Al tenerse noticia de que la señora de Galba había huido
definitivamente, llevándose la hija de su marido, se conmovió todo
Fiddletown, suscitándose sobre el caso diversidad de pareceres. _El
Noticiero_ de Dutch Flat, aludía abiertamente el «rapto violento» de la
niña, con la misma desenvoltura y severidad con que había criticado las
producciones de la poetisa. El público del sexo de _Lady Clara_, y una
fracción del sexo opuesto, formado, sin embargo, por personas de poco
carácter, adoptaba la opinión de tal periódico. Pero los más no deducían
del acto consecuencias morales; les bastaba saber que la raptora había
sacudido de sus primorosas zapatillas el encarnado polvo de Fiddletown;
lamentaban más bien su pérdida que el crimen cometido. Pronto se
desentendieron de Galba, el ofendido esposo y padre desconsolado, y
pusieron en duda la sinceridad de su dolor; pero guardaron su cómica
compasión para el coronel Roberto, abrumando a este hombre, hombre
excelente, con intempestiva simpatía manifestada en las tabernas,
salones públicos y otros lugares no menos inadecuados para
demostraciones de tal género.
--Coronel, siempre fue inconstante esa mujer--decía un amigo compasivo,
con afectado interés y plañidero tono,--y es natural que un día se haya
escapado del animal de su marido; pero que le deje a usted, coronel, que
realmente le haya burlado, esto es lo que no me puedo acabar. Y andan
por ahí diciendo que estuvo usted rondando por el hotel toda la noche, y
que se paseó por aquellos corredores y subió y bajó las escaleras, y
como alma en pena vagó por aquella plaza, ¡y todo ello inútilmente!
Otro amigo no menos generoso y compasivo, vertió nuevo bálsamo en las
heridas del chasqueado galán.
--Imagínese que esos deslenguados de por ahí pretenden que la señora
consiguió de usted que cargase con su maleta y la niña desde la casa
hasta el despacho de la diligencia, y que el galán que se marchó con
ella le dio las gracias, ofreciéndole unas monedas y que le ocuparía a
la primera ocasión porque le gustaba su trato... ¿por supuesto, que todo
ello será una burda invención? Claro; ya sabré yo contestar a esos
juzgamundos. Me alegro de haberle encontrado, pues la mentira corre que
es una bendición.
Pero, felizmente para la reputación de _Lady Clara_, el criado chino de
su marido, único testigo ocular de la fuga, refirió que sólo la
acompañaba la niña. Añadió que, obedeciendo a sus órdenes, había hecho
parar la diligencia de Sacramento y ajustado asiento para ambas, hasta
San Francisco. La verdad es que el testimonio de Ah-Fe no era de ningún
valor legal; sin embargo, nadie le puso tacha alguna.
Incluso los que más dudaban de la veracidad pagana, reconocieron en este
caso la más desinteresada indiferencia por parte del chino. Y con todo,
a juzgar por un pasaje hasta ahora desconocido de esta verídica crónica,
se equivocaban de medio a medio.
Unos seis meses habían transcurrido desde la desaparición de la bella
heroína. El chino trabajaba un día, como de costumbre, en el terreno de
Galba, cuando dos mineros compatriotas suyos que pasaban provistos de
largos palos y cestos, lo llamaron. Se entabló animada conversación
entre Ah-Fe y sus hermanos mongoles, una de esas conversaciones
características, parecidas a una disputa por sus precipitados chillidos,
que hacen la delicia y provocan el desprecio de los inteligentes
europeos, que no comprenden una sola palabra de aquellas elucubraciones.
Así por lo menos juzgaban su jerigonza pagana el señor Galba, desde su
mirador y el coronel Roberto que se acertaba a pasar. Este último los
sacó lisa y llanamente de su camino con un puntapié, y el irritado
Galba, con una blasfemia, tiró una piedra al grupo y lo alejó, pero no
antes de que hubiesen trocado una o dos tirillas de papel de arroz
amarillo con jeroglíficos y de pasar a manos de Ah-Fe un pequeño
envoltorio. Abriolo Ah-Fe en la soledad de su cocina, y descubrió un
delantal de niña, recientemente lavado y planchado. Llevaba en el
ángulo del dobladillo las iniciales C. T. Escondiolo el chino en un
pliegue de su blusa, y prosiguió lavando sus platos en el fregadero con
cándida sonrisa de contento.
Unos días después, Ah-Fe se presentó a su señor.
