II

Al tenerse noticia de que la señora de Galba había huido

definitivamente, llevándose la hija de su marido, se conmovió todo

Fiddletown, suscitándose sobre el caso diversidad de pareceres. _El

Noticiero_ de Dutch Flat, aludía abiertamente el «rapto violento» de la

niña, con la misma desenvoltura y severidad con que había criticado las

producciones de la poetisa. El público del sexo de _Lady Clara_, y una

fracción del sexo opuesto, formado, sin embargo, por personas de poco

carácter, adoptaba la opinión de tal periódico. Pero los más no deducían

del acto consecuencias morales; les bastaba saber que la raptora había

sacudido de sus primorosas zapatillas el encarnado polvo de Fiddletown;

lamentaban más bien su pérdida que el crimen cometido. Pronto se

desentendieron de Galba, el ofendido esposo y padre desconsolado, y

pusieron en duda la sinceridad de su dolor; pero guardaron su cómica

compasión para el coronel Roberto, abrumando a este hombre, hombre

excelente, con intempestiva simpatía manifestada en las tabernas,

salones públicos y otros lugares no menos inadecuados para

demostraciones de tal género.

--Coronel, siempre fue inconstante esa mujer--decía un amigo compasivo,

con afectado interés y plañidero tono,--y es natural que un día se haya

escapado del animal de su marido; pero que le deje a usted, coronel, que

realmente le haya burlado, esto es lo que no me puedo acabar. Y andan

por ahí diciendo que estuvo usted rondando por el hotel toda la noche, y

que se paseó por aquellos corredores y subió y bajó las escaleras, y

como alma en pena vagó por aquella plaza, ¡y todo ello inútilmente!

Otro amigo no menos generoso y compasivo, vertió nuevo bálsamo en las

heridas del chasqueado galán.

--Imagínese que esos deslenguados de por ahí pretenden que la señora

consiguió de usted que cargase con su maleta y la niña desde la casa

hasta el despacho de la diligencia, y que el galán que se marchó con

ella le dio las gracias, ofreciéndole unas monedas y que le ocuparía a

la primera ocasión porque le gustaba su trato... ¿por supuesto, que todo

ello será una burda invención? Claro; ya sabré yo contestar a esos

juzgamundos. Me alegro de haberle encontrado, pues la mentira corre que

es una bendición.

Pero, felizmente para la reputación de _Lady Clara_, el criado chino de

su marido, único testigo ocular de la fuga, refirió que sólo la

acompañaba la niña. Añadió que, obedeciendo a sus órdenes, había hecho

parar la diligencia de Sacramento y ajustado asiento para ambas, hasta

San Francisco. La verdad es que el testimonio de Ah-Fe no era de ningún

valor legal; sin embargo, nadie le puso tacha alguna.

Incluso los que más dudaban de la veracidad pagana, reconocieron en este

caso la más desinteresada indiferencia por parte del chino. Y con todo,

a juzgar por un pasaje hasta ahora desconocido de esta verídica crónica,

se equivocaban de medio a medio.

Unos seis meses habían transcurrido desde la desaparición de la bella

heroína. El chino trabajaba un día, como de costumbre, en el terreno de

Galba, cuando dos mineros compatriotas suyos que pasaban provistos de

largos palos y cestos, lo llamaron. Se entabló animada conversación

entre Ah-Fe y sus hermanos mongoles, una de esas conversaciones

características, parecidas a una disputa por sus precipitados chillidos,

que hacen la delicia y provocan el desprecio de los inteligentes

europeos, que no comprenden una sola palabra de aquellas elucubraciones.

Así por lo menos juzgaban su jerigonza pagana el señor Galba, desde su

mirador y el coronel Roberto que se acertaba a pasar. Este último los

sacó lisa y llanamente de su camino con un puntapié, y el irritado

Galba, con una blasfemia, tiró una piedra al grupo y lo alejó, pero no

antes de que hubiesen trocado una o dos tirillas de papel de arroz

amarillo con jeroglíficos y de pasar a manos de Ah-Fe un pequeño

envoltorio. Abriolo Ah-Fe en la soledad de su cocina, y descubrió un

delantal de niña, recientemente lavado y planchado. Llevaba en el

ángulo del dobladillo las iniciales C. T. Escondiolo el chino en un

pliegue de su blusa, y prosiguió lavando sus platos en el fregadero con

cándida sonrisa de contento.

Unos días después, Ah-Fe se presentó a su señor.

