No tan malévola en su trato respecto a los demás alumnos, Melisa
conservaba todavía, una actitud ofensiva respecto a Sofía. Quizá el
elemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado y
pequeño corazón. Quizá sería tan sólo que las redondas curvas y la
rolliza silueta, ofrecen una superficie más extensa y apta para el roce.
Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad del
maestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejaba
reprender.
Mac Sangley, en su primer juicio del carácter de la niña no pudo
concebir que jamás hubiese poseído una muñeca. Y es que el maestro,
parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba más seguro en
los raciocinios _a posteriori_ que en los _a priori_. Melisa tenía
muñeca, pero era propiamente la muñeca de Melisa una reproducción en
pequeño de ella misma. Por una casualidad, descubrió la señora Morfeo el
secreto de su poco grata existencia. Como compañera que había sido de
las excursiones de Melisa, llevaba señales evidentes de los sufrimientos
y peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjas
borraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato de
Melisa en pasados tiempos. Su única falda roja, ajada, estaba sucia y
harapienta, como lo había sido la de la niña. Jamás se había oído a
Melisa aplicarla cualquier término infantil de cariño. Nunca le enseñaba
en presencia de otros niños. Severamente acostada en el hueco de un
árbol cercano a la escuela, sólo le estaba permitido hacer ejercicio
durante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su muñeca,
como lo hacía consigo misma, un severo deber, aquélla no conocía lujo
de ningún género.
Se le ocurrió a la señora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso,
comprar otra muñeca que regaló a Melisa. La niña la recibió curiosa y
gravemente. Al contemplarla el maestro un día, creyó notar en sus
redondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido a
Sofía. En seguida se echó de ver que Melisa había reparado también en el
mismo parecido; de consiguiente, cuando se veía sola, le golpeaba la
cabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerda
atada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentándola en su
pupitre, convertía en acerico su cuerpo paciente e inofensivo.
No me meteré a discutir si hacía aquello en venganza de lo que ella
consideraba una nueva e imaginaria intrusión de las excelencias de
Sofía, o porque tuviese como una intuición de los ritos de ciertos
paganos, y entregándose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que el
original de su modelo de cera desfallecería para morirse más tarde. Esto
sería un arduo problema de metafísica muy difícil de resolver.
El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruencias
morales, el trabajo de una percepción rápida y vigorosa, propia de una
inteligencia sana. Melisa no conocía ni el titubear ni las dudas de la
niñez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas de
insólita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo en
lanzarse en honduras por las que no habrían osado bogar los tímidos
nadadores que la rodeaban, suplían los errores del discernimiento. Los
niños, por lo visto, en cuanto a esto, no valen más que las personas
mayores; pues siempre que la pequeña mano encarnada de la niña se erguía
por encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de la
admiración, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda de
su propio criterio y experiencia.
No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entretenían
y divertían su imaginación, comenzaron a afligirle, y graves dudas
asaltaron su conciencia. No podía ocultársele que Melisa era vengativa,
irreverente y voluntariosa, que sólo tenía una facultad superior propia
de su condición semisalvaje, la facultad del sufrimiento físico y de la
abnegación, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza,
la de la verdad. Melisa era a la vez intrépida y sincera; dos cosas que
en aquel carácter venían a reducirse a una sola.
Meditó mucho el maestro sobre este particular y había llegado a la
conclusión ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: que
él era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determinó visitar
al reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que esta
decisión humillaba su orgullo, pues él y Mac Sangley no estaban en muy
buena armonía. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en él, y en la
noche de su primer encuentro, y tal vez con la superstición perdonable
de que la mera casualidad no había guiado sus pies hacia la escuela, y
con la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su acción,
venció su antipatía y se avistó con el reverendo.
Mac Sangley se alegró de la visita en grado sumo. Observó, además, que
el maestro tenía buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgia
y del reumatismo. También le había molestado a él con un sordo dolor,
desde la última entrevista, pero tenía de su parte la resignación y el
rezo, y callándose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribir
en su libro de memorias una receta que le dictó para curar la sorda
intermitencia, el señor Mac Sangley acabó por informarse de la
respetable señora Morfeo.
--Ornato y prez de la cristiandad es tan buena señora, y su tierna y
hermosa familia prospera--añadió el reverendo,--Sofía está perfectamente
educada, y es tan atenta como cariñosa.
Las buenas prendas y cualidades de Sofía parecían afectarle hasta tal
extremo, que se extendió en consideraciones sobre ellas un buen lapso de
tiempo. El maestro viose doblemente confuso. De un lado, resultaba un
contraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza de
Sofía, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de la
primogénita de la señora Morfeo; así es que el maestro, después de
algunos esfuerzos fútiles por decir algo natural, creyó conveniente el
recordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en sus
reflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo señor
Mac Sangley de no habérselos procurado.
Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrecha
comunión de antes. Melisa pareció reparar el cambio en la conducta del
maestro, forzada desde hacía algún tiempo, y en uno de sus cortos paseos
vespertinos, deteniéndose ella de repente, y subiendo sobre un tronco de
árbol, le miró de hito en hito con ojos insinuantes y escudriñadores.
--¿No está usted loco?--dijo con un sacudimiento interrogativo de todo
su cuerpo.
--No.
--¿Ni fastidiado?
--No.
--¿Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que podía
atacarle a uno en cualquier ocasión).
--No.
--¿Ni pensando en ella?
--¿En quién, Melisita?
