La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé el Puente de Triana para

ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve

más de una ilusión deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de

los tiestos usuales en toda Andalucía, y una que otra cara de cromo

o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza

sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantalón ajustado, haraganeando

en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador

suda en los afanes del tráfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas

de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico

tranvía iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre

del Oro bañada del oro de la tarde, y el río de un color sucio

amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar

el crepúsculo. Y si no volví contento de Triana, puesto que quizás yo

iba con la idea de un Triana fantástico, o imposible o demasiado a la

francesa, tuve un desquite con la salida de una bella niña y una vieja

dueña de una vieja iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable

guardadora.

[Ilustración]

[Ilustración: CORDOBA]

[Ilustración]

UNA modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle,

sobre baches y fango.

Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular

Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines,

y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto.

El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población,

la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico

guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la

lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en

la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata»

las horas.

Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras

calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la

ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en

mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en

la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera

del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino

que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio

y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan

lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los

pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un

latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros:

Illa ego sum quodam latialis gloria Roma

cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat.

Inter romanas sum prima colonia facta

sola que patricio nomine clara fui.

Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian

ad cujus gremium dotibus aucta cubo...

Piscosus me Boetis amat, me argentea cingit

unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.

Y vaya esa transcripción de sabios metros en gracia a las dos Córdobas

gloriosas, pues la de ese lado del mar también pudiera repetir con ésta:

Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl,

si mihi Mecoenas unus ab urbe foret.

Decía, pues, que las calles de la población me han parecido de

lo más característico, y con razón, pues según la monografía

histórico-topográfica de Ramírez, «ni en su dirección ni en su anchura

han sufrido alteración alguna sustancial desde los tiempos más remotos,

y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas,

estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de

reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de

mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he

encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y

en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal. Y en la

estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia

al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén. Si en

un lugar, a modo de plazoleta, está el nombre de Séneca, y evocáis la

memoria de aquel admirable filósofo y periodista _avant la lettre_,

conocimientos mentales no tan viejos se os presentarán en esas casas

de las vías angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente,

el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir la señorita doña Pepita

Jiménez; allá puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino;

y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D.

Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran

Góngora, D. Juan es cordobés.

De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César

quedan, cuando después de ser cartaginesa fué romana. Como colonia

patricia consta en las medallas y en los libros que fué notable. Y aun

afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Españas

citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la ciudad fué ampliada y

ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma,

por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Córdoba».

Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones

monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay

borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que

aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fué goda

y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta

potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de

capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco.

Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores

califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y

cuya transformación enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da

idea de qué clase de cerebros cubrían aquellos prestigiosos turbantes.

¿Qué sería aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde el

poderoso Abderramán I, que también, como buen oriental, era profeta,

anticipándose al cubano José María Heredia el viejo, cantó a su

compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre

todo, ¿qué escenario como de la historia del príncipe Camaralzamán y la

princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas se interesaba tanto

Dinarzada, no sería la Azhara de Abderramán III, llamada así por el

nombre de la favorita del harén? En verdad, pudo venir a habitar el

palacio el rey Salomón en compañía de la reina de Saba. No os repetiré

los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Díaz de Rivas;

pero sí lo que refieren narradores árabes contemporáneos de aquel

espléndido califa:

«Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y

magnificencia y coronadas de azoteas, tenían jardines plantados de

naranjos, y correspondían a la grandeza y suntuosidad del alcázar a

que estaban agregadas. En la construcción de este sitio real empleó

Abderramán inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construcción

eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que

conducían materiales. Ayudáronle en la dirección de la obra los más

célebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla,

que le envió su aliado Constantino VI, regalándole al mismo tiempo

cuarenta columnas de granito, las más hermosas que pudo encontrar.

Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mármoles que había

hecho traer a gran precio de algunas provincias de España, de Francia,

de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, así como el interior del

alcázar, contra la costumbre de los árabes, estaba hermoseado con el

mismo empeño y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior

se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de

más bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos

de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas

de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y

esmaltados de oro.

«Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en

el salón destinado para su morada había prodigado el califa. Los

adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras

preciosas, y en varios sitios, según costumbre, se leían aleluyas

alkoránicas. En una magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio

de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en

su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía

una perla de extraordinario precio que al califa había regalado el

emperador León, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho

de la favorita, se veía cubierto por un artesonado revestido de oro y

acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que

despedían las luces de cien arañas, saltaba un chorro de azogue que

cual plata líquida caía en un hermoso pilón de alabastro. Sobre la

puerta principal del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava,

no sin indignación de los más severos musulmanes, que censuraban la

impiedad del califa, que se había atrevido a representar la forma

humana, contra el expreso precepto del Korán. Los jardines que rodeaban

el palacio correspondían a lo demás en primor y belleza, pues la

fantasía más fecunda había prodigado allí cuanto puede lisonjear los

sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos,

cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques:

animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin

y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora

mansión.» Al suspender esa descripción, no creeríais oir la voz de

Dinarzada: «¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos

que tú sabes?» De tales mansiones no se gloria hoy la más soberbia de

las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de

la imaginación, en las renombradas narraciones que he citado y que

ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento

admirable del Dr. Mardrus.

Vagando de un punto a otro y perdiéndome a veces en el laberinto

de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso

monumento al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado a la

ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por

fin encontré lo único que verdaderamente atrae a los extranjeros: la

mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripción alguna,

pues muchas hay en las guías y en cien libros de viajes. Diré, sí,

que me asombró este edificio de fe, como los otros edificios de amor y

de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que uní mi voz a las

mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que

creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para

adorar mejor a Jesucristo.

