Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de

dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzándose en

el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de

presentación para un rico árabe, que reside en Tánger, y llevo además

otra, del amable cónsul argentino en Málaga, para el administrador

español de correos en la ciudad blanca.

II

En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres

para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que

ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las

jiras sportivas. Ha sido un _fox hunting_ de lo más ameno y variado,

después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios--, uno

de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans,

por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de

Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en

caballos veloces; magnífica jauría;

Van perros de fina raza,

Cornetas de monte, en fin,

Cuanto exige Moratín,

En su poema _La Caza_.

como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor

presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido

jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente

a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo

ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales

se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He

aquí esa muestra del humor britanocalpense:

Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.»

Oh where and oh where can he be?

There's no one to keep these bold «thrusters» in check

No signs of E. M. can we see.

We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball)

And gossiped and «coffe-housed» there,

And drinks (though the need of Dutch courage is small)

While violets decket each dame there.

_Chorus._--And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.»

His smile beaming broadly and bland

As fietd money tickets he swift did collect

By scores were they thrust in his hand.

Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales

aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los

militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor

propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes

donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones

coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces

suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne.

Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón,

como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de

inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su

vista abarca.

* * * * *

Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el

mismo hotel que yo, sonríe amargamente.--«¿Usted no sabe hasta dónde

llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en

tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me

lee unos recortes que saca de su cartera:

«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al

«golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien

necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a

buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que

españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte.

Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una

vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por

la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de

guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos

que la plaza de Gibraltar.

Sin extremar, como en Gibraltar se extreman--por ser allí la

jurisdicción militar la única que rige--la dignidad, el honor, si

todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria,

debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio

modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de

Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia

del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital

Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y

todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro.

Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y

judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el

Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador

de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los

ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece,

seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de

España. La soberanía española en aquella región de la Península es una

pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es

indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los

dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar,

de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela.

Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen

del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que

significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La

intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa

de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de

protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de

Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés.

Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a

Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la

esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este

ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea

aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más

elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía

nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera

alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera,

y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran

bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la

residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de

espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir

de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para

oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a

nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas

las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo

español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta

tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la

que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra

española...»

¿Y agua?

Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en

el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué

fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a

cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en

el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca,

corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra

a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los

ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares

que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión

británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y

un _pale-ale_, que muy poco tienen de españoles...

No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de

familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua

bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la

raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado

la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no

pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto

«inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para

ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su

trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo

en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la

población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de

santificaciones.

Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés.

El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un

gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere

avanzar, tierra adentro.

Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna

fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como

quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes

existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces

hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir

otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras

tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que

tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro

territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. El último

proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos

adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de

la fortificación, lleva la fecha de 1900.»

Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien

fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El

Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro.

[Ilustración: TÁNGER]

[Ilustración]

EN el _Gibel-Musa_, vapor inglés, después de tres horas de mar, llego

a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco

con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos

aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos.

Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames

de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces

serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros

de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta

diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón. Había animales.

Un árabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce

y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y

unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban

instantáneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que veían

en tal acto un atentado contra el precepto koránico. Atrás quedaban las

costas andaluzas. (¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato, donde el

Africa empieza más bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible,

a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el

firmamento de un azul pacífico. Poco a poco la ciudad fué apareciendo

a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia

el interior, en donde hormiguean las kabilas; y más allá, la casita

blanca del nunca bien ponderado corresponsal del _Times_, Mr. Harris

(¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en tantas andanzas se ha

metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del

Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir

más que velozmente a causa de políticas aventuras, en las cuales estaba

mezclado el sultán modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz (¡que Alah

le dé unos buenos tirones de orejas!), el cual no piensa más que en

bicicletas y máquinas fotográficas, cosa que no había pensado el buen

Loti cuando le vió niño en la corte de su padre.

Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad

blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para

mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece

con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una

ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha

llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales. Por de

pronto, he ahí la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños de

botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas

posibles. Y ya en el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre

de guías, y de los que el señor Echegaray llamaría, por no hablar como

Quevedo, galeotos. ¡La aduana! Yo no sé que es lo que le dice en árabe

a uno de los empleados de turbante y albornoz el intérprete que me

conduce; pero, como en algunos países cristianos, no me han registrado

el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio.

Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay

en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes

y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos

que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de

fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda

subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko

Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar

durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar

de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto

de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez

en la atmósfera de unas de mis más preferidas obras, las deliciosas

narraciones que han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español,

y complacido y recreado más de una vez mis horas de hombre, en la

incomparable y completa versión francesa del Dr. Mardrus: _Las mil

Noches y una Noche_. Es que tras esta mezcla de árabes, de moros, de

kabilas, de europeos, que constituye la población accesible, existe el

misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente, tal como en los

tiempos más remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos

contemporáneo es siempre el imperio moro del siglo duodécimo, con

su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo

la inmensa distancia que hay entre esos espíritus de creyentes y

fatalistas musulmanes y las almas de Europa y América; entre esas razas

del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de

vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso

y la civilización han llenado de artificialidad, de sequedad y de

desencanto. El desdén inmenso que estos hombres sienten por nosotros,

tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en

su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas

ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en

su inmortalidad teológica, no esperan ni premios ni castigos que vayan

más allá de nuestra comprensión.

* * * * *

Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en

una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me

precede, en otra mula, el guía, un español que hace largos años reside

aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito

vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan látigos; el guía para

los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para

mi mula. Así pasamos por toda la larga y única calle que pueda merecer

este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado

principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los

alrededores. No lejos están las casas en que habitan los cónsules,

algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Más afuera,

en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras

construcciones en donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay

profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y

datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los

repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una

luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas,

aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva

una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un

jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos

y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente

propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y

armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva

insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días

son escasas las caravanas que entran a Tánger, y, por lo tanto, sufre

el comercio.