--Yo no gustar Fiddletown: Yo muy enfermo. Yo marchar.
Galba lo mandó a todos los diablos. Ah-Fe lo contempló plácidamente y
retirose decidido a poner en práctica su propósito.
Con todo, antes de marcharse de Fiddletown, encontrose por casualidad al
coronel Roberto y se le escaparon algunas frases incoherentes que
interesaron al militar. Cuando hubo terminado, el coronel le entregó una
carta y una pesada moneda de oro.
--Si me trae una contestación duplicaré esto: ¿entiende, Ah-Fe?
Movió afirmativamente la cabeza. Otra entrevista tuvo lugar entre Ah-Fe
y otro caballero, el joven editor de _El Alud_, entrevista igualmente
casual y con idéntico resultado. Sin embargo, siento verme obligado a
manifestar que al ponerse en camino, Ah-Fe rompió tranquilamente el
sello de ambas cartas, y después de intentar leerlas al revés y de lado,
las dividió por fin en cuadritos primorosamente cortados, y en tal
disposición los vendió por una bagatela a un hermano amarillo con quien
durante su camino tropezó. No es para descrita la pesadumbre del coronel
Roberto al descubrir en la cara blanca de uno de estos cuadritos, que
llegó a sus manos con la ropa blanca de la semana, la cuenta de su
lavandero, y al adquirir el convencimiento de que los restantes trozos
de la carta circulaban por igual método entre los clientes del lavadero
chino de Fiddletown. No obstante, tengo la firme creencia de que este
abuso de confianza encontró cumplido castigo en las dificultades que
acompañaron la peregrinación de Ah-Fe.
Al dirigirse a Sacramento, fue por dos veces arrojado de la vaca de la
diligencia abajo, por un caucasiano civilizado, pero borracho a más no
poder, a quien la compañía de un fumador de opio hería en lo más vivo su
dignidad. En Hangtown, un transeúnte le cascó para dar una sencilla
prueba de la supremacía del blanco. En Dutch Flat le robaron manos muy
conocidas por motivos también ignotos. En Sacramento lo arrestaron por
sospecha de ser esto o lo otro y lo pusieron en libertad después de una
severa reprimenda, probablemente porque no era lo que buscaban y
entorpecía de esta manera el curso del procedimiento incoado. Ya en San
Francisco, lo apedrearon los niños de las escuelas públicas; pero
evitando cuidadosamente estos templos de la ilustración y del progreso,
llegó por fin en relativa seguridad a los barrios chinos, donde los
abusos contra él quedaban al menos inscriptos en los libros policíacos y
arrostraban casi siempre la merecida sanción.
Sin pérdida de tiempo logró entrar en el lavadero de Chy-Fook como
asistente, y el viernes próximo fue enviado con un cesto de ropa limpia
a los varios clientes de la empresa.
Era una de esas tardes de nieblas, uno de estos días descoloridos,
grises, que desmienten el nombre del verano para cualquiera, excepto
para la exaltada imaginación de los ciudadanos de San Francisco. Ah-Fe
trepaba por la larga colina de la calle de California, barrida por el
viento; no se sentía la temperatura ni se distinguía el color en la
tierra ni en el cielo; ni luz al exterior ni sombra por el interior de
los edificios, sólo sí un tinte gris, monótono, universal, que se cernía
por todas partes. Una febril agitación reinaba en las calles barridas
por el viento, y en las casas reinaba una profunda quietud. Cuando el
chino hubo llegado a la cima de la cuesta, la colina de la Misión se
ocultaba ya a su vista y la fresca brisa del mar le daba escalofrío.
Descargose de su cesto para descansar. Probablemente para su limitada
inteligencia y desde el punto de vista pagano, el «clima de Dios», como
solemos llamarlo, no brindaba con las dulzuras, suavidad y misericordia
que se le atribuyen. Quizá el buen hijo del cielo confundiera
ilógicamente los rigores de la estación con los de sus perseguidores,
los niños de las escuelas, que libres a esta hora del instructivo
encierro, eran mucho más audaces y atrevidos. De manera que siguió su
camino apresuradamente, y volviendo una esquina, detúvose por fin
delante de una casa y penetró decididamente en ella.
