CAROLINA

(EPISODIO DE FIDDLETOWN)

I

En la población de Fiddletown se la consideraba por todo el mundo como

una mujer bonita. Su buena figura, realzada por una espléndida mata de

cabello castaño se caracterizaba por un hermoso color y cierta gracia

lánguida que le prestaban un no sé qué interesante y distinguido. Vestía

siempre con gusto y para Fiddletown era la última moda. No tenía más que

dos defectos: uno de sus aterciopelados ojos, examinado de cerca, se

desviaba ligeramente, y manchaba su mejilla izquierda una pequeña

cicatriz causada por una gota de vitriolo, felizmente la única de un

frasco entero que le había arrojado una celosa rival, con la aviesa

intención de desfigurar tan bonito jeme. Sin embargo, cuando el

observador alcanzaba a notar la irregularidad de su mirada, quedaba por

lo general incapacitado para criticarla y no faltaba quien pretendía que

la mancha de su mejilla le añadía mayor seducción y donaire. El joven

editor de _El Alud_, de Fiddletown, sostenía reservadamente que era un

hoyuelo disimulado y al coronel Roberto le recordaba las tentadoras

pecas de los tiempos de la reina Ana, y más especialmente a una de las

más hermosas y malditas mujeres, sí, ¡malditas sean! en que jamás se

hayan podido fijar ojos humanos. Era una criolla de Nueva Orleáns. Dicha

mujer tenía una cicatriz, un costurón que le cruzaba (a fe que es

verdad), desde el ojo derecho a la boca. Y esta mujer, amigo, le

penetraba a uno... amigo, le enloquecía... verdaderamente le condenaba

el alma con su maldita fascinación. Un día le dije:

--Celeste, ¿cómo demonio se te hizo esa maldita cicatriz? A lo que me

contestó:

--Roberto, a ningún blanco más que a usted lo contaría; esta cicatriz me

la hice yo con toda intención, me la hice yo misma, a fe.

Estas fueron sus propias palabras; puede que ustedes las tomen por una

solemne impostura; pero yo puedo aportar todas las pruebas de que es

verdad.

La población masculina de Fiddletown estaba o había estado enamorada de

ella en su mayor parte. De este número, como una mitad creía que su amor

era correspondido, con excepción de su propio esposo que mantenía

ciertas dudas respecto a ello.

El caballero que disfrutaba de esta infeliz distinción se llamaba Galba.

Habíase divorciado de su excelente esposa para casar con la sirena de

Fiddletown. También ésta se había divorciado, pero murmurábase que

algunas experiencias previas de esta formalidad legal la hacían menos

inocente y acaso más egoísta, sin que de ello se infiriese que le

faltaba ternura ni que estuviera exenta del más elevado sentimiento

moral. Uno de sus admiradores escribía con motivo del segundo divorcio:

«el mundo egoísta no comprende todavía a Clara», y el coronel Roberto

observaba que, excepción hecha de una sola mujer de la parroquia de

Opeludas, en Luisiana, tenía más alma ella que toda la restante grey

femenil. Y a la verdad, pocos podían leer aquellos versos titulados

«Infelicissimus», que empezaban: «¿Por qué no ondea el ciprés sobre esta

frente?» publicados por vez primera en _El Alud_, bajo la firma de _Lady

Clara_, sin sentir temblar en sus párpados una lágrima de poética

unción. Encendíase la sangre en generosa indignación al pensar que a la

semana siguiente el _Noticiero de Dutch Flat_, contestó a la tierna

pregunta con una chanza pobre y brutal, haciendo constar que el ciprés

es una planta exótica y desconocida por completo en la flora de la

comarca.

