Agitábase en conmoción Campo Rodrigo. Cuestión de riñas no sería, pues
en 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. No
solamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especería de
Tut contribuía también con sus jugadores, quienes, como todos sabían,
continuaron reposadamente su partida el día en que Pedro el francés y
Kanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo de
la puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos ante
una tosca cabaña, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheaba
con verdadero interés, y a menudo se repetía el nombre de una mujer,
nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal.
Hablar de ella prolijamente sería contraproducente. Basta consignar que
era una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y al
cabo la única mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba la
crisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados y
atenciones.
Viciosa, abandonada e incorregible, padecía, sin embargo, un martirio
cruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manos
femeninas.
En aquel aislamiento original y terrible, sin duda había caído sobre
ella la maldición que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vez
formaba parte de la expiación de sus faltas, que en el momento en que
más falta le hacía la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, sólo
se encontrara con las caras indiferentes de hombres egoístas. De todos
modos, creo que algunos de los espectadores se encontraban afectados
compadeciéndola sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello era
muy duro «para Sal», y conmovido con tal reflexión, se hizo por el
momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos de
triunfos.
Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en Campo
Rodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida.
Varias personas habían sido expulsadas del campamento resuelta y
terminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; pero
ésta era la primera vez que en él se introducía alguien _ab initio_. He
aquí la causa de la sensación.
--Oye, Edmundo--dijo un ciudadano prominente, conocido por León,
dirigiéndose a uno de los curiosos.--Entra aquí y mira lo que puedas
hacer, tú que tienes experiencia en estas cosas.
Y a la verdad que la elección no podía ser más acertada. Edmundo en
otros climas había sido la cabeza putativa de dos familias.
Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debió que
Campo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todos
aprobaron la elección y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse a
la voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerró tras del
improvisado cirujano y comadrón, y todo Campo Rodrigo se sentó en los
alrededores de la cabaña, fumó su pipa y aguardó el desenlace de la
tragedia.
La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de éstos
eran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todos
del «qué se me da a mí». Exteriormente no dejaban traslucir el menor
indicio sobre su vida y antecedentes. El más desalmado tenía una cara de
Rafael, con profusión de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tenía el
aire melancólico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: el
hombre más sereno y valiente apenas medía cinco pies de estatura, con
una voz atiplada y maneras afeminadas y tímidas. El término truhanés
aplicado a ellos constituía más bien una distinción que una definición.
Individualmente considerados, quizá faltaban a muchos los detalles
menores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas leves
omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El más hábil de
entre ellos, no tenía más que tres dedos en la mano derecha; el más
certero tirador era tuerto de solemnidad.
Tal era el aspecto físico de los hombres dispersos en torno de la
cabaña. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entre
dos montañas y un río, y era su única salida un escarpado sendero que
escalaba la cima de un monte frente a la cabaña, camino iluminado
entonces por los plateados rayos de Diana.
La paciente podía haberlo visto desde el tosco lecho en que yacía. Podía
verlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo alto
confundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentaba
la sociabilidad en la reunión. Lentamente, reapareció la alegría natural
de Campo Rodrigo. Cambiáronse apuestas a discreción respecto al
resultado: Tres contra cinco que Sal saldría con bien de la cosa;
además, también apostose que viviría la criatura y se atravesaron
apuestas aparte sobre el sexo y complexión del futuro huésped. En lo más
recio de la animada controversia, oyose una exclamación de los que
estaban más cercanos a la puerta, y todo el mundo aguzó los oídos.
Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo de
la rápida corriente del río y el chisporroteo del fuego, oyose un grito
agudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantes
del campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el río cesó
en su murmullo y el fuego de chisporrotear: parecía como si la
Naturaleza hubiese suspendido sus latidos.
