El juicio que Mac Sangley aventuró con referencia al cambio de
sentimientos que supuso haber experimentado Melisa, había ganado
terreno, y muchos pensaron que Melisa había dado con el filón de una
buena conducta. Así es que, cuando se hubo añadido una nueva tumba al
pequeño cercado, y a expensas del maestro se colocó en ella una lápida
con su correspondiente inscripción: «_La Bandera de la Red-Mountain_»,
se portó como buena e hizo lo que debía respecto de la memoria de uno de
«nuestros más antiguos zapadores», refiriéndose graciosamente a aquel
«tósigo de las más nobles inteligencias», y relegando generosamente al
olvido el pasado «de nuestro querido hermano». «Llora hoy su pérdida una
hija única, decía _La Bandera_, que es ahora una alumna ejemplar gracias
a los esfuerzos del reverendo Mac Sangley.» En verdad, el reverendo Mac
Sangley hacía gran caso de la conversión de Melisa, y atribuyendo
indirectamente a la desgraciada niña el suicidio de su padre, se
permitió intencionadas alusiones a los efectos beneficiosos de la
«silenciosa tumba», y en tan alegre contemplación redujo la mayor parte
de los niños a un estado de horror tan grande que fue causa de que los
vástagos de las primeras familias guardasen en clase silencio tal, que
bien lo hubiese querido el maestro para todo el año.
El largo y cálido verano no se hizo esperar. A medida que cada ardiente
día se consumía en pequeñas neblinas color gris perla en las cimas de
las montañas, y la naciente brisa esparramaba rojas cenizas sobre el
panorama, la verde alfombra que la temprana primavera había tendido por
encima de la tumba de Smith, se marchitó hasta secarse por completo.
Todos los domingos por las tardes, al entrar el maestro por el
camposanto, se sorprendía de encontrar arrojadas allí algunas flores
silvestres, tomadas en el húmedo pinar, como también toscas guirnaldas
prendidas de la pequeña cruz de madera. Algunas de aquellas guirnaldas
estaban formadas de hierbas odoríferas, de esas que las niñas gustan de
guardar en su pupitre, aquí y acullá, enlazadas con las plumas del bacai
de la vainilla y de la anémona silvestre, el maestro reparó en la
capucha azul oscuro de la adormidera o acónito venenoso. Instintivamente
y al asociar la vista de esta planta con aquellos recuerdos, experimentó
el maestro una sensación capaz de contrarrestar el efecto estético que
primero había sentido.
Un día, al dar un largo paseo por la silvestre sierra, topó en el
corazón del bosque con Melisa, sentada sobre un derribado pino, como
sobre un tronco fantástico formado por los colgantes penachos de
siniestras ramas, con la falda llena de hierbas y de piñas, y
canturreando para sí una de las negras melodías que en aquel preciso
momento había recordado. Dando muestras de franca simpatía, le hizo
lugar en su elevado trono, y con aire hospitalario y aun de protección,
con ser el maestro tan terriblemente serio, le colmó de piñones y frutas
silvestres. Aprovechó el maestro aquella oportunidad para explicarle las
propiedades nocivas del acónito, cuyos oscuros capullos veía en su
falda, y arrancó de ella la promesa de no tocar flores de aquella
planta, en tanto que fuese alumna suya. Después, habiendo puesto a
prueba su integridad, se quedó satisfecho, desvaneciéndose el extraño
sentimiento que antes le había sobrevenido.
De entre los hogares que se le abrieron a Melisa cuando se supo su
conversión, el maestro prefirió el de la señora Morfeo, un ejemplar
femenino y bondadoso de la flora del Sudoeste, conocido en su mocedad
por el apodo de «Rosa de la Pradera». Era la señora Morfeo uno de
aquellos seres que luchan resueltamente contra su propia naturaleza, por
medio de una larga serie de actos de lucha y de abnegación, habiendo
subyugado, por fin, su disposición, naturalmente descuidada, hasta tener
principios de «orden», que, al igual que el señor Pope, consideraba como
«la primera ley moral». Pero no podía gobernar del todo las órbitas de
sus satélites por regulares que fuesen sus propios movimientos, y hasta
su mismo «Jaime», tenía a veces con ella frecuentes choques. Su antigua
naturaleza afirmábase de nuevo en su descendencia. Licurgo huroneaba a
deshora en la alacena, y Arístides venía de la escuela a casa sin
zapatos, dejando tan importantes artículos en el umbral para tener el
placer de hacer un viaje por el légamo de las zanjas a pies desnudos.