--Yo no gustar Fiddletown: Yo muy enfermo. Yo marchar.

Galba lo mandó a todos los diablos. Ah-Fe lo contempló plácidamente y

retirose decidido a poner en práctica su propósito.

Con todo, antes de marcharse de Fiddletown, encontrose por casualidad al

coronel Roberto y se le escaparon algunas frases incoherentes que

interesaron al militar. Cuando hubo terminado, el coronel le entregó una

carta y una pesada moneda de oro.

--Si me trae una contestación duplicaré esto: ¿entiende, Ah-Fe?

Movió afirmativamente la cabeza. Otra entrevista tuvo lugar entre Ah-Fe

y otro caballero, el joven editor de _El Alud_, entrevista igualmente

casual y con idéntico resultado. Sin embargo, siento verme obligado a

manifestar que al ponerse en camino, Ah-Fe rompió tranquilamente el

sello de ambas cartas, y después de intentar leerlas al revés y de lado,

las dividió por fin en cuadritos primorosamente cortados, y en tal

disposición los vendió por una bagatela a un hermano amarillo con quien

durante su camino tropezó. No es para descrita la pesadumbre del coronel

Roberto al descubrir en la cara blanca de uno de estos cuadritos, que

llegó a sus manos con la ropa blanca de la semana, la cuenta de su

lavandero, y al adquirir el convencimiento de que los restantes trozos

de la carta circulaban por igual método entre los clientes del lavadero

chino de Fiddletown. No obstante, tengo la firme creencia de que este

abuso de confianza encontró cumplido castigo en las dificultades que

acompañaron la peregrinación de Ah-Fe.

Al dirigirse a Sacramento, fue por dos veces arrojado de la vaca de la

diligencia abajo, por un caucasiano civilizado, pero borracho a más no

poder, a quien la compañía de un fumador de opio hería en lo más vivo su

dignidad. En Hangtown, un transeúnte le cascó para dar una sencilla

prueba de la supremacía del blanco. En Dutch Flat le robaron manos muy

conocidas por motivos también ignotos. En Sacramento lo arrestaron por

sospecha de ser esto o lo otro y lo pusieron en libertad después de una

severa reprimenda, probablemente porque no era lo que buscaban y

entorpecía de esta manera el curso del procedimiento incoado. Ya en San

Francisco, lo apedrearon los niños de las escuelas públicas; pero

evitando cuidadosamente estos templos de la ilustración y del progreso,

llegó por fin en relativa seguridad a los barrios chinos, donde los

abusos contra él quedaban al menos inscriptos en los libros policíacos y

arrostraban casi siempre la merecida sanción.

Sin pérdida de tiempo logró entrar en el lavadero de Chy-Fook como

asistente, y el viernes próximo fue enviado con un cesto de ropa limpia

a los varios clientes de la empresa.

Era una de esas tardes de nieblas, uno de estos días descoloridos,

grises, que desmienten el nombre del verano para cualquiera, excepto

para la exaltada imaginación de los ciudadanos de San Francisco. Ah-Fe

trepaba por la larga colina de la calle de California, barrida por el

viento; no se sentía la temperatura ni se distinguía el color en la

tierra ni en el cielo; ni luz al exterior ni sombra por el interior de

los edificios, sólo sí un tinte gris, monótono, universal, que se cernía

por todas partes. Una febril agitación reinaba en las calles barridas

por el viento, y en las casas reinaba una profunda quietud. Cuando el

chino hubo llegado a la cima de la cuesta, la colina de la Misión se

ocultaba ya a su vista y la fresca brisa del mar le daba escalofrío.

Descargose de su cesto para descansar. Probablemente para su limitada

inteligencia y desde el punto de vista pagano, el «clima de Dios», como

solemos llamarlo, no brindaba con las dulzuras, suavidad y misericordia

que se le atribuyen. Quizá el buen hijo del cielo confundiera

ilógicamente los rigores de la estación con los de sus perseguidores,

los niños de las escuelas, que libres a esta hora del instructivo

encierro, eran mucho más audaces y atrevidos. De manera que siguió su

camino apresuradamente, y volviendo una esquina, detúvose por fin

delante de una casa y penetró decididamente en ella.

Precedida la casa en cuestión de un mezquino plantío de arbustos, con su

terraza al frente, tenía por encima de ésta un feo balcón que quizá no

había sido utilizado en la vida. Ah-Fe tiró de la campanilla; apareció

una criada; echó una mirada a su cesto y lo admitió con repugnancia como

si fuera un animal doméstico, molesto pero imprescindible. Ah-Fe subió

silenciosamente las escaleras, entrose hacia el aposento delantero, dejó

el cesto y esperó en el umbral.