Precisamente esta tendencia a elaborar los sentimientos en forma

métrica, y a entregarlos al mundo inteligente por medio de la prensa,

fue lo que primero atrajo la atención de Galba, que por aquellos tiempos

guiaba un carro de transportes con seis mulas entre Knight's Ferry y

Stocktown. Así es que, impresionado por unos poemas que describían el

efecto de las costumbres de California sobre un alma sensible y las

vagas aspiraciones al infinito de un pecho generoso a la vista del

cuadro desconsolador de la sociedad californiana, decidió buscar a la

ignorada musa. Galba creía también sentir en su alma las secretas

vibraciones de una aspiración superior que no podía satisfacer en el

comercio del aguardiente y tabaco de que proveía a campesinos y mineros

de los campamentos. Después de una serie de hechos que no es ésta

ocasión de relatar, vino un breve noviazgo, tan breve que fue compatible

con las previas formalidades legales, los casaron, y Galba trajo a su

ruborosa novia a Fiddletown o Fideletown, como la señora de Galba

prefería llamarla en sus poesías.

No fueron muy felices en el nuevo estado. Galba no tardó en descubrir

que los ideales halagüeños que concibió mientras traginaba con sus mulas

entre Stocktown y Knight's Ferry, nada de común tenían con los que a su

mujer inspiraba la contemplación de los destinos de California y de su

propio espíritu. Acaso por esto, el buen hombre, que no era muy fuerte

en lógica, pegaba a su mujer, y como ella no era muy fuerte en materia

de raciocinio, se dejó conducir por el mismo principio a ciertas

infidelidades. Entonces, Galba se dio a la bebida y la señora a

colaborar con regularidad en las columnas de _El Alud_. En esta ocasión

fue cuando el coronel Roberto descubrió en la poesía de la señora Galba

una semejanza con el genio de Safo y la señaló a los ciudadanos de

Fiddletown en una crítica de dos columnas firmada «A. S.», que se

publicó también en _El Alud_, apoyada en extensas citas de los clásicos.

No poseyendo _El Alud_ una colección de caracteres griegos, el editor se

vio obligado a reproducir los versos leucádeos en letra ordinaria

romana, con grandísimo disgusto del coronel Roberto e inmensa alegría de

Fiddletown, que aceptó el texto como una excelente imitación de

_choctaw_, lengua india que se supuso familiar al coronel, como

residente en los territorios salvajes. En efecto, _El Noticiero_ de la

semana siguiente contenía unos versos muy libres, en contestación al

poema de la moderna Safo, que se atribuían a la mujer de un jefe

piel-roja, seguido de un brillante elogio firmado «A. S. S.»[12]

Las consecuencias de esta broma las explicó brevemente un número

posterior de _El Alud_. «Ayer, decía, tuvo lugar un lance lamentable

frente al salón Eureka, entre el digno Juan Flash, del _Noticiero de

Dutch Flat_, y el tan conocido coronel Roberto. Cambiáronse dos

disparos, sin que sufriesen daño alguno los contendientes, aunque se

dice que un chino que pasaba recibió desgraciadamente en las

pantorrillas varios perdigones que procedían de la escopeta de dos

cañones del coronel. Así aprenderá John[13] a ponerse, en lo sucesivo,

fuera del alcance de las armas de fuego. Ignórase la causa que ha

motivado el lance, aunque se susurra entre los que se suponen mejor

enterados, que el origen inmediato del duelo, fue una conocidísima y

bella poetisa, cuyas producciones han honrado a menudo las columnas de

nuestra publicación.»

La actitud pasiva adoptada por Galba en estas circunstancias de prueba,

se apreciaba con todo su valor en los campamentos.

--No puede darse mejor juego--decía un filósofo de altas botas y brazos

hercúleos.--Si el coronel mata a Flash, venga a la señora de Galba; si

Flash tumba al coronel, Galba queda vengado en lugar suyo. Así es que

con un juego tal no se puede perder.

Aquella delicada coyuntura fue aprovechada por la señora de Galba para

abandonar la casa de su esposo y refugiarse en el Hotel Fiddletown, con

la sola ropa que llevaba puesta. Permaneció allí algunas semanas, en

cuyo período, justo es reconocer que se portó con el más estricto

recato.

