Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª

I

Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como de tinta desleída,

fueron juntándose, juntándose, sin duda á cónclave, en las alturas del

cielo, deliberando si se desharían ó no se desharían en chubasco.

Resueltas finalmente á lo primero, empezaron por soltar goterones

anchos, gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de las

yerbas y resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraron

á porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y

oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales,

sumergiendo la vegetación menuda, colándose como podían al través de la

copa de los árboles para escurrir después tronco abajo, á manera de

raudales de lágrimas por un semblante rugoso y moreno.

Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magnífico

castaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi

arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecía

lanzarse arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, de

esos que ven con indiferencia desdeñosa sucederse generaciones de

chinches, pulgones, hormigas y larvas, y les dan cuna y sepulcro en los

senos de su rajada corteza.

Al pronto fué útil el asilo: un verde paraguas de ramaje cobijaba los

arrimados cuerpos de la pareja, guareciéndolos del agua terca y furiosa;

y se reían de verla caer á distancia y de oir cómo fustigaba la cima del

castaño, pero sin tocarles. Poco duró la inmunidad, y en breve comenzó

la lluvia á correr por entre las ramas, filtrándose hasta el centro de

la copa y buscando después su natural nivel. Á un mismo tiempo sintió la

niña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano á la cabeza,

porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambos

soltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen lo mismo

las contrariedades que las venturas.

--Se acabó...--pronunció ella cuando todavía la risa le retozaba en los

labios.--Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.

--El que se mete debajo de hoja dos veces se moja--respondió él

sentenciosamente.--Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios mejores.

--Y mientras llegamos, el agua nos entra por el peszcuezo, y nos sale

por los pies.

--Anda, tontiña. Remanga la falda y tapémonos la cabeza. Así, mujer,

así. Verás qué cerquita está un escondrijo precioso.

Alzó ella el vestido de lana á cuadros, cubriendo también á su compañero

y realizando el simpático y tierno grupo de Pablo y Virginia, que

parece anticipado y atrevido símbolo del amor satisfecho. Cada cual asió

una orilla del traje, y al afrontar la lluvia, por instinto juntaron y

cerraron bajo la barbilla la hendidura de la improvisada tienda, y sus

rostros quedaron pegados el uno al otro, mejilla contra mejilla,

confundiéndose el calor de su aliento y la cadencia de su respiración.

Caminaban medio á ciegas, él encorvado, por ser más alto, rodeando con

el brazo el talle de ella, y comunicando el impulso directivo, si bien

el andar de los dos llevaba el mismo compás.

Poco distaba el famoso escondrijo. Sólo necesitaron para acertar con él

bajar un ribazo, resbaladizo por la humedad, y lindante con la

carretera. Coronaban el ribazo grandes peñascales, y en su fondo existía

una cantera de pizarra, ahondada y explotada al construirse el camino

real, y convertida en profunda cueva; excelente abrigo para ocasiones

como la presente. Abandonada hacía tiempo por los trabajadores la

cantera, volvía á enseñorearse de ella la vegetación, convirtiendo el

hueco artificial en rústica y sombrosa gruta. En la cresta y márgenes

del ribazo crecía tupida maleza, y al desbordarse, estrechaba la entrada

de la excavación: al exterior se enmarañaba una abundante cabellera de

zarzales, madreselvas, cabrifollos y clemátidas; dentro, en las

anfractuosidades del muro lacerado por la piqueta, anidaban vencejos,

estorninos y algún azor; los primeros salieron despavoridos,

revoloteando, cuando entró la pareja. Siendo muy bajo el sitio, é

impregnado del agua que recogía como una urna y del calor del sol que

almacenaba en su recinto orientado al mediodía, encerraba una vegetación

de invernáculo, ó más bien de época antediluviana, de capas

carboníferas: escolopendras y helechos enormes brotaban lozanos,

destacando sobre la sombría pizarra los penachos de pluma de sus

vertebradas y recortadas hojas.