Una mujer sentada a la fría y agrisada luz de la ventana, con una niña

en la falda, levantose con indiferencia y se fue hacia el visitante.

Inmediatamente, reconoció Ah-Fe a la señora de Galba, pero no se alteró

ni un sólo músculo de su cara, ni sus oblicuos ojos se animaron al

encontrarse plácidamente con los de su ex ama. Evidentemente, ella no lo

reconoció, pues empezó a contar las piezas de ropa que llevaba. Pero la

niña, examinándolo con curiosidad, profirió de repente un repentino

grito de júbilo:

--¡Pero mamá, si es John! ¿No le conoces? Es el chino que teníamos en

Fiddletown.

Los ojos hirientes de Ah-Fe brillaron por un instante con eléctrica

conmoción. La niña palmoteó y le agarró por el vestido. El chino

exclamó:

--Yo, John, Ah-Fe, todo es uno. Yo conocer a ti. ¿Qué tal va?

La señora de Galba dejó caer con espanto la ropa y mirole fijamente.

Como no sentía para él el cariño que avivaba la percepción de Carolina,

no podía distinguirlo aún de sus congéneres. En un momento recordó la

pasada pena, y con vaga sospecha de un peligro inminente, le preguntó

cuándo se había marchado de la casa de su amo.

--¡Oh, mucho tiempo! Yo no gustar Fiddletown. No gustar Tlevelick.

Gustar San Flisco. Gustar lavar. Gustar Carolina.

Agradó a la señora de Galba el laconismo de Ah-Fe, así es que no se

detuvo a reflexionar la influencia que tenía en su buena intención y

sinceridad el imperfecto conocimiento del idioma de Shakespeare. Pero

dijo:

--Ruégole no diga a nadie que me ha visto.

Y sacó su limosnero.

El chino, sin mirarlo, vio que estaba casi vacío; sin escudriñar el

aposento, observó que estaba pobremente amueblado, y sin apartar su

vista del techo, notó que la señora y Carolina vestían con la mayor

pobreza. No obstante, debo confesar que los largos dedos de Ah-Fe

apretaron de firme el medio peso que aquélla le alargó.

Empezó luego a registrar los pliegues de su blusa entre extrañas

contorsiones y muecas. Después de algunos momentos, sacó de Dios sabe

dónde un delantal de niña, que colocó sobre el cesto, diciendo:

--Olvidar una pieza lavadero.

Y comenzó de nuevo su registro. Por último, el éxito coronó al parecer

sus esfuerzos; sacó de su oreja derecha un pedazo de papel de seda

pacientemente arrollado. Desdoblándolo cuidadosamente, descubrió por fin

dos monedas de oro de a veinte dóllars, que alargó a la señora de Galba.

--Deja usted dinero encima bluló[14] Fiddletown, yo encontrar monedas.

Yo traer a usted en seguida.

--¡Pero yo no dejé dinero alguno encima del _boureau_, John!--dijo la

obsequiada con sincero asombro. Debe haber equivocación. Serán de otra

persona. Llévatelo, John.

Ah-Fe se turbó por unos instantes. Apartó la mano de la señora de Galba

que le tendía el dinero y procedió rápidamente a recoger sus trastos.

--No, no, yo no devolver. No. Luego prenderme un _policeman_[15]. Yo sé:

Dios maldiga ladrón, tomar cuarenta pesos, a la cárcel. Yo no devolver.

Usted dejar dinero arriba bluló Fiddletown. Yo traer dinero. Yo no

llevar dinero otra vez.

Dudaba _Lady Clara_ de que en su precipitada huida hubiese dejado el

dinero como él decía; pero, de cualquier manera que fuese, no tenía el

derecho de poner en peligro la seguridad de este honrado chino,

rehusándolo; así es que exclamó:

--Está bien, John. Me quedaré con él; pero has de volver a verme.

_Lady Clara_ titubeó. Por vez primera se le ocurrió que un hombre

pudiera desear ver a otra que no fuera ella.

--¡A mí, y... a Carolina!