Una hermosa mañana de primavera, la poetisa salió del hotel y se

encaminó por un callejón hacia la franja de sombríos pinos que limitaban

a Fiddletown. A aquella hora temprana los escasos transeúntes que

discurrían por el pueblo, se paraban al otro extremo de la calle para

ver la salida de la diligencia de Wingdam, y _Lady Clara_ alcanzó los

arrabales del campamento minero, sin que nadie reparase en ella. Allí

tomó una calle transversal que corría en ángulo recto con la calle

principal de Fiddletown y que penetraba en la zona del bosque de pinos.

Era sin duda alguna la avenida exclusivamente aristocrática del pueblo;

las viviendas eran pocas, presuntuosas y no interrumpidas por tiendas ni

comercios. Allí se le juntó el coronel Roberto.

El hinchado y galante coronel, a pesar del apacible porte que

habitualmente le distinguía, de su levita estrechamente ceñida, de sus

apretadas botas y del bastón que, colgado de su brazo, se mecía

garbosamente, no las tenía todas consigo. Sin embargo, _Lady Clara_ se

dignó acogerlo con amable sonrisa y con una mirada de sus peligrosos

ojos, y el coronel, con una tos forzada y pavoneándose, se colocó a su

izquierda.

--El camino está expedito--dijo el coronel.--Galba ha ido a Dutch Flat

de paseo; no hay en la casa más que el chino y no debe usted temer

molestia de ningún género. Yo--continuó con una ligera dilatación de

pecho, que ponía en peligro la seguridad de los botones de su

levita,--yo cuidaré de protegerla para que pueda usted recobrar lo que

es de justicia.

--Es usted muy bueno y desinteresado--balbuceó la señora mientras

proseguían su marcha.--¡Es tan agradable encontrar un hombre de corazón,

una persona con quien poder simpatizar en una sociedad tan endurecida e

insensible como la que nos ha tocado en suerte!...

Y _Lady Clara_ bajó los ojos, pero no antes de que hubiese producido el

efecto ordinario sobre su acompañante.

--Ciertamente, en verdad--dijo el coronel, mirando inquieto de soslayo

por encima de sus dos hombros:--sí, realmente.

No notando, pues, a nadie que los viera ni escuchase, procedió en

seguida a informar a _Lady Clara_ de que la mayor pena de su vida había

sido cabalmente el poseer un alma demasiado grande. Infinitas mujeres,

cuyo nombre, como caballero, le dispensaría que no mencionase, muchas

mujeres hermosas le habían ofrecido su amor, pero faltándoles en

absoluto aquella cualidad, no podía corresponderles en manera alguna.

Mas cuando dos naturalezas unidas por la simpatía desprecian igualmente

las preocupaciones bajas y vulgares y las restricciones convencionales

de una sociedad hipócrita, cuando dos corazones en perfecta armonía se

encuentran y se confunden en dulce y poética comunión...

Pero aquí el discurso del coronel, en el que se notaba la influencia de

los licores, se enturbió hasta hacerse ininteligible e incoherente.

Posible fuera que _Lady Clara_ hubiese oído en casos semejantes algo

parecido y por lo tanto estuviese dispuesta a suplir las omisiones e

incongruencias del maduro galán. Sea como fuere, las mejillas de la

pareja del coronel conservaron el rubor virginal y la timidez

consiguiente hasta que ambos llegaron al término de su jornada.

Constituía el final de la excursión una bonita aunque pequeña quinta

recientemente blanqueada, y que se destacaba en agradable contraste

sobre un grupo de pinos, algunas de cuyas primeras filas habían

arrancado para dar lugar al muro que rodeaba un simétrico jardinito.