La tarde cae y vuelvo al hotel.

He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay casetas de baño y pasan

de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no

sé dónde, del campo vecino, de detrás de las alturas cercanas. Hay

cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos,

habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas

azules.

Desde aquí se divisa una parte de la población; en algunos puntos

jardines y arboledas; más lejos, murallones, las orientales

construcciones cúbicas, construídas como en un vasto anfiteatro. Hay

algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas

puertas.

Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el mar quieto. Hay una

grande paz. Por aquí deben habitar de esos ingleses y norteamericanos

hábiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han

explotado y explotan el país comercialmente, o como dice un buen

censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los

chalets y moradas que hay cerca de mí, muestran todos los aspectos de

nuestras mansiones de ricos occidentales.

A poco rato de vagar, he aquí que sale de una de las casas una bella

dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el oído

atento a lo que tocan. Es algo del _Otello_ de Verdi. No está fuera de

lugar.

Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de

letras, que ha viajado por Francia, Italia y España, y que conoce

perfectamente, para ser moro, la literatura española. Es un tipo

elegante, quizá demasiado europeizado, que a su traje flotante y

soberbio ha agregado una magnífica leontina hecha por un platero

madrileño, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de

repetición, que se complace en hacerme oir cuando paseamos... Me

habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta

si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la

verdad, le digo que sí, su contentamiento es grande. Mohamed no ha

perdido mucho de su carácter nacional a pesar de sus viajes y de su

confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes

singulares de París. Él continúa en la completa fe de sus mayores, y

es un mahometano practicante que no olvida, a la hora señalada, su

plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad

sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos

entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel,

y allí Mohamed se ha mostrado demasiado afecto a una bebida nacional

británica, muy usada por los célebres rumíes Harris y Mac Lean...: el

whisky-and-soda. «Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de

que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y

menos el whisky». Mohamed sonríe, pero no con irreverencia occidental,

antes bien como quien va a decir una cosa de razón a quien la ignora.

«Es cierto que él peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky,

sino los vinos de España, y sobre todo el champaña que aprendió a

saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante

de que la admirable Italia le dió muestra exquisita, pero él es un

creyente que conoce muy bien su religión, y las condiciones que hay que

llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano

paraíso. El peca, y luego va a la Meca.

No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada

costumbre, obligatoria para todo buen musulmán, y así Alah le reconoce

digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés con fruición y vuelve

a hablar de poesía. A este propósito me confía que se ha atrevido a

hacer versos en español, y me recita algunos, no más malos que los

de tales incircuncisos que yo me sé. Me cuenta que hay marroquíes y

tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su

amigo de Túnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a

la Giralda sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla, por moros

y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en

verdad que el alma del autor de _Granada_, era, siendo tan católica,

enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes:

Giralda, alminar gentil

En que la belleza mora,

Eres cautiva señora

En extranjero pensil.

Yo te llevara a un paraje

Que fuera harén opulento,

Donde regalase el viento

Tus alharacas de encaje.

Vieras con el ajimez,

Que ojos finge de tu cara,

Las lejanías del Sahara,

Los bosques de Mequinez.

Sobre cielos carmesíes

Las huríes,

Aun más blancas que el marfil,

Se apostaran por mirarte

E imitarte

En tu apostura gentil.

Desde tu altura sonara

Dulce y clara

La canción del Muëzín;

Te abanicaran palmeras

Y tuvieras

De rosas blando cojín.

¡Quién abrochara tu talle

De mi valle

Con el nardo embriagador!

Y a tu pecho floreciente

Diera ardiente

Cálido beso de amor.

¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Ese son de guzla es ciertamente

una oriental que se intercalaría sin detonar, entre las del autor de

_Tenorio_ o las del injustamente olvidado padre Arolas.

* * * * *

Anoche he estado en el principal café moro. Por una puerta estrecha que

da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay

tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros.

Mi amigo español y yo nos sentamos en una de las últimas. Había cerca

de nosotros varios franceses y señoras inglesas. Un mozo de rojo fez

nos sirve en pequeñas tazas el café ya azucarado y sin colar, como es

uso y como lo solemos tomar los aficionados en París en el restaurant

judío-oriental de la rue Cadet. La atmósfera está cargada, pues no son

pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con

cáñamo indiano. De pronto inicia la orquesta--¡la orquesta!--un son de

los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez músicos que tocan

los más inverosímiles violines y violones. Veo un solo violoncello

europeo tocado por un morenote barrigón que mueve todo el cuerpo

cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces,

motivo triste, lánguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes

todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta

angustia. ¿Qué impresión hay en mí? En verdad, vuelve a cada paso,

por la escena iluminada por las lámparas de cobre, por el ambiente,

por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca;

pero también pienso que no es la primera vez que escucho ese aire

monótono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento árabe se

junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición de 1900. Me

regocija un tanto, por el lado poético, el que esto esté en su centro

y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace

para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del

perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y

de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces

gimientes. A esto acompañan varios guitarrones a manera de laúdes, con

labores de nácar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de

los músicos mismos, entre los que hay jóvenes y viejos, abundando

entre los últimos siempre los rostros bíblicos, las caras de viejos

profetas aullantes.

Hay que salir de ahí para librarse de la repetición dolorosa y llorosa

del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios.

* * * * *

Tierras Solares Obras Completas Vol. III · 第 5 / 9 段