IV

El pequeño pueblo de Génova, en el Estado de Nueva York, ponía de

manifiesto la semana anterior a la Navidad del año 1870, aún más que de

costumbre, la amarga ironía del nombre que le dieron sus fundadores. Una

copiosa nevada blanqueaba matorrales, plantas, paredes y palos de

telégrafo; ponía estrecho cerco a la dulce capital italiana,

arremolinábase alrededor de las enormes columnas dóricas de madera en la

casa de correos y en el hotel, suspendíase de las persianas verdes de

las mejores casas y empolvaba las siluetas angulosas, rígidas y oscuras

de sus vías. Las naves de las cuatro principales iglesias de la ciudad,

se alzaban abruptas rompiendo la línea de las casas, y escondían en el

bajo torbellino sus deformes torres. Cerca de la estación, la nueva

capilla metodista, semejante a una enorme locomotora, precedida, a

manera de salvavidas, de su piramidal escalinata, parecía esperar que

algunas casas se le agregaran para irse a un lugar más placentero. Y el

orgullo de Génova, el gran Instituto Crammer, para señoritas, dominaba

la avenida principal con su extraña fachada de ladrillo y su alta y

majestuosa cúpula. Desde cualquier punto de la ciudad, se divisaba

fácilmente el Instituto Crammer; así es que, bajo este punto de vista,

no desmentía su carácter de establecimiento público en el que no faltaba

nunca un visitante en su escalera y una cara bonita asomada a sus

ventanas.

El silbido de la locomotora del expreso septentrional de las cuatro,

atrajo a la estación a muy poca de su habitual y desocupada

concurrencia. Sólo un pasajero bajó y se dirigió en el solitario trineo

hacia el Hotel de Génova. En seguida el tren huyó indiferente como todos

los trenes expresos, por la curiosidad humana; volvió el vacío furgón de

equipajes a su cochera y el jefe de la estación cerró la puerta con

llave y se fue a retiro.

El chillido de la locomotora despertó la culpable conciencia de tres

señoritas del Instituto Crammer que en aquel momento se regalaban en una

calle vecina, en la dulcería de doña Brígida, comiendo pasteles. Las

reglas del Instituto dejaban amplio desarrollo a la naturaleza física y

moral de sus alumnas; en público se conformaban con sus excelentes

reglas de dieta, pero privadamente se permitían extrarreglamentarios

festines con las golosinas de su abastecedor particular del pueblo;

asistían a la iglesia con formalidad ejemplar, pero coqueteaban durante

el oficio divino con la dorada juventud del pueblo; en las clases

recibían severa y moral instrucción y durante el asueto devoraban las

novelas más edificantes. El fruto de esta doble enseñanza era una

agrupación de jóvenes robustas, alegres y encantadoras que daban al

Instituto infinito crédito. Doña Brígida, a pesar de que le debían

importantes sumas, alababa el buen humor y belleza juvenil de sus

parroquianas y declaraba que la vista de estas señoritas la rejuvenecía,

pero se sospechaba de ella que favoreciese sin escrúpulos las

clandestinas incursiones que aquellas hacían.

--¡Amigas! las cuatro; si no estamos de vuelta para las oraciones,

daremos que hablar--dijo levantándose la más alta de estas vírgenes

locas, muchacha de nariz aguileña y maneras resueltas que revelaban a la

inteligente directora del cotarro.

--¿Tienes los libros, Adelaida?

Adelaida enseñó debajo de su impermeable tres libros de no muy santa

apariencia.

--¿Y las provisiones, Carolina?

Carolina mostró de su saquito un paquete de aspecto sospechoso.

--Todo está corriente. Chicas, en marcha. Póngalo en la cuenta--añadió

saludando con la cabeza a la huéspeda, mientras se adelantaban hacia la

puerta.--Le pagaré cuando llegue el trimestre a mi poder.

--No, Catalina--repuso Carolina, sacando su portamonedas,--déjame pagar,

me toca a mí.

--De manera alguna--dijo Catalina, arqueando soberanamente sus negras

cejas,--ya sé que tienes ricos parientes en California que te envían

puntualmente fondos, pero no quiero permitirlo. Vamos, chicas,

¡adelante!

Al abrir la puerta, una fuerte ráfaga de viento penetró violentamente en

la tienda, lo cual asustó a la bondadosa doña Brígida.

--¡Por Dios, señoritas, no deberían ustedes salir con este tiempo! Será

mejor que me dejen mandar un recado al Instituto y les arreglaré aquí

una buena cama.

Mas la última frase se perdió en el coro de chillidos medio ahogados que

arrojaban las niñas, agarradas de la mano, lanzándose en mitad del

temporal, y muy pronto fueron envueltas en el torbellino huracanado.