Octavia y Casandra eran descuidadas en sus vestidos. Así, que, por más
que la «Rosa de la Pradera» hubiese espaldado, podado y disciplinado su
propio y ya maduro temperamento, los retoños crecieron a porfía, bravíos
y desparramados con una sola excepción. Esta única excepción la
constituía Sofía Morfeo, de quince años de edad y que realizaba la
concepción inmaculada de su madre, nítida, ordenada, y de inteligencia
calma y reposada.
La señora Morfeo tenía la amorosa debilidad de imaginarse que Sofía era
un consuelo y un ejemplo para Melisa, y siguiendo esta sofistería, la
señora Morfeo sacaba a Sofía a colación ante Melisa, cuando ésta era
mala, presentándola a la niña como modelo reverente en sus momentos de
contrición. De modo que no se extrañó el maestro cuando supo que Sofía
iría a la escuela evidentemente tan sólo como un favor para el maestro y
como un ejemplo para Melisa y todos los educandos, pues Sofía era ya
toda una señorita, como suele decirse. Como heredera de las cualidades
físicas de su madre, y en obediencia a las leyes climatológicas de la
región de Red-Mountain, la muchacha entraba en eflorescencia prematura.
La juventud de Smith's-Pocket, para quien esta especie de flor era
escasa, suspiraba por ella en abril, languidecía en mayo y la soñaba
todo el año. Serios hombrecitos rondaban la escuela a la hora de salida
y hasta algunos estaban celosos de Mac Sangley.
Quizá esta última circunstancia fue la que abrió los ojos de éste a una
observación. No le fue difícil notar que Sofía era romántica; que en la
clase necesitaba de mucha atención, que sus plumas eran siempre malas y
necesitaban cortarse; que acompañaba generalmente la súplica con cierto
éxtasis en la mirada, que no guardaba relación con el servicio que
verbalmente pedía; que a veces toleraba que las curvas de su rollizo y
torneado brazo blanco reposaran sobre el del maestro cuando estaba
escribiendo sus muestras, y que cuando tal hacía se ruborizaba y echaba
hacia atrás los rizos de sus blondos cabellos. No recuerdo si he dicho
que el maestro era joven, cosa, de todas maneras, de poca trascendencia.
Educado severamente en la escuela en que Sofía dio sus primeras
lecciones, a pesar de todo resistió como un hermoso y joven espartano,
las flexibles curvas y fascinadoras miradas, en cuyo ascetismo tal vez
pudo contribuir lo exiguo de la comida que tomaba. Por lo general,
evitaba a Sofía; pero una tarde, cuando ella volvió a la escuela en
busca de algo que había olvidado y no encontró hasta que el maestro se
encaminó a su casa con ella, quizá trató de hacerse particularmente
agradable, en parte, según imagino, para que su conducta añadiera hielo
y amargura a los ya desbordados corazones de los platónicos admiradores
de Sofía.
A la mañana siguiente de este sentimental episodio, Melisa no fue a la
escuela. Llegó el mediodía, pero no Melisa. Interrogada Sofía sobre el
asunto, dijo que habían salido juntas hacia la escuela, pero que la
voluntariosa Melisa había tomado otro sendero. Por la tarde el mismo
misterio, y al llegar la noche vio el maestro a la señora Morfeo, cuyo
corazón maternal estaba realmente sobresaltado. La señora Morfeo había
pasado todo el día buscándola, sin hallar traza que pudiera ayudar al
descubrimiento de la fugitiva. Arístides fue llamado como presunto
cómplice, pero aquel honrado muchacho consiguió convencer a la familia
de su inmaculada inocencia. La señora Morfeo alimentaba la viva
esperanza de que aún hallaría a la niña ahogada en una zanja, o lo que
casi era tan terrible, cubierta de lodo, manchada y sin esperanza de que
por medio de jabón y agua volviera a su primitivo estado. El maestro
volvió a la escuela con el corazón contristado. Al encender su lámpara y
sentarse en el pupitre, encontró ante sí una esquela, a él dirigida. La
tomó en sus manos rápidamente, no tardando en reconocer la letra de
Melisa. Parecía estar escrita en una hoja arrancada de un viejo libro de
notas, y al efecto de evitar alguna indiscreción sacrílega, estaba
cerrada con seis obleas rotas. Abriéndola casi tiernamente, el maestro
leyó lo siguiente:
«Honorable señor: Cuando lea esto, habré huido, para nunca más volver.
¡Jamás, jamás, jamás! Puede usted regalar mis abalorios a María Juanita,
y mi Orgullo de América (un cromo pintarrajeado de una caja de tabaco) a
Florinda Flanders. Pero le encomiendo no dé nada a Sofía Morfeo. No lo
haga por lo que más quiero. ¿Sabe usted cuál es mi opinión sobeo ella?