El campamento se levantó como un solo hombre. No sé quién propuso volar
un barril de pólvora, pero prevalecieron más sanos consejos, y sólo se
acordó el disparo de algunos revólvers en consideración al estado de la
madre, la cual, sea debido a la tosca cirugía del campamento, sea por
algún otro motivo, fenecía por momentos. No transcurrió una hora sin
que, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conducía a las
estrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergüenza y
su pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por la
suerte del recién nacido.
--Pero, ¿podrá vivir ahora?--preguntaron todos a Edmundo.
Su contestación fue dudosa. El único ser del sexo de Genoveva Sal que
quedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica.
Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza,
pero se sometió a la prueba, menos problemática que el antiguo
tratamiento de Rómulo y Remo y al parecer tan satisfactoria.
Disponiendo todos estos adminículos, se pasó todavía otra hora. Por
último, se abrió la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que ya
se había formado en cola, desfiló ordenadamente por el interior de la
fúnebre cabaña. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual se
dibujaba fantásticamente perfilado el cadáver de la madre envuelto en la
manta, había una tosca mesa cuadrada. Encima de esta había una caja de
velas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chillón, yacía el
recién llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna,
había colocado un sombrero; pronto se comprendió su destino.
--Señores--dijo Edmundo con una extraña mezcla de autoridad y de
complacencia _ex oficio_,--los señores tendrán la bondad de entrar por
la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta
posterior. Los que deseen contribuir con algo para el huérfano,
encontrarán a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso.
El primer visitante entró con la cabeza cubierta, pero al girar una
mirada en torno suyo se descubrió, y así, inconscientemente, dio el
ejemplo a los demás, pues en tal comunidad de gentes, las acciones
buenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba la
procesión, se dejaban oír los comentarios críticos, dirigidos más
particularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano.
--¿Y es eso?
--El ejemplar es verdaderamente minúsculo.
--¡Qué encarnado está!
--¡Si no es más largo que un revólver!
Pero lo verdaderamente característico fueron los donativos: una caja de
rapé, de plata; un doblón; un revólver de marina, montado en plata; un
lingote de oro; un hermoso pañuelo de señora primorosamente bordado (de
parte de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortija
también de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con la
observación del dador de que vio aquel alfiler y lo mejoró con dos
diamantes); una honda; una biblia (dador incógnito); una espuela de oro;
una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las del
generoso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete
de Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesos
sueltos, en oro y en monedas de todo cuño. Mientras duró la ceremonia,
Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que tenía
a su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del recién
nacido, que yacía encima de la mesa.
Un ligero incidente rompió la monotonía de aquella extraña procesión.
Al inclinarse León curiosamente sobre la caja de velas, la criatura se
volvió, y en un movimiento de espasmo agarró el errante dedo del minero
y por un momento lo retuvo con fuerza.
León puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se
esforzó en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.
--¡Maldito bribón!--dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado
de los que se podrían sospechar de él.
Y al salir, mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolo
con extraña atención.
Este examen provocó la misma original observación respecto del angelito.
En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.
--¡Ha reñido con mi dedo!--dijo a Alejandro Tipton, mostrando este
órgano privilegiado.
--¡Maldito bribón!
Habían dado las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. En la
cabaña, donde alguien velaba, ardían unas luces; Edmundo no se acostó
aquella noche ni León tampoco; éste bebió a discreción y relató
gustosamente su aventura de un modo invariable, terminándola con la
calificación característica del recién nacido; esto parecía ponerle a
salvo de cualquier acusación injusta de sensibilidad, y León no era
hombre de debilidades... Después que todos se hubieron acostado, llegose
hasta el río, silbando con aire indiferente. Remontó después la cañada,
y pasó por delante de la cabaña silbando aún con significativo descuido.
Sentose junto a un enorme palo campeche y volvió sobre sus pasos y otra
vez pasó por la cabaña. Al llegar allí, encendió pausadamente su pipa, y
en un momento de franca resolución llamó a la puerta.
Edmundo la abrió.
--¿Cómo va?--dijo León, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de
velas.
--Perfectamente--contestó Edmundo.
--¿Ocurre algo?
