaban médico las

_personas humanas_, el algebrista, después de dejar temblando el jarro,

sacó el pitillo que llevaba tras la oreja, encendiólo en las brasas del

lar, se terció la chaqueta, y con andar más que nunca dificultoso, tomó

el camino del valle.

Acompañóle la pareja, divertida con su charla. Era el señor Antón uno de

esos personajes típicos, manifestación viviente, en una comarca, de los

remotos orígenes y misteriosas afinidades étnicas de la raza que la

habita. En el país se contaban muchos que ejercían la profesión de

_algebristas_, componiendo con singular destreza canillas rotas y

húmeros desvencijados, reduciendo lujaciones y extirpando sarcomas,

merced á no sé qué ciencia infusa ó tradición comunicada

hereditariamente, ó recogida de labios de algún _compostor_ viejo á

quien el mozo había _tomado los moldes_; pero ninguno tan acreditado y

consultado en todas partes como el _atador de Boan_, que tenía fama de

poner la ceniza en la frente á los médicos de Orense y Santiago,

habiendo persona que vino expresamente desde Madrid, cuando todavía se

viajaba en diligencia, á que el señor Antón le curase una fractura. No

desvanecían al vejete las glorias científicas; pero sí le daban pretexto

á descuidar la labranza de sus tierras y entregarse á sabrosa vagancia

cuotidiana por riscos y breñas. Con su chaquetón al hombro en el verano,

su montecristo de pardomonte en invierno, y siempre el pitillo tras la

oreja, la chistera calada sobre el pañuelo, el paraguas colorado bajo el

brazo y el libro grasiento en la faltriquera, recorría haciendo eses los

senderos del país, sintiendo en la cabeza y en la sangre la doble

efervescencia del aire puro y vivo de la montaña y de la libación de

mosto ó aguardiente hecha á los dioses lares de cada enfermo. La

atmósfera candente, el cierzo glacial, las claras mañanas primaverales,

las templadas noches, la borrasca, la bonanza, le tenían seco y oreado

como un fruto de cuelga, como esas manzanas tabardillas cuya piel se

arruga y contrae y adoba más que el mejor pergamino; y también, lo mismo

que en ellas, la pulpa se concentraba guardando toda su virtud y sabor.

No había viejo mejor conservado, más templado y _rufo_ que el señor

Antón: asegurábanlo las mozas trocando maliciosos guiños, y lo

confirmaban los mozos haciendo con la mano alzada y el pulgar inclinado

hacia la boca el ademán del que se atiza un buen traguete. Nunca se le

encontraba que no estuviese bajo la alegre influencia del jarro, ó del

sol, que tenía la virtud de hacerle fermentar en las venas la reserva de

espíritus alcohólicos. Entonces se desataba su locuacidad, y le gustaba

sobre todo platicar con los curas ó con los aldeanos viejos y duchos, en

quienes, á falta de instrucción, la experiencia de una larga vida ha

desarrollado cierta inteligencia práctica, haciéndoles depositarios del

caudal del saber popular, ancho cauce de arena donde á trechos brilla

alguna partícula de oro ó algún diamante en bruto. El señor Antón tenía

su filosofía allá á su modo, mitad bebida en tres ó cuatro librotes

viejos, en tomos descabalados de _Feijóo_, en el _Desiderio_ y _Electo_,

mitad inspirada por el espectáculo y la sugestión incesante de la madre

naturaleza, de árboles y estrellas, ríos y nubes. En su cráneo estrecho

y prolongado, verdadero cráneo céltico, bullían á veces viejas ideas

cosmogónicas, bocetos confusos de panteísmo y restos de cultos y

creencias ancestrales. Por lo cual, al meterse en honduras, solía decir

muchos y muy peregrinos despropósitos, mezclados con dictámenes y

sentencias que sorprendían al verlos salir de aquella boca plegada como

la jareta de un bolsón, envueltas en vaho aguardentoso y subrayadas por

la risa de polichinela que establecía inmediata comunicación entre su

nariz y su barba.

Encontrándolo más alumbrado que de costumbre, moríase Perucho por

tirarle de la lengua, y le seguía, llevando el dedo meñique enganchado

en el de Manuela y columpiando el brazo á compás, por hábito inveterado

de contacto cariñoso.

