EL SOCIO DE TENNESSEE

Jamás conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el ignorarlo no

causó nunca en nuestra sociedad el menor disgusto, puesto que en 1854 la

mayor parte de la gente de Sandy-Bar[4] se bautizó nuevamente.

Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el

traje, como en el caso de _Dungaree-Jack_, o bien de alguna singularidad

en las costumbres, como en el de _Saleratus-Bill_, así nombrado por la

enorme cantidad de aquel culinario ingrediente que echaba en su pan

cotidiano, o bien de algún desgraciado _lapsus_, como sucedió al _Pirata

de hierro_, hombre apacible e inofensivo, que obtuvo aquel lúgubre

título por su fatal pronunciación del término _pirita de hierro_. Tal

vez haya sido esto principio de una tosca heráldica; pero me inclino a

pensar que, como en aquellos días el verdadero nombre de un individuo

descansaba únicamente en su deleznable palabra, nadie hacía de ello el

más leve caso.

--¿Te llamas Clifford, no es verdad?--dijo Boston, dirigiéndose con

soberano desprecio a un tímido recién llegado al campamento.--El

infierno está empedrado de tales Cliffords.

Y acto continuo presentó al desgraciado, cuyo nombre por casualidad era

realmente Clifford, como el _Papagayo Carlos_, repentina y profana

inspiración que pesó sobre él para siempre.

Volvamos ahora al socio de Tennessee, a quien siempre conocimos por este

título relativo, aunque más tarde supimos que existió como una

individualidad distinta y separada. Según informes, parece que en 1853

se marchó de Poker-Flat[5] para San Francisco, con el propósito

manifiesto de buscar mujer, aunque no pasó más allá de Stocktown.

Una vez allí, se sintió atraído por una joven que servía a la mesa en la

fonda en que había tomado habitación. Un día le dijo algo que la hizo

sonreír no desfavorablemente, y romper con alguna coquetería un plato de

pan tostado contra la seria y sencilla cara, que se le dirigía,

retrocediendo luego a la cocina. Siguiola, y pocos momentos después

regresó cubierto por más pan tostado, pero victorioso. Al cabo de ocho

días se casaron ante un juez de paz y volvieron a Poker-Flat.

Confieso que se podría sacar más partido de este episodio, pero prefiero

narrarlo tal como corría por las cañadas y tabernas de Sandy-Bar, donde

todo sentimiento se modificaba por un subido barniz humorista. Poco se

supo de su felicidad matrimonial hasta que Tennessee, que vivía entonces

con su socio, tuvo un día ocasión de decir por cuenta propia algo a la

novia, que «la hizo sonreír no desfavorablemente», retirándose ésta

hacia Marisvilla, a donde la siguió Tennessee y donde pusieron casa, sin

requerir la ayuda de ningún funcionario judicial. El socio de Tennessee

sobrellevó sencilla y pacientemente, según su costumbre, la pérdida de

su mujer; pero la sorpresa de todo el mundo fue cuando, al volver un día

Tennessee de Marisvilla sin la mujer de su socio, porque ella, siguiendo

su costumbre, se había sonreído y marchado con otro, el socio de

Tennessee fue el primero en estrecharle la mano y darle afectuosamente

los buenos días. Claro que los muchachos que se habían reunido en la

cañada para presenciar el tiroteo se indignaron, y su indignación se

hubiera manifestado por medio del sarcasmo, a no ser una cierta mirada

en los ojos del socio de Tennessee, que indicaban una actitud muy poco

favorable al holgorio. En resumen, era un hombre grave, en quien

dominaba el detalle práctico de ser desagradable en un caso de

dificultad.