Aun cuando el escondrijo daba espacio bastante, la pareja no se desunió

al acogerse allí, sino que enlazada se dirigió á lo más oscuro, sin

detenerse hasta tropezar con la pared, contra la cual se reclinó en

silencio, al abrigo de la remangada falda. Ni menos se desviaron sus

rostros, tan cercanos, que él sentía el aletear de mariposa de los

párpados de ella, y el cosquilleo de sus pestañas curvas. Dentro del

camarín de tela, los envolvía suavemente el calor mutuo que se

prestaban: las manos, al sujetar bajo la barbilla la orla del vestido,

se entretejían, se fundían como si formasen parte de un mismo cuerpo. Al

fin el mancebo fué aflojando poco á poco el brazo y la mano, y ella

apartó cosa de media pulgada el rostro. La tela, deslizándose, cayó

hacia atrás, y quedaron descubiertos, agitados y sin saber qué decirse.

Llenaba la gruta el vaho poderoso de la robusta vegetación

semi-palúdica, y el sofocante ardor de un día canicular. Fuera, seguía

cayendo con ímpetu la lluvia, que tendía ante los ojos de la pareja

refugiada una cortina de turbio cristal, y ayudaba á convertir en

cerrado gabinete el barranco donde con palpitante corazón esperaban niña

y muchacho que cesase el aguacero.

No era la vez primera que se encontraban así, juntos y lejos de toda

mirada humana, sin más compañía que la madre naturaleza, á cuyos pechos

se habían criado. ¡En cuántas ocasiones, ya á la sombra del gallinero ó

del palomar que conserva la tibia atmósfera y el olor germinal de los

nidos, ya en la soledad del hórreo, sobre el lecho movedizo de las

espigas doradas, ya al borde de los setos, riéndose de la picadura de

las espinas y del bigote cárdeno que pintan las moras, ya en el repuesto

albergue de algún soto, ó al pie de un vallado por donde serpeaban las

lagartijas, habían pasado largas horas compartiendo el mendrugo de pan

seco y duro ya á fuerza de andar en el bolsillo, las cerezas atadas en

un pañuelo, las manzanas verdes; jugando á los mismos juegos, durmiendo

la siesta sobre la misma paja! ¿Entonces, á qué venía semejante

turbación al recogerse en la gruta? Nada se había mudado en torno suyo;

ellos eran quienes, desde el comienzo de aquel verano, desde que él

regresara del instituto de Orense á la aldea para las vacaciones, se

sentían inmutados, diferentes y medio tontos. La niña, tan corretona y

traviesa de ordinario, tenía á deshora momentos de calma, deseos de

ociosidad y reposo, lasitudes que la movían á sentarse en la linde de un

campo ó á apoyarse en un murallón, cuyo afelpado tapiz de musgo rascaba

distraidamente con las uñas. A veces clavaba á hurtadillas los ojos en

el lindo rostro de su compañero de infancia, como si no le hubiese visto

nunca; y de repente los volvía á otra parte, ó los bajaba al suelo.

También él la miraba mucho más, pero fijamente, sin rebozo, con

ardientes y escrutadoras pupilas, buscando en pago otra ojeada

semejante; y al paso que en ella crecía el instintivo recelo, en él

sucedía á la intimidad siempre un tanto hostil y reñidora que cabe entre

niños, al aire despótico que adoptan los mayores y los varones con las

chiquillas, un rendimiento, una ternura, una galantería refinada,

manifestada á su manera, pero de continuo. Ayer, aunque inseparables y

encariñados hasta el extremo de no poder vivir sino juntos y de que les

costase todos los inviernos una enfermedad la ausencia, cimentaban su

amistad, más que las finezas, los pescozones, cachetes y mordiscos, las

riñas y enfados, la superioridad cómica que se arrogaba él, y las

malicias con que ella le burlaba. Hoy parecía como si ambos temiesen, al

hablarse, herirse ó suscitar alguna cuestión enojosa; no disputaban, no

se peleaban nunca; el muchacho era siempre del parecer de la niña. Esta

cortedad y recelo mutuo se advertía más cuando estaban á solas. Delante

de gente se restablecía la confianza y corrían las bromas añejas.

Con todo eso no renunciaban á corretear juntos y sin compañía de nadie.

Á falta de testigos, les distraía y tranquilizaba la menor cosa: una

flor, un fruto silvestre que recogían, una mosca verde que volaba

rozando con la cara de la niña. Impremeditadamente se escudaban con la

naturaleza, su protectora y cómplice.

