III

La plúmbea niebla se hizo más intensa con la noche, y los faroles

entraron temblando a la vida, mientras la señora de Galba, absorta en

dolorosos recuerdos, permanecía aún asomada a su ventana tristemente. Ni

siquiera se dio cuenta de que Carolina se había escurrido de la sala, y

de su bullicioso regreso, llevando en la mano el periódico de la noche,

húmedo aún. Con la presencia de la niña volvió _Lady Clara_ en sí y a

los apuros del presente. En su triste situación solía la pobre mujer

examinar minuciosamente los anuncios, con la efímera esperanza de

encontrar entre ellos proposiciones para un empleo (no sabía cuál), que

pudiera proveer a sus necesidades, y Carolina se había fijado en esto.

La señora de Galba cerró maquinalmente los postigos, encendió las luces

y desdobló el diario.

Instintivamente, su vista se posó en el siguiente párrafo de la sección

telegráfica:

Fiddletown, 7.--Don Juan Galba, persona»muy conocida en este

lugar, murió anoche de _delirium tremens_. Don Juan se entregaba a

desarregladas costumbres, ocasionadas, según se dice, por disgustos

de orden familiar.»

_Lady Clara_ no se inmutó. Volvió tranquilamente la página y miró de

soslayo a Carolina, que estaba absorta en la lectura de un cuaderno con

láminas. _Lady Clara_ no dijo una palabra, y durante el resto de la

noche permaneció absorta, contra su costumbre, y sumamente silenciosa y

meditabunda.

Por fin, ya en la madrugada, dirigiéndose donde dormía Carolina cayó de

repente de rodillas junto a la cama, y tomando entre las manos la tierna

cabeza de la niña, le preguntó:

--Dime. ¿Te gustaría tener otro papá?

--No--dijo después de meditar un momento la interpelada.

--Quiero decir un papá que ayudase a mamá y te cuidara con amor, que te

diese bonitos vestidos y que, por fin, cuando fueses mayor, hiciese de

ti una señora.

Carolina volvió hacia ella sus ojos somnolientos.

--¿Y a ti, te gustaría, mamá?

_Lady Clara_ se sonrojó hasta las orejas.

--Duerme--dijo bruscamente.

Y volviose.

Pero al cabo de poco rato la niña sintió dos tiernos brazos que la

estrechaban contra un pecho palpitante y conmovido por los sollozos

desgarradores.

--¡No llores, mamá!--murmuró Carolina, recordando como en sueños la

conversación pasada.--No quiero que llores. Creo que me gustaría un

nuevo papá si te quisiera mucho... mucho... y me quisiera mucho a mí.

Un mes más tarde, se casó la señora de Galba, con sorpresa general. El

afortunado novio era un tal Roberto, coronel elegido recientemente para

representar el condado de Calaveras en el consejo legislativo. En la

imposibilidad de relatar el acontecimiento en lenguaje más escogido que

el de corresponsal del _Globo de Sacramento_, citaré algunas de sus

frases más graciosas:

«Las implacables flechas del pícaro Cupido se ensañan estos días en

nuestros galantes salones: hay una nueva víctima.

»Se trata del honorable A. Roberto de Calaveras, cautivo hoy de una

bellísima hada, viuda, un tiempo sacerdotisa de Thespis, y hasta

hace poco, émula de Santa Cecilia, en una de las iglesias más a la

moda de San Francisco, donde disfrutaba de un sueldo regular.»

_El Noticiero de Dutch Flat_ comentó el suceso con su poca aprensión

característica:

«El nuevo _leader_ de los demócratas de Calaveras, acaba de llegar

a la legislatura con un flamante proyecto. Se trata de la

conversión del nombre Galba en el de Ponce, apellido del coronel

Roberto. Creemos que llaman a eso una _fe_ de casamiento. No ha

transcurrido un mes desde que murió el señor Galba, pero es de

suponer que el intrépido coronel no tiene miedo a los duendes de

alcoba.»

Sin embargo, decir que la victoria del coronel fue fácilmente obtenida,

sería no hacer justicia a _Lady Clara_.

