La larga estación de las lluvias tocaba ya a su término. Bandadas de
pájaros inundaban los campos, y la primavera mostraba nueva vida en los
hinchados capullos, y en los impetuosos arroyos. Los pinares despedían
el más fresco aroma. Las azaleas brotaban ya y los ceanothus preparaban
para la primavera su librea de color morado. En la ladera meridional del
Red-Mountain, la larga espiga del acónito se lanzaba hacia arriba desde
su asiento de anchas hojas y de nuevo sacudía sus campanillas de azul
oscuro en el suave declive de las cimas. Una alfombra de verde y mullida
hierba, ondulaba sobre la tumba de Smith esmaltada de brillantes botones
de oro, y salpicada por la espuma de un sin fin de margaritas. El
pequeño camposanto había recogido en el pasado año nuevos habitantes, y
nuevos montículos se elevaban de dos en dos a lo largo de la baja
empalizada hasta alcanzar la tumba de Smith, dejando junto a ella un
espacio. La superstición general la había evitado y el sitio al lado de
Smith esperaba morador.
Varios carteles fijados en los muros del pueblo participaban que, dentro
de un breve plazo, una célebre compañía dramática representaría, durante
algunos días, una serie de sainetes para desternillar de risa; que,
alternando agradablemente con éstos, daríase algún melodrama y
diversiones a granel. Como es natural, estos anuncios ocasionaron un
gran movimiento entre la gente menuda y eran tema de agitación y de
mucho hablar entre los alumnos de la escuela. El maestro había prometido
a Melisa, para quien esta clase de placer era sagrado y raro, que la
llevaría, y en la importante noche del estreno el maestro y Melisa
asistieron puntualmente.
El estilo dominante de la función era el de la penosa medianía; el
melodrama no fue bastante malo para reír ni bastante bueno para conmover
los espíritus. Pero, el maestro, volviéndose aburrido hacia la niña,
sorprendiose y sintió algo como vergüenza, al reparar en el efecto
singular que causaba en aquella naturaleza tan sensible. Sus mejillas se
teñían de púrpura a cada pulsación de su palpitante corazoncillo; sus
pequeños y apasionados labios se abrían ligeramente para dar paso al
entrecortado aliento; sus grandes y abiertos ojos se dilataron y se
arquearon sus cejas frecuentemente. Melisa no rió ante las sosas
mamarrachadas del gracioso, pues Melisa raras veces se reía; ni tampoco
se afectó discretamente, hasta acudir al extremo de hacer uso de su
pañuelo blanco, como Sofía, la del tierno corazón, que estaba hablando
con su pareja y al mismo tiempo mirando de soslayo al maestro, para
enjugar alguna lágrima. Pero cuando se terminó el espectáculo y el
pequeño telón bajó sobre las reducidas tablas, Melisa suspiró
profundamente y se volvió hacia la grave cara del maestro, con una
sonrisa apologética y cansado gesto.
--Ahora, vámonos a casa--insinuó.
Y bajó los párpados de sus negros ojos, como para ver una vez más la
escena en su imaginación virgen.
Al dirigirse a casa de la señora Morfeo, el maestro creyó prudente
ridiculizar la función de arriba abajo.
--No me extrañaría--dijo--que Melisa creyese que la joven que tan
bellamente representa lo hace en serio, enamorada del caballero del rico
traje, y aun suponiendo que estuviere enamorada de veras, sería una
desgracia.
--¿Por qué?--dijo Melisa, alzando los caídos párpados.
--¡Oh! Porque con el salario actual no puede mantener a su mujer y pagar
sus bonitos vestidos a tanto por semana, y, además, porque, casados, no
tendrían tanto sueldo por los papeles de amantes. Esto, con tal--añadió
el maestro--que no estén ya casados con otras; sospecho que el marido
de la bella Condesita recibe los billetes a la entrada, alza el telón, o
despavila las luces, o hace alguna otra cosa de igual refinamiento y
distinción. Por lo que respecta al joven del vestido bonito, que lo es,
realmente ahora, y debe costar a lo menos de dos y medio a tres pesos no
contando para nada aquel manto de droguete encarnado, del cual conozco
el precio, pues compré de él una vez para mi cuarto; en cuanto a este
joven, Melisa, no es mal chico, y si bien bebe de vez en cuando, creo
que la gente no debiera aprovecharlo para criticarlo tan acerbamente y
echarlo en el lodo, ¿verdad? Puedes creerme que podría deberme durante
mucho tiempo dos pesos y medio, antes no se lo echase en cara como en
Wingdam lo hizo la otra noche aquel hombre.
