se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna,
o a la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa luna que brilla
sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y único, confía al
viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana
que llama a la oración y que recuerda a las razas más creyentes del
orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más impresionante
intelectualmente que se puede todavía encontrar sobre la faz de la
tierra, de la tierra árida de destrucciones mentales, seca de vientos
de filosofía, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las
creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos
siglos el sostén y la gracia del espíritu de los pueblos.
Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves
y pensativas de estos africanos, no saldría más que lo que hay en un
_cruchon sans bière ou d'un sepulcre vide_. Yo he oído salir de estos
cerebros--quizá de los menos europerizados que en mis pocos momentos
africanos he conocido--pensamientos serios y ocurrencias interesantes.
No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la
vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar
una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearían. Son
excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en
jaque a Europa y encendió lámparas al mundo cuando había enseñanza en
Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.
El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice
razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad
apetecible, desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones
de babuchas son curiosísimos, y, según mi intérprete, hacen entre la
morería, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas:
charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente
con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la
raza, tiene su contraparte...
* * * * *
Día de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de
colores y de figuras bizarras, una colección rara, para el extraño, de
escenas pintorescas.
He aquí las caravanas en reposo, después de haber cruzado el desierto
para traer las mercaderías de lejanas comarcas. Los camellos, que
hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos, en la bohemia
de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados
tan bellamente en los versos de Valencia, están aquí en su ambiente
y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfíngicos,
jeroglíficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbón, beduínos de
gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heteróclitas.
Más allá, mulas, caballos desensillados o con las consabidas monturas
rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biología
comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e
interesan. Aquí está un moro berberisco, con su capucha calada que le
cae atrás en pico: su traje que se asemeja a una clámide con mangas
que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que
llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles
en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los
pies descalzos. Luego un kabila ceñudo, rapado el cabello por delante
hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los
ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escasísimo. Luego un
árabe rubio casi, de mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno,
de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga la barba negra, cráneo
alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales;
¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses?
Perdonad mi escasez de antropología en tan curiosas sensaciones
africanas; mas lo único que os diré, es que como esos gigantescos
negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los molosos y los
leones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en
la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado,
ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio
albornoz majestuoso, ya los mil turbantes de varias formas. Veo
turbantes rojos en el centro, y alrededor blanquísimos, en un pesado
retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes
todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos
con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de
lujo. Una tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran señor que
la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o
preciosa lana. Hay albornoces que indican una categoría. Hay babuchas
ricas y babuchas miserables.
A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo
Mohamed-Ben-Ibrahim, y un rostro que parece haber pasado por el
pecaminoso ambiente de París. Si irá también con frecuencia en
peregrinación a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al
mundo en que he vivido, con la sensación de estar en un ambiente de
fantasía. En este lado, un moro vende dátiles en confitura; más lejos
unas galletas de apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué fruta;
más allá habas; acullá aceitunas, y almendras, y pan del país hecho de
un trigo especial que llaman _dura_.
Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos,
de colores vivos, orfebrerías y tejidos de oro de Fez: _chiarenas_, y
jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan
indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de
arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras.
¿Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres
viejas, que como todas las mahometanas, tenían el pudor oriental de la
cara. A una jovencita alcancé, en un descuido, a verle el rostro, por
un lado; era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada en la mejilla.
Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte,
seres aparte, y soñar su sueño, aparte...
Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de
serpientes. Más lejos, unos _aissaouas_ hacen sus sabidas terribles
proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus
dos compañeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero,
luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una
danza de cobra, de adelante atrás o de un lado para otro. Los moros
le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto
polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en la cual, sin dejar
su rítmico vaivén, mete la cabeza el _aissaoua_ y aspira con fuerza.
Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un puñal agudo
y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados
brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne
asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se le ve en
la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cuña en
la órbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias
víboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el
cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan
un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz toma un poco de
paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores,
la enrolla, la hace una pelota entre sus ásperas manos, sopla en ella y
la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los
concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la función concluye para
recomenzar más tarde.
* * * * *
Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive,
gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo
de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un árabe de
negra barba, todo vestido de blanco, tipo, en verdad, hermoso y
aristocrático. Habla, recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta
que cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a
quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de países de ilusión.