En la gruta, lo que les sacó de su momentáneo embeleso, fué observar la

vegetación viciosa y tropical del fondo. La niña, gran botánica por

instinto, conocía todas las plantas y yerbas bonitas del país; pero

jamás había encontrado, ni á la orilla de las fuentes, tan elegantes

hojas péndulas, tan colosales y perfumados helechos, tanto pulular de

insectos como en aquel lugar húmedo y caluroso. Parecía que la

naturaleza se revelaba allí más potente y lasciva que nunca, ostentando

sus fuerzas genesiacas con libre impudor. Olores almizclados revelaban

la presencia de millares de hormigas; y tras la exuberancia del follaje,

se divisaba la misteriosa y amenazadora forma de la araña, y se

arrastraba la oruga negra, de peludo lomo. La niña los miraba,

estremeciéndose cuando al apartar las hojas descubría algún secreto

rito de la vida orgánica, el sacrificio de un moscón preso y agonizante

en la red, el juego amoroso de dos insectos colgados de un tallo, la

procesión de hormigones que acarreaban un cuerpo muerto.

Entre tanto llovía á más y mejor. Sin embargo, así que hubo pasado cosa

de una hora, el chubasco se aplacó casi repentinamente, pareció que la

gruta se llenaba de claridad, y una bocanada de fragancia húmeda la

inundó: el tufo especial de la tierra refrigerada y el hálito de las

flores, que respiran al salir del baño. También á los refugiados se les

dilataron los pulmones, y á un mismo tiempo se lanzaron fuera del

escondrijo, hacia la boca de la cueva.

Allí se pararon deslumbrados por inesperado espectáculo. La atmósfera,

en su parte alta, estaba barrida de celajes, diáfana y serena: lucía el

sol, y sobre el replegado ejército de nubes, se erguía vencedor, con

inusitada limpidez y magnificencia, un soberbio arco-iris, cuyo

arranque surgía del monte del Pico-Medelo, cogía en medio su alta

cúspide, y venía á rematar, disfumándose, en las brumas del río Avieiro.

No era esbozo de arcada borrosa y próxima á desvanecerse, sino un

semicírculo delineado con energía, semejante al pórtico de un palacio

celestial, cuyo esmalte formaban los más bellos, intensos y puros

colores que es dado sentir á la retina humana. El violado tenía la

aterciopelada riqueza de una vestidura episcopal; el añil cegaba con su

profunda vibración de zafiro; el azul ostentaba claridades de agua que

refleja el hielo, frías limpideces de noche de luna; el verde se

tornasolaba con el halagüeño matiz de la esmeralda, en que tan

voluptuosamente se recrea la pupila; y el amarillo, anaranjado y rojo

parecían luz de bengala encendida en el firmamento, círculos

concéntricos trazados por un compás celestial con fuego del que abrasa á

los serafines, fuego sin llamas, ascuas, ni humo.

A la vista del hermoso meteoro, aproximóse la pareja, según la costumbre

inveterada en los que se quieren, de expresarlo todo acercándose.

--¡El Arco de la Vieja!--exclamó en dialecto la niña, señalando con una

mano al horizonte y cogiéndose con la otra á la ropa del muchacho.

--Nunca ví otro tan claro. Si parece pintado, así Dios me salve. Chica,

qué bonito!

--¡Mira, mira, mira!--chilló ella.--¡El arco anda!

--¿Que anda? Tú estás loca... ¡Ay, pues anda y bien que anda!

El arco se trasladaba en efecto, con dulce é imponente lentitud, de

manera teatral. Se vió un instante la cima del Pico recortada sobre el

fondo de vivos esmaltes; luego, poco á poco, el arco dejó atrás la

montaña y vino á coronar con su curva magnífica la profundidad del

valle. Mas ya palidecían sus tintas espléndidas, y se borraban sus

líneas brillantes, dejando como un vapor de colores, delicadísimo toque

casi fundido ya con el firmamento, casi velado por la humareda de las

nubecillas blancas, que vagaban y se deshacían también.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 11 / 64 题