Mientras tanto, el sentimiento público del Bar contra Tennessee se

pronunciaba creciendo cada vez más. Se le conocía por jugador y

sospechoso de ladrón, y estas sospechas alcanzaban igualmente a su

socio; la continua intimidad con Tennessee después del citado asunto,

sólo podía explicarse por la hipótesis de la complicidad. Por último, la

culpa de Tennessee se hizo patente: un día alcanzó a un forastero en el

camino de Red-Dog; éste contó después que Tennessee lo acompañó

distrayéndolo con interesantes anécdotas y recuerdos, pero que con poca

lógica terminó la entrevista con la siguiente arenga:

--Permítame, joven, que le moleste pidiéndole su cuchillo, sus pistolas

y su dinero. Digo esto, porque en Red-Dog estas armas y el dinero que

lleva consigo podrían ser una tentación para los mal intencionados. Me

parece que tengo ya sus señas en San Francisco, y haré lo posible por

visitarle.

Aquí podemos decir de paso que Tennessee poseía una verbosidad

humorística, que ninguna preocupación comercial podía dominar en

absoluto.

Tal suceso fue su última hazaña. Tanto en Red-Dog como en Sandy-Bar, se

hizo causa común contra el bandolero, y Tennessee fue cazado en la

trampa que se le había preparado. Demostró su audacia cuando en el salón

de las Arcadas se lanzó desesperado al través del Bar, descargando su

revólver contra la muchedumbre, llegando así hasta el Cañón del Oso;

pero al extremo de éste fue detenido por un hombre pequeño montado en un

pequeño caballo. Miráronse un momento en silencio. Los dos hombres eran

intrépidos; ambos de sangre fría e independientes, y ambos tipos de una

civilización que en el siglo XVII hubiera sido llamada heroica, y en el

siglo XIX sólo _despreocupada_.

--¿Qué llevas? muestra el juego--dijo Tennessee con tranquilidad.

--Dos triunfos y un as--contestó el forastero con la misma sangre fría,

enseñando dos revólveres y un cuchillo.

--Paso--repuso Tennessee.

Y con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y retrocedió

junto con su aprehensor.

Hacía una noche calurosa por demás. El fresco vientecillo que de

ordinario, al ponerse el sol, descendía por la empinada montaña de

chaparros, fue aquella noche negado a Sandy-Bar. La estrecha cañada

sofocaba con sus cálidos y resinosos olores, y la madera podrida en el

Bar despedía exhalaciones fétidas. Latían aún en el campamento la

excitación del día y el hervor de las pasiones. Agitábanse las luces sin

descanso en ambos lados del río, y ni un solo reflejo de la oscura

corriente les contestaba. Detrás de la negra silueta de los pinos, los

balcones del viejo desván del correo se destacaban brillantemente

iluminados, y al través de sus ventanas, sin cortinas, los desocupados

podían ver desde abajo las sombras de los que en aquel momento decidían

de la suerte de Tennessee, y por encima de todo esto, destacándose sobre

el oscuro firmamento, se alzaba majestuosa la lejana sierra, coronada de

un inmenso y estrellado firmamento.

El procedimiento contra Tennessee se llevó tan lealmente como era de

esperar de un juez y de un jurado que se sentían hasta cierto punto

obligados a justificar en su veredicto las irregularidades del arresto y

primeras diligencias. La ley de Sandy-Bar era implacable, pero no se

inspiraba en la venganza. Por otra parte, la excitación y el

resentimiento personal que motivaron semejante caza, se habían

terminado. Una vez seguro el criminal en sus manos, estaban dispuestos a

escuchar impasibles la defensa, convencidos de que ya sería

insuficiente, y no teniendo en su interior duda alguna, querían conceder

al preso el derecho más lato que posible fuese. Partiendo de la

hipótesis de que debía ser ahorcado en virtud de principios generales,

lo favorecían permitiéndole más amplio derecho del que su despreocupada

osadía reclamaba. El representante de la justicia parecía más inquieto

que el mismo preso, quien indiferente para los demás, afectaba al

parecer una lúgubre satisfacción en el conflicto a que había dado lugar.

--No tomo carta alguna en este juego--era la contestación invariable,

aunque humorística, que daba siempre a quien le preguntaba.