El rostro de Ah-Fe se iluminó. Incluso profirió una corta risa de

ventrílocuo, sin mover un sólo músculo facial. Luego, echándose la cesta

al hombro, cerró cuidadosamente la puerta y se deslizó tranquilamente

por la escalera. Sin embargo, a la salida, tropezó con una dificultad

inesperada al abrir la puerta, y después de forcejear un momento en la

cerradura inútilmente, miró en torno suyo como esperando quien le sacara

del apuro. Pero la camarera irlandesa que le había facilitado la

entrada, no se dignó presentarse. Pasó entonces un incidente misterioso

y sensible, que relataré sencillamente sin esforzarme en darle una

explicación. Sobre la mesa de la entrada había un pañuelo de seda,

propiedad sin duda de la criada a quien acabo de referirme. Mientras

Ah-Fe tentaba el cerrojo con una mano, descansaba ligeramente la que le

quedaba libre en la mesa. De pronto, y al parecer por impulso

espontáneo, el pañuelo comenzó a deslizarse poco a poco hacia la mano

del chino. Desde la mano de Ah-Fe, siguió hacia dentro de su manga,

lentamente y con un movimiento pausado, como el de la serpiente, y luego

desapareció en alguno de los repliegues de su vestidura. Sin manifestar

el menor interés por este fenómeno, Ah-Fe repetía aún sus tentativas

sobre el cerrojo. Poco después, el tapete de damasco encarnado, movido

acaso por igual impulso misterioso, se recogió lentamente bajo los

dedos de Ah-Fe y desapareció ondulando con suavidad por el mismo

escondido camino. ¿Qué otros misterios podrían haber seguido? Esto no

sería fácil averiguarlo, pues en aquel momento descubrió Ah-Fe el

secreto del cerrojo y pudo abrir la puerta, coincidiendo esto con el

ruido de pasos que se oía en la escalera. El chino no apresuró su

salida, sino que cargando pausadamente con el cesto, cerró con todo

cuidado la puerta tras de sí, y penetró en la espesa niebla que se

cernía impenetrable por la calle.

Reclinada en la ventana, contempló _Lady Clara_ la figura de Ah-Fe hasta

que desapareció en la espesa bruma. En su triste situación sintió por él

vivo reconocimiento, y acaso _Lady Clara_, como siempre, poética y

sensible, atribuyó a profundas emociones y a la conciencia satisfecha de

una buena acción, el ahuecamiento del pecho del chino que en realidad

era debido a la presencia del pañuelo y del tapete debajo de su

vestimenta. Después, y a medida que con la noche, la neblina gris se

hacía más densa, la señora de Galba estrechaba a Carolina contra su

pecho. Dejando la charla de la criatura, siguió entre sentimentales

recuerdos y egoístas consideraciones a la vez amargas y peligrosas. La

repentina aparición de Ah-Fe la había unido de nuevo con su pasada vida

de Fiddletown; la senda recorrida desde aquellos días era por demás

triste y sembrada de abrojos; llena de dificultades y de espinas e

invencibles obstáculos. Nada de extraño fue, pues, que por fin Carolina

cesara repentinamente a la mitad de sus infantiles confidencias, para

echar sus bracitos en torno del cuello de la pobre mujer, y suplicándola

que no llorase pues se ponía triste.

Líbreme el cielo de emplear una pluma, que debe dedicarse siempre a la

exposición de principios morales inalterables, en transcribir las

especiosas teorías de _Lady Clara_ sobre esta época y su conducta que

defendía con sofísticas apologías, ilógicas deducciones, tiernas excusas

y débiles paliativos. A la verdad, las circunstancias fueron muy

crueles, agotándose prontamente su escaso caudal. En Sacramento tuvo

ocasión de experimentar que los versos, aunque elevan a las emociones

más sublimes del corazón humano, y merecen la mayor consideración de un

editor en las páginas de un periódico, son insuficiente recurso para los

gastos de una familia, aunque ésta no constase más que de una señora y

de una niña de corta edad. Recurrió luego al teatro, pero fracasó

completamente. Tal vez su concepto de las pasiones fuese diferente del

que profesaba el auditorio de Sacramento, pero lo cierto es que su bella

presencia, encantadora y de tanto efecto a corta distancia, no era para

la luz de las candilejas bastante acentuada. Admiradores en su gabinete,

no le faltaron; pero no despertó en el público afecto duradero.

Entonces, recordó que tenía voz de contralto, de no mucha extensión y

poco cultivada, pero sumamente dulce y melodiosa. Por fin, logró una

plaza en un coro de capilla, sosteniéndola durante tres meses, muy en su

provecho pecuniario, y según se decía, a satisfacción de los caballeros

de los últimos bancos que volvían la cara hacia ella durante el canto

del último rezo.