Bañada en la luz solar y en completo silencio, tenía apariencia de nueva

y deshabitada, como si acabasen de dejarla carpinteros y pintores. En la

mitad del huerto, un chino cavaba imperturbable, pero la casa no daba

otras señales de vida. El camino, como había dicho el coronel, estaba

realmente expedito y la señora de Galba se paró junto a la reja. El

coronel hubiera entrado con ella, pero le detuvo con un gesto.

--Vuelva a buscarme dentro de dos horas y tendré hecho mi equipaje--dijo

tendiéndole la mano y con una semisonrisa en los labios.

Asiola el coronel y estrechola efusivamente. Tal vez la presión fue

ligeramente correspondida, pues el galante coronel se alejó ahuecando su

pecho y con paso triunfante, tan vigoroso como lo permitían la estrechez

y altos tacones de sus botas. Cuando se hubo alejado convenientemente,

_Lady Clara_ abrió la puerta, escuchó por un momento desde la desierta

entrada, y luego subió la escalera rápidamente, hasta llegar a su

antigua habitación.

El aspecto del dormitorio no había cambiado desde la noche de su fuga.

Su sombrerera, encima del tocador, como recordó haberla dejado al tomar

su sombrero; sobre la chimenea un guante, que había olvidado en su

huida; los dos cajones inferiores de la cómoda entreabiertos (no había

cuidado de cerrarlos) y su alfiler de pecho y un puño sucio descansaban

sobre el mármol de la mesa. No sé qué otros recuerdos se le ocurrieron;

pero, de repente palideció, estremeciose y escuchó con el corazón

palpitante y con la mano en la puerta; acercose al espejo, y entre

tímida y curiosa, separó las trenzas de rubio cabello, de su sonrosada

oreja, descubriendo una fea herida no bien restañada todavía.

Contemplola largo tiempo, levantó indignada su cabecita, y la desviación

de sus ojos aterciopelados se acentuó. Luego volviose, y lanzando una

carcajada, despreocupada y resuelta corrió hacia el armario, donde

colgaban sus preciosos vestidos, y los inspeccionó con visible

excitación. De repente, vio que faltaba de su acostumbrado colgador uno

de seda negro, y pensó desvanecerse; pero lo descubrió un instante

después, tirado sobre una maleta, donde ella misma lo había echado. Por

vez primera, estremeciose agradecida al Ser superior que protege a los

atribulados. Luego, aun cuando el tiempo urgía, no pudo resistir la

tentación de probar delante del espejo el efecto de una cinta de color

de alhucema, sobre la chaqueta que a la sazón vestía. De repente, oyó

junto a sí una voz infantil, y se detuvo nerviosa. La voz repetía:

--¡Mamá! ¡mamá!

La señora Galba se volvió súbitamente. Saltando en la puerta estaba una

niña de seis a siete años. Su indumentaria, elegante en sus buenos

tiempos, estaba rota y sucia, y el cabello, despeluznado y de un rojo

subido, formaba un cómico tocado sobre su vivaracha cabecita. A pesar

de todo ello, la niña era una monada. Un cierto aire de confianza en sí

mismo que suele caracterizar a los niños que por mucho tiempo se creían

abandonados, despuntaba a través de su timidez infantil. Debajo del

brazo traía una muñeca hecha de harapos, al parecer de confección

propia, y casi tan grande como ella; una muñeca de cabeza cilíndrica y

facciones toscamente dibujadas. Un largo chal, que visiblemente

pertenecía a una persona mayor, le caía de los hombros barriendo el

entarimado.

Esta inesperada visita no complacía a la señora de Galba. La niña, de

pie aún en el umbral, preguntó nuevamente:

--¿Es mamá?

Contestole secamente:

--No, no es mamá.

Y echó una severa mirada al arrapiazo.

La niña retrocedió unos pasos y luego, adquiriendo valor con la

distancia, dijo en su habla característica:

--Vete, pues. ¿_Poqué_ no te _machas_?

La señora de Galba miraba de soslayo el chal. De pronto, corrió a

arrancarlo de los hombros de la niña, y dijo coléricamente:

--¿Quién te ha mandado tomar mis cosas, descarada?

--¿Es tuyo? ¡Entonces, tú eres mi mamá! ¿Verdad? ¡Tú eres

mamá!--prosiguió con júbilo infantil.

Y antes de que _Lady Clara_ hubiese podido evitarlo, había dejado ya

caer la muñeca, y, agarrándole con ambas manos las faldas, se echó a

bailar ante ella con sin igual desenfado.

--¿Cómo te llamas?--dijo _Lady Clara_ fríamente, quitando de sus

vestidos las pequeñas y no muy limpias manos de la niña.

--Tarolina.

--¿Tarolina?

--_Cí_... Tarolina.

--¿Carolina?

--_Cí_... Tarolina.

--¿De quién eres?--preguntó aún más fríamente para ahogar un incipiente

temor.

--¡Caramba! soy tu niña--dijo la criatura sonriendo.--Tú eres mi mamá,

mi nueva mamá. ¿No _zabez_, no _zabez_ que mi otra mamá se ha marchado y

que no volverá? Ya no vivo con mi otra mamá. Ahora tengo que vivir con

papá y contigo.

--¿Hace mucho tiempo que estás aquí?--preguntó de mal humor _Lady

Clara_.

--Me parece que hace tres días--contestó Carolina después de una pausa.

--¿Te parece? ¿No estás segura?--dijo con sorna _Lady Clara_.--¿Pues, de

dónde viniste?

Los ojos de Carolina comenzaron a parpadear bajo este vivo examen. Con

gran esfuerzo reprimió su llanto, contuvo un sollozo y dijo:

--Papá... papá me trajo de casa _miss_ Simmons... de Sacramento, la

semana última.

--¡Cómo! Acabas de decir hace tres días--replicó aquélla con severidad.

--Quise decir un mes--dijo entonces Carolina, completamente perdida en

su confusión e ignorancia.

--No sabes lo que te pescas--exclamó a gritos _Lady Clara_, resistiendo

al impulso de sacudir la figurita que tenía ante sí y de precipitar la

verdad por medios de orden puramente material.

La rubia cabecita desapareció repentinamente en los pliegues del vestido

de la señora de Galba, como esforzándose en extinguir el abrasado color

de sus mejillas.

--Déjate de lloriqueos--dijo _Lady Clara_ librando su vestido de los

húmedos besos de la niña, y sintiéndose molesta por extremo.--Vamos,

enjúgate la cara, vete y no incomodes. Escucha--prosiguió cuando

Carolina se marchaba.--¿Dónde está tu papá?

--También ha partido... Está enfermo... Partió... (aquí titubeó) hace

dos o tres días.

--¿Quién te cuida, niña?--dijo _Lady Clara_ mirándola fijamente.

--John, el chino. Me _vizto zola_; John hace la comida y arregla las

camas.

--Vete, pues, pórtate bien y no me fastidies ya--dijo _Lady Clara_

recordando el motivo de su visita.--Espera, ¿a dónde vas?--añadió

mientras la niña, arrastrando tras de sí su larga muñeca agarrada por

una pierna, se disponía a subir la escalera.

--Me voy arriba a jugar y ser buena y no fastidiar a mamá.

--¡No soy tu mamá!--gritó la aludida, y luego volvió rápidamente a su

dormitorio y cerró violentamente la puerta.