El juez, que era al propio tiempo su aprehensor, se arrepintió vagamente

de no haberle descerrajado un tiro aquella mañana; pero pronto desechó

esta flaqueza vulgar como indigna de un numen forense. No obstante,

cuando sonó un golpe a la puerta y se dijo que el socio de Tennessee

estaba allí para defender al prisionero, fue admitido en seguida sin el

menor interrogatorio; acaso los miembros más jóvenes del jurado, para

quienes los sucesos se prestaban a graves reflexiones, lo saludaban como

un poderoso auxilio. Hay que confesar que no era en rigor de verdad una

figura imponente: bajo y regordete, con la cara cuadrada, tostado por el

sol hasta un color casi sobrenatural, vistiendo una ancha chaqueta y

pantalones listados y manchado por barro rojizo, en cualquier

circunstancia su aspecto hubiera sido extraño y risible, pero en la

presente era hasta ridículo. Al hacer la acción de inclinarse para dejar

a sus pies un pesado saco de noche que llevaba, echose de ver, por las

inusitadas inscripciones que puso de manifiesto, que la tela con que

estaban remendados sus pantalones, fue destinada en su origen a un

envoltorio más humilde. Después de haber estrechado con afectada

cordialidad la mano de cuantos estaban en el salón, enjugó su seria y

perpleja cara con un pañuelo rojo de seda menos oscuro que su tez, apoyó

su robusta mano sobre la mesa, y se dirigió al jurado con suma gravedad,

diciendo:

--Pasaba por aquí, y se me ocurrió entrar a ver cómo seguía el asunto de

ese Tennessee, mi socio y compañero. ¡Uf, que noche más sofocante! No

recuerdo un tiempo parecido desde mi venida a estas regiones.

Hizo una pequeña pausa, pero como a nadie se le ocurrió impugnar esta

observación metereológica, acudió segunda vez al recurso de su pañuelo,

y por algunos momentos se enjugó con diligencia la frente.

--¿Tiene usted algo que decir en favor del preso?--preguntó por fin el

juez.

--A eso voy--dijo el socio de Tennessee;--vengo aquí como su socio, pues

lo trato desde hace cuatro años, en la comida y bebida, en el mal y en

el bien, en la fortuna y en la desgracia. Sus caminos no son siempre los

míos; pero no hay en ese joven cualidad, no ha hecho calaverada que yo

no conozca. Si ahora me dice, me pregunta usted confidencialmente de

hombre a hombre, sí sé algo en su favor, yo le digo, le digo

confidencialmente, de hombre a hombre: ¿qué quiere que uno sepa de su

amigo?

--¡Vamos! ¿Es eso todo cuanto tiene que decir?--interrumpió el juez

impaciente, previendo tal vez que una peligrosa simpatía humorística

vendría a humanizar su flamante tribunal.

--A eso, a eso voy--continuó el socio de Tennessee.--No seré yo quien

diga algo contra él. Veamos, pues, el caso. Figurarse que a Tennessee le

hace falta dinero, que le hace mucha falta dinero, y no le gusta pedirlo

a su viejo socio. Está bien, ¿pues qué es lo que hace Tennessee? Echa el

anzuelo a un forastero y pesca al forastero. Y ustedes le echan el

anzuelo y lo pescan a él. ¡Tantos a tantos de triunfos! Apelo a su sano

criterio y a la recta conciencia de este alto tribunal, para que diga si

es esto así o no...

--Preso--dijo el juez, interrumpiéndo de nuevo,--¿tiene usted alguna

pregunta que hacer a ese sujeto?

--¡No, no!--continuó rápidamente el socio de Tennessee.--Esta partida me

la juego yo solo. Y yendo directamente al grano de la cuestión, esto es

lo que hay: Tennessee la ha jugado muy pesada y muy cara contra un

forastero y contra este campamento.--Y como haciendo un esfuerzo de

sinceridad, continuó:--Y ahora, ¿qué es lo justo? Unos dirán sus más,

otros dirán sus menos; en fin, aquí van 1700 pesos en oro sencillo y un

reloj (es todo mi montón), y no se hable más del asunto.

Y acompañando la palabra a la acción y antes de que mano alguna se

pudiese levantar para evitarlo, había vaciado ya sobre la mesa el

contenido del saco de viaje.