La selva de columnas, la profusión de los arcos, hacen pensar en

lo que sería cuando no había tapiadas puertas y la luz penetraba

lateral. Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y gracias que

aún queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso

mihrab o sagrario mahometano, que es la admiración de los conocedores.

Aunque hay en la parte de intrusa construcción española muy notables

trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos más que

para los islamitas, que sabían edificar tan bellas moradas de oración.

Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y

murmurar que «sólo Dios es grande».

[Ilustración: GIBRALTAR]

[Ilustración]

I

DESDE que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba

completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada

del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina

Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí

para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre

Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel

me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura

casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el

Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual

se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar.

Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma

nacionalidad, que me conduce al Peñón.

* * * * *

Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va

a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le

invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito

se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias.

--¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días

a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga

tocar y cantar.

La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal.

Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los

muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con

ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones

que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que

aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de

fuego que alborotará la mano de la guerra.

--¿Qué le parece, Paquito?

Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta,

junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas

patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que

siente el corazón popular.

España fué la nación

que más lauros conquistó;

por la tierra y por el mar

extendió su autoridad;

al grito sacrosanto

de Castilla y de León,

clavaba en lo más alto

su glorioso pabellón.

Tiempo feliz que de fijo

para siempre ya pasó.

Al comparar la antigua situación

con la actual, causa pena y dolor.

De ira y de vergüenza

deberíamos llorar

al contemplar, y es la verdad,

que nuestra dignidad

manchada está

desde que vió ondear

la bandera inglesa

en el Peñón de Gibraltar.

Qué vergüenza da,

que vergüenza da, y es la verdad.

Aunque el mundo sabe

que ese invencible Peñón

hoy es inglés

por una traición.

Porque jamás pudo vencer

el pueblo inglés al español,

y en lucha igual, franca y leal,

el Aguila se humilla ante el León.

Pero ha de llegar

el día en que volvamos

nuestro Peñón a recobrar

y ese día cerca está,

y subiendo a lo más alto,

y allí gritando ¡viva España!

nuestro glorioso pabellón clavar.

¡_Alas poor_, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial

protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es

el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la

guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre

Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia

latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas--,

_on the waves_.

* * * * *

El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel.

Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están

ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da

un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta

el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el

ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme

aquí en un hotel carísimo--parece que no hay de otros en la ciudad--y

luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.

Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda

la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos

están expuestos con los precios escritos en inglés y en español.

Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa,

correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma

moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar

al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de

Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros,

y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son

marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los

cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock,

junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli,

todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados

y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de

chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso

de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han

de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de

comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están

contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos

porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la

misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se

importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más

agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con

estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con

todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas.

* * * * *

Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto--una española,

otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno

del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno--; más allá de

los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas

vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los

grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa

escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte

se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido

de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de

tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que

es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de

rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero

que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías

bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes,

amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes

de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por

consecuencia de una liga continental.

Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón.

Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército

inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia

ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa

de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en

cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro

de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas

en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica

de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una

imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz

y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado

por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco

que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa

de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado

fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por

medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de

futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de

guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White,

todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles

y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el

malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en

The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada

día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los

diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables

galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres

excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle,

concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una

lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.

* * * * *

Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans,

es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr.

Fox--sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que

ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.--«¿Y la

guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»--«No sabe nadie lo que puede pasar.

Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se

precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el

terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo

evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por

la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y

del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se

trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy

lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable

secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más

lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual

me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte

asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.

* * * * *

En un solo día he visto pasar un hermoso crucero francés, tres barcos

de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes.

Se espera pronto a la escuadra nacional. Además, el King Alfred y el

Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de días, la

visita del emperador de Alemania.

* * * * *

Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club

Ladysmith que da bailes de máscaras en sus salones, situados en el

Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por su parte, predica el

bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con máximas

evangélicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y

siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Señor,

son pocos como los temperantes de tal o cual asociación. Prefieren

entre el _hunting_ y el _tennis_, unas salidas gratas por el lado de

la Línea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas y el

consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aquí, en la ciudad armada,

está el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company,

en que hay una «star» que se llama mademoiselle Vanmeeren.--«¡Soberbio,

Mr. Fox!--_¡I think so, Mr. Darío, The Channel Fleet will thus find

ample amusement for their evenings on shore!_»

Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa de España, donde Tarifa

semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos

nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan.

* * * * *

--¡Allo, Mr. Darío!

--¡Allo, Mr. Fox!

--¿Una taza de té?

Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar

de cacerías y otros sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma parte

activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes.

Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan en convencerme de que

los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses sí. Los

ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesía de

Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas,

confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japonés, y no

soy simpático cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así, llegamos a

tratar de la cuestión anglo-española, la eterna cuestión de Gibraltar.

--Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar

por una traición. Y a los japoneses se les acusa de traidores por

causa del golpe por sorpresa que inició la guerra actual. ¿Qué guerra

no es, en realidad, traidora? ¿Y qué cosa es traición, cuando se

trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner

excelentes y modernísimas fortificaciones en el Fraile, en La Leña, en

Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho,

confiese usted que serían unos tontos. Puesto que usted ha leído al

filósofo alemán de «Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar

en mayores disertaciones. Además el tiempo es oro.

Miss Fox pone un poquito más de brandy en mi té.

* * * * *

Tierras Solares Obras Completas Vol. III · 第 4 / 9 段