Anochecía, y las breves horas de aquel día de diciembre, que no

alumbraban los vivos colores de la puesta del sol, terminaban

rápidamente. La temperatura era fría por demás y en el aire giraban

densos copos de nieve. La inexperiencia, y sobre todo los bríos de la

juventud, daban a las muchachas resolución; pero osaron atravesar el

campo por un atajo para evitar los recodos de la calle Mayor, y la risa

expiró en sus labios y las lágrimas comenzaron a apuntar en los ojos de

Carolina. Retrocedieron, y al llegar al camino, estaban abrumadas de

fatiga.

--Volvámonos--dijo Carolina.

--No nos sería posible ya atravesar otra vez el campo--dijo Adelaida.

--Parémonos, pues, en la primera casa--repuso aquella.

--La primera casa--dijo Adelaida, mirando a través de la naciente

oscuridad,--es del squire Robinson--dijo y echó a Carolina una mirada

picaresca que hasta en su inquietud y miedo hizo que las mejillas de la

niña se tiñeran de carmín.

--¡Eso es! Sí--dijo Catalina irónicamente,--por supuesto, detengámonos

en casa del squire, y nos convidará a cenar, y luego nos llevará a casa

en coche tu querido amigo Enrique, con formales excusas del señor

Robinson, suplicando que por esta vez se nos perdone. No--prosiguió

Catalina con repentina energía,--eso puede que te plazca a ti; pero yo

me vuelvo como he venido, por la ventana, o bien me quedo en este mismo

lugar.

Y cayó repentinamente sobre Carolina, que lloraba sobre un montón de

nieve, y la sacudió con fuerza.

--Luego dormirás. ¡Chito! ¡Callemos! ¿qué es eso?

Se oían los cascabeles de unas colleras y en la oscuridad venía hacia

ellas un trineo con un solo conductor.

--Escondámonos, chicas: si es alguien que nos conozca, estamos perdidas.

Afortunadamente, no lo era, y antes de que pudiesen poner por obra su

pensamiento, una voz desconocida a sus oídos, pero bondadosa y de

agradable timbre, preguntó si podía serles útil en alguna cosa. Era un

hombre envuelto en una hermosa capa de piel de foca, cubierta la cabeza

por una gorra de la misma piel, y con la cara medio tapada por una

bufanda también de pieles, dejaba ver solamente unos largos bigotes y

dos ojos negros de gran viveza.

--Es un hijo del viejo San Nicolás--dijo en voz baja Adelaida.

Las muchachas, conversando en voz natural, recostadas en el trineo,

recobraron su anterior tranquilidad.

--¿A dónde voy a llevar a ustedes?--dijo tranquilamente el incógnito

sujeto.

Hubo, entre ellas, una rápida consulta, y por fin, Catalina dijo con

decisión:

--Al Instituto Crammer.

Ascendieron en silencio la cuesta hasta que el largo y ascético edificio

se destacó ante ellas. El desconocido tiró repentinamente de las riendas

y preguntó:

--¿Por dónde entran ustedes? Ustedes saben el camino mejor que yo.

--Por la ventana posterior--dijo Catalina con repentina y asombrosa

franqueza.

--¡Ya comprendo!--contestó el extraño guía sin inmutarse.

Y apeándose al momento, quitó de los caballos los sonoros cascabeles.

--Ahora podemos aproximarnos tanto como ustedes quieran--añadió a modo

de explicación.

--Seguramente es un hijo de San Nicolás--dijo en voz baja Adelaida,--¿no

podríamos pedirle noticias de su padre?

--¡Silencio!--dijo Catalina con decisión,--puede que sea un ángel.

Y con deliciosa incoherencia perfectamente comprendida por su femenil

auditorio, prosiguió:

--Estamos hechas tres visiones.

Saltaron cautelosamente los cercados y finalmente pararon a pocos pies

de distancia de un sombrío muro. El desconocido ayudolas a apearse. La

confusa y escasa luz de poniente reverberaba en la nieve, y a medida que

el guía presentaba la mano a sus bonitas compañeras, cada una de éstas

se veía sometida a un examen detenido, aunque respetuoso. Revestido de

la mayor gravedad, ayudolas a abrir la ventana, retirándose luego

discretamente al trineo hasta que terminó el difícil y un si es no es

descompuesto acceso al interior. Después volvió hasta la ventana.

--Gracias: buenas noches--murmuraron las niñas a un tiempo.

Una de las tres figuras permanecía aún en la ventana, y el desconocido

inclinose sobre el pretil.

--¿Permítame que encienda aquí este cigarrillo, pues la luz del fósforo

ahí fuera podría llamar la atención?

Con la ayuda de esta luz pudo ver a Catalina bonitamente encuadrada en

la ventana. Consumiose la cerilla lentamente entre sus dedos, y una

sonrisa picaresca asomó en los labios de Catalina. La astuta joven había

comprendido tan pobre subterfugio. ¿De qué le había de valer, pues, el

ser primera en su clase, y para qué si no, habrían sus padres satisfecho

la matrícula durante tres años consecutivos?

