R. Blanco Fombona, he tenido una singular soñación, de esta manera...:
«En cuanto a la persona del autor de esta «Pequeña ópera lírica», diré
que es un antiguo conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa del
cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó en términos amables
y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en
sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solíamos
acompañar, algún tiempo después en la ciudad de Florencia, cuando
salía de paseo y aventura, durante cuatro días que allí permaneció.
Benvenuto lo tenía en estima y cariño, porque mostraba un gentil
hablar, una gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas de placer
y pendencia, además de sus relaciones con las musas, docto en finas
rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la
luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos arranques
de intransigencia y ponía yo como escudo paciencia fuerte, para no
acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me
daba más tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo
Nuestro Señor, sobre el poder de Venus, sobre el mérito de un salero
de oro. Me solía repetir sentencias de graves pensadores y exámetros
de sensuales poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo
siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía con frecuencia un apotegma
del sesudo y honesto Marco Aurelio: «En general, el vicio no daña al
mundo, y en particular no daña sino a aquel que no puede abandonarlo
cuando quiere.» Tenía las más suaves y amables maneras y las más
inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostería, apaleó
a un mozo, se armó camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me
escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo día en que
me presentó a un grande de España, le vi hablar con gentes equívocas.
«La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era gran partidario
de los Médicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se
apellidaba el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir verdaderamente,
y ya quería escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la
juventud es pasión y la pasión no es justicia. Yo le observaba con
nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto
qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virtù somiglie,
doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere
la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa,
prima che passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes; llegó
a París y fué favorecido por el rey Francisco. Tuvo una riña con La
Primatrice a causa del Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo,
por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo de su individuo,
y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Concluía una
carta suya que recibí en Florencia, con una cita de Séneca... «et in
isto vitæ habitu compone placide, non molliter». Tan pronto oía rumor
de guerra en cualquier parte, quería volar, buscaba el caballo que
relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde la infancia sabedor
de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados
azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos
de entre las rosas. Desconfiaba de la más dulce amistad, pues en el
corazón de cada próximo bien podía haber un nido de perfidias. Gustaba
largamente del buen vino de España, del excelente acero, de la carne
en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un
instante a la blandura. Un día, con messer Luigi Alamanni, que era
alegre y razonable, por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa.
Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas,
camafeos de diosas y figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia.
Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano me dijo estar en
conocimiento de que habiendo partido a un país lejano y entrado en
guerras, se había hecho coronar rey. Otro me refirió que lo habían
matado. Otro que se había metido fraile.
...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas de Mayo, del año de
1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las líneas anteriores, que
he leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo que contienen, es
una creación de la fantasía, o bien un fijo recuerdo de una pasada
realidad, o la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos... Un
poco de barata sabiduría alcánica no haría mal; o un poco de teosofía
hindú y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que
vea. ¡Para los demás todo es inútil!
El Arno está allí, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una
vez más el palacio viejo, el Perseo, los sátiros que rodean al
Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy
a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y
por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos
de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan
del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre española, y
haya nacido en Caracas y habite en París. «Pequeña ópera lírica»...
¿qué me importa cómo se llame el instrumento si suena bien y seduce
la armonía? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia,
ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de
arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un
hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a
veces lo más personalmente posible, a veces pagando el natural tributo
al momento intelectual por que pasa la joven poesía castellana de
ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubín, D.
Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso
de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepúsculo
y oídos que oyen la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo a
veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don
Juan gato. El dirá el encanto de las piedras preciosas, madrigalizará
arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice:
Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno
sol en el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer cosas
fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energía, músculo
y voluntad. Y así contradice al espíritu de decadencia un soplo de
humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las
lecturas, el residuo de las varias filosofías apuradas, dan paso a un
soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario.
...Me dan ganas
de beber leche, de domar un potro,
de atravesar un río...
Esto está ajeno a las parodias de corrupción estética que infestan
algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza,
sibilinismo de importación, «porque así se hace ahora», cosas que a
muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre
enérgico, de acción, la poesía le va bien, como el laurel a la frente,
la banderola a la lanza y el penacho al casco. ¿Por qué te habías
de dejar contagiar, ¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el
rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación ante su propia
conciencia, por las _petites saletées_ del literaturismo industrial
que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor
dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus
relaciones epistolares con la Primavera, y encógete de hombros ante los
pañuelos blancos que dicen adiós. He leído estos versos con el placer
que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos
sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto
de ateísmo, tal contagio de superhombría germánica, tal ligereza de
expresión, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que sí va, es el
amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y
la continua tendencia a la vida, a la dominación de la vida, con sus
países de ensueño y sus realidades armoniosas, productoras, floreales,
genésicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del
mundo y los siente vibrar al unísono con sus nervios; va el culto del
beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida.
El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene la siringa, y de cada una
de ellas fluirá una rítmica voz. No alargaré esta disertación sobre
la breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar un baúl para un
collar de perlas o «hacer una casa para un ruiseñor.»
ITALOTERAPIA
El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales,
para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante
neurastenia que os hace ver tan sólo el lado débil y oscuro de vuestra
vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas
piedras viejas.