Chupaba el señor Antón su apestoso papelito, sumiendo la boca de tal

manera que, más que con los labios, parecía aspirar el humo con la

laringe. Al mismo tiempo iba filosofando sobre las enfermedades, la

vejez y la muerte.

--Mire, señorito, que esto de estar enfermo (aquí un traspiés), le tiene

su aquel, carraspo! Lee uno en libros, á lo mejor, que el hombre es,

como quien dice, un gusano, y viene la soberbia, y replica:--No, gusano,

no, que yo tengooó (ahuecó la voz enfáticamente), lo que no tiene un

gusanoooó! Pero llega la enfermedad, _maina mainita_ (y remedaba los

movimientos del que se acerca muy cautelosamente á otro), y ya no se

diferencia el _verme_ del hombre... carraspo! Porque díganme: uso yo

una navaja para _estripar_, con perdón, las _tumificaciones_ de las

vacas y otra para las personas humanas? No señor, que uso la misma, que

aquí la llevo en el bolsillo (y se golpeaba con fuerza el pecho). El

emplasto ó la cataplasma, ¿se misturan de otro modo? No señoóoor! Y en

vista de ello...

--Resulta, señor Antón, que á usted no le parece diferente un buey de un

cristiano? Eh? Usted y yo valemos tanto como un jumento?

--No sea tan _materialista_, señorito, carraspo!... Son poquitos los que

se hacen cargo de estas cosas _perfundas_... ¡Hay que abrir el ojo!

¿Tiene ahí un misto? Se me apaga el condenado del pitillo. Estimando la

molestia... Vamos al decir de que la gente como usted y como yo, y las

bestias, dispensando vustedes, padecen de los mismos males, y en la

botica no hay diferencias de remedios, y la vida se les viene y se les

va del mismo modo, y todos pasan su tiempo de chiquillos, porque los

perritos pequeños lloran y enredan como las criaturas, y luego á las

personas humanas les llega la de andar tras de las mozas, y andan que

_tolean_, y también los perros se escapan de casa para perseguir á las

perras, con perdón, y las buscan, y riñen por causa de ellas, y las

obsequian como los señoritos á las señoritas... ¡Carraspoó!

Al llegar á este punto el discurso del atador, Pedro soltó los dedos de

Manuela para reir á carcajadas, y la montañesa le acompañó, sofocando la

risa en la boca con la punta del pañuelo.

--Pero eso ya se sabe, señor Antón... Vaya unas noticias que da!

Fresquitas!

--Poco y poco, poco y poco... (se ignora si el algebrista lo decía

pensando en que el camino tenía muchas piedras y él más vino en el

estómago, ó siguiendo la ilación de su tesis trascendental.) Vamos á la

_custión_... Digo, señorito, y no miento: un hombre _valerá_, estamos

conformes, más que los animales; pero poder... Vaya, poder, no puede más

que un buey; y cuando le llega la de cerrar el ojo, aunque sepa más que

el rey Salimón, lo cierra... y abur. ¿Lo cierra ó no, señorito?

--Según y conforme.... También los hay que se quedan con él muy

abierto--murmuró Pedro para hacer rabiar al atador.

--Desmasiado nos entendemos...--articuló éste escupiendo, por el sitio

en que algún día tuvo los colmillos, un chorro de saliva negruzca, cuya

proyección cortó limpiándose el agujero de la boca con el dorso de la

mano. Señorito, escuche y perdone.--¡A lo que me da que pensar,

carraspo! Esto del nacer, y del morir, y del enfermarse, y del comer, y

del beber ¡atención! (hizo aquí una ese más arqueada que ninguna), es

un... un... un aquel que puede más que los animales y los hombres

juntos, á modo de una _endrómena_ muy grande, muy graaaande....

El algebrista tendía la mano y la giraba en derredor, señalando con

amplio ademán circular la profundidad del valle de Ulloa, el anfiteatro

de montañas que lo cierra, el río que espumaba cautivo en la hoz, todo

lo cual se dominaba desde el sendero alto y escarpado. Pedro y Manuela,

que habían vuelto á enganchar los dedos por instinto, miraban hacia

donde apuntaba el viejo, tratando de comprender la idea rebozada en

báquicos vapores que desde el cerebro del señor Antón descendía

trabajosamente hasta su lengua.

