A caminar por la carretera, fastidiosa de puro cómoda, prefirieron
seguir atajos en cuyo conocimiento eran muy duchos, y aun cruzar los
sembrados, desiertos á la sazón, pero donde, durante la noche entera y
la madrugada, cuadrillas de mujeres habían estado segando el centeno--á
las horas de calor no se siega, pues se desgrana la espiga madura.--No
se daban mucha priesa, al contrario, tácitamente estaban de acuerdo en
no recogerse á techado hasta entrada la noche. Apenas comenzaba á caer
la tarde. El campo, fresco y esponjado después de la tormenta y el
riego de las nubes, oreado por suave vientecillo, convidaba á gozar de
su hermosura: cada flor de trébol, cada manzanilla, cada cardo, se había
adornado el seno con un grueso brillante líquido; y grillos y
cigarrones, seguros ya de que cesaba el diluvio, se atrevían á
rebullirse en los barbechos, sintiendo con deleite la caricia del sol
sobre sus zancas ya enjutas.
Vagaba la pareja sin rumbo cierto, cuando, casi debajo de sus cabezas,
en un sendero que se despeñaba hacia el valle, divisaron una figura
rara, que se movía despaciosamente. A un mismo tiempo la reconocieron
ambos.
--¡El señor Antón el _algebrista_!
--¡El _atador_ de Boán!
--¿A dónde irá?
--Aventuro algo bueno que á casa de la Sabia.
--¿Quién te lo dijo?
--Tiene la vaca más vieja muy malita.
--¿Vamos á ver?
--Corriente. Hay que bajar por las viñas; sino, es mucha la vuelta.
--Por las viñas. Ale.
--Dame la mano.
--¿Piensas que no sé bajar sola?
El descenso era casi vertical, y había que escalar paredones y tener
cuidado de no desnucarse al sentar el pie sobre los guijarros; pero las
cuatro piernas juveniles alcanzaron pronto al estafermo, que caminaba
dibujando eses al tropezar en cualquier canto de la senda. Iba el señor
Antón en mangas de camisa (por señas que la gastaba de estopa): chaqueta
terciada al hombro, y un pitillo tras la oreja derecha. Los pantalones
pardos lucían un remiendo triangular azul en el lugar por donde más
suelen gastarse, y otros dos, haciendo juego con el de las nalgas, en
las perneras; de puro cortos, descubrían el hueso del tobillo, cubierto
apenas de curtida y momificada piel, y los zapatos torcidos y contraídos
como una boca que hace muecas. Fuera del bolsillo interior de la
chaqueta asomaba un libro empastado en pergamino, cuyas esquinas habían
roído los ratones y cuyas hojas atesoraban grasa suficiente para hacer
el caldo una semana.
Al sentir ruido de gente, volvió el rostro, que lo tenía mas arrugado
que una pasa, más sequito que un sarmiento, y con todas las facciones
inclinadas unas hacia otras, á manera de piedras de murallón que se
derrumba: la nariz desplomada sobre la barba, ésta remontada hacia la
boca, y las mejillas colgando en curtidos pellejos á ambos lados de la
pronunciada nuez. En los pómulos parecía como si le hubiesen pintado con
teja dos rosetas simétricas; los labios se le habían sumido; y de la
abertura donde estuvieron partían innumerables rayitas y plieguecillos
convergentes, remedando el varillaje de un paraguas. ¿Paraguas dijiste?
No hay que omitir que bajo el codo izquierdo sujetaba el señor Antón uno
colosal, de algodón colorado rabioso, con remates y contera de latón
dorado; ni menos debe callarse que honraba su cabeza, por encima de un
pañuelo de yerbas, un venerable y caduco sombrero de copa alta, de los
más empingorotados y de los más apabullados también.
--Buenas tardes, señorito don Perucho y la compaña...--dijo el
vejestorio al alcanzarle la pareja. Era su voz opaca y aguardentosa,
pero no tan cascada como pedían sus años.
--¿A dónde va, señor Antón?--preguntó la niña.
--Para servir á vustede, señorita Manolita... ¡ahí á curar una vaca en
casa de la señora María la Sabia...!
--¿Qué le duele?
--Parece ser que le ha salido, dispensando vustedes, una _tumificación_
muy atroz en los cadriles... con perdón, carraspo, aquí donde las
personas humanas tenemos el hueso llamado _líaco_...
--¿Un lobanillo?
--Propiamente hablando, sí, señorito, un lobanillo.
Rióse Perucho, pues le hacia gracia la facha del algebrista y su manía
de aplicar á todo los cuatro términos de anatomía mal aprendidos en su
libro ratonado. Moríase el vejete por dar explicaciones difusas acerca
de los padecimientos de sus clientes, fuesen novillos, cerdos, canes, ó,
como él decía, personas humanas, que á todos indistintamente les sabía
reparar los desperfectos, con su ciencia heredada de encolar y
recomponer la máquina animal. Ya llegaban al emparrado que sombreaba la
casa de la Sabia.