Al día siguiente la tempestad había cesado, y el sol resplandecía vivo y

alegre en la sala de estudio, cuando Catalina de Corlear, que tenía su

sitio junto a la ventana, llevose patéticamente la mano al corazón y se

dejó caer sobre el hombro de su vecina Carolina, simulando un repentino

desvanecimiento.

--Está aquí--suspiró.

--¿Quién?--preguntó con interés Carolina, que no comprendía nunca

claramente cuándo Catalina hablaba formal.

--¿Quién? ¡Pues el hombre que nos salvó anoche! Acabo de verle hace un

instante llegar a la puerta. Calla: dentro de un momento estaré mejor.

Y la hipócrita se pasó patéticamente la mano por la frente con ademán

trágico.

--¿Qué es lo que querrá?--preguntó Carolina con curiosidad cada vez más

acentuada.

--Pregúntaselo--dijo Catalina en tono despreocupado.--Quizá poner en el

colegio a sus cinco hijas. Tal vez quiera perfeccionar la educación de

su mujer y ponerla en guardia contra nosotras.

--Pues chica, no parece viejo, y menos casado--contestó Adelaida

doctrinalmente.

--¡Pobre muchacha! ¡Eso nada significa!--contestó la escéptica

Catalina.--No puede una nunca decir nada de estos hombres... ¡Son tan

falsos! Además, yo siempre tengo tan mala fortuna.

--¡Pues... Catalina!--comenzó Carolina.

--¡Silencio! La señora va a decir algo--dijo Catalina, con una sonrisa.

--Las educandas harán el favor de prestar atención--dijo pausadamente

una voz indolente.--En el locutorio preguntan por la señorita Carolina

Galba.

Don Juan Príncipe, nombre estampado en la tarjeta y en varias cartas y

credenciales sometidas al Reverendo señor Crammer, se paseaba impaciente

por el severo aposento designado oficialmente con el nombre de sala de

recepción, y privadamente entre las alumnas con el de purgatorio. Con

escrutadora mirada examinaba los rígidos detalles de la sala, desde el

pulimentado calorífero de vapor parecido a un enorme soda-cracker

barnizado, que calentaba un extremo del cuarto, hasta el busto

monumental del doctor Crammer, que daba escalofríos en el opuesto, desde

el padrenuestro dibujado por un ex maestro de caligrafía, con tal

variedad de elegantes rasgos de escritura, que disminuía notablemente el

valor de la composición, hasta tres vistas de la población, tomadas del

natural desde el Instituto, por el profesor de dibujo, y que nadie

hubiese sido capaz de reconocer; desde dos citas ilustradas del Antiguo

Testamento, escritas en letra inglesa, tan horriblemente remotas que

helaban todo humano interés, hasta una gran fotografía de la clase

superior, en la cual las niñas más bonitas tenían el color etiópico,

sentadas, al parecer, unas sobre las cabezas y hombros de las otras.

Hojeó maquinalmente las páginas de catálogos escolares, los _Sermones_

del doctor Crammer, los _Poemas_ de Henry Kirke White, las _Leyendas del

Santuario_ y _Vidas de mujeres célebres_; su ya viva imaginación,

nerviosamente acrecentada por su situación especial, le representó las

tiernas reuniones y conmovedoras despedidas que debían haber tenido

lugar allí, y extrañose de que el aposento no guardara algo que pudiese

expresar tales humanos sentimientos, y hasta había olvidado casi el

objeto de su visita, cuando se abrió la puerta para dejar paso a

Carolina Galba.

El rostro del visitante que había vislumbrado la noche anterior, le

pareció más bonito aún de lo que le había parecido entonces, y sin

embargo, estaba como desorientado o descontento, aun cuando no podía

esperar encontrarse con tan bella criatura. Conservaba su abundante y

ondulado cabello el tinte dorado metálico de antes; su color, de extraña

delicadeza como el de una flor, y sus ojos, castaños del color de algas

marinas en aguas profundas. No era, pues, su belleza la que le

desilusionaba.

Carolina se encontraba, por su parte, como violenta, sin ser tan

impresionable como él. Ante sí tenía a uno de estos hombres a quien su

sexo califica en términos vagos de simpáticos, esto es, correcto en

todos los superficiales accesorios de moda, vestido, ademanes y de

figura agradable. Sin embargo, había en él una distinción excepcional;

no se parecía a nadie que ella pudiera recordar, y como la originalidad

suele tan a menudo asustar a las gentes como atraerlas, no se sintió

predispuesta en su favor.

--No puedo apenas esperar--principió en amable tono,--que me recuerde

usted. Hace once años era una niña muy pequeña. Tal vez ni siquiera

pueda reivindicar en mi favor el haber disfrutado de la familiaridad que

podía existir entre una niña de seis años y un joven de veintiuno. Creo

que no era muy amigo de los niños. Sin embargo, conocí muy bien a su

madre, pues cuando ella le llevó a San Francisco era yo editor de _El

Alud_ en Fiddletown.