--Tan grande--añadía extendiendo ya los dos brazos para mejor expresar

la inmensidad--que me parece á mí, señorito, con perdón, que es tan

grande como el mundo... ¡Más aún, carraspo!

--¿Más que el mundo? ¡Quieto, vino, quieto!--exclamó Pedro, significando

que por boca del algebrista hablaba la borrachera.

--Más aún, sí señor. ¿De qué se pasma? Desmasiado nos entendemos. Un

hombre ha leído algo... ¿Tiene otro misto? Disimule.

--Ahí va la caja. ¿Con que se ha leído mucho?

Una sonrisa orgullosa dilató los plieguecillos de la consabida jareta.

--El saber, como dijo el otro, no ocupa lugar... No se burle, señorito,

no se burle... ¿Desmasiado tendrá usted leído lo que llaman el Treato...

el Trato...

--¿Alguna comedia?

--¡¡Comedia!! Lo compuso un fraile, hablando con respeto... un fraile de

esta tierra, con más sabiduría que todos los de España y del mundo

entero juntos... Pues allí dice, ¡sí, señorito! que las estrellas del

cielo son como nosotros... ¡con perdón! como este universo-mundo de

acá... y que también allí nacen, y mueren, y comen, y andan atrás de las

muchachas...

Al llegar aquí guiñó picarescamente el algebrista el ojo izquierdo á la

bóveda celeste, y como si obedeciese á un conjuro, el hermoso lucero de

Venus comenzó á rielar con dulce brillo en el sereno espacio.

--¡Hay que desengañarse, hay que desengañarse!--prosiguió el viejo

moviendo la cabeza, que, al oscilar sobre el seco pescuezo, parecía una

pasa pronta á desprenderse del rabo. Por muchas vueltas que se le dé,

esta cosa grande, grande, grandísima (y reiteraba el ademán de abarcar

todo el valle con los brazos), puede más que vusté, y que yo, y aquel, y

que todos, ¡carraspiche! Yo me muero, verbo en gracia; bien, corriente,

sí señor; ¿y después? La cosa grande se queda tan fresca. Yo me divertí

mis carnes; pero de yo ya propiamente no soy nada; se crían repollos, y

patatas, y ortigas, y toda _clas_ de hortalizas... ¿me entiende?

--¿También de mi cuerpo se han de criar repollos?--preguntó Manolita.

--Y ¡juy juy!--relinchó el algebrista, trompicándose en una piedra por

culpa del arrechucho de galantería que le entró.--Del cuerpo de las

señoritas buenas mozas se criará espliego, rositas de Mayo...

Adoptando de nuevo su gravedad filosófica, añadió:

--Pero no se ponga hueca... Le es igual... igualito... Qué más tiene

volverse chirivía ó malva de olor, carrás... ¿Quiérese decir que las

estrellas del cielo, y las tierras, y el _mainzo_, y el cuerpo de

vusté, y el mío, y el del Papa, con perdón, y el espliego, y los

repollos, y las vacas, y los gatos, es todito lo mismo, disimulando

vusté, y no hay que andar escoge de aquí y escoge de allí... Todo lo

mismo señorita, todo lo mismísimo... La cosa grande!!

Al llegar aquí de su perorata le besó un canto en la espinilla, y

llevóse la mano á la pierna, exhalando un ay doliente; pero al punto

mismo, después de refregarse la parte dolorida y tirar con rabia del

cigarro, que se apagaba de vez, volvió á su tema, balbuciendo con lengua

todavía más estropajosa:

--La co... la cosa grande... se ríe de todo, sí señor, de todo... Allá

anda, carraspo... haciendo la burla á quien nace... y á quien muere... y

á los que buscamos las mo... mozas... de rumbo.... ¡juy! La cosa... g...

gran... no nació en jamás... ni se ha de morir... Buena gana tiene... A

cada a...ño... está... más... fres.... frescachona.... juy! vivan las

rap... rapazas... Arde, cigarro, arde, condenado, si quieres, que...

te... par...to...!

--Echemos por las viñas, Manola--dijo Pedro á su compañera.--El

algebrista va hoy como un templo. Ya no se le sacan del cuerpo sino

barbaridades.

--¿Y si tropieza y cae al río?

--¡Qué disparate! Estaría muerto ya un millón de veces, mujer, si fuese

capaz de caerse. Anda así toda la santa vida.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 13 / 64 题