Durante unos instantes estuvo su vida en peligro. Uno o dos hombres se

levantaron en el acto, varias manos buscaron armas ocultas, y sólo la

intervención del juez pudo dominar la propuesta de «echar a aquel

insolente por el balcón». El reo se reía, y su socio, al parecer

ignorante de la sobreexcitación que causaba, aprovechó la oportunidad

para enjugarse otra vez la cara con el pañuelo de bolsillo.

Restablecido el orden y después de haberse hecho comprender al buen

hombre, por medio de enérgicas demostraciones, que la ofensa de

Tennessee no podía ser expiada por compensaciones metálicas, su

fisonomía tomó un color más sanguinolento aún, y los que estaban cerca

de él notaron que su ruda mano experimentaba un ligero temblor. Titubeó

un momento, antes de volver el oro al saco de noche, como si no hubiese

comprendido del todo el elevado sentimiento de justicia que guiaba al

tribunal, y recelase no haber ofrecido bastante cantidad.

Después, volviéndose hacia el juez, dijo:

--Esta partida la he jugado solo, sin mi socio.

Tomó el sombrero y saludando al Jurado iba a retirarse, cuando el juez

llamole:

--Si algo tiene que decir a Tennessee, haría usted mejor en

comunicárselo ahora mismo.

Los ojos del preso y los de su extraño abogado se encontraron aquella

noche por primera vez. Tennessee mostró sus blancos dientes con franca

sonrisa y diciendo:

--¡Partida perdida, viejo!--le tendió la mano con efusión.

El socio de Tennessee la estrechó entre las suyas largo rato.

--Como pasaba por casualidad--dijo,--entré sólo por ver cómo seguían las

cosas.

Dejó caer después pasivamente la mano que le había tendido, y añadiendo

que la noche era calurosa, se enjugó de nuevo la cara con el pañuelo, y

sin más, se retiró del local.

Aquellos dos hombres no se encontraron ya jamás en la vida. El insulto

fue demasiado grave, y el hecho de haberse propuesto sobornar a un juez

de la ley de Linch, la cual aunque fanática, débil o estrecha, era, por

lo menos, incorruptible, excluyó de un modo irrevocable de la mente de

aquel inflexible funcionario toda vacilación respecto al destino de

Tennessee, y al amanecer, estrechamente escoltado, se le condujo a la

cima del Monte Marley, donde debía ejecutarse la fatídica sentencia.

De la impasibilidad con que la arrostró, de cuán sereno estaba, de cómo

se negó a declarar cosa alguna, de cuán legales eran las disposiciones

del comité, de todo se trató debidamente en el _pregón de Red-Dog_, con

el aditamento de una amonestación moral a modo de lección para todos los

futuros malhechores, y ya que el editor estaba presente, a su vigoroso

inglés remito de buena gana al que me lee. Lo que no describió esta hoja

local, fue la belleza de aquella mañana de verano, la santa armonía de

la tierra, del aire y del cielo, la vida que rebosaba de los libres

bosques y montes, el alegre renacimiento, las divinas promesas y la

serenidad infinita de la Naturaleza, porque no formaban parte de la

lección moral. Y no obstante, después que el insignificante acto se hubo

consumado y que una vida, con todos sus derechos y deberes, hubo salido

de aquella cosa diforme que colgaba entre la tierra y el cielo, los

pájaros piaban aún alegremente, las flores se abrían y el astro del día

resplandecía tan majestuoso como siempre. Tal vez el _pregón de Red-Dog_

tenía razón.

El poco experto defensor de Tennessee no se encontraba en el grupo que

rodeaba el lúgubre árbol; pero cuando los asistentes nos volvimos para

dispersarnos, atrajo nuestra atención la presencia de un carrucho tirado

por un burro y parado en el borde de la carretera. Todos nos acercamos y

reconocimos desde luego al paciente borriquito y el carro de dos

ruedas, propiedad del socio de Tennessee y que éste empleaba para

extraer las tierras de su _placer_. Unos metros más allá, el propietario

del vehículo en persona, sentado bajo un buckeye[6], enjugaba el sudor

de su rostro congestionado.

