III

No tan malévola en su trato respecto a los demás alumnos, Melisa

conservaba todavía, una actitud ofensiva respecto a Sofía. Quizá el

elemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado y

pequeño corazón. Quizá sería tan sólo que las redondas curvas y la

rolliza silueta, ofrecen una superficie más extensa y apta para el roce.

Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad del

maestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejaba

reprender.

Mac Sangley, en su primer juicio del carácter de la niña no pudo

concebir que jamás hubiese poseído una muñeca. Y es que el maestro,

parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba más seguro en

los raciocinios _a posteriori_ que en los _a priori_. Melisa tenía

muñeca, pero era propiamente la muñeca de Melisa una reproducción en

pequeño de ella misma. Por una casualidad, descubrió la señora Morfeo el

secreto de su poco grata existencia. Como compañera que había sido de

las excursiones de Melisa, llevaba señales evidentes de los sufrimientos

y peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjas

borraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato de

Melisa en pasados tiempos. Su única falda roja, ajada, estaba sucia y

harapienta, como lo había sido la de la niña. Jamás se había oído a

Melisa aplicarla cualquier término infantil de cariño. Nunca le enseñaba

en presencia de otros niños. Severamente acostada en el hueco de un

árbol cercano a la escuela, sólo le estaba permitido hacer ejercicio

durante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su muñeca,

como lo hacía consigo misma, un severo deber, aquélla no conocía lujo

de ningún género.

Se le ocurrió a la señora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso,

comprar otra muñeca que regaló a Melisa. La niña la recibió curiosa y

gravemente. Al contemplarla el maestro un día, creyó notar en sus

redondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido a

Sofía. En seguida se echó de ver que Melisa había reparado también en el

mismo parecido; de consiguiente, cuando se veía sola, le golpeaba la

cabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerda

atada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentándola en su

pupitre, convertía en acerico su cuerpo paciente e inofensivo.

No me meteré a discutir si hacía aquello en venganza de lo que ella

consideraba una nueva e imaginaria intrusión de las excelencias de

Sofía, o porque tuviese como una intuición de los ritos de ciertos

paganos, y entregándose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que el

original de su modelo de cera desfallecería para morirse más tarde. Esto

sería un arduo problema de metafísica muy difícil de resolver.

El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruencias

morales, el trabajo de una percepción rápida y vigorosa, propia de una

inteligencia sana. Melisa no conocía ni el titubear ni las dudas de la

niñez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas de

insólita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo en

lanzarse en honduras por las que no habrían osado bogar los tímidos

nadadores que la rodeaban, suplían los errores del discernimiento. Los

niños, por lo visto, en cuanto a esto, no valen más que las personas

mayores; pues siempre que la pequeña mano encarnada de la niña se erguía

por encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de la

admiración, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda de

su propio criterio y experiencia.

No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entretenían

y divertían su imaginación, comenzaron a afligirle, y graves dudas

asaltaron su conciencia. No podía ocultársele que Melisa era vengativa,

irreverente y voluntariosa, que sólo tenía una facultad superior propia

de su condición semisalvaje, la facultad del sufrimiento físico y de la

abnegación, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza,

la de la verdad. Melisa era a la vez intrépida y sincera; dos cosas que

en aquel carácter venían a reducirse a una sola.

Meditó mucho el maestro sobre este particular y había llegado a la

conclusión ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: que

él era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determinó visitar

al reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que esta

decisión humillaba su orgullo, pues él y Mac Sangley no estaban en muy

buena armonía. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en él, y en la

noche de su primer encuentro, y tal vez con la superstición perdonable

de que la mera casualidad no había guiado sus pies hacia la escuela, y

con la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su acción,

venció su antipatía y se avistó con el reverendo.

Mac Sangley se alegró de la visita en grado sumo. Observó, además, que

el maestro tenía buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgia

y del reumatismo. También le había molestado a él con un sordo dolor,

desde la última entrevista, pero tenía de su parte la resignación y el

rezo, y callándose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribir

en su libro de memorias una receta que le dictó para curar la sorda

intermitencia, el señor Mac Sangley acabó por informarse de la

respetable señora Morfeo.

--Ornato y prez de la cristiandad es tan buena señora, y su tierna y

hermosa familia prospera--añadió el reverendo,--Sofía está perfectamente

educada, y es tan atenta como cariñosa.

Las buenas prendas y cualidades de Sofía parecían afectarle hasta tal

extremo, que se extendió en consideraciones sobre ellas un buen lapso de

tiempo. El maestro viose doblemente confuso. De un lado, resultaba un

contraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza de

Sofía, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de la

primogénita de la señora Morfeo; así es que el maestro, después de

algunos esfuerzos fútiles por decir algo natural, creyó conveniente el

recordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en sus

reflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo señor

Mac Sangley de no habérselos procurado.

Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrecha

comunión de antes. Melisa pareció reparar el cambio en la conducta del

maestro, forzada desde hacía algún tiempo, y en uno de sus cortos paseos

vespertinos, deteniéndose ella de repente, y subiendo sobre un tronco de

árbol, le miró de hito en hito con ojos insinuantes y escudriñadores.

--¿No está usted loco?--dijo con un sacudimiento interrogativo de todo

su cuerpo.

--No.

--¿Ni fastidiado?

--No.

--¿Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que podía

atacarle a uno en cualquier ocasión).

--No.

--¿Ni pensando en ella?

--¿En quién, Melisita?

--En aquella chica blanca. (Este fue el último epíteto inventado por

Melisa, que era muy morenita, para indicar a Sofía, cuya blancura

competía con la de la nieve).