--Nada.
Sucedió una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con la
puerta abierta; León recurrió a su dedo, que mostró a Edmundo.
--¡Se peleó con él el maldito bribón!--dijo, y partió en seguida.
Al amanecer del día siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura que
podía darle Campo Rodrigo; después, cuando su cuerpo hubo sido devuelto
al seno del monte, celebrose una reunión formal en el campamento para
discutir lo que debería hacerse con su hijo, recayendo el acuerdo
unánime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levantó un animado
debate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendios
de su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos no
participaron de ninguna de aquellas feroces personalidades a que
conducían, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. El
excirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas de
distancia, en donde se le podrían prodigar femeniles cuidados: pero la
desgraciada proposición encontró en seguida la más unánime y feroz
oposición. Indudablemente, no se quería tomar en cuenta plan alguno que
encerrase la idea de separarse del recién venido.
Más desconfiado, Tomás Rider observó que aquella gente de Red-Dog podía
cambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de los
vecinos campamentos que prevalecía en Campo Rodrigo tocante a todos los
asuntos.
La proposición de tomar una nodriza encontró también en la asamblea una
oposición formidable. Díjose, en primer lugar, que no se alcanzaría de
una mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y añadió el
orador que no hacía falta nadie de otra especie. Esta indirecta, poco
caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primer
síntoma de regeneración del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez por
motivos de delicadeza no quiso meterse en la elección de su posible
sucesor, pero cuando le preguntaron, afirmó resueltamente que él y
_Jinny_, la borrica antes aludida, podían componérselas para criar al
pequeñuelo. Algo de original, independiente y heroico había en este
plan, que gustó al campamento, por lo que se ratificó la confianza a
Edmundo, enviándose a Sacramento por unos pañales.
--Cuidado--dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco de
arena aurífera que se pudo encontrar;--encajes, trabajos de filigrana y
randas... todo lo que sea menester.
Aunque parece milagro, la criatura salió adelante; tal vez el clima
vigoroso de la montaña se encargó de subsanar las deficiencias de la
cría. La Tierra amamantó con sus ubres a este aventurero. En aquella
atmósfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, de
olores balsámicos, encontró cordial a la vez purificante y vivificador,
que le servía de alimento, o bien una química sutil que convertía la
leche de burra en cal y fósforo y demás nutritivos elementos. Edmundo se
inclinaba a creer que era lo último, y su solícita y esmerada atención.
--Yo y la burra--decía--le hemos servido de padre y madre.
Y añadía a menudo, dirigiéndose al envoltorio mal pergeñado que tenía
delante:
--Nunca jamás te vuelvas contra nosotros.
Al cabo de treinta días, hízose evidente la necesidad de dar nombre al
niño, pues hasta entonces había sido conocido como «el corderito», «el
niño de Edmundo», «el cayote», alusión a sus facultades vocales, y aun
por el tierno diminutivo de «el maldito bribón». Sin embargo, pronto se
dijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleció una
nueva opinión. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturo
declaró un día que la criatura llevaba la _suerte_ a Campo Rodrigo, y a
la verdad el campamento no había sido desgraciado en los últimos
tiempos. Así, pues, éste fue el nombre convenido, con el prefijo de
Tomasín, para hacerlo un poco más cristiano. No se hizo alusión alguna a
la madre, y el padre poco importaba.
--Mejor es--dijo el filosófico Arturo--dar de nuevo las cartas, llamarle
_La Suerte_ y comenzar el juego otra vez.
