UN POBRE HOMBRE

En el año 1852, vino con nosotros a California, a bordo del

_Skiscraper_, un individuo llamado Fag, David Fag. Opino que el espíritu

aventurero no influyó mucho en su partida; probablemente no tendría otro

lugar a donde ir. Por las tardes, cuando reunidos los jóvenes,

ponderábamos las magníficas colocaciones que habíamos abandonado, y cuán

tristes habían quedado nuestros amigos al vernos partir; cuando

enseñábamos daguerreotipos, y bucles de cabello, y hablábamos de María y

de Susana, _el pobre hombre_ solía sentarse entre nosotros y nos

escuchaba penosamente humillado, aunque sin decir esta boca es mía.

Quizá no tenía nada que decir. Carecía de camaradas, excepto cuando

nosotros lo protegíamos, y en honor de la verdad, nos divertía bastante.

No hacía viento para hinchar una gorra, y ya se mareaba; nunca pudo

acostumbrarse a la vida de a bordo. Jamás olvidaré cuánto nos reímos

cuando Abelardo le trajo un pedazo de tocino en un cordel, y... pero ya

conoce todo el mundo esta chanza clásica; luego bromeamos a sus costas

con gran regocijo. La señorita Engracia no podía sufrirlo; le hacíamos

creer que se había encaprichado con él, y le enviábamos al camarote

libros y golosinas. Era de ver la chistosa escena que tuvo lugar cuando,

tartamudeando y luchando contra el mareo, subió a darle las gracias por

los obsequios. ¡Menudo enfado tuvo ella! Parecíase a Medora, según dijo

Abelardo, que sabía a Byron de memoria, y ¡no estaba poco sofocado el

viejo Fag! Sin embargo, no nos guardó rencor, y cuando Abelardo cayó

enfermo en Valparaíso, el viejo Fag lo cuidó esmeradamente. Era, en

resumen, un chico de buena pasta, pero le faltaban valor y empresa.

Carecía en absoluto de todo sentimiento estético, pues alguna vez llegó

a vérsele sentado remendando su ropa vieja, mientras que Abelardo

recitaba los conmovedores apóstrofes de Byron al Océano. En cierta

ocasión, preguntó muy serio a Abelardo si creía que Byron se hubiese

mareado en alguna ocasión. No recuerdo la respuesta de Abelardo, pero sí

que todos nos reímos, y creo que no dejaría de ser buena, pues Abelardo

no carecía de humorismo.

El día que el _Skiscraper_ llegó a San Francisco, celebramos un gran

banquete. Convínose en reunirnos todos los años y perpetuar tal

acontecimiento. Por supuesto, que no convidamos a Fag. Fag era un

pasajero de tercera, y como se comprenderá, era necesario, ya que

estábamos en tierra, ser un poco prudentes. Pero el viejo Fag, como lo

llamábamos, aunque no tendría más allá de veinticinco años (sea dicho

entre paréntesis), fue para nosotros aquel día objeto de gran guasa.

Según parece, concibió la idea de ir a pie a Sacramento, y realmente

partió en dicha forma. La fiesta fue cabal: nos dimos todos un buen

apretón de manos, y cada uno fuese por su lado. ¡Ay de mí! No hace de

ello ocho años, y, sin embargo, algunas de aquellas manos, estrechadas

entonces amistosamente, se han alzado de unos contra otros, y han

entrado furtivamente en nuestros bolsillos. No comimos ya juntos al año

siguiente, porque el joven Baker juró que no sentaría jamás en la misma

mesa que ocupase un canalla tan despreciable como Remigio, y a Colás, el

que pidió dinero prestado en Valparaíso al joven Lupo, que servía de

mozo en un restaurant, no le gustaba encontrarse con gente de tal ralea.

Habiendo comprado una cantidad de acciones del Cayote's Tunnel, en

Mugginswille, el 54, se me ocurrió subir hasta allí y examinarlo. Me

hospedé en la Fonda del Imperio, y después de comer, busqué un caballo,

di la vuelta al pueblo y me dirigí a las minas. Se me indicó uno de

aquellos individuos a quienes los corresponsales de los periódicos

llaman «nuestro inteligente noticiero» y que en las comunidades pequeñas

se toman fácilmente el derecho de dar toda clase de informes. La fuerza

del hábito le permitía ya trabajar y hablar a un tiempo, sin olvidar

jamás una cosa por otra. Hízome una especie de historia del criadero, y

añadió:

--Mire usted (y se dirigía al banco que tenía ante sí), de allí debe

salir seguramente oro (y aquí interpuso una coma con su pica), pero el

anterior propietario (sacó a retortijones la palabra de su pica) era un

pobre hombre (y subrayó la frase con la pica), un infeliz que carecía de

toda autoridad, que permitía a los chicos que se le subiesen a las

barbas... (el resto lo confió a la operación de quitarse el sombrero, a

fin de enjugar su frente varonil con un pañuelo de grandes cuadros

azules.)

La curiosidad me llevó a preguntarle quién era el primitivo propietario.

--Se llamaba Fag.

Me apresuré a hacerle una visita; me pareció más viejo y más feo. Había

trabajado mucho, según dijo, y sin embargo, la cosa sólo le marchaba

así, así. Tomele afición y hasta cierto punto lo protegí. Si lo hice,

porque empezara a sentir desconfianza para chicos como Abelardo y

Remigio, no es preciso decirlo.