--Quiere usted decir mi madrastra; ya sabe usted que no era mi

madre--interpuso Carolina con viveza.

--Quise decir su madrastra--dijo gravemente.--Nunca he tenido el gusto

de encontrarme con su madre de usted.

--No; hace doce años que mamá no ha estado en California.

El tono de aquel título y la distinción que establecía era tan

intencionado, que principió a interesar a Príncipe, después que se hubo

repuesto de su primera sorpresa.

--Perfectamente, pero como ahora vengo de parte de su

madrastra--prosiguió sonriendo,--tengo que rogarle que por algunos

momentos vuelva a aquel punto de partida. Su señora madre, digo, su

madrastra, reconoció que su madre, la primera Galba, era legal y

moralmente su tutora, y aunque muy a pesar de sus inclinaciones y

afectos, la colocó de nuevo bajo la tutela de aquélla.

--Mi madrastra se volvió a casar antes de cumplir el mes de la muerte de

mi padre, y me envió a casa--dijo Carolina, alzando ligeramente la

cabeza y con mucha intención.

El señor Príncipe sonriose tan dulcemente, y al parecer con tanta

simpatía, que principió a gustar a Carolina. Sin contestar a la

interrupción, prosiguió:

--Una vez realizado este acto de simple justicia, pusiéronse de acuerdo

su madre y su madrastra para costear los gastos de su educación hasta

que cumpliese diez y ocho años, época en que deberá usted elegir cuál de

las dos ha de ser en adelante su tutora. Me parece que a la sazón se le

comunicó a usted todo eso y que por lo tanto tiene reconocimiento del

citado convenio.

Entonces, yo no era más que una criatura--dijo Carolina.

--Ciertamente--dijo el señor Príncipe, con la misma sonrisa.--Con todo,

me parece que las condiciones jamás han sido molestas a usted ni a su

señora madre, y la única vez que quizá le causen alguna inquietud, será

cuando llegue a decidir en la elección de su tutora, lo cual será al

cumplir los diez y ocho años... creo que el día 20 del mes corriente.

Carolina permaneció en silencio.

--Sentiría creyese que he venido aquí para conocer su decisión, aun

cuando esté hecha ya. Tan sólo he venido a manifestarle que su

madrastra, la señora de Ponce, estará mañana en la ciudad y pasará

algunos días en ella. Si es su deseo verla antes de decidir, ella se

alegrará de poder estrecharla en sus brazos, sin que ello implique la

más remota intención de influir en su decisión, libre de todo punto.

--¿Sabe madre que ella viene?--dijo apresuradamente Carolina.

--No podría contestarlo--dijo Príncipe gravemente.--Sólo sé que si ve

usted a la señora de Ponce será con permiso de su madre, pues ella sabrá

respetar sagradamente esta parte del convenio hecho hace ocho años. Su

salud es muy delicada, y el cambio de aires y quietud del campo durante

unos días le serán altamente beneficiosos.

Príncipe posó la mirada de sus vivos y penetrantes ojos sobre la joven,

y contuvo el aliento hasta que ella anunció:

--Madre llegará hoy o mañana.

--¡Ah!--dijo Príncipe con dulce y lánguida sonrisa.

--¿El coronel Roberto está aquí también?--preguntó Carolina después de

una pausa.

--El coronel Roberto ha muerto; por segunda vez ha enviudado su madre.

--¡Muerto!--repitió Carolina.

--Sí--contestó Príncipe,--su madrastra ha tenido la singular desgracia

de sobrevivir a sus afectos más caros.

No pareció comprenderlo Carolina, pero Príncipe, sin dar explicaciones,

se sonrió con dulzura.

Dos lágrimas temblaron al poco rato en los párpados de Carolina.

El señor Príncipe aproximó su silla hacia ella dulcemente.

--Temo--dijo con extraño brillo en su mirada y retorciendo las guías de

su bigote,--temo que se preocupa usted demasiado del asunto. Pasarán

algunos días antes que se le pida una resolución. Hablemos de otra cosa;

supongo que no se resfrió ayer noche.

El rostro de Carolina adquirió con una sonrisa su gracia peculiar.

--¡Le pareceríamos sin duda tan alocadas!... ¡Y dímosle tanta

molestia!...

--En manera alguna, se lo aseguro. Mis sentimientos de las conveniencias

sociales--añadió con gazmoñería,--se hubieran alarmado quizá con cierta

justicia si me hubiesen propuesto que ayudara a tres señoritas a salir

de noche por la ventana de la clase, pero ya que se trataba de entrar

nuevamente en ella...

Sonó con fuerza la campanilla de la puerta de entrada y el señor

Príncipe se puso en pie.

--En fin; tómese todo el tiempo que necesite, y reflexione bien antes de

resolver.