Se señaló, pues, día para el bautizo. A juzgar por la despreocupada
irreverencia que reinaba en Campo Rodrigo, puede imaginarse lo que venía
a significar dicha fiesta. El maestro de ceremonias era un tal Boston,
célebre taravilla, y la ocasión parecía prestarle magnífica ocasión para
lucir sus chistes y agudezas. Este ingenioso bufón pasó dos días
preparando una parodia del ceremonial de la iglesia, con algunas
alusiones de sabor local. Ensayose convenientemente el coro y se eligió
padrino a Alejandro Tipton. Después de la procesión llegó éste a la
arboleda con música y banderas al frente, y la criatura fue depositada
al pie de un altar simulado. Pero de pronto apareció Edmundo, y
adelantándose al frente de la muchedumbre en expectativa, dijo lo
siguiente:
--No es mi costumbre echar a perder las bromas, muchachos--y en esto
irguiose el hombrecillo resueltamente, haciendo frente a las miradas en
él fijas,--pero me parece que esto no cuadra. Es hacer un desafuero al
chiquitín, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y
respecto a la elección de padrino, dijo en tono autoritario:--Quisiera
saber quién tiene más derechos que yo.
Un grave silencio siguió a estas palabras, pero sea dicho en honor de
todos los bromistas, el primer hombre que reconoció la justicia fue el
organizador del espectáculo, privándose así del legítimo disfrute de su
trabajo.
Aprovechando estas ventajas, continuó Edmundo rápidamente:--Pero,
estamos aquí para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Tomás La
Suerte, según las leyes de los Estados Unidos y de California, y... en
nombre de Dios. Amén.
Por primera vez se profería en el campamento el nombre de Dios de otro
modo que profanándolo. La ceremonia que acababa de celebrarse era tal
vez más risible que la que había concebido el satírico Boston, pero,
cosa extraña, nadie reparó en ello. Tomasín fue bautizado tan
seriamente como lo hubiera sido bajo las bóvedas de un templo cristiano,
y en igual forma tratado y considerado.
Y así fue cómo principió la obra de regeneración de Campo Rodrigo,
operándose en el campamento un cambio imperceptible. Lo que primeramente
experimentó las primeras señales de progreso, fue la modesta vivienda de
Tomasín. Limpiada y blanqueada cuidadosamente, fue luego entarimada con
maderas, empapelada y adornada. La cuna de palo rosa traída de ochenta
millas sobre un mulo, como decía Edmundo a su manera, fue digno remate
de todo aquello. De este modo, la rehabilitación de la cabaña fue un
hecho consumado. La numerosa concurrencia que solía pasar el rato en
casa de Edmundo para ver cómo seguía La Suerte, apreciaban el cambio, y,
en defensa propia, el establecimiento rival, la especería de Tut, se
restauró con un espejo y una alfombra. Consecuencia saludable de estas
novedades, fue fomentar en Campo Rodrigo costumbres más rígidas de aseo
personal; además, Edmundo impuso una especie de cuarentena a aquellos
que aspiraban al honor de tener en brazos a La Suerte. Claro que esto
fue una mortificación para León, quien, gracias al descuido de una
varonil naturaleza y a las costumbres de la vida de fronteras, había
creído hasta entonces que los vestidos eran una segunda piel que, como
la de la serpiente, sólo se cambiaba cuando se caía por carecer de
utilidad. No obstante, fue tan sutil la influencia del ejemplo ajeno,
que desde aquella fecha en adelante apareció regularmente con camisa
limpia y cara aún reluciente por el contacto del agua fresca. Tampoco
fueron descuidadas las leyes higiénicas, tanto morales como sociales.
Tomasito, al que se suponía en necesidad permanente de reposo, no debía
ser estorbado por ruidos molestosos, así es que la gritería y los
aullidos tan connaturales a los habitantes del campamento, no fueron
permitidos al alcance del oído de la casa de Edmundo. Los hombres
conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india, la blasfemia
fue tácitamente proscrita de aquellos sagrados recintos, y en todo el
campamento la forma expletiva popular: maldita sea la suerte o maldita
la suerte, fue desechada por prestarse a enojosas interpretaciones. Sólo
fue autorizada la música vocal por suponérsele una cualidad calmante, y
cierta canción entonada por Jack, marino inglés, desertor de las
colonias australianas de S. M. Británica, se hizo popular como un canto
de cuna. Se trataba del relato lúgubre de las hazañas de la _Aretusa_,
navío de 74 cañones, cantado en tono menor, cuya melodía terminaba con
un estribillo prolongado al fin de cada estrofa. Era de ver a Jack
meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y
entonando esta canción de sus tiempos de fidelidad. No sé si por el
extraño balanceo de Jack, o por lo largo de la canción--contenía noventa
estrofas, que se continuaban en concienzuda deliberación hasta el
deseado fin,--el canto de cuna causaba el efecto deseado. Al volver del
trabajo, los mineros se tendían bajo los árboles, en el suave crepúsculo
de verano, fumando su pipa y saboreando las melodiosas cadencias de la
composición. Una vaga idea de que esto era la felicidad de Arcadia, se
infundió a todos.