Bello es el espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre
los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cúbicas y
blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en
su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en
su declamación del modo de recitar de los actores franceses. Cuando
concluye, todos desfilan ante él y le dejan su óbolo.
Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este país en donde jamás
un tholva leerá un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro
maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto
color, tantas sanas alegrías y visiones interiores, el adorable _Alf
lailah oua lailah_--_Las mil noches y una noche_--que empieza: «Está
referido--pero Alah es más sabio y más cuerdo y más bienhechor--que
había--en lo que transcurrió y se presentó en la antigüedad del tiempo
y el pasado de la edad y del momento--un rey entre los reyes de Sassan
en las islas de la India y de la China...»
[Ilustración: VENECIA]
[Ilustración]
ESCRIBIR sobre Venecia, insistir sobre Venecia... ¿todavía? Bien se
pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético
ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana,
hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de pintorescos
retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos
carnavales... No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me
dijese: «Eso es de Ruskin», o «es de Molmenti». Os doy mejor lo mío,
mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que
todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las
simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la
sencillez...
Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me habrían servido para
ejecutar vagas rapsodias en esta ocasión, y digo simplemente que
estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel
Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro años, veo la misma joya
bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile
de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el
palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamoré
de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella,
pero haría un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta,
como Maurice Barrés, porque Anadiómena no muere, sino por las malas
frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia,
sino por su profanación. Profanación del peor vicio cosmopolita que
viene a flotar en góndola, para dar color local a sus caprichos; del
ridículo literario de todas partes, que escoge como decoración de
insensatez estos lugares divinizados por la poesía y consagrados por
la historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza los palacios
y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas
todo rincón de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de
recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh, desgracia! en la ciudad de los
Snobs, en Snobópolis. Y es el peor snobismo existente el que aquí
se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el Danieli aristocracia
adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen
a querer convertirse en ruiseñores y a creer que hacen brillar la
renovación de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de
París, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela
pseudosentimental que les dé para ponerla en una serie de artículos,
en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de
ultrahisterismo, rematados, _ainda mais_ llenos de ideas morbosas,
llegan a proyectar telas y a realizar escándalos de que los Esclavones
sonríen y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero,
busca aquí temas o decorado, para sus escenas, para su literatura
asfaltita. Y las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan, y las
Piedras de Venecia siguen impasibles.
...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros encantos, vuestros
misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de
idea y de arte? Muchos lo han dicho--y el mejor, y el último, ese
inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que D'Annunzio se me asemeja a esa
prodigiosa Venecia... ¿Raro? No sé. Vamos a ver.
Venecia, la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia--decía
yo a un amigo mío, compañero de viaje, mientras la góndola nos
conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta
reminiscencia intelectual... Y me esforcé en hacer todo lo posible
para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una
imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnífica
república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas
comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y
cruel y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un
Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con
estrofa por palacio... Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de
amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y
adorar el Ticiano, a su manera. Vió de oro, de mármol y de sol amable
la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo. Saqué mi violín... En
esto llegó, en otra góndola, un agente de una casa de cristalería y
muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases
y hubo que comprar. Había una Venus de mármol, cristales finísimos y
pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a propósito de un lindo
vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en inglés... El agente hacía
señas al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba un bello sol
sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro
tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y
negocio...
...La negra góndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus
adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las
rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de enseñarme su
lección de historia hasta que le pido silencio. Va la negra góndola.
Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente
dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo pálido la cúpula
de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el
horizonte «histórico», el aire melificado por siglos de besos de amor,
los poetas que por aquí pasaron, los duxes, los conquistadores... ¡Qué
hermoso escenario para veinte años vírgenes y una lira! Yo tengo casi
el doble, y sin palma; y el instrumento apolíneo creo que se me quedó
en Buenos Aires...
Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable
espectáculo. D. Carlos de Borbón y su esposa D.ª Berta de Rohan,
bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de
automóvil marítimo. Hace años os he hablado, con respeto y simpatía, de
ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado
el tiempo. Su D.ª Berta--«¡Rohan soy!»--es la misma. El aspecto del
monarca _in partibus_ es el mismo, y su humor que se transparenta por
sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el
mismo. Y _César_, el perro, de que hablé también hace ya tiempo, sigue
siempre al lado del amo, símbolo de la carlista fidelidad.