Continuando los preparativos, sacó del cuarto ropero un gran baúl y

empezó a empaquetar su equipaje con enfadosa y colérica rapidez. Rasgó

su mejor vestido al sacarlo del colgador, y por dos veces se arañó las

blandas manos con ocultos alfileres, mientras mentalmente comentaba

indignada el suceso que le ocurría. ¡Ah! entonces lo comprendía todo. Su

alevoso marido había traído esta niña de su primera mujer, esta niña

cuya existencia nunca pareció importarle, para insultarla, para ocupar

su puesto. Sin duda, la primera mujer en persona la seguiría pronto

allí, o tal vez tendría una tercera mujer de cabello rojo, no castaño

sino rojo. Como es natural, la niña, Carolina, se parecía a su madre, y

así, lo sería todo menos bonita. Quizá el enredo estaba preparado de

antemano, acaso tenía a esta niña de cabello rojo, como el de su madre,

en Sacramento, a una distancia conveniente, y preparada para traerla

cuando fuese oportuno. Recordó entonces los asiduos viajes debidos,

según decía él, a negocios. Acaso la madre estaba también allí; pero no,

se había ido hacia el Este. No obstante, en su actual situación de

ánimo, prefería descansar en la idea de que allí estaba. Experimentaba

una vaga satisfacción en exagerar su estado de ánimo. Seguramente que

jamás se había abusado de tan escandalosa manera de una mujer. Concluyó

el cuadro de su mala fortuna. Yacía sola y abandonada, a la puesta de

sol, en medio de las caídas columnas de un templo en ruinas, en actitud

graciosa aunque melancólica, mientras que su marido se alejaba

rápidamente, con una mujer de rojo cabello, pavoneándose a su lado en un

lujoso carruaje tirado por un magnífico tronco. Apoyada sobre la maleta

que acababa de llenar, compuso el plan del lúgubre poema de su

desgracia. Abandonada, sola y pobremente vestida, encontrábase con su

marido y la _otra_, radiante de sedas y pedrería. Imaginose a sí propia,

muriendo tísica a causa de sus pesares, pero bella aún en su ruina y

fascinando con sus postreras miradas al director de _El Alud_ y al

coronel Roberto, que la contemplaban con efusiva pasión... ¿Mas, dónde

estaba, en tanto, el coronel Roberto? ¿Por qué no venía? El, por lo

menos, la comprendía. El... y se rió otra vez con la indiferencia y

ligereza de algunos momentos antes, y luego volvió de repente a la

primitiva seriedad.

Y el duendecillo de cabello rojo, ¿qué estaría haciendo en aquellos

momentos? ¿Por qué estaba tan quieta? Corrió silenciosamente la puerta,

y entre la multitud de pequeños rumores y crujidos de la desierta casa,

se le figuró oír una voz débil que cantaba en el piso de arriba. Recordó

que éste no era más que un desván utilizado para cuarto de trastos

viejos. Casi avergonzada de su acción, subió furtivamente las escaleras,

y entreabriendo la puerta, miró hacia adentro.

Un rayo de sol penetraba en diagonal y entre inquietas motas por la

única ventanilla del desván e iluminaba una parte del vacío y triste

cuarto. En este rayo de sol vio brillar el cabello de la niña como si

estuviera coronada por una aureola de fuego. Allí, con su enorme muñeca

entre las rodillas y sentada en el suelo, parecía hablarle y no tardó

_Lady Clara_ en comprender que reproducía la entrevista ocurrida hacía

unos instantes. Reprendió severamente a la muñeca, preguntándole sobre

la duración de su estancia en la casa y acerca de la medición de los

días y las semanas. Imitaba acertadamente las maneras de la señora de

Galba y la conversación casi reproducía literalmente la anterior, con

una sola diferencia. Después que hubo informado a la muñeca de que no

era su madre, y terminada la entrevista, añadió cariñosamente: «Que si

era muy _güeña_, muy _güeña_, sería su mamá y la daría un beso.»