Melisa había tomado la mano del maestro entre las suyas, procurando
mirarle a los ojos, pero el joven los mantuvo desviados con firmeza.
Melisa tenía una vaga idea de la ironía, permitiéndose a veces una
especie de humor sardónico, que se manifestaba por igual en sus acciones
y en su manera de hablar. Pero el joven continuó de este talante, hasta
que hubieron llegado a casa de la señora Morfeo y hubo depositado a
Melisa bajo su cuidado maternal. Se le ofreció descanso y un refresco
que rehusó, restregándose los ojos, para evitar las miradas de sirena de
los ojos azules de Sofía, excusose y se fue derecho a casa.
Durante los dos o tres días siguientes al arribo de la compañía
dramática, Melisa iba tarde a la escuela, y a causa de la ausencia de
su constante guía, el paseo usual del maestro la tarde del viernes, fue
por una vez omitido. Al retirar el joven sus libros, preparándose para
abandonar la escuela, sonó a su lado una infantil voz:
--¿Con su permiso?
El maestro se volvió y encontrose con Arístides Morfeo.
--¿Qué ocurre?--dijo el maestro con impaciencia,--¡digan! ¡Pronto!
--Bueno, señor, yo y Hugo creemos que Melisa se va a escapar nuevamente.
--¡Cómo! ¿Qué significa esto, caballerito?--dijo el maestro con el
injusto enojo con que siempre recibía las noticias que no le eran
gratas.
--Melisa, señor, no se queda nunca en casa, y Hugo y yo la vemos hablar
con uno de aquellos cómicos y en este momento está con él, y, además,
ayer nos dijo a Hugo y a mí que podía echar un discurso tan bien como la
señorita Celestina Montemoreno, y se puso a declamar...
Y el niño se calló, como asustado.
--¿Qué cómico?--exclamó el maestro.
--Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler de
oro... y cadena de oro--dijo Arístides, poniendo períodos en lugar de
comas para poder dar paso a su respiración.
El maestro sintió una opresión desagradable en el pecho y en la
garganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se salió a
la calle. Arístides trotaba a su lado, esforzándose en igualar el paso
de sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando éste se paró
de repente y Arístides dio con él un fuerte topetazo.
--¿Dónde estaban hablando?--preguntó, como siguiendo la conversación.
--En la Arcada--dijo Arístides.
Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo.
--Ve corriendo a casa--dijo al niño.--Si Melisa está allí, ven a la
Arcada y dímelo, y si no está quédate en ella; ¿oyes?
Y Arístides se escapó al trote de sus cortas piernecillas, desplegando
toda su velocidad.
A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocido
un largo e irregular edificio, conteniendo taberna, salón de billar y
restaurant. Al cruzar el joven la plaza, observó que dos o tres
transeúntes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente durante
un buen trecho. Arreglose el vestido, sacó el pañuelo y se enjugó la
cara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna había
su habitual número de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente.
Una cara le miró tan fijamente y con expresión tan extraña, que el
maestro se paró, encarándose con él, y entonces vio que no era más que
su propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizo
creer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tomó de una
mesa un número de _La Bandera de Red-Mountain_, y trató de recobrar su
serenidad, leyendo la sección anunciadora.
Atravesó luego la taberna, el restaurant y entró en la sala de billar.
Melisa no estaba allí. De pie, al lado de una de las mesas, había un
individuo que llevaba en la cabeza un sombrero de hule con anchas alas,
que el maestro reconoció en seguida por el agente de la compañía
dramática. Era un hombre eminentemente antipático por la manera de
llevar la barba y el pelo. En vista de que el objeto de su cuidado no
estuviese allí, se volvió hacia el hombre del sombrero negro. Este había
reparado en el maestro, pero con la astucia común en la cual siempre se
estrellan los caracteres vulgares, afectó no verle. Contoneándose con un
taco en la mano, aparentaba apuntar a una bola en el centro del billar.
El maestro permaneció de pie delante de él, hasta que alzó los ojos. En
el momento que sus miradas se cruzaron, el maestro fuese a su encuentro
derechamente.
Cuando principió a hablar, algo se le fue subiendo a la garganta que
retardaba su palabra; su propia voz le asustó; tan profunda y vibrante
sonaba. Pero moderó sus impulsos pues quería a toda costa evitar un
escándalo.