La tengo perfectamente grabada en la memoria. Un rayo de sol que

descendía desde la ventana del coro de San Dives, solía acariciar

dulcemente las tupidas masas de cabello castaño de su hermosa cabeza y

los negros arcos de sus cejas, y oscurecía la sombra de las sedosas

pestañas sus ojos de azabache. Daba gusto observar el abrir y cerrar de

aquella boquita finamente perfilada, mostrando rápidamente una sarta de

perlas en sus blancos dientecitos, y ver cómo sonrojaba la sangre su

mejilla de raso: porque la señora de Galba era por demás sensible a la

admiración que causaba y a semejanza de la mayor parte de las mujeres

hermosas, se recogía bajo las miradas lo mismo que un caballo de carrera

bajo la espuela del jinete.

No tardaron mucho en venir los disgustos. Me informó de todo una soprano

(mujercita algo más que despreocupada en las cuestiones de su sexo).

Anunciome que la conducta de la señora de Galba era poco menos que

vergonzosa; que su vanidad era inaguantable; que si consideraba a los

demás del coro como esclavos, ella, la soprano, quería que lo dijese

claramente; que su conducta con el bajo el domingo de Pascua había

atraído la atención de todos los fieles, y que ella misma había visto

cómo el reverendo Cope la miraba dos veces durante el oficio; que sus

amigos (los de la soprano), se habían opuesto a que cantara en el coro

con una mujer que había pisado las tablas, pero que esto, para ella,

todavía podía pasar. No obstante, sabía de buena tinta que la señora de

Galba se había fugado de su marido, y que la niña de cabello rojo que

algunas veces llevaba al coro, no le pertenecía. El tenor le confió un

día, detrás del órgano, que la contralto poseía un medio para sostener

la nota final de cada frase, al objeto de que su voz quedara por más

tiempo en el oído del auditorio, acto indigno que sólo podía atribuir a

un carácter vicioso e inmoral; que el tenor, dependiente muy conocido de

una quincallería en los días laborables, y que cantaba los domingos, no

estaba dispuesto a soportarla por más tiempo. Y sólo el bajo, un alemán

pequeño, de pesada voz que debía avergonzarlo, defendía a la contralto y

se atrevió a decir que tenían celos de ella, por poseer un buen palmito.

La tempestad se enconó y por fin se solventaron estas diferencias en una

querella descarada, en la que _Lady Clara_ hizo uso de su lengua, con

tal precisión de argumentos y de epítetos, que la soprano estalló en un

ataque histérico, y su marido y el tenor tuvieron que sacarla en brazos

del coro: todo lo cual llegó a conocimiento de los parroquianos por la

supresión del _solo_ acostumbrado de la soprano. _Lady Clara_ volvió a

casa sonrojada por el triunfo, pero al llegar a su habitación no se

mostró propicia a los halagos de Carolina, diciendo que desde entonces

eran mendigas; que ella, su madre, acababa de quitarle su último bocado

de pan, y terminó rompiendo en un llanto inconsolable. Las lágrimas no

acudían a sus ojos tan fácilmente como en los pasados y poéticos días,

pero cuando las vertía era con el corazón lacerado. Volvió en sí al

anuncio de la visita de un _vestryman_, del comité de música. Entonces

enjugó sus largas pestañas, atose al cuello una cinta nueva, y bajó al

salón. Permaneció allí dos horas; eso pudiera ocasionar habladurías a no

estar el buen hombre casado y con hijos de alguna edad. Al volver _Lady

Clara_ a su cuarto, tarareaba mirándose al espejo y riñó a Carolina. Por

aquella vez habían salvado su colocación en el coro de la capilla.

Sin embargo, no fue por mucho espacio. Con el tiempo, las fuerzas del

enemigo recibieron un poderoso auxilio en la persona de la esposa del

_committee-man_. Esta señora visitó a varios de los feligreses y a la

familia del doctor Cope, lo cual dio por resultado que una junta

posterior del comité musical decidiese que la voz de la contralto no era

adecuada a la capacidad del edificio y fue invitada a presentar su

dimisión, lo cual no tardó en hacer. Ocho semanas hacía que estaba sin

colocación y sus escasos medios se encontraban casi agotados, cuando

Ah-Fe derramó en sus manos el subsidio inesperado.

Bocetos californianos · 第 36 / 41 题