A la malhumorada fugitiva, esta escena la afectó muy desagradablemente y

la conclusión hizo que sus mejillas se tiñeran de carmín. Lo

desamueblado del aposento, la luz a medias, la monstruosa muñeca, cuyo

tamaño casi natural parecía dar a su falta de habla patético lenguaje,

la debilidad de la única figura animada del cuadro, afectaron

profundamente la sensibilidad de la mujer y la imaginación del poeta. En

esta situación, no pudo menos de aprovecharse de la sensación y pensó en

el hermoso poema que podría trazar con aquellos materiales, si el cuarto

hubiese sido más oscuro y la criatura quedara más abandonada; por

ejemplo: sentada al lado del féretro de su madre mientras gemía el

viento por puertas y ventanas. Súbitamente, oyó pasos en el portal y

reconoció el ruido del bastón del coronel resonando en el piso.

Saltó rápidamente la escalera y encontró al coronel en el recibidor,

faltándole tiempo para hacerle la voluble y exagerada historia de su

descubrimiento y la indignada relación de sus agravios.

--¡Oh! ¡no diga usted que el enredo no estuviese ya arreglado de

antemano, pues sé que lo estaba!--decía a voces.--Y juzgue--añadió--del

corazón del infame, que abandona a su propia hija, de un modo tan

inhumano.

--¡Es una solemne desvergüenza!--tartamudeó el coronel sin la menor idea

de lo que estaba diciendo.

Imposibilitado de encontrar motivo para la exaltación de su ídolo y de

comprender su carácter, no sabía qué actitud tomar. Balbuceó, resolló,

se puso grave, galante, tierno, pero de un modo tan necio e

incomprensible que _Lady Clara_ experimentó la dolorosa duda de que

estuviese en su perfecto juicio.

--No vamos--dijo la señora de Galba con repentina energía contestando a

una observación hecha en voz baja por el coronel, y retirando su mano de

la vehemente presión de aquel hombre apasionado.--Es inútil; mi decisión

está ya tomada. Es usted libre de mandar por mi maleta tan pronto como

quiera; pero yo me quedaré aquí para poner frente a frente de este

hombre la prueba de su infamia. Le pondré cara a cara con su villano

proceder.

Estoy convencido de que el coronel Roberto no apreciaba en todo su valor

la prueba convincente de la infidelidad y perversión acusada y

demostrada hasta la evidencia por el albergue concedido a la hija de

Galba en su propia morada. Sin embargo, entrole en seguida como un

presentimiento vago de que un obstáculo imprevisto se oponía a la

perfecta realización de los deseos de su romántico espíritu. Pero antes

de que pudiera proferir palabra, Carolina apareció en el descanso de la

escalera, contemplando a la pareja entre tímida y curiosa.

--Es aquéllo--dijo febrilmente _Lady Clara_.

--¡Ah!--dijo el coronel con repentino arranque de afecto y alegría

paternales, chocantes por su falsedad y afectación.--¡Ah! ¡Bonita niña,

bonita niña! ¿Cómo estás? ¿Estás bien, eh, hermosa? ¿Qué tal te va?

Volvió a cuadrarse el militar en elegante actitud y a dar vueltas a su

junco, hasta que se le ocurrió que estos medios de seducción eran acaso

inútiles para con una criatura de tan corta edad. Carolina, sin embargo,

no se fijó en estos cumplidos, sino que sofocó más aún al caballero

coronel corriendo a toda prisa hacia _Lady Clara_, buscando protección

en los pliegues de su vestido. Sin embargo, el coronel no se dio por

rendido, y arrebatado de respetuosa admiración, hizo notar la admirable

semejanza del grupo con la «Madona y el Niño». Ella se rió locamente,

pero ya no rechazó como antes a la niña. Sucediose una pausa embarazosa

pero momentánea, y luego la señora de Galba, haciendo a la niña un gesto

significativo, dijo en voz apenas perceptible:

--Adiós. No vuelva aquí, pero... Vaya al hotel esta noche.

Alargó su mano; el coronel se inclinó ante ella con galantería y se

retiró.

--Estás segura--dijo la señora de Galba, ruborizada y confusa, mirando

al suelo y como dirigiéndose a los rojos rizos, apenas visibles por

entre los pliegues de su vestido,--¿estás segura de que serás _güena_ si

te permito quedarte aquí en mi compañía?