Conozco la mayor parte de las repúblicas nuestras, con sus extrañas
políticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de
distintos colores, y llego a este propósito a recordar la ocurrencia
que en una revista francesa expresó un chispeante escritor argentino,
Luis B. Tamini: ¡Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio
o reino, y proclamado y coronado señor, D. Carlos de Borbón! La broma
da que pensar, sobre todo, si se han leído los versos en que un poeta
y diplomático del Perú, el distinguido Sr. Chocano, dice con su épica
trompa:
Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande,
Grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección.
Quien le diga tirano, ya sabrá que en América
Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.
Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles
del presidente Díaz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a
D. Carlos, no me uniría yo a la proclamación que inicia Tamini, desde
que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido
por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella
muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su
sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso
entre la correcta gente británica. Hasta allí todo va perfectamente.
Mas ¿esa banderita española que parte los corazones, en la popa de
la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros, vestidos como comparsas
de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y
sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire!
* * * * *
Llevo en la obscura barca el libro en que Barrés, cultivando siempre su
yo, realiza preciosas páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que
hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes del Adriático».
Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand,
otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George
Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine,
la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha
culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda
justamente ser denominada Snobópolis. Desde más de un honesto burgués
atacado de mal de novela vivida, hasta los equívocos Aldesward, se
acogen, quién al amparo de la sombra de Musset, quién a la de Wagner.
Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila.
...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese
famoso par de románticos, y no por pura indiscrección del encargado de
la publicación o de las familias respectivas, sino por póstuma voluntad
de aquella terrible señora, que pensó en el futuro, en que la humanidad
del porvenir tendría interés en saber sus intimidades poco delicadas,
y la estupenda situación del _ménage à trois_ sentimental y físico que
sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario temperamento.
Sand, Musset, Pagello... ¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre
Musset, jovencito, soñador, alcoholizado, y en manos de semejante
literata! La literatura los unió, y Pagello, que no entendía de
literaturas, aparece allí como el más interesante bruto. Él es el único
que está en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro
de la gloria alcanza a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron
snobs _avant la lettre_.
Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno
cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en
donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan
violines y flautas y guitarras. Allí, una graciosa muchacha, acompañada
por los instrumentos, canta sus canciones. La barca está rodeada
de góndolas, y todos los que han llegado atraídos por la armonía,
escuchan. Hay allí seguramente espíritus de pasión, almas de ideas; y
hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de Snobópolis. Hay quienes,
silenciosos, sueñan su sueño, y quienes se engañan a sí mismos, en una
aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística o literaria. De
todas maneras, es éste aún uno de los lugares de la tierra en donde,
los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio,
a despecho de los profanos invasores. _Aunque se quiera, no puede
haber un automóvil._ No hay más que el de D. Carlos sobre las aguas...
Se puede también apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la
dolorosa realidad cotidiana. «El único medio eficaz de soportar la
vida, es olvidar la vida», dice el ya citado M. Taine. Aquí se puede
gozar de ese olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los judíos de
las fábricas de vidrios, a pesar de los clientes del café Florián,
a pesar de los estetas de larga cabellera, es un país de sueño y de
ilusión, un reino florido de versos y de melodías. Y la belleza de las
mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con
sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible,
atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor
que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como
la ilustre jamona del lírico de _Las Noches_, sino prodigios de gracia
y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impúber
condesa que adoró a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche
del tiempo como un trino de italiano ruiseñor.
[Ilustración: FLORENCIA]
[Ilustración]
UNA vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a
Miguel Angel, una reverencia a Dante, y después de subir por la puerta
Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetación florida
que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron
los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables
construcciones de dominó, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir
en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en
donde se balancee en su armazón de níquel el grande y panzudo frasco
de purísimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de
prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para
venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran
libro..., aunque fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada por
la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas.
Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aquí no
se exige el traje de etiqueta. Es algo así como si se diese a entender
que lo que en otras partes es función extraordinaria y singular
divertimiento, aquí es espectáculo natural y propio. Se está en casa de
la Opera, de confianza.
Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos
de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras
de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son
los viejos _Puritani_, los que se cantan. Gloria a la música antigua,
a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin
fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas
nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros
abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos
goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma
alada, como respirando un recién cortado _bouquet_ de ilusiones, y,
como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún,
tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros
organillos.
PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA