La plúmbea niebla se hizo más intensa con la noche, y los faroles
entraron temblando a la vida, mientras la señora de Galba, absorta en
dolorosos recuerdos, permanecía aún asomada a su ventana tristemente. Ni
siquiera se dio cuenta de que Carolina se había escurrido de la sala, y
de su bullicioso regreso, llevando en la mano el periódico de la noche,
húmedo aún. Con la presencia de la niña volvió _Lady Clara_ en sí y a
los apuros del presente. En su triste situación solía la pobre mujer
examinar minuciosamente los anuncios, con la efímera esperanza de
encontrar entre ellos proposiciones para un empleo (no sabía cuál), que
pudiera proveer a sus necesidades, y Carolina se había fijado en esto.
La señora de Galba cerró maquinalmente los postigos, encendió las luces
y desdobló el diario.
Instintivamente, su vista se posó en el siguiente párrafo de la sección
telegráfica:
Fiddletown, 7.--Don Juan Galba, persona»muy conocida en este
lugar, murió anoche de _delirium tremens_. Don Juan se entregaba a
desarregladas costumbres, ocasionadas, según se dice, por disgustos
de orden familiar.»
_Lady Clara_ no se inmutó. Volvió tranquilamente la página y miró de
soslayo a Carolina, que estaba absorta en la lectura de un cuaderno con
láminas. _Lady Clara_ no dijo una palabra, y durante el resto de la
noche permaneció absorta, contra su costumbre, y sumamente silenciosa y
meditabunda.
Por fin, ya en la madrugada, dirigiéndose donde dormía Carolina cayó de
repente de rodillas junto a la cama, y tomando entre las manos la tierna
cabeza de la niña, le preguntó:
--Dime. ¿Te gustaría tener otro papá?
--No--dijo después de meditar un momento la interpelada.
--Quiero decir un papá que ayudase a mamá y te cuidara con amor, que te
diese bonitos vestidos y que, por fin, cuando fueses mayor, hiciese de
ti una señora.
Carolina volvió hacia ella sus ojos somnolientos.
--¿Y a ti, te gustaría, mamá?
_Lady Clara_ se sonrojó hasta las orejas.
--Duerme--dijo bruscamente.
Y volviose.
Pero al cabo de poco rato la niña sintió dos tiernos brazos que la
estrechaban contra un pecho palpitante y conmovido por los sollozos
desgarradores.
--¡No llores, mamá!--murmuró Carolina, recordando como en sueños la
conversación pasada.--No quiero que llores. Creo que me gustaría un
nuevo papá si te quisiera mucho... mucho... y me quisiera mucho a mí.
Un mes más tarde, se casó la señora de Galba, con sorpresa general. El
afortunado novio era un tal Roberto, coronel elegido recientemente para
representar el condado de Calaveras en el consejo legislativo. En la
imposibilidad de relatar el acontecimiento en lenguaje más escogido que
el de corresponsal del _Globo de Sacramento_, citaré algunas de sus
frases más graciosas:
«Las implacables flechas del pícaro Cupido se ensañan estos días en
nuestros galantes salones: hay una nueva víctima.
»Se trata del honorable A. Roberto de Calaveras, cautivo hoy de una
bellísima hada, viuda, un tiempo sacerdotisa de Thespis, y hasta
hace poco, émula de Santa Cecilia, en una de las iglesias más a la
moda de San Francisco, donde disfrutaba de un sueldo regular.»
_El Noticiero de Dutch Flat_ comentó el suceso con su poca aprensión
característica:
«El nuevo _leader_ de los demócratas de Calaveras, acaba de llegar
a la legislatura con un flamante proyecto. Se trata de la
conversión del nombre Galba en el de Ponce, apellido del coronel
Roberto. Creemos que llaman a eso una _fe_ de casamiento. No ha
transcurrido un mes desde que murió el señor Galba, pero es de
suponer que el intrépido coronel no tiene miedo a los duendes de
alcoba.»
Sin embargo, decir que la victoria del coronel fue fácilmente obtenida,
sería no hacer justicia a _Lady Clara_.