Sin embargo, el oído y la atención de Carolina estaban fijos en las

voces que sonaban en la entrada. De repente, se abrió la puerta y el

criado anunció:

--La señora Galba y el señor Robinson.

V

Don Juan Príncipe se dirigía a través de los arrabales del pueblo hacia

el hotel, mientras el tren de la tarde lanzaba en un silbido su habitual

e indignada protesta al tener que pararse en Génova.

Estaba fatigado y de mal humor: un paseo de una docena de millas en

coche a través de los pueblos circunvecinos nada pintorescos, y por

entre pequeñas y económicas casas de labranza y otros edificios del

campo que molestaban su delicado gusto, había dejado a este caballero en

un pésimo estado de ánimo. Habría incluso evitado a su taciturno

posadero a no acecharle en la entrada misma del hotel.

--Hay una señora en la sala que le está esperando.

Apresurose Príncipe a subir la escalera, y al entrar en el cuarto, la

señora de Ponce voló a su encuentro.

A decir verdad, habíase desmejorado mucho en los últimos diez años. Su

arrogante talle habíase reducido; las seductoras curvas de su busto y

espaldas estaban quebradas o perdidas; el brazo, antes lleno de

plasticidad, encogíase en su manga, y los brazaletes de oro que

cercaban sus níveas muñecas casi se le escurrieron de las manos, cuando

sus largos y huesosos dedos sacudieron convulsivamente las manos de

Juan. Pintaba sus mejillas el abrasado calor de la fiebre; sus

brillantes ojos aún eran hermosos, su boca sonreía dulcemente aún, pero

en los hoyos de aquellas mejillas demacradas estaban sepultados los

graciosos hoyuelos de antaño y los labios se entreabrían para facilitar

la respiración fatigosa exponiendo los blancos dientes, más aún de lo

que acostumbraba hacerlo en tiempos ya lejanos. La aureola de su rubio

cabello persistía aún; era más fino, más etéreo y sedoso, pero, a pesar

de su abundancia, no ocultaba los huecos de las sienes cruzadas de

azules venas.

--Clara--dijo Juan en tono de reproche.

--¡Te ruego me perdones, Juan!--dijo, dejándose caer en una silla, pero

asida aún de su mano,--perdóname, amigo mío, pero ya no podía aguardar

más; me hubiera muerto. Juan, muerto sin que acabaran estos días. Te

pido conmigo un poco más de paciencia; no va a ser largo, pero deja que

me quede aquí. Sé que no debo verla, no le hablaré; pero es tan dulce

sentir que por fin estoy cerca de ella, que estoy respirando el mismo

aire que mi amada... Me siento mejor ya, Juan, te lo aseguro. Y ¿la has

visto hoy? ¿Qué tal estaba? ¿Qué dijo? Dímelo todo, todo, Juan. ¿Estaba

hermosa? Dicen que lo es. ¿Ha crecido mucho? ¿La hubieras reconocido?...

¿Vendrá, Juan? Acaso ha estado ya aquí; quizá...

Se había puesto de pie, excitada, trémula y miraba hacia la puerta de

entrada.

--Acaso esté aquí ahora. ¿Por qué no hablas, Juan? ¡Por Dios! Explícate.

Unos penetrantes ojos se fijaron vivamente en ella, con una ternura que

quizá ella sola era capaz de comprender.

--Amiga Clara--dijo afectando alegría,--tranquilízate. El cansancio te

ha rendido y la excitación del viaje te ha puesto en un estado

lamentable. He visto a Carolina; está buena y hermosa. Por ahora, esto

es bastante.

El grave tono y suave firmeza con que subrayó estas palabras la

sosegaron, como a menudo lo hacía en otros tiempos. Acariciando su

delgada mano, dijo después de un corto intervalo:

--¿Te ha escrito alguna vez Carolina?

--Sí, en dos ocasiones, dándome las gracias por algunos presentes; no

eran más que cartas de colegiala--- añadió impaciente, contestando a la

interrogadora mirada de Juan Príncipe.

--¿Ha llegado alguna vez a saber tus penas? Tus aprietos, los

sacrificios que hiciste para pagar sus cuentas, que empeñaste alhajas y

la ropa...

--¡No, no!--interrumpió rápidamente aquélla.--¡No! ¿Cómo podía saberlo?

No tengo enemigo bastante cruel para haberle hecho estas revelaciones.

--¿Pero si ella lo hubiese sabido por algún conducto? Si Carolina

pensase que eres pobre para mantenerla, podría influir en su decisión.

Los espíritus jóvenes gustan de la posición que da el dinero. Quizá

tenga amigos ricos... puede que un amante...

A estas palabras, la señora de Ponce se estremeció.