[Ilustración]
[Ilustración: DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA]
[Ilustración]
WATERLÓO
CUANDO descendí del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo
de batalla. Hacía un bello día primaveral. La vasta campiña verde se
extendía bañada de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el gran
recuerdo de Hugo, narrando la formidable caída del dueño del águila,
y a los sonoros clarines líricos y a las terribles trompetas épicas
apareció todo lo que el arte ha creado por obra del más tempestuoso
derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos.
Y entonces me convencía de que en realidad no puede ya fácilmente
concebirse otro Napoleón que el Napoleón idealizado de la leyenda, el
de los versos de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri de Groux.
Los lugares de peregrinación y de turismo, la realidad de las reliquias
conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a
afirmar mayormente el carácter extrahumano de la acción que tuvo entre
los hombres el semidiós, cuyas cenizas están bajo la cúpula de los
Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós..., ¡mísero
planeta!) El gran león conmemorativo se alza sobre su alto pedestal;
los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme
Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont
aún mantiene ruinoso el tremendo capítulo de _Los miserables_, las
ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es
la ilustración patente del magnífico trozo de historia que cambió
la suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo de la
sangrienta función, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad
o la piedad, o la admiración de estrictos visitantes. La Belle
Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio
como una abuela. En el cuartel general de Wéllington hay un café y se
vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpón, está el
carretón y los barriles, tomados en Waterlóo. Y en un hotel inglés en
que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas
casacas, _petits-chapeaux_, autógrafos de Blucher, Wéllington y otros
jefes, números del _Times_ que dieron cuenta de la batalla, sables
franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas.
Una vieja inglesa hace el _boniment_, da la explicación, vende
tarjetas postales... Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un
whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda
del Aguila, en el inmenso Napoleón, semidiós en cenizas.
Y he ahí que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde
tanta sangre se derramó por _el Cabito_, por _el Pelón_, por uno de los
más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas,
la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco,
pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a
lo lejos un mugido. Un pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha.
Tranquilidad. Mayo. Paz.
POR EL RHIN
Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine, y que me eres grata por
tu catedral portentosa, por el agua que inventó Farina y por mi amigo
Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles y ha llevado al
zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto.
Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron en tu suelo,
guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo;
por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró en tratos con el
diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert
de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas aún he podido contemplar
esculpidas en tu _rathaus_. Llevo de ti la visión de tus puentes de
barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de
piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gótica de las maravillas
de Burgos, de París, de las antiguas basílicas de las ciudades que
antaño sabían orar católicamente; el magnífico esplendor moderno de tus
construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta,
marmórea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío
casi heraldizado de tulipanes multicolores.
¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y
la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos
poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propósito, de un
poeta que me es íntimamente personal y querido:
...; la celeste
Gretchen; claro de luna; el aria, el nido
del ruiseñor; y en una roca agreste,
la luz de nieve que del cielo llega
y baña a una hermosura que suspira
la queja vaga que a la noche entrega
Loreley en la lengua de la lira.
Y sobre el agua azul el caballero
Lohengrín; y su cisne, cual si fuese
un cincelado témpano viajero,
con su cuello enarcado en forma de S.
Y del divino Enrique Heine un canto
a la orilla del Rhin; y del divino
Wolfang la larga cabellera, el manto:
y de la uva teutona el blanco vino.
El vaporcito, flamante y elegante, sale por el río, hacia Maguncia.
Miro a un lado la campaña verde, y a otro la fila de grises edificios
comerciales y marítimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo.
Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una
sirena. Y antes de las últimas villas y chalets que señalan el término
de población, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey
de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocación de la
pasada feudalidad teutónica.
Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y
de grabado que han deleitado nuestra infancia en páginas de dorados
libros, en antiguos almanaques o en ornamentados _keepsakes_. Y sobre
las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo
de las tradiciones legendarias.
Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad Media «enorme y
delicada», o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y
sonoros de armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que su castillo
de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He
aquí las siete montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg; y
una vasta procesión de poéticas resurrecciones empieza. ¿Son cincuenta
nombres? ¿Son cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de creaciones de
la historia, de la fantasía popular y de la celeste potencia de los
maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais
pensando en una brumosa soñación, o mirando con los ojos de vuestra
mente las figuras de luz de luna, nacidas de la melodía de los poemas,
pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera,
a perderse en la negrura de un túnel, una locomotora, que arrastra su
caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía no había ferrocarriles
en estas regiones que sintieron antaño el paso de los dragones y de
los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de las sagas rhenanas, y
los repitió y aprisionó en la prosa suya, hecha como con las mismas
rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los
castillos señoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al
paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y
transforma. Lo que es estudio folklórico para los eruditos, vive y
palpita siempre en la imaginación y en el corazón populares--y en el
santuario de los incontaminados poetas.
...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras,
en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros
y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que
Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes
semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican
el espanto de las torturas y carnicerías. Caballeros que parten en
peregrinación a Palestina, son salvados de las desgracias por el Señor,
a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de
Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como
en las _Mil y una Noches_, y aparecidos como en los cuentos del pueblo.
Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de
consagración. Bárbaros velludos como osos y feroces como tigres,
se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de
lánguidos cuellos cantan romanzas acompañándose con el arpa, ante reyes
paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las
puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen
el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan,
en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos
de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en
caballos como huracanes, ciervos y jabalíes. Lorelay, envuelta en gasa
lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la sirena,
se sienta en su roca.
Antorchas llameantes brillan entre los peñascos. San Clemente libra
a la suave Ina, de la furia del río y de los bandidos. Uta, muere
abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de
ser, corriendo los tiempos, un común _faits-divers_. El Arzobispo
Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por
castigo de Dios, a causa de su mal corazón, comido por los ratones.
El Conde Eppo encuentra en una montaña a una bella joven robada por
un gigante; y, con ayuda de la Santísima Trinidad, salva a la dama y
echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme
persona de Carlo Magno aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra
su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego
el emperador, ante ellos, un día que los encuentra por casualidad, y
los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo
César sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que
es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son
vencidos en sus mansiones feudaes por la unión de los comerciantes de
las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una
ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es
castigado por la cólera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta
y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se
apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del
Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del río. Los
espíritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado
tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de
los hombres, pierden su castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas
guardan un vino de dioses que inútilmente es buscado en los campos
misteriosos. El diablo, Satanás en persona, sale de sus abismos y
entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y
las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvación eterna. Pero
Nuestra Señora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los
infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse
en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y españoles,
de la guerra de Treinta años. Una diestra caballería conduce a la dama
que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansión de
su amante. Y cien y cien más páginas, de sangre y de bruma, de luz
pálida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en
que nació el hombre que después Lucifer ha hecho mayor competencia al
Creador: Gutenberg.
Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesía y de
encanto lírico, en este viaje de horas, por el río sereno, eternamente
perfumado por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas. Y canta
Adelaida von Stolterfoth: «Del polvo de la ruina nace en el Rhin una
vida más bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo han descansado
en las tumbas; resuenan las canciones con extraños saludos que yo debo
repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueños. Cuando veo volar
al pájaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los
barcos en la lejanía de las brumas grises, me parece que dice palabras
el pájaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rápido
paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino de arte, de americanas
tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el oído
atento a esas palabras de las aves y de las barcas germánicas, y de esa
bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud
de la sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los odios humanos, ni
las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las
chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberanía
del espíritu se basa en lo que está más allá del bien y del mal, más
allá de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de
mentira: en lo infinito, en lo absoluto.
FRANCFORT S. M.
Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía. A pesar del abuso del
_art nouveau_ que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar
de sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos de sus banqueros,
tiene un aire de antigüedad, un olor de vejez y un sello imborrable de
_ghetto_ y de _judengasse_. Por algo hacen detener el carruaje cuando,
al pasar por la calle Boerne, os señalan una casita _vieillotte_ de
estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con
cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es
la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y allí
manejó sus primeros millones el viejo _rex Judeorum_, tronco de los
barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas
apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de mármol o de bronze
de un pensador, de un poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá
Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en
donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve
como extraña en esta tierra de circuncisos. En el día, se siente el
hervor de los negocios, la agitación de los rapaces mercaderes de oro.
De noche, no hay lugar más triste. A las diez, ya los teatros están
cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como
el catolicismo, el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas se
sabe aquí que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos
iconográficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemán. El
verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de
hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild.
La sombra del Emperador de la banca, del César israelita, se ve, por
los ojos de nuestra adoración mammónica contemporánea, más grande que
la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del
fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente
sobre el río moroso que divide la población.
HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES
Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado
en párrafos acres. Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los
cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es
alegre, casi con alegría latina, en cuanto cabe en un centro sajón.
Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con
su estricto senado, sus fábricas, sus canales, sus grandes hoteles,
sus almacenes copiosos, y es también la ciudad que se divierte, se
embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se
parece a Montmartre como la cerveza al champaña, cafés al aire libre, a
la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos,
y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la
música. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque
poderosos semitas gozan en villas y _cottages_ de la felicidad que
da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró en
este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningún compatriota de
Bolívar, aunque no es raro oir hablar español, pues son muchos los
hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a
establecer con sus familias criollas, después de hacer fortuna en las
lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los
verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas.
Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de
amor y de ensueño, pues no es imposible ejercer esa delicada función
de soñar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prácticos que
sean, tienen un poético paraje formado por un remanso del río, en el
cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario
público. Estos poetas no tienen otra ocupación más que consagrarse a la
belleza, ser blancos--hay algunos negros--y deslizarse gallardamente,
con la dignidad que les dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen
exactamente con sus obligaciones, y además de la pitanza que les
ofrecen sus guardianes, el público los gratifica con migas de pan. El
remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven
gracia mágica sobre ese divino espectáculo, que pondría meditabundo al
doctor Tribulat Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos cristales
que multiplican sus olímpicos aspectos, gozan de la más dulce beatitud
en la capital de los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque,
en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo
en compañía de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con
una manera de satisfacción glotona, que el cisne, como el ganso, bien
preparado, es, ¡ay! muy sabroso.