Era una casuca baja y construída con piedras mal trabadas: adornábala
principalmente un balcón ó _solana_ de madera, al cual nadie podía
asomarse, por obstruirlo una barricada de enormes calabazas, de amarilla
corteza, rameada de verde; en una esquina colgaban á secar ropas de
recién nacido, y al través de ellas se abría paso una soberbia mata de
claveles reventones, rojo coral, que florecía en una olla desportillada,
con las raíces escapándose de la tierra negruzca que las mantenía. A la
puerta de la casa, una mujer moza, de rostro curtido ya, desgranaba
habas en una criba; á sus pies dos chiquillos de corta edad, con pelo
casi blanco de puro rubio, se revolcaban por el suelo jugando con las
vainas de las habas. Cuando vió asomar al algebrista y á los que él
llamaba señoritos, levantóse la mujer con servilismo obsequioso, pegando
un moquete á los chiquillos, sin duda con el fin de agasajar mejor á la
visita; no contaban con él, y la misma sorpresa les impidió llorar.
La pareja entró. Tenía la casa piso de tierra; una escalera de madera
conducía al sobrado ó cuarto alto; y en el bajo se notaba una pintoresca
mezcla de racionales é irracionales. El _lar_ y la chimenea con asientos
de madera bajo su campana; la artesa de guardar el pan; el horno de
cocerlo; algunos taburetes con cuatro patas muy esparrancadas; la cuna
de mimbres de una criatura y el _leito_ ó camarote de tablas en que
dormía el matrimonio que la había engendrado, eran los muebles que
pertenecían á la humanidad en aquel recinto. La animalidad invadía el
resto. Al través de una división de tablones mal juntos pasaba el hálito
caliente, el lento rumiar y los quejumbrosos mugidos del ganado;
gallinas y pollos escarbaban el suelo y huían con señales de ridículo
terror, renqueando, al acercárseles la gente; dos ó tres palomas se
paseaban, muy sacadas de buche y muy balanceadas de cuello, esperando á
que cayese alguna migaja; un marrano sin cebar, magro y peludo aún como
un jabalí, sopeteaba con el hocico, gruñendo sordamente, en una tartera
de barro donde nadaban berzas en aguachirle; un perro de esa raza
híbrida llamada en el país de _pajar_, completamente tendido en tierra,
dormía; al respirar, se señalaba bajo su piel la armazón del costillaje,
y de cuando en cuando, al posársele una mosca encima, un estremecimiento
hacía ondular todos sus músculos, y sacudía, sin despertarse, una oreja.
Por un ventanillo, abierto en el testero, entraban las avispas á comerse
los gajos de cerezas maduras que andaban rodando sobre la artesa; y si
fuese posible prestar oído á unas trotadas menudas que allá arriba
resonaban, se comprendería que los ratones no andaban remisos en dar
cuenta del poco maíz restante de la cosecha anterior, ni de cuanto
encontraban al alcance de los dientes. En medio de esta especie de arca
de Noé, reposaba inmóvil, sentada al pie de la artesa, con los naipes
mugrientos al alcance de la mano, la vieja bruja de la Sabia.
Era su figura realmente espantable. Habíale crecido el bocio enorme,
hasta el punto de que se le viese apenas el verdadero rostro, abultando
más la lustrosa y horrible segunda cara sin facciones, que le caía sobre
el pecho, le subía hasta las orejas, y por lo hinchada y estirada
contrastaba del modo más repulsivo con el resto del cuerpo de la vieja,
que parecía hecho de raíces de árboles, y tenía de los árboles añosos la
rugosidad y oscuridad de la corteza, los nudos, las berrugas. Al ver
entrar al algebrista _y la compaña_, la bruja se enderezó y salió á
recibirles, no sin echarse con sumo recato un pañuelo de algodón sobre
los mechones de sus greñas blancas.
La moza, entretanto, sacaba del establo á la paciente, una vaca
amarilla, y picándola con la aguijada, la empujaba fuera de la casa, á
sitio descubierto y claro. Cojeaba el infeliz animal, por culpa del gran
tumor que tenía en el ijar derecho; sus ojos estaban profundamente
tristes, como los de todo irracional ó niño enfermo. El sol pareció
reanimar algo á la vaca, y se le dilató el hocico respirando aire puro.
Ya salía tras ella el atador, poniendo la mano á guisa de pantalla ante
los ojos, para que no le estorbase el sol que declinaba.
--Hace falta quien _treme_ del animal--dijo, después de palpar aprisa el
tumor.--Llama á tu hombre--añadió dirigiéndose á la moza.