Hábilmente interrogado por los curiosos, dijo que había ido allí por el

cuerpo del difunto, si no lo tenía a mal el comité; que no quería

apresurar las cosas, podía esperar, pues aquel día no trabajaba, y

cuando los señores hubiesen concluido con el difunto, se haría cargo de

él.

--Además--añadió sencilla y gravemente,--si alguno de los presentes

gusta tomar parte en el entierro, puede asistir.

Sea por una de tantas humoradas, que como ya he indicado eran

características de Sandy-Bar, sea por razones más altruistas, el caso es

que las dos terceras partes de los desocupados aceptaron en seguida la

invitación que tan desinteresadamente se les hacía.

Habían dado ya las doce, cuando el cuerpo de Tennessee fue puesto en

manos de su socio. Cuando se acercó el carro al árbol fatal, observamos

que contenía una tosca caja oblonga, hecha al parecer de tablas de

_sluice_[7] medio rellena de cortezas y ramillas de pino. Formaban parte

de la ornamentación de la carreta recortes de sauce y unas cuantas

docenas de flores de mucho olor. Un vez depositado el cuerpo en la

caja, el socio de Tennessee lo cubrió con una tela embreada, montó

gravemente en el estrecho pescante delantero, y con los pies sobre las

varas, arreó al jumento, avanzando el vehículo lentamente, con aquel

paso decoroso que, aun en circunstancias menos solemnes, es habitual a

tan inteligentes cuadrúpedos.

Medio por curiosidad, medio por broma, pero todos de buen humor,

siguieron los mineros a entrambos lados del carro; unos delante, otros

detrás del sencillo ataúd; pero sea por la estrechez del camino o por

algún sentimiento momentáneo e instintivo de piedad, a medida que

adelantaba el carro, el acompañamiento se retrasaba en parejas,

guardando el paso y tomando el aspecto de una solemne procesión. El

divertido Jacobo Polibión, que a la salida había empezado la parodia de

una marcha fúnebre, moviendo los dedos sobre una flauta imaginaria,

desistió de proseguirla, por no hallar una acogida favorable, tal vez

por faltarle la aptitud del verdadero humorista, que sabe divertirse con

su propia gracia y humor.

El fúnebre camino atravesaba la cañada del Oso, revestida a aquella hora

de sombrío y tenebroso aspecto. Los campeches, escondiendo en el rojizo

terreno sus pies, guarnecían la senda como en fila india, y sus

inclinadas ramas parecían echar una extraña bendición sobre el féretro

que avanzaba lentamente.

Una preciosa liebre, sorprendida en su ingénita actividad, sentose sobre

las patas traseras, rebullendo entre los helechos del borde del camino,

mientras desfilaba la comitiva. Las ardillas se apresuraron a ganar las

ramas más altas para atisbar desde allí en seguridad, y los arrendajos,

tendiendo las alas, revoloteaban a la delantera, como postillones, hasta

que alcanzamos los arrabales de Sandy-Bar y la solitaria cabaña del

director de la ceremonia.

Visto aquel lugar, aun en circunstancias más placenteras, no hubiese

sido un lugar risueño. La tosca y fea silueta y los groseros detalles

que distinguen las construcciones del minero californiano, y además su

poco pintoresco emplazamiento, todo se reunía allí a la tristeza de la

ruina. A pocos metros de la cabaña, se extendía un inculto cercado que,

en los cortos días de felicidad matrimonial del socio de Tennessee,

había servido de jardín, pero que, en aquel entonces, disfrutaba de una

exuberante vegetación de helechos y hierbas de todas clases. Conforme

nos aproximamos al cercado, nos sorprendimos viendo que lo que habíamos

tomado por un reciente ensayo de cultivo, era sólo desmonte que rodeaba

una tumba recién abierta. La carreta estaba parada ya delante del

cercado, y rehusando el socio de Tennessee las ofertas de auxilio, con

el mismo aire de confianza que había demostrado en todo, cargó con la

caja y la depositó, sin auxilio de nadie, en la poco profunda fosa.