A la timidez propia del sexo femenino, añadíase el obstáculo de un

rival, acomodado empresario de pompas fúnebres, de Sacramento, a quien

debió cautivar la señora de Galba, en el teatro o en la iglesia, ya que

los hábitos profesionales del galán lo excluían del ordinario trato

social y de todo otro que no fuese religioso o de ceremonial. Como este

caballero poseía una bonita fortuna adquirida en la propicia ocasión de

una larga y terrible epidemia, el coronel lo tenía por rival algo

temible. Pero, por fortuna, el empresario de pompas fúnebres hubo de

ejercer su profesión en la persona de un senador, colega del coronel, a

quien la pistola de éste mató en un lance de honor, y sea que temiese la

rivalidad por consideraciones físicas, o bien que calculase con

prudencia que el coronel podía procurarle clientes, ello fue que se

retiró, dejando expedito el campo.

La luna de miel fue corta, y terminó con un incidente inesperado.

Durante el viaje de bodas, confiaron a una hermana del coronel Roberto

el cuidado de la niña. Al regresar a la ciudad, la señora de Ponce

determinó inmediatamente visitar a la guardadora, para traerse la niña

a casa nuevamente.

Pero su marido, desde hacía algún tiempo daba muestras de inquietud que

se esforzaba en vencer por medio del uso repetido de bebidas fuertes. Al

fin se decidió, abrochose estrechamente la levita, y después de pasear

el cuarto una o dos veces con paso inseguro, detúvose de repente ante su

esposa con aire de autoridad.

--Hasta el último momento--dijo el coronel con labio balbuciente y

afectada majestad que aumentaba su miedo interior--he diferido, es

decir, he suspendido la revelación de un hecho que creo comunicándotelo

cumplir con mi deber. Todo con objeto de no nublar el sol de nuestra

mutua felicidad... para no marchitar nuestras tiernas promesas en flor,

ni oscurecer el cielo conyugal con una explicación desagradable, pero

debo hacerlo... ¡vive Dios!... Señora... debo hacerlo hoy. ¡La niña no

está ya aquí!

--¡Cómo!--exclamó la señora de Ponce con sorpresa.

Algo había en el tono de su voz, en el repentino estrabismo de sus

pupilas, que en un momento disipó los vapores alcohólicos en la cabeza

del coronel y encogió su gallarda figura.

Me explicaré en cuatro palabras--dijo moviendo la mano en ademán

conciliador,--me explicaré. El... el... el... melancólico suceso que

precipitó nuestra felicidad, la misteriosa Providencia que te libertó,

libertó también a la niña. ¿Comprendes? Libertó a la niña. En el momento

de morir Galba, el parentesco que por él te unía desapareció también. La

cosa es clara como la luz. ¿De quién es la niña? ¿De Galba? Este ha

muerto y la niña no puede pertenecer a un muerto. Es una solemne

tontería pretender que pertenece a un muerto. ¿Es hija suya? ¿No? ¿De

quién, pues? La niña pertenece a su madre. ¿No es eso?

--¿Dónde está?--dijo la señora de Ponce con voz concentrada y pálido

rostro.

--Todo lo explicaré. La niña pertenece a su madre. De eso no cabe duda

alguna. Soy abogado, legislador y ciudadano de la Unión. Mi deber como

abogado, legislador y ciudadano de la Unión, es restituir la niña a su

afligida madre... cueste lo que costare.

--Pero, ¿dónde está?--repitió la señora de Ponce, fija todavía la vista

en el semblante del coronel.

--Pues, en camino para reunirse con su madre; partió ayer en el vapor,

con rumbo al Este y transportada por favorables vientos hacia aquélla

que, sin duda, la espera con los brazos abiertos.

La señora de Ponce permaneció inmóvil. El coronel sintió que su pecho se

encogía poco a poco, pero apoyose contra una silla, y se esforzó en

ostentar una galantería caballeresca unida a la severidad del togado.

--Señora, honran sobre manera a su sexo, pero es preciso también

considerar los sentimientos, la situación de una madre, y, al propio

tiempo, mi misma situación.

El coronel hizo aquí una pausa y, sacando un pañuelo blanco, lo pasó

descuidadamente sobre su pecho y luego se sonrió cínicamente a través de

sus bordados pliegues.