Todo el mundo recuerda cómo lo del Cayote's Tunnel se vino abajo y cuán

ignominiosamente fuimos estafados. Pues, bien; lo primero que supe fue

que Abelardo, uno de los principales accionistas, se veía reducido en

Migginswille a guardar la cantina del hotel, y que el viejo Fag se había

enriquecido, al fin, y vareaba la plata. Remigio me enteró de todo ello

cuando volvió de arreglar sus asuntos. Me dijo también que Fag le hacía

cocos a la hija del propietario del mencionado hotel. Así es que, por

habladurías y por cartas, vine a saber que Robins, el dueño del hotel,

trataba de arreglar el casamiento entre su hija Rosita y Fag. Era Rosita

una chiquilla muy linda y regordeta, y que no haría más que lo que su

padre mandase. Me pareció muy conveniente para Fag que se casara y

estableciese, pues, como hombre casado, podría adquirir toda otra

autoridad. Resolví, pues, un día subir a Mugginswille, para cuidar yo

mismo del asunto.

Allí tuve la gran satisfacción de que Abelardo me sirviese las bebidas;

sí, porque se trataba de Abelardo, el alegre, el brillante, el

invencible Abelardo, que hacía dos años había tratado de despreciarme.

Hablele del viejo Fag y de Rosita, precisamente, porque creí que el

asunto no le sería grato. Declarome que nunca le había gustado Fag, y

que estaba seguro de que a Rosita tampoco le agradaba: acaso otra

persona ocupaba los pensamientos de Rosita.

En seguida volviose hacia el espejo del mostrador y se atusó el cabello;

comprendí al vanidoso bribón, y pensé poner en guardia a Fag a fin de

que se diera prisa en formalizar su unión. En el curso de una larga

conversación que tuvimos y por el tono en que se expresó, eché de ver

que el pobre chico estaba perdidamente enamorado de la muchacha. Suspiró

y prometiome revestirse de valor para llevar el asunto a una crisis.

Comprendí también que ésta, de excelente corazón, sentía una especie de

silencioso respeto por Fag; pero le habían vuelto la cabeza las

cualidades superficiales de Abelardo, que eran agradables y cortesanas.

No creo que Rosita fuera peor que tú y yo: estamos más dispuestos a

juzgar de los conocidos por su valor aparente que por su valor interno.

Nos da menos trabajo y es más cómodo, excepto cuando necesitamos fiarnos

de ellos. Lo difícil para con las mujeres, está en que en ellas el

sentimiento se interesa más pronto que en nosotros, y ya comprenden

ustedes que en este caso se hace imposible la reflexión. Esto es lo que

se le hubiera ocurrido al viejo Fag si hubiera sido un hombre dotado de

la más ligera psicología. Pero no era así. La cosa no tenía remedio.

Algunos meses después, estaba sentado en mi despacho cuando se me

apareció el viejo Fag. Después de un efusivo apretón de manos, hablamos

de los asuntos corrientes, de aquella manera mecánica, propia de gente

que sabe que tiene algo que decir, pero que se ve obligada a llegar a

ello por medio de las ceremonias acostumbradas. Después de una pausa,

Fag, con su naturalidad acostumbrada, me dijo:

--Me vuelvo a mi casa.

--¿A tu casa?

--Sí; es decir, me parece que haré una excursión a los Estados del

Atlántico. Te he venido a ver, pues, como sabes, tengo algunas

propiedades y he otorgado poderes a tu nombre para que puedas

administrarlas: traigo algunos papeles que desearía guardases en tu

poder. ¿Deseas encargarte de ellos?

--Sí--dije.--¿Pero, qué hay de Rosita?

Fag enmudeció; trató de sonreír, y de este juego resultó uno de los

efectos más sorprendentes y grotescos que jamás haya presenciado. Por

fin, dijo:

--No me casaré con Rosita; es decir--y parecía pedirse interiormente

perdón de una frase tan categórica,--creo que haré mejor en no casarme.

--David Fag--dije con repentina severidad,--eres un pobre hombre.

Y con extrañeza mía, se animó su rostro.

--Sí--dijo,--eso es; soy un pobre hombre; eso me lo he sabido siempre;

te diré, me pareció que Abelardo quería a la muchacha tanto como yo, y

supe, además, que ella lo amaba más que a mí, y que tal vez sería más

feliz con mi rival. Además, me constaba también que el viejo Robins me

hubiese preferido al otro porque yo era rico, y que la chica habría

obedecido a su padre; pero, ¿me entiendes?, se me figuró que estorbaba,

como quien dice, de manera que opté por retirarme. Sin embargo--continuó

cuando iba ya a interrumpirlo,--por temor de que el padre rechazara a

Abelardo, le he prestado lo bastante para establecerse por su cuenta en

Dogtown. Hombre emprendedor, activo, brillante, como sabes que es

Abelardo, puede adelantar y hacerse otra vez con su antigua posición, y

no hay necesidad alguna de que le apremien si no lo logra. Alargome

nuevamente la mano para despedirse.

Sentíame hastiado de sobras por su modo de tratar al tal Abelardo para

mostrarme amable; pero como el negocio era de provecho, prometí

encargarme de él, y Fag partió.

Transcurrió algún tiempo. Llegó el próximo vapor de regreso, y durante

algunos días, un terrible accidente ocupó la atención de los Estados

Unidos. En todas las regiones del Estado leíanse con avidez los detalles

de un terrible naufragio, y los que tenían amigos a bordo se reunían

para leer con aliento comprimido la larga lista de las víctimas. Busqué

los nombres de todos los seres interesantes, afortunados y queridos que

habían perecido, y creo que fui el primero en descubrir, entre éstos, el

nombre de David Fag.

El pobre hombre ¡había, pues, en realidad, vuelto a su casa!

Bocetos californianos · 第 31 / 41 题