--Pero--dijo ella con vehemencia, asiendo la mano de Juan,--cuando me

encontraste enferma y sin recursos en Sacramento; cuando... ¡Dios te

bendiga por ello, Juan! me ofreciste tu apoyo para venir a Oriente,

dijiste que sabías algo, que tenías algún plan, que podía hacernos a

Carolina y a mí independientes.

--Es verdad--dijo Juan, precipitadamente,--pero antes quiero que te

pongas fuerte y buena, y ahora que estás más tranquila, quiero contarte

fielmente mi entrevista con ella.

Y empezó Príncipe a describir la ya narrada entrevista, con singular

acierto y discreción que harían palidecer mi propio relato sobre aquella

escena. Sin omitir una palabra ni un detalle sin suprimir un sólo

incidente, logró cubrir con poético velo aquel prosaico episodio, hizo

lo posible para rodear a la heroína de conmovedora atmósfera, que,

aunque no del todo falsa, dejaba entrever, no obstante, el genio que

diez años antes hacía a la vez interesantes e instructivas las columnas

de _El Alud_ de Fiddletown. Tan sólo cuando vio el encendido color y

notó la entrecortada respiración de su ansiosa oyente, sintió una

repentina punzada de remordimiento, murmurando entre sus apretados

dientes:

--¡Dios la ayude y me perdone! Pero, ¿cómo es posible que yo se lo diga

todo ahora?

Aquella noche, al apoyar la señora de Ponce su cansada cabeza sobre la

almohada, trató de imaginarse a Carolina durmiendo en aquel momento

tranquilamente en la gran casa-colegio de la colina, y a la sola idea de

que la tenía tan cerca sentía la infeliz pecadora inefable consuelo.

Pero en aquel momento estaba Carolina inestablemente sentada en el borde

de su cama; semidesnuda, y con un gracioso mohín en sus bonitos labios,

enroscaba entre los dedos sus largos rizos leonados, mientras que su

compañera, Catalina de Corlear, dramáticamente embozada en un largo

cubrecama blanco, con su altiva nariz latiendo de indignación y sus

negros ojos chispeantes, dominaba sobre ella como un enojado duende.

Aquella noche había Carolina confiado sus desdichas e historia a

Catalina, y esta excéntrica señorita, en lugar de prodigarle los

consuelos de la amistad, mostrábase vehemente, indignada contra la

indecisión de Carolina, y defendía las pretensiones de la señora de

Ponce del modo más entusiasta y convincente.

--Ya ves, si la mitad de lo que me dices es verdad, tu madre y estos

Robinson te están convirtiendo no sólo en una cobarde, sino en una

ingrata mujer. ¡Vaya que respetabilidad! Mira, mi familia data de

algunos siglos antes que los Galba, pero si mi familia me hubiese

tratado alguna vez de esta manera y me hubiese pedido luego que

volviera la espalda a mi mejor amiga, me llamaría andana.

Y Catalina castañeteó los dedos, frunció sus negras cejas, y echó

miradas de indignación alrededor del dormitorio, como buscando algún

cobarde en sus antepasados de Corlear.

--Tú hablas así, porque te ha caído en gracia ese señor Príncipe--dijo

Carolina.

Según posterior manifestación de Catalina, empleando los ordinarios

modismos de actualidad que habían penetrado hasta los virginales

claustros del Instituto Crammer, aquél desde luego la embistió.

Catalina, sacudiendo altivamente la cabeza, echose sobre el hombro su

abundosa cabellera de azabache, dejó caer una punta del cubrecama a

manera de túnica vestal, y avanzó hacia Carolina a trágicas y exageradas

zancadas.

--¿Y aunque así fuese, amiga? ¿Que si sé distinguir a primera vista un

caballero? ¡Que si acierto a saber que entre un millar de entes

tradicionales, cortados por un mismo patrón, incorrectas ediciones de

sus abuelos como Enrique Robinson, por ejemplo, no encontrarías un solo

caballero original, independiente, individualizado como tu Príncipe!...

¡Acuérdate, amiga, y ruega al cielo que realmente sea de veras tu

Príncipe! Impetra del santo cielo que te dé un corazón contrito y

reconocido, y da gracias al Señor por haberte enviado una amiga como

Catalina de Corlear.

Con todo, después de esta imponente y dramática salida, rápida como un

relámpago, asió la cabeza de Carolina, la besó entre las cejas y se

retiró.