Pegando después con clavos la tabla que servía de tapa, y subiéndose al

montículo de tierra que se alzaba junto a la huesa, descubriose y se

enjugó lentamente la cara con el pañuelo. Todo el mundo comprendió que

eran éstos los preliminares de un discurso, y se esparció sobre los

troncos de árbol y las rocas en situación expectante.

Revestido de dignidad el socio de Tennessee dijo pausadamente:

--Digan; cuando un hombre ha estado corriendo en libertad todo el día,

¿qué es natural que haga? Pues volver a casa. Pero si no puede volver a

casa por sí mismo, ¿qué es lo que debe hacer su mejor amigo? ¡Claro que

traerle a ella! Y aquí tenéis a Tennessee que ha estado corriendo en

libertad y de sus peregrinaciones lo traemos al hogar.

Aquí, como para concentrar sus ideas, calló, bajose a tomar un fragmento

de cuarzo, y frotándolo pensativo contra su manga, continuó:

--Otras veces lo había cargado sobre mis espaldas como ahora habéis

visto; otras veces lo había traído a esta cabaña, cuando no se podía

valer por sí mismo; más de una vez yo y el borriquito lo habíamos

esperado allá arriba, recogiéndolo y trayéndolo a casa cuando no podía

hablar, ni le era posible reconocerme. Y hoy, que es el último día... ya

veis...

Callose otra vez y frotó el cuarzo contra su manga.

--Como puede verse, el caso es duro para su socio... Y ahora,

señores--añadió bruscamente, recogiendo su pala de largo mango,--se

acabó el entierro; les doy las gracias y... Tennessee se las da también

por la molestia que les ha ocasionado.

Oponiéndose a cuantas ofertas de ayudarlo se le hicieron, comenzó a

llenar la tumba, dando la espalda al gentío, que, después de algunos

momentos de indecisión, se retiró poco a poco. Al doblar la pequeña

cresta que ocultaba a su vista Sandy-Bar, algunos, volviéndose hacia

atrás, creyeron ver al socio de Tennessee, terminada ya su obra, sentado

sobre la tumba, con la pala entre las rodillas y la cara sepultada en su

rojo pañuelo de seda; pero otros arguyeron que, a tal distancia, no era

posible distinguir la cara del pañuelo, y este punto no se esclareció

jamás.

En medio de la calma que siguió a la agitación febril de aquel día, el

socio de Tennessee no fue echado en olvido por los habitantes del

campamento. Cierta rigurosa requisitoria que se hizo en secreto lo libró

de la supuesta complicidad en el crimen de Tennessee, pero no de cierta

sospecha sobre si estaba o no en su cabal juicio. La población de

Sandy-Bar hizo caso de conciencia el visitarlo, ofreciéndole varios

regalos toscos, aunque inspirados en sinceros sentimientos. Pero, desde

el fatídico día, aquella salud y enorme fuerza parecieron declinar

visiblemente, y entrada ya la estación de las lluvias, cuando las

hojillas de hierba comenzaron a asomar por entre el pedregoso montículo

que cubría la tumba de Tennessee, se dejó vencer por la enfermedad.

Metiose en cama.

Aquella noche, los pinos que rodeaban la cabaña, sacudidos por la

tempestad, arrastraban sus esbeltas ramas por encima del techo, y a lo

lejos se oían el rugido y los embates de la impetuosa corriente del río.

El socio de Tennessee se incorporó y dijo:

--Ya es hora, voy en busca de Tennessee; engancharé el carrito.

Y se hubiera levantado de la cama a no habérselo impedido su criada. Sin

embargo, haciendo extraños movimientos, continuó en su singular delirio:

--¡Ven acá, borriquita! ¡So, so! ¡quieta! ¡Qué oscuro está! Alerta con

los baches, y cuida también de él, vieja. Ya sabes que a veces, cuando

está borracho, rueda como un tronco hasta la cuneta. Corre, pues, en

derechura hasta el pino de allá arriba, en la colina. Bueno... ¡no lo

dije!... ¡ahí está!... ya viene... solo... sereno... ¡Cómo brillan sus

ojos! ¡Tennessee!

Y así fue a su encuentro...

Bocetos californianos · 第 30 / 41 题