--Esta especie de cosa--decía el Chokney Simons, gravemente apoyado en
su codo--es celestial.
Le recordaba a Greenwich.
En los calurosos días de verano, generalmente llevaban a La Suerte al
valle, donde Campo Rodrigo explotaba el metal precioso. Allí, mientras
los hombres trabajaban en el fondo de las minas, el pequeñuelo
permanecía sobre una manta extendida sobre la verde hierba. La intuición
artística de los mineros acabó por decorar esta cuna con flores y
arbustos olorosos, llevándole cada cual, de tiempo en tiempo, matas de
silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las
mariposas. De allí en adelante, se despertó en los mineros la idea de la
hermosura y significación de estas bagatelas que durante tanto tiempo
habían hollado con indiferencia. Un fragmento de reluciente mica, un
trozo de cuarzo de variado color, una piedra pulida por la corriente del
río, se embellecieron a los ojos de estos valientes mineros y fueron
siempre puestos aparte para La Suerte. De esta manera, la multitud de
tesoros que dieron los bosques y las montañas para Tomasín, fue
incalculable. Circundado de juguetes tales como jamás los tuvo niño
alguno en el país de las hadas, es de esperar que Tomasín viviese
satisfecho. La felicidad se asentaba en él, pero dominaba una gravedad
infantil en todo su aspecto una luz contemplativa en sus grises y
redondos ojos que alguna vez pusieron a Edmundo en grave inquietud. Era
muy dócil y apacible. Dicen que una vez, habiendo caminado a gatas más
allá de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban
su cuna, se cayó de cabeza por encima del banquillo, en la tierra
blanda, y permaneció con las encogidas piernas al aire, por lo menos,
cinco minutos, con una gravedad y un estoicismo admirables, levantándolo
sin una queja. Otros muchos ejemplos de su sagacidad sin duda se
sucederían, que desgraciadamente descansan en las relaciones de amigos
interesados. No carecían muchos de cierto tinte supersticioso.
Por ejemplo. Un día León llegó en un estado de excitación verdaderamente
extraordinario.
--No hace mucho--dijo,--subí por la colina, y maldito sea mi pellejo, si
no hablaba con una urraca que se ha posado sobre sus pies. Charlando
como dos querubines, daba gozo verles allí tan graciosos y desenvueltos.
De cualquier manera que fuese, ya corriendo a gatas por entre las ramas
de los pinos o tumbado de espaldas contemplase las hojas que sobre él se
mecían, para él cantaban los pájaros, brincaban las ardillas y se abrían
las flores suavemente. La Naturaleza fue su nodriza y compañera de
juego, y tan pronto deslizaba entre las hojas flechas doradas de sol
que caían al alcance de su mano, como enviaba brisas para orearle con el
aroma del laurel y de la resina, le saludaban los altos palos campeches
familiarmente, y somnolientas zumbaban las abejas, y los cuervos
graznaban para adormecerlo.
Así transcurrió el verano, edad de oro de Campo Rodrigo.
