Montmartre que se llama San Pauli... A mí me lo habían asegurado así,
al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro café de
nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo demás,
los teatritos son sórdidos, con _chanteuses_ de deshecho, espesas
mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en inglés o en alemán
chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o
sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya.
En un gran salón de audiciones populares, da conciertos una banda
militar. En la plaza, un guignol atrae al _populo_; los letreros de
la luz eléctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversión
es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces,
las salchichas, los diversos _bráten_, y la excelente cerveza. M. de
Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh, Des Esseintes!, ¿y los
cisnes?
BERLÍN
Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he creído comprender al
emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de
arte, inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro de coronada
testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominación
y de dignidad cesárea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder
y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, más o
menos, con excepción quizá del autócrata de Rusia, merecen el paraguas
de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha
previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio
de un simbólico dibujo célebre, el despertamiento y la acometida de
la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no
fuese el óbice pietista, quién sabe si llegaría hasta realizar la liga
medioeval dominadora del mundo--el Papa y el Emperador;--Guillermo II,
vive más allá del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo
porvenir, y amacizando el presente robusto de su país, con la rigurosa
disciplina que lo militariza todo, príncipe de ideal sustentado por
la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que
crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradición
eclesiástica romana, cuando la misma Francia cristianísima echa de su
suelo a las congregaciones religiosas y está dominada por un gobierno
que no desearía otra cosa que la completa ruptura del concordato y
la separación absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad
asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carácter es de
acero como su voluntad, está en su verdadero centro en este Berlín
geométrico, alegre de otra alegría que la de París, hollado a cada
momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende
su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y
su circulación activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las
armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias.
Y no en vano el divino Euforión surgió en esta tierra a la evocación
del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara a cada paso se mira
florecer la gracia helénica, ya en la composición de los artificiales
paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones
monumentales. Yo no sabría alabar cierta protestante hipocresía general
que se nota en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en sus
mejores manifestaciones, una larga comprensión de la armonía, del
desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra
germánica, Goethe resucitó la olímpica persona de la homérica Helena,
Lessing meditó sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pensó:
Heine, el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Momsen construyó su
edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma.
La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales. Allí en
Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas,
al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los
plantíos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que
sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos
de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha
permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensación
de un ensueño. A través de los vidrios de un color azul dulce y de
cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baña el
recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mágica
luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino
centinela, el arcángel Miguel, armado de su espada flamígera, y luego,
he allí tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo
un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresión
sabias y celestes palabras. Allí descansa en la paz de Dios Federico
Guillermo II; allí descansa en la misericordia de Dios Guillermo I,
emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he allí, a su lado, a la Dama
porfirogénita que es semejante a una diosa. El artista no haría con
más amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas
cubierto por el lino fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo
de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad
se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien
que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una
dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca
sobre esa realización pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamígera,
vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de los
príncipes de mármol; e iguales a los del último paria, en la sola y
posible igualdad de la transformación eterna, quedan en sus criptas
semejantes a santuarios, esos puñados de huesos de Hohenzollern.
Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con más estatuas, derroche
de mármol como en la alameda de la Victoria, mármol para todos los
Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y bronce y mármol para
el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck;
almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas
cigarrerías, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes
teatros y un music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la atención
de Huysmans. Huysmans vió mucho, pero no lo vió todo, naturalmente. A
mí me ha parecido entrar en un círculo del Dante, en el cual hubiera
necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aquárium
es subterráneo, y no es solamente aquárium, pues se exhiben hasta loros
y arañas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus
aegipcianus que está a la entrada, semejante a una rana estirada, y el
zomurus gigánteus, lagarto erizado como de púas de hierro. Más allá,
la africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada art-nouveau,
y el pithon feroz y el crótalo con su apéndice de cascabeles; el naja
búngarus, venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de
viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flácidas; y luego la
anaconda brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre peñascos,
hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y después
una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo
de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy
franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en
seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. ¿Os
atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual
a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta.
Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran
«garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero aquárium, la fantástica
vida submarina que tanto ha interesado al autor de _A Rebours_. Es la
inaudita flora del Océano, los peces de sueños calenturientos, los
aspectos de visión diabólica, o de locura. Veo en un fondo de arenas
y de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos, caprichos
madrepóricos, semivivientes rábanos que se encogen, hipocampos y
estrellas purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas
de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado,
junto al escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de
manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen
abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosímiles
van arrastrando sus casas llenas de púas y protuberancias. Y la
pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes.
Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las más increíbles,
la reproducción de fisonomías humanas que habéis observado, desde
las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la
imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y
gestos que creeríais imaginarios y alucinatorios; y os convencéis que
los pintores holandeses de ciertos cuadros demoníacos, y el mismo
Rops y Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e ilusorias, no
han creado nada, pues todo lo que la imaginación del hombre más
torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos
misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Seguís, y
os encontráis con la murena que se envaina en un tubo como un espeso
sable gris. Pequeños pulpos evolucionan entre el agua burbujeante.
Inmóvil sobre la arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa
con su arpón largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrán marino
acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de
terciopelo negro ornada de amarillo.
Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín, el griego, y también
el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero
dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto común; con
mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones;
ciudad de secretos escándalos y de corrección excesiva; ciudad en que
se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad;
ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os
aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes
pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece periódicos religiosos
y os vende ¡imágenes de Cristo!
VIENA
Me habían dicho: «Es una hermana de París». Es una hermana de París que
tiene los ojos más azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio.
Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si no la gracia impregnada
de parisina, posee la elegancia, la gallardía de la seducción.
Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals,
placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magníficos
danzadores, deslizándose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban
sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo.
Más o menos, he podido encontrar realizada esa imaginación, con mucho
progreso además y mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento, y
mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph
Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado
a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al
poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven
excelente _rostbraten_ y una pilsen de oro pálido, que es como líquida
seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos
armoniosos y ondulantes. En este mismo jardín fué donde Strauss dirigió
la suya. Aquí nació el vals, a cuyos compases se balanceó el orbe;
el vals, halago de la melancolía, lengua del gozo, música de amor,
creación de un músico _minor_, pero que adoptarían los más altos y
mayores, como Weber, como Chopín, como el mismo poderoso Beethoven.
¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se
acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tenía mucho
menos talento que Strauss.
Juraría que no hay uno solo de los que lean estas líneas, que no haya
tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza,
al mágico brotar de esa pequeña y cristalina cascada melodiosa que
se llama _El Danubio azul_... Yo le debo muy copiosa cosecha de
recuerdos y de ensueños, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en
confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo
por los organillos...
También como París, es este un país de arte, y en una avenida os
encontraréis con un grande y pensativo Goethe, sentado en su sillón
de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes y airosos, o con
Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al
pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer.
En París hay más vicio que goce, aquí más goce que vicio. De todas
maneras, aquí lanzó su último aliento el probo y sensato Marco Aurelio,
que, entre sus mejores sentencias, ha dejado ésta, si poco purista, muy
cuerda: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular, no
daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere».
Viena placentera, pero también Viena laboriosa, pensadora, política,
sentimental, artística, guerrera, religiosa. Todo encontraréis a
vuestro paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme vegetación
de piedra; más allá, Santa María Stiegen, vasto bouquet de ojivas
y flechas, lo antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con su
peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el
Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas
de estatuas de mármol, que tienen por fondo verdores de árboles y
macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central;
o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo
griego; y ante este último, mientras a sus pies, entre simulacros
marmóreos, se vierte el agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea,
gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada
Victoria.
Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos
chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de
niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los suspiros, o en el
mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías,
sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O
allá, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales
atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su
larguísima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn,
donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al gran Napoleón, y al
triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las
bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y
las verdes cúpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas
educadas y pomposas de los castaños. Las mitologías de las fuentes se
bañan en la exhalación de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata
quietud invita a sentarse en los místicos bancos de los parterres,
a meditar, a soñar, a imaginarse las bellas representaciones de la
historia, mientras en su magnífica altura, la Gloriette destaca sobre
el fondo celeste su pórtico soberbio, aún persistente decoración de más
de una comedia y drama imperiales y reales.
LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS
Un capuchino de larga barba guía al grupo de visitantes--campesinos,
forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bóveda, el
ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia.
Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su lección,
recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcófagos viejos, en
donde reposan reales e imperiales huesos viejísimos, entre las cajas
de metal gris labrado de esculturas macabras y simbólicas, tras
duras rejas férreas. A mí no me interesan esos príncipes antiguos
que tienen su página correspondiente en los anales austriacos: no me
atrae Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia
la izquierda, en donde duermen los porfirogénitos malditos, las
coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y
fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos,
jóvenes o viejos, pero idénticos en el sufrimiento, en la desventura,
en la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en que están los
restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de María Luisa en la caja
mortuoria, como los otros sarcófagos en que duermen su eterno sueño,
Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las
campanas; Elisabeth, la «emperatriz errante», que segó el anarquismo,
y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aquí reposa, en la paz de la
muerte, el que estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores
de Austria y de los reyes de Hungría. El capuchino explica rápida
y precisamente, en alemán, la vida de cada uno de los príncipes
difuntos que reposan en el subterráneo; y el profundo silencio de
los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de
palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el
sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequeña iglesia de los
capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia
predestinada fatídicamente a ser azotada por la desgracia; tristes
grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas
extraordinarias que realizan las más lúgubres y dolorosas creaciones de
los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio.