--No.

--¿Me da usted palabra? (frase con que se sustituyó el «así murieses»

por sabio consejo del maestro.)

--Sí.

--¿Y por su sagrado honor?

--Sí.

Entonces Melisa le dio un beso salvaje, saltó del árbol y se escapó

volando. En los dos o tres días que siguieron se dignó parecerse más a

los niños en general, y llevar más buena conducta.

Habían transcurrido ya dos años desde la llegada del maestro a

Smith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas de

Smith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, no

parecían del todo positivas, hacía tiempo que meditaba un cambio de

situación. Privadamente, había descubierto ya sus intenciones a los

patronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jóvenes

de un carácter moral intachable, consintió en continuar el curso hasta

la próxima primavera, pasando así todo el invierno. Nadie conocía su

intención excepto su único amigo, un tal doctor Duchesne, joven médico

criollo, conocido de la gente de Wingdam por _Duchesny_. Jamás lo

comunicó a la señora Morfeo, ni a Sofía, ni menos a los alumnos que

asistían a sus clases. Esta reserva tenía su explicación en la antipatía

constitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse las

preguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca creía que

iba a hacer algo hasta el momento que lo había puesto en práctica.

No le gustaba pensar en Melisa. Quizá por un instinto egoísta se

esforzaba en figurarse su sentimiento por la niña como necio, romántico

y poco práctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos serían

mayores bajo la dirección de un maestro más viejo y más riguroso.

Melisa tenía entonces once años, y de allí a pocos más, según las leyes

de Red-Mountain, sería una mujer. Después de todo, él había cumplido con

su deber. Cuando murió Smith, dirigió cartas a los parientes de éste y

recibió contestación de una hermana de la madre de Melisa; dando las

gracias al maestro, le manifestaba su intención de abandonar con su

marido los Estados del Atlántico en dirección a California, dentro de

poco tiempo. El maestro fundó con esto un ligero castillo en el aire,

imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fácil creer que una

mujer cariñosa y simpática podría guiar mejor su caprichosa naturaleza.

Pero, cuando el maestro le leyó la carta, Melisa escuchola como quien

oye llover, la recibió sumisamente y después recortola con sus tijeras

en figuras que representaban a Sofía, rotuladas _la niña blanca_, para

evitar errores, y que plantó sobre las paredes exteriores del edificio.

El verano tocaba a su fin, y la última cosecha había pasado de los

campos al granero, cuando el maestro pensó también recoger por medio de

un examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se habían

puesto bajo su cultivo y dirección. Así es que los sabios y gente de

profesión de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquella

tradicional costumbre de poner a los niños en violenta situación y de

atormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como de

costumbre, los más audaces y serenos fueron los que lograron obtener

los honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de la

victoria. El lector imaginará que Melisa y Sofía alcanzaron la

preeminencia y compartían la atención del público. Melisa, con su

claridad de percepción natural y confianza en sí misma; Sofía, con el

plácido aprecio de su persona y la perfecta corrección en todas sus

cosas. Los otros pequeñuelos eran tímidos y atolondrados. Como era de

esperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor número

y provocaron el unánime aplauso. La historia de Melisa había

inconscientemente despertado las más vivas simpatías de una clase de

individuos, cuyas formas atléticas se apoyaban contra las paredes y

cuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atención. Sin

embargo, la popularidad de Melisa se hundió por una circunstancia

inesperada. Mac Sangley se había invitado a sí mismo y disfrutaba la

agradable diversión de asustar a los alumnos más tímidos con las

preguntas más vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente;

Melisa se había remontado a la astronomía, y estaba señalando el curso

de nuestra manchada bola al través del espacio y llevaba el compás de la

música de las esferas describiendo las órbitas entrelazadas de los

planetas, cuando Mac Sangley se levantó y dijo con su voz gutural:

--¡Melisa! Está usted hablando de las revoluciones de esta tierra y de

los movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efectúa desde la

creación, ¿no es verdad?

Melisa lo afirmó desdeñosamente.

--Bueno, ¿y es esto cierto?--exclamó Mac Sangley, cruzándose de brazos.

--Sí--dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral.

Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron más hacia la sala, y

una cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules,

pertenecientes al mayor bribón de las minas, se volvió hacia la niña y

le dijo muy quedo:

--¡Mantente firme, Melisa!

Mac Sangley, que hasta aquel momento había tenido fija la mirada en

Melisa, dio un profundo suspiro, echó primero al maestro y después a los

niños una mirada de compasión, y luego posó su vista sobre Sofía. La

niña levantó nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductor

contorno realzaba un brazalete modelo, chillón y macizo regalo de uno de

sus más humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad del

día. Reinó un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofía eran

sonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofía eran muy brillantes y

azules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofía descansaba

muellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofía miró al maestro

y el maestro asintió con la cabeza. Entonces Sofía dijo con dulce voz:

--¡Josué mandó al sol que se parase y le obedeció!

Un sordo murmullo de aplauso se oyó por todos los ámbitos de la

escuela, pintose una expresión triunfal en la cara de Sangley, una grave

sombra en la del maestro, y una cómica mirada de contrariedad irradió de

las ventanas. Melisa hojeó rápidamente su astronomía y cerró el libro

con estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos de

asombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisa

descargó su sonrosado puño sobre el pupitre con esta revolucionaria

manifestación:

--¡Es una maldita impostura! ¡No lo creo!

Bocetos californianos · 第 23 / 41 题