por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las
entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he
pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en
el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al
antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido
muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas.
He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: _La
granada entreabierta_. Y he ideado las impresiones de la pequeña
alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada
entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que
ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por
las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde,
desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos
solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la
granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se
presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe
que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita
de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la
antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre
calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la
parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio
corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso
y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad
se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el
corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel.
Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países
en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones.
Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de
todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os
amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois
pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en
compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.
He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar
solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia
de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde
puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más
frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía,
discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito
Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a
las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a
reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en
busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los
_commis-voyageurs_, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los
mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra
anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; _Chorro e Jumo_, el
rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en
donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra
ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que
bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán
dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En
cuanto al lamentable rey _fâlof_, vestido como los contrabandistas de
la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica,
«¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio.
Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las
propinas anglo-sajonas.
No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento
de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro
«último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os
habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero
no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la
decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito
el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de
ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su
influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas,
con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la
poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra
existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he
evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una
vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos,
sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde
la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su
vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual
del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas,
su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva,
en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a
la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños
de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los
cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos
cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus
complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la
sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado.
Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a
recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en
los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a
anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie
ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres
tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo
y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza
misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del
huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado
de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o
de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico
en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas
ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que
cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía
de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas
aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que
al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías
de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la
significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia,
frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya
religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo
paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre
virgen belleza femenina?
El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques
que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como
la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de
los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían
aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que
la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga
la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones
decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las
vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el
esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras.
Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn
Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en
su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena
de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades.
Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a
sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen
de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios
a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la
tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz
Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares:
«¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con
mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde
sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un
fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar
del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando
alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan
las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de
brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las
tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice
mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me
asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo
la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le
conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y
sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el
sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto
tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de
la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al
dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor
filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor».
Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos
parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no
está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la
pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama
la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés
Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de
mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las
leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de
Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan
explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda
figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente
para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como
corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como
Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la
fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un
orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente;
un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido,
y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo
primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo
en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre.
Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes
de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se
liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia,
sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también
soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes
a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de
mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros
de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito
varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los
venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa
de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos
que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad,
que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las
tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho
prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de
seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el
más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos;
pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente,
ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el
extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras,
aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había
Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más
allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran
buenos, eran fuertes y eran artistas.
Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el
Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el
amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada
D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden
hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero.
Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla,
es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado
en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario
de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán
explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las
cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso
en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus
corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más
bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines,
sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que
os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis
iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño
espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con
la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna
veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos
torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una
ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora,
es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he
gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila
de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos
genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del
jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria,
que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana
Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que
en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran
árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de
suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros
vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían
ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que
hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto
ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol
labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más
adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la
tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu
tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo,
«anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las
estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar:
Aben Amet, al partir de Granada,
su corazón desgarrado sintió,
y allá en la vega, al perderla de vista,
con débil voz su lamento expresó...
[Ilustración]
[Ilustración: SEVILLA]
[Ilustración]
AUNQUE es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado
puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la
mañana. La Giralda se ha destacado en espléndido campo de azur. Luego,
las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada
de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto,
pues, maravilla.
No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro.
Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro.
Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el
grande y armonioso José Zorrilla se recomendaba aquí evocando el nombre
de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la
Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir
sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre
católicos irreligiosos, santos macabros, cristos lívidos y sangrientos
con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchará los
gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el día
aprovechará la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras en la
fábrica, con sus _deshabillés_ sugerentes; si ha leído _La femme et le
pantin_, de Pierre Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo que
ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente,
el encanto sevillano está en otra parte. La Semana Santa y la feria
son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se
ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran
cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni
con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las
riberas del Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante de toreros
calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las
Sierpes. El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su
pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de
toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en
las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus
jardines, esos jardines que ha interpretado pictórica y magistralmente
en melodías del color el talento excepcional y hondo de Santiago
Rusiñol--ese «ruiseñor» de la fuerte Cataluña.
¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento:
abominad la célebre calle de las Sierpes en donde existió un célebre
café flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla
misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os
gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasiáos,
para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano--,
como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han
contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a
mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas
murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de
los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta
Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre
del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que
renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra
granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines
que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas
voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que
tenía tanto de don Juan...
Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de
aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho
de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo
primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado
por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de
verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias
vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se
va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una
grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero,
¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual
capítulo de la bella novela de vida. Quedáos al amor de vuestras ideas.
¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se
acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua
transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a
su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe. Cerca
hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón
de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de
fiesta. Ahí tenéis el encanto sevillano.
Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los arrayanes forman un
famoso y pueril laberinto; y en un rústico templete, bajo extraña
bóveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja
de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os
saluda en el llamado jardín Grande, y en el del León hay señaladas
huellas leoninas: _hic sunt leones_. Es en efecto aquí donde se
conserva el cenador del césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los
policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las águilas
imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia
desvanecida de la soberbia y soberana persona.
Cuando salís, lleváis una sensación imborrable.
Como decía antes, por las calles os llamará siempre, con su callada
voz, la tradición. En vano, en las vías estrechas, os hará pegaros a la
pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores de antigüedades os
querrán atraer con sus letreros en inglés. Por muy poco meditativos o
poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de los dos hombres-sombras
zorrillescos, don Pedro o don Juan.
Allá en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante
nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastará el solo
de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Niño que se
apoya en el mundo, todo gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban
demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar
cuando le venía en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista
y macabro Valdés Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que
renueva en más de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones
cadavéricas de los frescos del camposanto pisano.
Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposición
en el ataúd, dijo Murillo a su amigo el artista: «Compadre, esto
es menester mirarlo con la mano en las narices». Mas, pasad a la
sacristía. No os detengáis en la visión de San Cayetano, de Céspedes,
ni en el San Miguel, de Roela.
Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés
Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas
no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se
ha inaugurado recientemente, es un _révenant_, es un habitante del
ensueño, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusión, es un héroe de
la poesía, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del
amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Mañara,
celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa
es su espada. Está en una sacristía, porque ya sabéis que el diablo
cuando se hizo viejo se metió fraile.
En la catedral mucho hay que admirar y las guías lo detallan; pero
allí también, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene
con su historia o con su página legendaria. Así, de ese púlpito que
encontráis en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el
vigoroso Vicente Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves, en donde
gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la anécdota
tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincón, desde el
colosal San Cristóbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeño
Niño Jesús, al cual llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega la
nota curiosa.
Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes dirigís la palabra,
y que, por más que les habléis, no os dan contestación alguna. Esos
son fanáticos que han hecho al niño rubio del altar la promesa del
silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas--y aquí la
anécdota es moderna--está el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro
que fué mutilado por un visitante norteamericano, que creyó oportuno
aislar el santo del resto de la composición para provecho propio.
Sabido es que el cónsul español en Boston tuvo denuncia del paradero
del fragmento pictórico y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y
habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se
notan las señales de la amputación del robador yanqui.
No os detendré ante las muchas obras artísticas y renombradas que aquí
se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como
Cean Bermúdes, que están dedicados a ellos. Pero no dejaré de deciros
que veáis cierto fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo de
Pérez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada,
compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente
os es familiar por las ilustraciones. En esa urna--¡descubríos!--están
las cenizas, las discutidas cenizas de Cristóbal Colón, que antes
estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el más
impasible e indiferente de los americanos, no dejará de sentir así sea
una vaga emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta después podrá
llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el
favor que nos hizo.