El día siguiente fue muy triste para Juan Príncipe. Estaba convencido en

el fondo de su alma de que no conseguiría nada de Carolina. Sin embargo,

era tarea dura y difícil ocultar esta convicción a la señora de Ponce, y

alentar su sencilla esperanza con aparente optimismo y firmeza. Hubiera

querido distraer su imaginación llevándola a dar un largo paseo en

coche, pero ella temía que Carolina viniera durante su ausencia, y sus

fuerzas decaían con rapidez. Cada vez que la miraba, se persuadía de que

la decepción que la amenazaba extinguiría la escasa vida que latía en su

debilitado organismo. Comenzó a dudar de la eficacia y prudencia de sus

gestiones; recapituló los incidentes de su entrevista con Carolina, y

casi atribuyó el mal éxito a su propia torpeza. No obstante, la señora

de Ponce esperaba tan paciente y confiada, que llegó a quebrantar los

presentimientos de Príncipe. Cuando el estado de la infeliz lo permitió,

la llevaron, reclinada en una silla, al lado de la ventana, desde donde

podía ver el colegio y la entrada del hotel. Trazaba a menudo agradables

planes para el porvenir, en un imaginario hogar campestre. Incluso

parecía que el pueblo le había caído en gracia; pero es de notar que el

porvenir que bosquejaba era tranquilo y apacible. Creía que pronto

estaría buena, decía que estaba ya mucho mejor, aunque acaso tardaría en

encontrarse otra vez fuerte del todo. Solía proseguir de esta manera en

voz baja hasta que Juan se echaba como un loco por la escalera abajo, y

entrando en la sala común pedía licores que no bebía, encendía cigarros

que no fumaba, hablaba con hombres a quienes no escuchaba, y su conducta

era, en una palabra, la que es propia del sexo fuerte en períodos de

prueba y de tribulación.

Terminó el día con el cielo encapotado y un viento penetrante y frío por

demás. Algunos copos de nieve caían pausadamente. La señora de Ponce

estaba aún tranquila y confiada, y cuando Príncipe hizo correr su sillón

desde la ventana hasta el fuego, le explicó que como el año escolar

terminaba, probablemente retenían a Carolina sus lecciones, y que no

podía dejar el colegio más que por la noche, una vez terminadas

aquéllas. Así es que permaneció levantada la mayor parte de la velada

entretenida en adornarse y en peinar su sedoso cabello, tan bien como lo

permitía su triste estado, para recibir dignamente a la suspirada

visita.

--No he de dar miedo a la niña, Juan--decía como excusándose y con

resabios de su antigua coquetería.

Transcurrido algún tiempo, recibió Juan un recado del posadero, diciendo

que el médico deseaba verlo abajo un momento. Al entrar en el mal

iluminado salón, Juan observó la figura embozada de una mujer cerca del

hogar y disponíase a retirarse, cuando una voz, que recordaba muy

agradablemente, exclamó:

--¡Oh! ¡no hay cuidado! El médico soy yo.

Y esto diciendo, se echó el capuchón hacia atrás, y Príncipe vio el

negro cabello y los atrevidos ojos de Catalina de Corlear.

--No quiera usted inquirir más. Yo soy el médico, y he aquí mi receta.

Y señaló a Carolina que temblorosa y sollozando se acurrucaba en un

ángulo del aposento.

--¡Debo tomarla inmediatamente!

--Pero, ¿es que su madre ha dado ya el permiso?

--No tal; ¡si yo comprendo los sentimientos de aquella señora!--contestó

Catalina con resolución.

Pues entonces, ¿cómo se han escapado ustedes?--preguntó Príncipe

gravemente.

--Por la ventana.

Cuando Príncipe hubo dejado a Carolina en brazos de su madrastra, volvió

a la sala.

--¿Y bien?--preguntó Catalina.

--Se queda; también espero que esta noche nos dispensará el honor de

quedarse con nosotros.

--Como no cumpliré diez y ocho años ni seré dueña de mí misma el día

veinte, y como no tengo una madrastra enferma, no es de razón que me

quede.

--¿Me permitirá entonces que la acompañe otra vez hasta la ventana del

Instituto?

Al volver media hora más tarde, Príncipe encontró a Carolina sentada en

un taburete a los pies de la señora de Ponce. Con la cabeza sepultada en

la falda de su madrastra, y sollozando, se había dormido. La señora de

Ponce llevó un dedo a sus labios.

--¿No te dije que vendría? Dios te bendiga, Juan. Buenas noches.

Al día siguiente la señora de Federico, acompañada del Reverendo Asa

Crammer, director del Instituto, y de don José Robinson, personas

respetables en extremo, se presentó indignada a Príncipe, teniendo lugar

una borrascosa entrevista para reclamar a Carolina.

--No, no podemos permitir en manera alguna tal intervención--decía la

señora de Federico, mujer vestida a la moda y de dudosa apariencia.--El

término de nuestro convenio no ha llegado aún, y en las actuales

circunstancias no estamos dispuestos a dispensar de sus condiciones a la

de Ponce.

--La señorita Galba debe sujetarse al reglamento y disciplina del

Instituto, hasta que salga oficialmente de él.

--Esta conducta puede dañar el porvenir y comprometer la situación de la

educanda en la sociedad--indicó el señor Robinson.