Pues, ésta: Que es detestable. Esto es todo, y nada más por hoy de su
respetuosa servidora,--_Melisa Smith_.»
Después de haber leído esta extraña epístola, el maestro quedó
meditabundo, hasta que la luna alzó su brillante faz por encima de los
montes e iluminó el camino que conducía a la casa escuela, camino
endurecido con el ir y venir de los menudos pies de los educandos.
Enseguida, más satisfecho, hizo trizas la misiva y esparció por el suelo
los pequeños pedazos.
Al día siguiente, al amanecer, se levantó rápidamente, abriose camino al
través de los helechos a modo de palmeras, y del espeso matorral del
pinar, asustando a la liebre en su madriguera y despertando la
malhumorada protesta de algunos grajos calaveras, que al parecer habían
pasado la noche en orgía; así llegó a la selvática cumbre donde una vez
había hallado a Melisa. Encontró allí el derribado pino de enlazadas
ramas, pero el trono estaba vacío. Acercose más, y algo que parecía ser
un animal asustado, moviose por entre las crujientes ramas del árbol y
corriose hacia arriba de los extendidos brazos del caído monarca, y
amparándose en algún follaje amigo. El maestro, subiendo al viejo
asiento, encontró el nido caliente aún, y mirando a lo alto hacia las
enlazadas ramas, se halló con los ojos negros de Melisa. Se miraron en
suspenso. Melisa fue la primera en hablar.
--¿Qué quieres?--preguntó secamente.
El maestro se había preparado su plan de batalla.
--Quiero algunas manzanas silvestres--dijo en tono humilde.
--No las tendrás; vete. ¿Por qué no las pides a Sofía?--Y parecía que
Melisa se desahogaba al expresar su desprecio por sílabas adicionales al
título ya algo dilatado de su tentadora compañera.--¡Eres muy malo!
--Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probado
bocado. ¡Estoy muerto de hambre!
Y el joven, en un estado de inanición extraordinario, apoyose contra el
primer árbol que encontró delante.
El corazón de Melisa se enterneció. En los días amargos de su vida de
gitana, había conocido la sensación que él tan mañosamente fingía.
Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha,
dijo:
--Cava bajo el árbol, cerca de las raíces, y encontrarás muchas; pero
cuidado en decirlo.
Melisa tenía, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero,
naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablemente
porque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba a
inquietarse. Por fin, le miró de soslayo al través de las hojas, a la
manera de un hada, y preguntó:
--Si bajo y te doy algunas, ¿me prometes mantenerte a distancia?
El maestro asintió.
--¡Así te mueras si lo haces!
El maestro aceptó resignadamente tan terrible maldición.
Melisa se deslizó del árbol, y durante algunos momentos no se oyó más
que el mascar de piñones.
--¿Estás mejor?--preguntó con cierto interés.
El maestro, dándole gravemente las gracias, confesó que se iba
reanimando, y entonces comenzó a volverse por donde había venido. Como
lo esperaba, no se había alejado mucho cuando ella le llamó. Volviose.
Ella estaba allí, de pie, pálida, con lágrimas en los ojos.
El maestro comprendió que había llegado el momento oportuno. Acercándose
a ella le tomó ambas manos, y contemplando sus húmedas pupilas, dijo en
tono insinuante al par que grave:
--Melisita, ¿te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Me
preguntaste si podías asistir a mi escuela, pues querías aprender algo y
ser más buena, y yo te dije...
--Ven--dijo la niña con presteza.
--¿Qué dirías _tú_ si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese que
estaba triste sin su pequeña alumna, y que estaba deseoso de que
volviera con él para enseñarle a ser más bueno?
Melisa bajó silenciosamente la cabeza por algunos instantes. El maestro
esperaba con impaciencia.
Dando descomunales saltos, una liebre corrió hasta cerca de la pareja, y
alzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sentó
y los contempló. Una bulliciosa ardilla se deslizó por medio de la
corteza resquebrajada de un pino derribado, y se quedó allí parada.
--Te estamos esperando, Melisita--dijo el maestro en voz baja, y la niña
se sonrió.
Las cimas de los árboles se balanceaban, movidas por el céfiro, y un
largo rayo de luz se abrió camino entre las enlazadas ramas, dando de
lleno en la indecisa cara, sorprendiéndola en una mueca de irresolución.
De pronto, agarró con su habitual ligereza la mano del maestro. Balbuceó
algunas palabras, apenas perceptibles; pero el maestro, separando de su
frente el negro cabello, la besó, y así, asidos de la mano, salieron de
las húmedas y perfumadas bóvedas del bosque por el abierto camino bañado
en la luz matinal.