--¿Y me dejarás llamarte mamá?--preguntó Carolina, mirándola fijamente.

--¡Y te dejaré que me llames mamá!--respondió _Lady Clara_ con forzada

sonrisa.

--Sí--dijo Carolina con energía.

Entraron juntas en el dormitorio, siendo la maleta lo que más pronto

llamó la atención de Carolina.

--¿Pero, mamá, te vas otra vez?--dijo con una ojeada rápida e inquieta y

agarrándose a su falda.

--No...--dijo mirando por la ventana la interpelada.

--Entonces es que solamente juegas a irte--dijo Carolina

riendo.--Déjame, pues, jugar a mí también.

Asintió _Lady Clara_ y Carolina voló al cuarto vecino, reapareciendo con

una cajita, en donde comenzó gravemente a empaquetar sus vestidos.

_Lady Clara_ observó que no eran muchos. Algunas preguntas respecto de

ellos dieron motivo a nuevas respuestas de la niña, que en pocos minutos

pusieron a _la mamá_ al corriente de su corto pasado. Pero para obtener

esto, la señora de Galba viose obligada a tomar a Carolina en su regazo,

acariciando a la terrible criatura.

Aun cuando ya _Lady Clara_ no se interesaba en las declaraciones de

Carolina, permanecieron todavía algún tiempo en esta situación.

Abandonada a sus pensamientos y deslizando los dedos por entre sus rojos

rizos, dejó que la niña desatase toda su charla.

--No me tienes bien, mamá--dijo Carolina finalmente después de cambiar

una o dos veces de postura.

--¿Pues, cómo he de tenerte?--preguntó _la mamá_, riendo entre divertida

e incomodada.

--Así--dijo Carolina, y enroscándose pasó un brazo por el cuello de la

señora de Galba y descansó la mejilla en su seno.--De esta manera,

¿verdad?

Acomodose nuevamente, acurrucose como un gatito, cerró los ojos y quedó

dormida.

Por un buen rato, la mujer permaneció silenciosa en aquella postura,

atreviéndose apenas a respirar, y luego fuese por motivo de alguna

oculta simpatía nacida del contacto, o Dios sabe por qué, empezaron a

estremecerla ciertos pensamientos. Acordose de un antiguo dolor que

había resuelto apartar de su memoria durante años enteros; recordó días

de enfermedad y desconfianza, días de punzante terror por algo que debió

evitar... y que evitó con horror y pesar mortales; pensó en un ser que

podría haber existido... también ella hubiera tenido un hijo de la edad

de Carolina. Los brazos que se juntaban indiferentes en torno de la

dormida criatura, comenzaron a temblar y a estrecharla convulsivamente.

Y después, con un impulso profundo, potente, prorrumpió en sollozos, y

atrajo hacia su seno a la niña una y otra vez, como si quisiese

sustituirla a la que allí había guardado en otro tiempo. De este modo,

la borrasca que la estremecía pasó deshaciéndose en un copioso llanto.

Algunas lágrimas cayeron sobre los rizos de Carolina, que se movió

inquieta en su sueño. Pero otra vez la tranquilizó. ¡Era tan fácil

hacerlo entonces! y permanecieron allí tan silenciosas y solitarias, que

parecían formar parte de la solitaria y silenciosa morada. Sin embargo,

como en esta última, alegremente iluminada por los rayos del sol, la

apariencia de soledad y abandono no llevaba consigo la decadencia, la

desesperación ni el abandono.

En el hotel de Fiddletown, el coronel Roberto esperó en vano toda

aquella noche, y a la mañana siguiente, cuando el señor Galba regresó a

su casa, la encontró vacía, sin habitantes y sin huella alguna del drama

del día anterior.

Bocetos californianos · 第 35 / 41 题