A la timidez propia del sexo femenino, añadíase el obstáculo de un
rival, acomodado empresario de pompas fúnebres, de Sacramento, a quien
debió cautivar la señora de Galba, en el teatro o en la iglesia, ya que
los hábitos profesionales del galán lo excluían del ordinario trato
social y de todo otro que no fuese religioso o de ceremonial. Como este
caballero poseía una bonita fortuna adquirida en la propicia ocasión de
una larga y terrible epidemia, el coronel lo tenía por rival algo
temible. Pero, por fortuna, el empresario de pompas fúnebres hubo de
ejercer su profesión en la persona de un senador, colega del coronel, a
quien la pistola de éste mató en un lance de honor, y sea que temiese la
rivalidad por consideraciones físicas, o bien que calculase con
prudencia que el coronel podía procurarle clientes, ello fue que se
retiró, dejando expedito el campo.
La luna de miel fue corta, y terminó con un incidente inesperado.
Durante el viaje de bodas, confiaron a una hermana del coronel Roberto
el cuidado de la niña. Al regresar a la ciudad, la señora de Ponce
determinó inmediatamente visitar a la guardadora, para traerse la niña
a casa nuevamente.
Pero su marido, desde hacía algún tiempo daba muestras de inquietud que
se esforzaba en vencer por medio del uso repetido de bebidas fuertes. Al
fin se decidió, abrochose estrechamente la levita, y después de pasear
el cuarto una o dos veces con paso inseguro, detúvose de repente ante su
esposa con aire de autoridad.
--Hasta el último momento--dijo el coronel con labio balbuciente y
afectada majestad que aumentaba su miedo interior--he diferido, es
decir, he suspendido la revelación de un hecho que creo comunicándotelo
cumplir con mi deber. Todo con objeto de no nublar el sol de nuestra
mutua felicidad... para no marchitar nuestras tiernas promesas en flor,
ni oscurecer el cielo conyugal con una explicación desagradable, pero
debo hacerlo... ¡vive Dios!... Señora... debo hacerlo hoy. ¡La niña no
está ya aquí!
--¡Cómo!--exclamó la señora de Ponce con sorpresa.
Algo había en el tono de su voz, en el repentino estrabismo de sus
pupilas, que en un momento disipó los vapores alcohólicos en la cabeza
del coronel y encogió su gallarda figura.
Me explicaré en cuatro palabras--dijo moviendo la mano en ademán
conciliador,--me explicaré. El... el... el... melancólico suceso que
precipitó nuestra felicidad, la misteriosa Providencia que te libertó,
libertó también a la niña. ¿Comprendes? Libertó a la niña. En el momento
de morir Galba, el parentesco que por él te unía desapareció también. La
cosa es clara como la luz. ¿De quién es la niña? ¿De Galba? Este ha
muerto y la niña no puede pertenecer a un muerto. Es una solemne
tontería pretender que pertenece a un muerto. ¿Es hija suya? ¿No? ¿De
quién, pues? La niña pertenece a su madre. ¿No es eso?
--¿Dónde está?--dijo la señora de Ponce con voz concentrada y pálido
rostro.
--Todo lo explicaré. La niña pertenece a su madre. De eso no cabe duda
alguna. Soy abogado, legislador y ciudadano de la Unión. Mi deber como
abogado, legislador y ciudadano de la Unión, es restituir la niña a su
afligida madre... cueste lo que costare.
--Pero, ¿dónde está?--repitió la señora de Ponce, fija todavía la vista
en el semblante del coronel.
--Pues, en camino para reunirse con su madre; partió ayer en el vapor,
con rumbo al Este y transportada por favorables vientos hacia aquélla
que, sin duda, la espera con los brazos abiertos.
La señora de Ponce permaneció inmóvil. El coronel sintió que su pecho se
encogía poco a poco, pero apoyose contra una silla, y se esforzó en
ostentar una galantería caballeresca unida a la severidad del togado.
--Señora, honran sobre manera a su sexo, pero es preciso también
considerar los sentimientos, la situación de una madre, y, al propio
tiempo, mi misma situación.
El coronel hizo aquí una pausa y, sacando un pañuelo blanco, lo pasó
descuidadamente sobre su pecho y luego se sonrió cínicamente a través de
sus bordados pliegues.