--En aquella chica blanca. (Este fue el último epíteto inventado por
Melisa, que era muy morenita, para indicar a Sofía, cuya blancura
competía con la de la nieve).
--No.
--¿Me da usted palabra? (frase con que se sustituyó el «así murieses»
por sabio consejo del maestro.)
--Sí.
--¿Y por su sagrado honor?
--Sí.
Entonces Melisa le dio un beso salvaje, saltó del árbol y se escapó
volando. En los dos o tres días que siguieron se dignó parecerse más a
los niños en general, y llevar más buena conducta.
Habían transcurrido ya dos años desde la llegada del maestro a
Smith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas de
Smith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, no
parecían del todo positivas, hacía tiempo que meditaba un cambio de
situación. Privadamente, había descubierto ya sus intenciones a los
patronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jóvenes
de un carácter moral intachable, consintió en continuar el curso hasta
la próxima primavera, pasando así todo el invierno. Nadie conocía su
intención excepto su único amigo, un tal doctor Duchesne, joven médico
criollo, conocido de la gente de Wingdam por _Duchesny_. Jamás lo
comunicó a la señora Morfeo, ni a Sofía, ni menos a los alumnos que
asistían a sus clases. Esta reserva tenía su explicación en la antipatía
constitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse las
preguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca creía que
iba a hacer algo hasta el momento que lo había puesto en práctica.
No le gustaba pensar en Melisa. Quizá por un instinto egoísta se
esforzaba en figurarse su sentimiento por la niña como necio, romántico
y poco práctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos serían
mayores bajo la dirección de un maestro más viejo y más riguroso.
Melisa tenía entonces once años, y de allí a pocos más, según las leyes
de Red-Mountain, sería una mujer. Después de todo, él había cumplido con
su deber. Cuando murió Smith, dirigió cartas a los parientes de éste y
recibió contestación de una hermana de la madre de Melisa; dando las
gracias al maestro, le manifestaba su intención de abandonar con su
marido los Estados del Atlántico en dirección a California, dentro de
poco tiempo. El maestro fundó con esto un ligero castillo en el aire,
imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fácil creer que una
mujer cariñosa y simpática podría guiar mejor su caprichosa naturaleza.
Pero, cuando el maestro le leyó la carta, Melisa escuchola como quien
oye llover, la recibió sumisamente y después recortola con sus tijeras
en figuras que representaban a Sofía, rotuladas _la niña blanca_, para
evitar errores, y que plantó sobre las paredes exteriores del edificio.
El verano tocaba a su fin, y la última cosecha había pasado de los
campos al granero, cuando el maestro pensó también recoger por medio de
un examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se habían
puesto bajo su cultivo y dirección. Así es que los sabios y gente de
profesión de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquella
tradicional costumbre de poner a los niños en violenta situación y de
atormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como de
costumbre, los más audaces y serenos fueron los que lograron obtener
los honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de la
victoria. El lector imaginará que Melisa y Sofía alcanzaron la
preeminencia y compartían la atención del público. Melisa, con su
claridad de percepción natural y confianza en sí misma; Sofía, con el
plácido aprecio de su persona y la perfecta corrección en todas sus
cosas. Los otros pequeñuelos eran tímidos y atolondrados. Como era de
esperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor número
y provocaron el unánime aplauso. La historia de Melisa había
inconscientemente despertado las más vivas simpatías de una clase de
individuos, cuyas formas atléticas se apoyaban contra las paredes y
cuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atención. Sin
embargo, la popularidad de Melisa se hundió por una circunstancia
inesperada. Mac Sangley se había invitado a sí mismo y disfrutaba la
agradable diversión de asustar a los alumnos más tímidos con las
preguntas más vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente;
Melisa se había remontado a la astronomía, y estaba señalando el curso
de nuestra manchada bola al través del espacio y llevaba el compás de la
música de las esferas describiendo las órbitas entrelazadas de los
planetas, cuando Mac Sangley se levantó y dijo con su voz gutural:
--¡Melisa! Está usted hablando de las revoluciones de esta tierra y de
los movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efectúa desde la
creación, ¿no es verdad?
Melisa lo afirmó desdeñosamente.
--Bueno, ¿y es esto cierto?--exclamó Mac Sangley, cruzándose de brazos.
--Sí--dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral.
Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron más hacia la sala, y
una cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules,
pertenecientes al mayor bribón de las minas, se volvió hacia la niña y
le dijo muy quedo:
--¡Mantente firme, Melisa!
Mac Sangley, que hasta aquel momento había tenido fija la mirada en
Melisa, dio un profundo suspiro, echó primero al maestro y después a los
niños una mirada de compasión, y luego posó su vista sobre Sofía. La
niña levantó nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductor
contorno realzaba un brazalete modelo, chillón y macizo regalo de uno de
sus más humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad del
día. Reinó un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofía eran
sonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofía eran muy brillantes y
azules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofía descansaba
muellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofía miró al maestro
y el maestro asintió con la cabeza. Entonces Sofía dijo con dulce voz:
--¡Josué mandó al sol que se parase y le obedeció!
Un sordo murmullo de aplauso se oyó por todos los ámbitos de la
escuela, pintose una expresión triunfal en la cara de Sangley, una grave
sombra en la del maestro, y una cómica mirada de contrariedad irradió de
las ventanas. Melisa hojeó rápidamente su astronomía y cerró el libro
con estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos de
asombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisa
descargó su sonrosado puño sobre el pupitre con esta revolucionaria
manifestación:
--¡Es una maldita impostura! ¡No lo creo!