Luego añadió:

--¿Por qué una leve sombra ha de nublar la armonía de dos almas que

mueve un solo pensamiento? ¡Ciertamente, la niña es hermosa, es buena,

pero, al fin y al cabo, es hija de otro! Fuese la niña, Clara, pero no

todo se fue con ella. ¡Clara, considera, querida, que siempre me tendrás

a mí a tu lado!

Clara se levantó con energía.

--¡Usted!--gritó con una nota de pecho que hizo vibrar los

cristales.--¡Usted, con quien me casé para que mi querida niña no

muriese de hambre! ¡Usted, perro al que llamé a mi lado para alejar de

mí a los hombres! ¡Usted!...

No pudo continuar. Precipitose en el cuarto vecino, que ocupaba

Carolina; luego pasó rápidamente a su propio dormitorio, y apareció de

repente ante él, erguida, amenazadora, con un fuego abrasador en los

pómulos, fruncidas las cejas y contraída su garganta. Pareciole al

coronel que su cabeza se achataba y se deprimía su boca como la de un

ofidio.

--¡Roberto!--dijo con voz ronca y enérgica.--¡Oiga, coronel! Si desea

alguna vez fijar su vista en mí, tráigame antes a la niña. Si alguna vez

quiere hablarme o acercarse, tiene que devolvérmela. Donde ella esté,

estaré yo, ¿oye? ¡Allá donde ella ha ido, me encontrará a mí!

Y otra vez pasó por delante de él furiosa, echando hacia fuera los

brazos desde los codos abajo, como si se librase así de vínculos

imaginarios, y, penetrando en su cuarto, cerró la puerta y dio vuelta a

la llave con violencia.

El coronel Roberto, aunque no era cobarde, sentía para una mujer enojada

un miedo supersticioso; retrocedió para dejarle libre el paso y fue a

rodar impotente por el canapé. Allí, después de uno o dos esfuerzos

infructuosos para ponerse en pie, permaneció inmóvil, profiriendo de vez

en cuando blasfemias mezcladas con protestas incoherentes, hasta que,

por fin, sucumbió al cansancio de la emoción y al narcotismo del alcohol

ingerido.

Mientras tanto, la señora de Ponce recogía excitada sus joyas y hacía su

maleta, como ya otra vez la había hecho en el transcurso de su

accidentada existencia. Quizá un recuerdo de aquella escena vagaba por

su mente, pues repetidas veces se detuvo para apoyar las encendidas

mejillas en su mano, como si otra vez debiese aparecer la figura de la

niña, de pie en el umbral y repitiendo con voz angelical la consabida

pregunta de:--¿es mamá?--Mas este nombre le atormentaba ahora

cruelmente. Apartolo de su imaginación con un rápido y apasionado gesto

y enjugó una lágrima que rodaba por sus mejillas.

Después quiso la casualidad que, removiendo sus ropas, diese con una

zapatilla de la niña, con una de las cintas estropeada. Un agudo grito

salió de su pecho, el primero que había proferido aquel día, y la

estrechó contra sí, besándola apasionadamente una y otra vez; meciola

con ese movimiento maternal propio de la mujer, y después la llevó hasta

la ventana, para verla mejor a través de las lágrimas que nublaban sus

pupilas. De repente sufrió un fuerte ataque de tos que intentó ahogar

llevando el pañuelo a sus labios rojos como la grana. Y luego sintió que

desfallecía; pareciole que la ventana huía delante de ella, que el suelo

se hundía bajo sus pies, y tambaleándose llegó a la cama, cayó boca

abajo sobre ella, estrechando convulsivamente contra su pecho el pañuelo

y la zapatilla. Su rostro estaba horriblemente pálido, las órbitas de

sus ojos se oscurecían, y en sus labios primero, luego en su pañuelo y

por fin sobre el blanco cubrecama aparecieron unas gotas de sangre.

Levantose el viento con fuerza, sacudió las celosías y agitó las blancas

cortinas de un modo fantástico; luego, una niebla gris se deslizó

suavemente por encima de los tejados, acariciando las paredes barridas

por el viento y envolviéndolo todo en luz incierta e imponente

quietud...

* * * * * * *

Clara yacía inmóvil; a pesar de todas sus desdichas, era una bellísima

desposada, pero al otro lado de la puerta cerrada con cerrojo, el

coronel roncaba con violencia en su lecho improvisado.

Bocetos californianos · 第 37 / 41 题