Luego añadió:
--¿Por qué una leve sombra ha de nublar la armonía de dos almas que
mueve un solo pensamiento? ¡Ciertamente, la niña es hermosa, es buena,
pero, al fin y al cabo, es hija de otro! Fuese la niña, Clara, pero no
todo se fue con ella. ¡Clara, considera, querida, que siempre me tendrás
a mí a tu lado!
Clara se levantó con energía.
--¡Usted!--gritó con una nota de pecho que hizo vibrar los
cristales.--¡Usted, con quien me casé para que mi querida niña no
muriese de hambre! ¡Usted, perro al que llamé a mi lado para alejar de
mí a los hombres! ¡Usted!...
No pudo continuar. Precipitose en el cuarto vecino, que ocupaba
Carolina; luego pasó rápidamente a su propio dormitorio, y apareció de
repente ante él, erguida, amenazadora, con un fuego abrasador en los
pómulos, fruncidas las cejas y contraída su garganta. Pareciole al
coronel que su cabeza se achataba y se deprimía su boca como la de un
ofidio.
--¡Roberto!--dijo con voz ronca y enérgica.--¡Oiga, coronel! Si desea
alguna vez fijar su vista en mí, tráigame antes a la niña. Si alguna vez
quiere hablarme o acercarse, tiene que devolvérmela. Donde ella esté,
estaré yo, ¿oye? ¡Allá donde ella ha ido, me encontrará a mí!
Y otra vez pasó por delante de él furiosa, echando hacia fuera los
brazos desde los codos abajo, como si se librase así de vínculos
imaginarios, y, penetrando en su cuarto, cerró la puerta y dio vuelta a
la llave con violencia.
El coronel Roberto, aunque no era cobarde, sentía para una mujer enojada
un miedo supersticioso; retrocedió para dejarle libre el paso y fue a
rodar impotente por el canapé. Allí, después de uno o dos esfuerzos
infructuosos para ponerse en pie, permaneció inmóvil, profiriendo de vez
en cuando blasfemias mezcladas con protestas incoherentes, hasta que,
por fin, sucumbió al cansancio de la emoción y al narcotismo del alcohol
ingerido.
Mientras tanto, la señora de Ponce recogía excitada sus joyas y hacía su
maleta, como ya otra vez la había hecho en el transcurso de su
accidentada existencia. Quizá un recuerdo de aquella escena vagaba por
su mente, pues repetidas veces se detuvo para apoyar las encendidas
mejillas en su mano, como si otra vez debiese aparecer la figura de la
niña, de pie en el umbral y repitiendo con voz angelical la consabida
pregunta de:--¿es mamá?--Mas este nombre le atormentaba ahora
cruelmente. Apartolo de su imaginación con un rápido y apasionado gesto
y enjugó una lágrima que rodaba por sus mejillas.
Después quiso la casualidad que, removiendo sus ropas, diese con una
zapatilla de la niña, con una de las cintas estropeada. Un agudo grito
salió de su pecho, el primero que había proferido aquel día, y la
estrechó contra sí, besándola apasionadamente una y otra vez; meciola
con ese movimiento maternal propio de la mujer, y después la llevó hasta
la ventana, para verla mejor a través de las lágrimas que nublaban sus
pupilas. De repente sufrió un fuerte ataque de tos que intentó ahogar
llevando el pañuelo a sus labios rojos como la grana. Y luego sintió que
desfallecía; pareciole que la ventana huía delante de ella, que el suelo
se hundía bajo sus pies, y tambaleándose llegó a la cama, cayó boca
abajo sobre ella, estrechando convulsivamente contra su pecho el pañuelo
y la zapatilla. Su rostro estaba horriblemente pálido, las órbitas de
sus ojos se oscurecían, y en sus labios primero, luego en su pañuelo y
por fin sobre el blanco cubrecama aparecieron unas gotas de sangre.
Levantose el viento con fuerza, sacudió las celosías y agitó las blancas
cortinas de un modo fantástico; luego, una niebla gris se deslizó
suavemente por encima de los tejados, acariciando las paredes barridas
por el viento y envolviéndolo todo en luz incierta e imponente
quietud...
* * * * * * *
Clara yacía inmóvil; a pesar de todas sus desdichas, era una bellísima
desposada, pero al otro lado de la puerta cerrada con cerrojo, el
coronel roncaba con violencia en su lecho improvisado.