LA SECESIÓN
Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección correspondiente a los
secesionistas vieneses, mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos
cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo
nuevo, de lo raro, según sus temperamentos, o intérpretes personales
de las antiguas tradiciones artísticas, sin _blague_ bulevardera, sin
esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre
pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Salón
de los Indépendents parisienses. ¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que
en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad
es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesión, noto
una sinceridad y una noble independencia y una consagración a la idea
y a la realización de la belleza, muy distantes de los extravagantes
_épateurs_ apurados de arribismo que abundan en la capital francesa.
En edificio propio construído y arreglado conforme con los gustos
y pensares estéticos de los organizadores del museo, la obra de la
Secesión se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio
innegable del tesón, de la energía y del talento de sus puros artistas.
El museo es un museo «de excepción» como diría Vittorio Pica. Nada de
lo que hay en él es vulgar ni común, y se manifiesta en todo un don de
alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento,
que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca.
Aquí se ve que no se busca asustar al burgués, sino más bien darle una
nueva revelación de belleza. Aquí tienen nobles sacerdotes el ensueño
y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad
de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el
enigma que existe en toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan
sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extraño aparato
simbólico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen
florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito. Y
hay la franca expresión y el desdén de toda rutina. Aquí es el único
museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la académica
hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo más íntimo,
de no ocultar lo más oculto, a punto de que se os vienen a la memoria
ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier. La leyenda tiene sus
cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os diré los nombres
de los autores, pues no están en las telas y no tengo tiempo para
anotar un catálogo. Sí recordaré al potente Franz Metzner, el Rodin
austriaco, el autor de ese poema soberbio de mármol que se llama _La
Tierra_, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas
de una originalidad imponente y comprensiva. _La Tierra_, de Metzner,
está expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de
expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez.
Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la
fuerza natural, está sobre su base como la majestad y el misterio de
un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado a la Exposición de
San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios,
ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía sus figuras valientes,
que renuevan algo del arcáico arte asirio; Metzner, sus soberbias
creaciones plásticas, sus sintéticas expresiones de la persona
humana; Klimt, sus cuadros simbólicos de factura extraordinaria y de
significación honda, como _El manzano de oro_, _La vida es un combate_,
_La Jurisprudencia_ y _La Filosofía_, que tantas discusiones causó
cuando se expuso en París en la última Exposición Universal.
Salgo de la Secesión encantado de encontrar un verdadero templo del
arte en tiempos en que los templos del arte están en posesión de
los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los
histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros
países de arte naciente se junten las energías individuales de los
puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de
la chatura de las escuelas de limitación y atrofia y de las modas vanas
que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza.
BUDA-PEST
...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino
de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleiteó mis años infantiles.
_Los Madgyares_, en la cual cantaba un coro:
Vamos señores
A la feria de Buda,
Que hoy es el día
De vender y comprar.
Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento:
_Ego sum, ego sum_
El leguito del convento
_Ego sum_, además
Campanero y sacristán...
Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las dos ciudades gemelas
unidas por los magníficos puentes, con su clima, sus flores, sus
paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas
construcciones son _art nouveau_, o secesión, mansiones caprichosas
de los magnates y propietarios de pingües pushtas y «economías». Es
una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a
orillas del agua azul del armonioso río. Hay edificios espléndidos
como el magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus
plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las más bellas
mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraíso.
¡Oh! todos los países tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero
la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un
lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara,
jardín, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas
diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, músicas nacionales,
trajes pintorescos; y allí he visto una colección de beldades que
habrían dejado meditabundo y soñador al mismo rey Salomón que, como
sabéis, era de gusto exquisito.
Un momento ha habido de duelo nacional, más que duelo ha sido una
glorificación, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del
encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su
poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros
cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la
morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes
del gobierno asistían a la ceremonia en que se honraba la memoria del
viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares,
universitarios, heráldicos, desfilaban en la severa procesión. Y en en
los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se veía una muchedumbre
de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos húngaros. Y ante
ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de
las más frescas coronas, de los estudiantes, compré a una florista un
ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazón
palpitante, con un temor de emoción, arrojé yo también mi ofrenda al
anciano Jokai.
[Ilustración]
INDICE
TIERRAS SOLARES
Págs.
Barcelona 9
Málaga 21