Precedida la casa en cuestión de un mezquino plantío de arbustos, con su
terraza al frente, tenía por encima de ésta un feo balcón que quizá no
había sido utilizado en la vida. Ah-Fe tiró de la campanilla; apareció
una criada; echó una mirada a su cesto y lo admitió con repugnancia como
si fuera un animal doméstico, molesto pero imprescindible. Ah-Fe subió
silenciosamente las escaleras, entrose hacia el aposento delantero, dejó
el cesto y esperó en el umbral.
Una mujer sentada a la fría y agrisada luz de la ventana, con una niña
en la falda, levantose con indiferencia y se fue hacia el visitante.
Inmediatamente, reconoció Ah-Fe a la señora de Galba, pero no se alteró
ni un sólo músculo de su cara, ni sus oblicuos ojos se animaron al
encontrarse plácidamente con los de su ex ama. Evidentemente, ella no lo
reconoció, pues empezó a contar las piezas de ropa que llevaba. Pero la
niña, examinándolo con curiosidad, profirió de repente un repentino
grito de júbilo:
--¡Pero mamá, si es John! ¿No le conoces? Es el chino que teníamos en
Fiddletown.
Los ojos hirientes de Ah-Fe brillaron por un instante con eléctrica
conmoción. La niña palmoteó y le agarró por el vestido. El chino
exclamó:
--Yo, John, Ah-Fe, todo es uno. Yo conocer a ti. ¿Qué tal va?
La señora de Galba dejó caer con espanto la ropa y mirole fijamente.
Como no sentía para él el cariño que avivaba la percepción de Carolina,
no podía distinguirlo aún de sus congéneres. En un momento recordó la
pasada pena, y con vaga sospecha de un peligro inminente, le preguntó
cuándo se había marchado de la casa de su amo.
--¡Oh, mucho tiempo! Yo no gustar Fiddletown. No gustar Tlevelick.
Gustar San Flisco. Gustar lavar. Gustar Carolina.
Agradó a la señora de Galba el laconismo de Ah-Fe, así es que no se
detuvo a reflexionar la influencia que tenía en su buena intención y
sinceridad el imperfecto conocimiento del idioma de Shakespeare. Pero
dijo:
--Ruégole no diga a nadie que me ha visto.
Y sacó su limosnero.
El chino, sin mirarlo, vio que estaba casi vacío; sin escudriñar el
aposento, observó que estaba pobremente amueblado, y sin apartar su
vista del techo, notó que la señora y Carolina vestían con la mayor
pobreza. No obstante, debo confesar que los largos dedos de Ah-Fe
apretaron de firme el medio peso que aquélla le alargó.
Empezó luego a registrar los pliegues de su blusa entre extrañas
contorsiones y muecas. Después de algunos momentos, sacó de Dios sabe
dónde un delantal de niña, que colocó sobre el cesto, diciendo:
--Olvidar una pieza lavadero.
Y comenzó de nuevo su registro. Por último, el éxito coronó al parecer
sus esfuerzos; sacó de su oreja derecha un pedazo de papel de seda
pacientemente arrollado. Desdoblándolo cuidadosamente, descubrió por fin
dos monedas de oro de a veinte dóllars, que alargó a la señora de Galba.
--Deja usted dinero encima bluló[14] Fiddletown, yo encontrar monedas.
Yo traer a usted en seguida.
--¡Pero yo no dejé dinero alguno encima del _boureau_, John!--dijo la
obsequiada con sincero asombro. Debe haber equivocación. Serán de otra
persona. Llévatelo, John.
Ah-Fe se turbó por unos instantes. Apartó la mano de la señora de Galba
que le tendía el dinero y procedió rápidamente a recoger sus trastos.
--No, no, yo no devolver. No. Luego prenderme un _policeman_[15]. Yo sé:
Dios maldiga ladrón, tomar cuarenta pesos, a la cárcel. Yo no devolver.
Usted dejar dinero arriba bluló Fiddletown. Yo traer dinero. Yo no
llevar dinero otra vez.
Dudaba _Lady Clara_ de que en su precipitada huida hubiese dejado el
dinero como él decía; pero, de cualquier manera que fuese, no tenía el
derecho de poner en peligro la seguridad de este honrado chino,
rehusándolo; así es que exclamó:
--Está bien, John. Me quedaré con él; pero has de volver a verme.
_Lady Clara_ titubeó. Por vez primera se le ocurrió que un hombre
pudiera desear ver a otra que no fuera ella.
--¡A mí, y... a Carolina!
El rostro de Ah-Fe se iluminó. Incluso profirió una corta risa de
ventrílocuo, sin mover un sólo músculo facial. Luego, echándose la cesta
al hombro, cerró cuidadosamente la puerta y se deslizó tranquilamente
por la escalera. Sin embargo, a la salida, tropezó con una dificultad
inesperada al abrir la puerta, y después de forcejear un momento en la
cerradura inútilmente, miró en torno suyo como esperando quien le sacara
del apuro. Pero la camarera irlandesa que le había facilitado la
entrada, no se dignó presentarse. Pasó entonces un incidente misterioso
y sensible, que relataré sencillamente sin esforzarme en darle una
explicación. Sobre la mesa de la entrada había un pañuelo de seda,
propiedad sin duda de la criada a quien acabo de referirme. Mientras
Ah-Fe tentaba el cerrojo con una mano, descansaba ligeramente la que le
quedaba libre en la mesa. De pronto, y al parecer por impulso
espontáneo, el pañuelo comenzó a deslizarse poco a poco hacia la mano
del chino. Desde la mano de Ah-Fe, siguió hacia dentro de su manga,
lentamente y con un movimiento pausado, como el de la serpiente, y luego
desapareció en alguno de los repliegues de su vestidura. Sin manifestar
el menor interés por este fenómeno, Ah-Fe repetía aún sus tentativas
sobre el cerrojo. Poco después, el tapete de damasco encarnado, movido
acaso por igual impulso misterioso, se recogió lentamente bajo los
dedos de Ah-Fe y desapareció ondulando con suavidad por el mismo
escondido camino. ¿Qué otros misterios podrían haber seguido? Esto no
sería fácil averiguarlo, pues en aquel momento descubrió Ah-Fe el
secreto del cerrojo y pudo abrir la puerta, coincidiendo esto con el
ruido de pasos que se oía en la escalera. El chino no apresuró su
salida, sino que cargando pausadamente con el cesto, cerró con todo
cuidado la puerta tras de sí, y penetró en la espesa niebla que se
cernía impenetrable por la calle.
Reclinada en la ventana, contempló _Lady Clara_ la figura de Ah-Fe hasta
que desapareció en la espesa bruma. En su triste situación sintió por él
vivo reconocimiento, y acaso _Lady Clara_, como siempre, poética y
sensible, atribuyó a profundas emociones y a la conciencia satisfecha de
una buena acción, el ahuecamiento del pecho del chino que en realidad
era debido a la presencia del pañuelo y del tapete debajo de su
vestimenta. Después, y a medida que con la noche, la neblina gris se
hacía más densa, la señora de Galba estrechaba a Carolina contra su
pecho. Dejando la charla de la criatura, siguió entre sentimentales
recuerdos y egoístas consideraciones a la vez amargas y peligrosas. La
repentina aparición de Ah-Fe la había unido de nuevo con su pasada vida
de Fiddletown; la senda recorrida desde aquellos días era por demás
triste y sembrada de abrojos; llena de dificultades y de espinas e
invencibles obstáculos. Nada de extraño fue, pues, que por fin Carolina
cesara repentinamente a la mitad de sus infantiles confidencias, para
echar sus bracitos en torno del cuello de la pobre mujer, y suplicándola
que no llorase pues se ponía triste.
Líbreme el cielo de emplear una pluma, que debe dedicarse siempre a la
exposición de principios morales inalterables, en transcribir las
especiosas teorías de _Lady Clara_ sobre esta época y su conducta que
defendía con sofísticas apologías, ilógicas deducciones, tiernas excusas
y débiles paliativos. A la verdad, las circunstancias fueron muy
crueles, agotándose prontamente su escaso caudal. En Sacramento tuvo
ocasión de experimentar que los versos, aunque elevan a las emociones
más sublimes del corazón humano, y merecen la mayor consideración de un
editor en las páginas de un periódico, son insuficiente recurso para los
gastos de una familia, aunque ésta no constase más que de una señora y
de una niña de corta edad. Recurrió luego al teatro, pero fracasó
completamente. Tal vez su concepto de las pasiones fuese diferente del
que profesaba el auditorio de Sacramento, pero lo cierto es que su bella
presencia, encantadora y de tanto efecto a corta distancia, no era para
la luz de las candilejas bastante acentuada. Admiradores en su gabinete,
no le faltaron; pero no despertó en el público afecto duradero.
Entonces, recordó que tenía voz de contralto, de no mucha extensión y
poco cultivada, pero sumamente dulce y melodiosa. Por fin, logró una
plaza en un coro de capilla, sosteniéndola durante tres meses, muy en su
provecho pecuniario, y según se decía, a satisfacción de los caballeros
de los últimos bancos que volvían la cara hacia ella durante el canto
del último rezo.
La tengo perfectamente grabada en la memoria. Un rayo de sol que
descendía desde la ventana del coro de San Dives, solía acariciar
dulcemente las tupidas masas de cabello castaño de su hermosa cabeza y
los negros arcos de sus cejas, y oscurecía la sombra de las sedosas
pestañas sus ojos de azabache. Daba gusto observar el abrir y cerrar de
aquella boquita finamente perfilada, mostrando rápidamente una sarta de
perlas en sus blancos dientecitos, y ver cómo sonrojaba la sangre su
mejilla de raso: porque la señora de Galba era por demás sensible a la
admiración que causaba y a semejanza de la mayor parte de las mujeres
hermosas, se recogía bajo las miradas lo mismo que un caballo de carrera
bajo la espuela del jinete.
No tardaron mucho en venir los disgustos. Me informó de todo una soprano
(mujercita algo más que despreocupada en las cuestiones de su sexo).
Anunciome que la conducta de la señora de Galba era poco menos que
vergonzosa; que su vanidad era inaguantable; que si consideraba a los
demás del coro como esclavos, ella, la soprano, quería que lo dijese
claramente; que su conducta con el bajo el domingo de Pascua había
atraído la atención de todos los fieles, y que ella misma había visto
cómo el reverendo Cope la miraba dos veces durante el oficio; que sus
amigos (los de la soprano), se habían opuesto a que cantara en el coro
con una mujer que había pisado las tablas, pero que esto, para ella,
todavía podía pasar. No obstante, sabía de buena tinta que la señora de
Galba se había fugado de su marido, y que la niña de cabello rojo que
algunas veces llevaba al coro, no le pertenecía. El tenor le confió un
día, detrás del órgano, que la contralto poseía un medio para sostener
la nota final de cada frase, al objeto de que su voz quedara por más
tiempo en el oído del auditorio, acto indigno que sólo podía atribuir a
un carácter vicioso e inmoral; que el tenor, dependiente muy conocido de
una quincallería en los días laborables, y que cantaba los domingos, no
estaba dispuesto a soportarla por más tiempo. Y sólo el bajo, un alemán
pequeño, de pesada voz que debía avergonzarlo, defendía a la contralto y
se atrevió a decir que tenían celos de ella, por poseer un buen palmito.
La tempestad se enconó y por fin se solventaron estas diferencias en una
querella descarada, en la que _Lady Clara_ hizo uso de su lengua, con
tal precisión de argumentos y de epítetos, que la soprano estalló en un
ataque histérico, y su marido y el tenor tuvieron que sacarla en brazos
del coro: todo lo cual llegó a conocimiento de los parroquianos por la
supresión del _solo_ acostumbrado de la soprano. _Lady Clara_ volvió a
casa sonrojada por el triunfo, pero al llegar a su habitación no se
mostró propicia a los halagos de Carolina, diciendo que desde entonces
eran mendigas; que ella, su madre, acababa de quitarle su último bocado
de pan, y terminó rompiendo en un llanto inconsolable. Las lágrimas no
acudían a sus ojos tan fácilmente como en los pasados y poéticos días,
pero cuando las vertía era con el corazón lacerado. Volvió en sí al
anuncio de la visita de un _vestryman_, del comité de música. Entonces
enjugó sus largas pestañas, atose al cuello una cinta nueva, y bajó al
salón. Permaneció allí dos horas; eso pudiera ocasionar habladurías a no
estar el buen hombre casado y con hijos de alguna edad. Al volver _Lady
Clara_ a su cuarto, tarareaba mirándose al espejo y riñó a Carolina. Por
aquella vez habían salvado su colocación en el coro de la capilla.
Sin embargo, no fue por mucho espacio. Con el tiempo, las fuerzas del
enemigo recibieron un poderoso auxilio en la persona de la esposa del
_committee-man_. Esta señora visitó a varios de los feligreses y a la
familia del doctor Cope, lo cual dio por resultado que una junta
posterior del comité musical decidiese que la voz de la contralto no era
adecuada a la capacidad del edificio y fue invitada a presentar su
dimisión, lo cual no tardó en hacer. Ocho semanas hacía que estaba sin
colocación y sus escasos medios se encontraban casi agotados, cuando
Ah-Fe derramó en sus manos el subsidio inesperado.