Feliz tiempo era aquél, y la Suerte estaba con ellos. Las minas rendían
enormemente; el campamento estaba celoso de sus privilegios y miraba con
prevención a los forasteros; no se estimulaba a la inmigración, y al
efecto de hacer más perfecta su soledad, compraron el terreno del otro
lado de la montaña que circundaba el campamento en donde hubiese cuajado
perfectamente el célebre _adversus hostem, eterna auctoritas_ de los
romanos. Esto y una reputación de rara destreza en el manejo del
revólver mantuvo inviolable el recinto del afortunado campamento. El
peatón postal, único eslabón que los unía con el mundo circunvecino,
contaba algunas veces maravillosas historias de Campo Rodrigo, diciendo
a menudo:
--Allí arriba tienen una calle que deja muy atrás a cualquier calle de
Red-Dog; tienen alrededor de sus casas emparrados y flores, y se lavan
dos veces al día; pero son muy duros para con los extranjeros e
idolatran a una criatura india.
La prosperidad del campamento hizo entrar un deseo de mayores adelantos;
para la primavera siguiente se propuso edificar una fonda e invitar a
una o dos familias decentes para que allí residiesen, quizá para que la
sociedad femenina pudiese reportar algún provecho al niño. El sacrificio
que esta concesión hecha al bello sexo costó a aquellos hombres, que
eran tenazmente escépticos respecto de su virtud y utilidad general,
sólo puede comprenderse por el entrañable afecto que Tomasín inspiraba.
No faltó quien se opusiera, pero la resolución no se podía efectuar
hasta el cabo de tres meses, y la misma minoría cedió, sin resistencia,
con la esperanza de que algo sucedería que lo impidiese, como en efecto
sucedió.
El invierno de 1851 se recordará por mucho tiempo en toda aquella
comarca. Una densa capa de nieve cubría las sierras: cada riachuelo de
la montaña se transformó en un río y cada río en un brazo de mar: las
cañadas se convirtieron en torrentes desbordados que se precipitaron por
las laderas de los montes, arrancando árboles gigantescos y esparciendo
sus arremolinados despojos por doquier. Red-Dog fue inundado ya por dos
veces, y Campo Rodrigo no tardaría en correr la misma suerte.
--El agua llevó el oro a estas hondonadas--dijo Edmundo,--una vez ha
estado aquí, otra vendrá.
Y aquella noche el North-Fork rebasó repentinamente sus orillas y barrió
el valle triangular de Campo Rodrigo. En la devastadora avenida que
arrebataba árboles quebrados y maderas crujientes, y en la oscuridad
que parecía deslizarse con el agua e invadir poco a poco el hermoso
valle, poco pudo hacerse para recoger los desparramados despojos de
aquella incipiente ciudad. Al amanecer, la cabaña de Edmundo, la más
cercana a la orilla del río, había desaparecido. En el fondo de la
hondonada, encontraron el cuerpo de su desgraciado propietario; pero el
orgullo, la esperanza, la alegría, la Suerte de Campo Rodrigo no
pareció.
Emprendía ya el regreso con corazón triste, cuando un grito lanzado
desde la orilla los detuvo; era una barca de socorro que venía contra
corriente. Dijeron que, unas dos millas más abajo, habían recogido un
hombre y una criatura medio exánimes. Quizá algunos los conocería si
pertenecían al campamento.
Una sola mirada les bastó para reconocer a León, tendido y magullado
cruelmente, pero teniendo todavía en los brazos a La Suerte de Campo
Rodrigo.
Al inclinarse sobre la pareja extrañamente junta, vieron que la criatura
estaba fría y sin pulso.
--Está muerto--dijo uno.
León abrió los ojos desmesuradamente.
--¿Muerto?--repitió con voz apagada.
--Sí, buen hombre, y tú también te estás muriendo.
Y el rostro de León se iluminó con una suprema sonrisa.
--Muriéndome--repitió,--me lleva consigo. Conste, muchachos, que me
quedo con La Suerte.
Y aquella viril figura, asiendo al débil pequeñuelo, como el que se
ahoga se aferra en una paja, desapareció en el tenebroso río que corre a
abocarse en la inmensidad del mar.