Fue en vano que Príncipe expusiera el estado de la señora de Ponce, que

no tenía complicidad alguna en la fuga de Carolina, que la acción de

ésta era perdonable y natural, y que podían tener la seguridad de que se

someterían a su expontánea decisión. Después, subiéndole la sangre a las

mejillas, y con desdeñosa mirada, pero con singular sangre fría, añadió:

--Permítame dos palabras más. Tengo el deber de informarles de una

circunstancia que seguramente me justificaría, como albacea del finado

Galba para rechazar sus pretensiones. Unos meses después de la muerte

del señor Galba, un chino que éste había tenido a su servicio, descubrió

que tenía hecho un testamento, que se descubrió más tarde entre su

documentación. El valor insignificante del legado, en su mayoría de

terrenos, en aquel entonces escaso de valor, impidió a sus ejecutores

testamentarios llevar a cabo su voluntad, y aun abrir y hacer público el

testamento con las fórmulas prescritas por las leyes, hasta hace cosa de

dos o tres años, cuando el valor de la propiedad hubo ya aumentado

considerablemente. Las disposiciones de aquel legado son sencillas, pero

terminantes. Los bienes de Galba quedan divididos entre Carolina y su

madrastra, con la explícita condición de que ésta última sea su tutor

legal, provea a su educación y substituya y haga las veces de padre en

todo lo que sea del caso.

--¿Y cuál es el valor de ese legado?--preguntó Robinson.

--No puedo decirlo exactamente; pero se acerca a medio millón--repuso

Príncipe.

--Si es así, debo declarar que la conducta de la señora Ponce es tan

honrada como justificada--contestó el señor Robinson.

--No seré yo quien se atreva a oponer dudas ni obstáculos al

cumplimiento de las intenciones de mi difunto marido--añadió la de

Galba.

Y la entrevista se terminó.

Al comunicarse el resultado de aquélla a la señora de Ponce, llevó ésta

la mano de Juan a sus enjutos labios.

--Nada puedes añadir a mi felicidad presente, Juan; pero, dime, ¿por qué

se lo ocultaste a Carolina?

Juan se sonrió en silencio.

Al cabo de una semana terminaron las formalidades legales necesarias, y

Carolina fue devuelta a su madrastra. A propuesta de la enferma,

arrendaron una casita en los arrabales de la población, para esperar

allí la primavera que llegó tarde aquel año, y la convalecencia de la

señora de Ponce que no vino jamás.

No obstante, era paciente y dichosa. Le gustaba observar cómo retoñaban

más allá de su ventana los árboles desconocidos para ella en California,

y preguntar a Carolina sus nombres y sus frutos. Proyectaba aún para el

verano largos paseos con Carolina a través de los frondosos bosques,

cuyas grises y secas filas podían verse desde la casita. Quiso escribir

una poesía a ellos dedicada; uno de los miembros de esta improvisada

familia conserva de ella un cantar alegre, puro y sencillo; como un eco

del pitirrojo que la llamaba desde la ventana al nacer el alba.

Luego, sin transición, se extendió sobre el cielo un día sereno,

místicamente suave, somnoliento y bello; palpitante como si revoloteara

en el aire la vida con alas invisibles; la Naturaleza despertaba a una

exuberante resurrección. Y a la pobre enferma la sentaron al aire

libre, postrada bajo aquel sol glorioso que lo doraba todo con sus

rayos. Allí estuvo tendida por largo tiempo en dulce y apacible

beatitud.

Un día, cansada Carolina de velar, se había dormido a su lado, y los

delgados dedos de la señora de Ponce se posaban sobre su cabeza como en

tierna bendición.

A poco, llamó a Juan.

--¿Quién ha venido hace poco?--dijo en voz apenas perceptible.

--La señorita de Corlear--dijo Juan, contestando a la mirada de sus

hundidas pupilas.

--Juan--dijo después de una pausa,--querido Juan; siéntate a mi lado un

momento; tengo que decirte algo. Si en pasados días te he parecido

alguna vez dura o fría o coqueta, era porque te amaba, Juan; te amaba

demasiado para comprometer tu porvenir, encadenándolo con el mío ya

caduco. Siempre te amé, querido Juan, hasta cuando parecía menos digna

de ti. Todo aquello pasó ya, pero he tenido hace poco un sueño, Juan, he

soñado con una mujer, en quien encontrarías lo que a mí me faltaba--y

miró amorosamente al tierno capullo que dormía a su lado,--y que amarías

como me has amado. ¿No es verdad?

Y le clavó sus ojos, que despedían un postrer destello de luz. Juan le

estrechó la mano, pero no contestó. Después de algunos momentos de

silencio, añadió:

--Acaso aciertes en tu elección. Es buena muchacha, Juan... aunque un

poco atrevida.

Y no dijo más. El último rastro de vida se desprendió de aquella cabeza

débil, loca y apasionada. Una mariposa que se había posado en su pecho

voló, y la mano que apartaron de la cabeza de Carolina, cayó a su lado,

inerte.

Bocetos californianos · 第 38 / 41 题