--He sabido--principió,--que Melisa Smith, una huérfana, una de mis
alumnas, ha estado tratando con usted para seguir su profesión. ¿Es esto
exacto?
El hombre del sombrero de azabache se inclinó de nuevo sobre la mesa, y
como si jugara, de un golpe vigoroso de taco lanzó la bola contra la
tabla con absoluta falta de lógica. Después, dando la vuelta a la mesa,
recogiola y la colocó en su punto primitivo. Hecho esto, y preparándose
para otra jugada, dijo:
--Supongamos que así sea.
El maestro se atascó de nuevo, pero, haciendo un íntimo esfuerzo que
quizá trascendió al exterior, continuó:
--Si es usted caballero, únicamente tengo que decirle que soy su tutor y
responsable de su educación. Usted sabe, tan bien como yo, la clase de
vida que pretende ofrecer a un corazón virgen y henchido de ilusiones.
Por poco que se haya usted enterado, tiene que saber que la he sacado de
una existencia peor que la muerte, la he arrancado del lodo de las
calles y quizá de una futura corrupción. Estoy tratando de hacerlo otra
vez. Tenemos que hablar formalmente, pues las circunstancias así lo
exigen. La niña no tiene padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. ¿Es
que usted trata de sustituir a alguna de estas personas?
El cómico examinó la punta de su taco y miró después en torno, con aire
displicente, y hasta en sus labios pareció dibujarse una sonrisa
sardónica.
--Sé que es una niña extraña y voluntariosa--continuó el maestro,--pero
es mejor de lo que era. Me parece que aún tengo alguna influencia sobre
ella. Así es que le ruego y espero que no tome más cartas en este
asunto, sino que, como hombre y como caballero, no ose estorbarla en su
camino. Además, tengo grandes deseos...
Aquí las palabras se atravesaron otra vez en la garganta del maestro, y
la frase quedó entrecortada.
El hombre del negro chambergo, interpretando mal el silencio del
maestro, alzó la cabeza con una risa irónica y salvaje y exclamó:
--¿La quiere para usted sólo, verdad? ¡Ni una palabra más!
El tono en que había pronunciado aquellas palabras, la mirada de que
habían ido acompañadas, y, más que todo, la naturaleza del hombre que se
atrevía a soltar tamaño insulto, hirieron como una saeta la dignidad del
joven preceptor. La retórica que mejor convence a esta clase de
animales, es un golpe. Poseído el maestro de esta verdad, y encontrando
ya sólo de este modo expresiva la acción, hizo acopio de toda su energía
para dar a puño cerrado en el cínico rostro de aquel malvado.
El golpe echó a rodar por un lado el reluciente chambergo y el taco por
otro, y arrancó el guante y la piel de la mano del maestro; destrozó los
ángulos de la boca del patán y echó a perder la forma particular de su
barba de un modo lamentable. Oyose un grito, una imprecación, una pelea,
y el pisotear de mucha gente. La muchedumbre penetró apresuradamente en
la sala, se separó a derecha e izquierda y sonaron dos tiros que se
oyeron casi al mismo tiempo. Se arrojaron todos sobre los contrincantes,
y se vio al maestro de pie, sacudiéndose con la mano izquierda los tacos
encendidos, de la manga de su chaqué. Alguien le detenía por la otra
mano. Mirósela y vio que todavía sangraba del golpe, pero entre sus
dedos lucía una hoja de acero. No pudo recordar cuándo ni cómo vino a su
poder.
La persona que le sujetaba por la mano, era el señor Morfeo, que
arrastró al maestro hacia la puerta, pero éste se resistía y se esforzó
en articular el nombre de «Melisa», tan bien como lo permitía su boca
contraída y convulsa.
--Todo va bien, hijo mío--dijo el señor Morfeo.--Está en casa.
Y juntos salieron al camino. Durante el trayecto, el señor Morfeo le
dijo que Melisa había entrado corriendo en la casa algunos momentos
antes, y le había arrancado de ella, diciendo que mataban al maestro en
la Arcada. Con el deseo de estar solo, el maestro prometió al señor
Morfeo que no buscaría otra vez aquella noche al agente y se alejó en
dirección al colegio. Al acercarse a él se asombró de hallar la puerta
abierta, y aún más de encontrarse a Melisa acurrucada detrás de una
mesa.