Habiendo Perucho ofrecido su ayuda, convino el algebrista en que
bastaría con él y con la moza para sujetar á la doliente, y ordenó que
la señora María se encargase de preparar la bizma de pez hirviendo.
Remangóse Perucho las mangas de chaqueta y camisa, y arrodillándose,
asió con puño de hierro la pata del animal, asentándola y afirmándola en
tierra á fin de que no cocease con el dolor. El brazo del mancebo era
membrudo, atendida su edad, y la cuadratura de los músculos se diseñaba
enérgicamente: sobre el cutis, fino como raso, rojeaba á la luz
moribunda del sol un vello denso y suave. Su compañera le miraba con
disimulo y atención, como si viese por primera vez aquella cabeza
cubierta de ensortijados bucles, aquellas perfectas facciones trigueñas
y sonrosadas, aquel cogote juvenil y fuerte como testuz de novillo
bermejo, aquellas espaldas fornidas donde la postura y el esfuerzo para
mantener inmóvil la pata del animal hacía sobresalir el omoplato. De
chiquita, la costumbre de ver á Pedro le impedía reparar su hermosura:
ahora se le figuraba descubrirla en toda su riqueza de pormenores
esculturales, cosa que la turbaba mucho y tenía bastante culpa de la
cortedad y despego que mostraba al quedarse con él á solas. Se
avergonzaba la niña de no ser tan linda como su amigo; de ser casi fea.
También se recogió el atador las mangas de estopa, y sacó de la
faltriquera del pantalón una reluciente navaja de afeitar envuelta en un
trapo. Agachóse bajo la paciente, y empuñando el instrumento, con brioso
girar de muñeca y haciendo terrible fuerza en el pulgar, sajó casi en
redondo el lobanillo. Bramó y resopló de dolor la vaca, intentando huir;
pero estaba bien sujeta y el corte dado ya. Sin hacer caso de los
mugidos angustiosos ni de las inútiles sacudidas de la bestia, el señor
Antón comenzó á esgrimir la navaja casi de plano, desprendiendo la piel
que cubría el tumor, y disecando poco á poco, con certera diestra, sus
raíces, como quien desprende de un peñasco los tientos de un adherido
pólipo. De rato en rato empapaba con trapos la sangre que corría y le
impedía ver. Cada raíz encubría otras más menudas, y la navaja seguía
escrutando los ijares del animal, persiguiendo las últimas
ramificaciones de la fea excrecencia. Ya casi la tenía desprendida,
cuando la vaca, que parecía resignada con su suerte, dió de pronto un
empuje desesperado y supremo, logró soltar las patas, derribó de una
patada el sombrero de copa alta del algebrista y echó á correr furiosa.
Ciega por el terror, fué á batir contra la muralla del emparrado, donde
la alcanzó Perucho. La agarró del rabo primero, luego la cogió por los
cuernos, y á remolque y á empujones y á puñadas la trajo otra vez á la
clínica. El señor Antón acusaba á la moza de no valer nada, de haber
aflojado la pata; y Manuela, con los ojos brillantes y la sonrisa en los
labios, se ofrecía á sustituir ventajosamente á la aldeana.
--¡Jesús, alabando sea Dios, qué valiente de señorita!--tartamudeó la
Sabia, apareciendo en la puerta.
--Las que nos criamos en la montaña...--murmuró la niña arrodillándose,
y ciñendo con ambas manos, no muy blancas ni nada endebles, el corvejón
del animal.
--No hay cosa como las montañesas--declaró dogmáticamente el atador,
encasquetándose otra vez su abollada bomba, sin la cual, al parecer, no
era dueño de todos los recursos de la ciencia quirúrgica.
--Remángate, Manola--aconsejó sin volver la cabeza Pedro:--sino vas á
ponerte perdida.
Notando que él no la miraba, Manolita se remangó. Los chiquillos, rubios
como el cerro, que presenciaban la operación absortos, con la pupila
dilatada y chupándose el dedo índice, quisieron también cooperar al buen
resultado, y vinieron á poner cada uno una manila en los corvejones de
la mártir. Poco duró el suplicio. El señor Antón, con su rapidez y
maestría acostumbradas, arrojaba ya triunfalmente hacia el campo más
próximo una masa sanguinolenta é informe, que era el núcleo del
lobanillo y su aureola de raíces. Entre un furioso y desesperado bramido
de la vaca al sentir la pez hirviendo que le abrasaba los tejidos, y un
_¡carraspo!_ del algebrista que se levantaba vencedor, se acabó la
operación y la víctima fué de nuevo encerrada en el establo. Echáronle
en el pesebre un brazado de fresca yerba, y á poco su hocico húmedo, del
cual se desprendía un hilo de baba, rumiaba con fruición la dulce
golosina.