El carácter del maestro, como lo he indicado antes, tenía al igual que
la mayor parte de las naturalezas de excesiva susceptibilidad, su base
de egoísmo. La cínica burla proferida por su reciente adversario, bullía
aún en su espíritu. Probablemente, pensó, otros darían semejante
interpretación a su afecto por la niña, tan vivamente demostrado, y que
aun sin esto, su acción era necia y quijotesca. Y, además, ¿no había
ella voluntariamente olvidado su autoridad y renunciado a su afecto? ¿Y
qué habían dicho todos? ¿Cómo es que sólo él se empeñaba en combatir la
opinión de todos para tener finalmente que confesar tácitamente la
verdad de cuanto se le había predicho? Había provocado una ordinaria
reyerta de taberna, con un quídam soez y villano, y arriesgado su vida
para probar ¿qué? ¿Qué es lo que había probado? ¡Nada! ¿Qué dirían sus
amigos? Y, sobre todo, ¿qué diría el reverendo señor Sangley?
La última persona a quien en estas reflexiones hubiera querido
encontrar, era Melisa. Con aire de contrariedad dirigió sus pasos hacia
su pupitre, y le dijo en breves y frías palabras, que estaba ocupado y
que deseaba estar solo. Levantada, Melisa, tomó la silla abandonada y
sentándose a su vez, escondió su cabeza entre las manos. Alzó de nuevo
la vista, y ella permanecía aún allí, de pie; le estaba mirando a la
cara con expresión contristada y pesarosa.
--¿Le has muerto?--exclamó.
--¡No!--dijo el maestro.
--¿Pues no te di yo el cuchillo para eso?--dijo la niña rápidamente.
--Me dio el cuchillo--repitió el maestro maquinalmente.
--Sí, te di el cuchillo. Yo estaba allí debajo del mostrador. Vi cuándo
comenzó la lucha y cómo cayeron los dos. Él soltó su viejo cuchillo y yo
te lo di. ¿Por qué no le mataste?--dijo Melisa, rápidamente, con un
centellear expresivo de sus negros ojos y alzando una mano amenazadora.
El maestro sólo pudo expresar su asombro con la mirada.
--Sí--dijo Melisa,--si lo hubieses preguntado, te hubiera dicho que me
iba con la compañía de cómicos. ¿Sabes por qué? Porque no me quisiste
decir que ibas a dejarme tú a mí. Yo lo sabía, te oí decírselo al
doctor. Yo no iba a quedarme aquí sola con los Morfeo, preferiría morir.
Hubo una pequeña pausa y Melisa sacó de su pecho algunas hojas verdes,
ya marchitas, y mostrándolas con el brazo tendido, y con su rápido y
vívido lenguaje y con la extraña pronunciación de su primitiva infancia,
en que reincidía en los momentos de excitación, dijo:
--Ahí tienes la planta venenosa que mata y que tú mismo me enseñaste. Me
iré con los actores o comeré esto y moriré aquí. Todo me es igual. No me
quedaré donde me aborrecen y soy despreciada. Tampoco me dejarías, si no
me despreciases y aborrecieses.
Y, esto diciendo, su apasionado pecho palpitó con fuerza y dos grandes
lágrimas aparecieron en el borde de sus párpados, pero las sacudió con
el extremo de su delantal, como si fuesen insectos inoportunos.
--Si me encierras en la cárcel--dijo Melisa fieramente,--para separarme
de los actores, me envenenaré. Si mi padre se mató, ¿por qué no puedo
hacerlo yo también? Dijiste que un bocado de aquella raíz me mataría y
siempre la llevo aquí.
Y golpeó su pecho con fiereza.
Por la imaginación del joven maestro pasó la vista del lugar vacío al
lado de la tumba de Smith, y el porvenir del débil ser que temblando de
pasión tenía ante sí, inquietó vivamente su espíritu. Asiole ambas manos
entre las suyas, y mirándola de lleno en sus sinceros ojos, le dijo:
--¿Melisita, quieres venirte _conmigo_?
Melisa le echó los brazos al cuello, y dijo, llena de alegría:
--Sí.
--Pero ahora, ¿esta noche?
--Tanto mejor.
Agarrados de las manos salieron al camino, al estrecho camino por el que
una vez la habían conducido sus cansados pies a la puerta del maestro, y
que parecía no deber pisar sola ya más. Miriadas de estrellas
centelleaban sobre sus cabezas. Para el bien o para el mal, la lección
había sido aprovechada, y detrás de ellos la escuela de Red-Mountain se
cerró para siempre, dejando un rastro imperdurable.