CAPÍTULO XIX

#El río#

El caudal entero del río no es otra cosa que el conjunto de todos los

arroyos, visibles ó invisibles, sucesivamente absorbidos: es un arroyo

aumentado miles de veces, y no obstante, difiere singularmente por su

aspecto del pequeño curso de agua que serpentea por los valles

laterales. Como el débil tributario que mezcla su humilde corriente á su

poderoso raudal, puede tener también sus saltos y sus corrientes, sus

desfiladeros y sus gargantas, bancos de grava, escollos é islas, playas

y rocas; pero, con todo, es mucho menos variado que el arroyo, y los

contrastes que ofrece en su curso son menos sorprendentes. Como más

grande, llama la atención por el volumen de su cauce, por la fuerza de

su corriente, pero su majestuoso aspecto es casi siempre uniforme. El

arroyo, mucho más pintoresco, aparece y desaparece alternativamente: se

le ve correr bajo la sombra, ensancharse como un lago y después caer en

cascada como manojo de rayos luminosos, para ocultarse de nuevo en una

obscura caverna. Y el arroyo no sólo es superior al río por lo incierto

de su marcha y la belleza de sus orillas; lo es también por el ímpetu de

sus aguas: relativamente es más fuerte que el río Amazonas para

modificar sus orillas, variar sus sinuosidades, depositar bancos de

arena y emerger islas. La naturaleza revela su fuerza por sus agentes

mas débiles. Vista con el microscopio, la gota que se ha formado bajo la

roca, realiza una obra geológica relativamente más grande que la del

océano infinito.

El hombre, por su parte, ha sabido hasta el presente utilizar mucho

mejor las aguas del arroyo que las de los grandes ríos. De estos, apenas

la milésima parte de su fuerza es empleada por la industria; sus aguas,

en vez de ramificarse por los campos en canales fecundos, son, al

contrario, encajonadas en diques laterales y detenidas inútilmente en su

cauce. El arroyo pertenece ya en la historia de la humanidad al período

industrial, que es el más avanzado; el río no representa sino una época

remotísima de las sociedades, aquella en la que las corrientes de agua

no servían más que para hacer flotar algunas embarcaciones. Y aun esta

utilidad disminuye en nuestros días, á causa de las carreteras y los

caminos de hierro que facilitan el transporte á los pueblos de las

riberas. Antes que el agricultor y el industrial consigan con entera

seguridad hacer trabajos para aprovechar las aguas del río, es preciso

que cesen de temer sus desbordamientos, y sean dueños de distribuirlas

según sus necesidades. Y hasta que la ciencia les suministre los medios

de someter al río, resultarán impotentes para dominarlo, mientras vivan

aislados en sus trabajos, sin asociarse para regularizar en concierto la

fuerza, aun brutal, de la masa de agua que corre casi inútilmente por

delante de ellos. Como nuestros antepasados, continuamos todavía mirando

al río con una especie de terror religioso, puesto que aun no lo hemos

dominado. No es, como el arroyo, una graciosa náyade con su cabellera

coronada de juncos; es un hijo de Neptuno que, en su formidable mano,

blande el tridente.

Para contemplar en toda su majestad una de esas poderosas masas de agua,

y comprender que se tiene ante la vista una de las fuerzas en movimiento

de la tierra, no es necesario hacer un largo viaje, atravesar el Viejo

Mundo, ó ir á visitar, cerca de su desembocadura el Brahmaputrah y el

Yat-tse-kiang, los dos, hijos del mismo dios; no es necesario tampoco

salvar el Atlántico y viajar por el Misisipi, el Orinoco ó el Amazonas,

anchos como mares y sembrados de archipiélagos. Nos basta, en los

límites del país que habitamos, con seguir el margen de uno de esos

cursos de agua que contienen su marcha y se extienden ampliamente al

aproximarse á un estuario donde su masa tranquila va á mezclarse con las

olas del océano. ¡Visítese el bajo Somme ó el Sena cerca de Tancarville,

el Loira entre Paimbouef y Saint Nazaire, el Garona y el Dordoña en el

punto donde se reúnen para formar el mar de Gironda! ¡Contémplese sobre

todo la punta septentrional de la Camarga donde el Ródano se divide en

dos brazos!

El río es inmenso y tranquilo. Su enorme caudal, que ocupa un lecho de

más de un kilómetro de ancho, se distingue en seguida entre las dos

corrientes: apenas algún remolino de espuma rueda al abrigo de una roca

que prolonga la punta de la isla en forma de espuela. Por la izquierda,

el brazo menos caudaloso, que llaman el pequeño Ródano, es, no obstante,

una poderosa corriente bastante más fuerte que la del Garona, el Loira y

el Sena; por la derecha, el gran Ródano, se oculta á la vista por una

ribera poblada de sauces que cubren la mitad del vaporoso espacio. En el

inmenso círculo del horizonte no se ve más que agua ó tierras

arrastradas por el río y depositadas en capas por partículas sucesivas;

sólo al Este se distinguen algunas cimas rocosas de los montes Alpinos,

azules como el cielo, y hacia el Norte aparecen vagamente las cimas

cónicas de Beaucaire, al pie de las cuales empieza el antiguo golfo

marino que los arrastres del río han llenado poco á poco. Islas,

penínsulas, riberas, todo está compuesto de una arena obscura que el

Ródano y sus afluentes han mezclado, después de haber recibido de los

torrentes superiores los detritos de los Alpes, del Jura y de los

Cevenas. La gran isla de Camarga, cuyos bordes se ven á lo lejos entre

los dos Ródanos, y que tiene lo menos ochocientos kilómetros de

superficie, es en sí, un presente del río que en otros tiempos formaba

parte de los montes de Suiza y de Saboya. Tal es el trabajo geológico

de la corriente, trabajo colosal que se continúa sin cesar. No obstante,

el silencio más profundo impera á su alrededor. Sentado á la sombra de

un sauce, se intentaría en vano percibir el murmullo de la villa de

Arles, de la que se ve, con sólo ponerse en pie, sus arcadas romanas y

torres sarracenas. El único que se oye es el de las locomotoras y los

vagones que ruedan al otro lado del río haciendo trepidar el suelo. No

se les ve, pero su trueno lejano se armoniza tan bien con la inmensidad

del Ródano, que parece la voz del río. Nos parece que el hijo del mar,

debe tener, como el océano, su eterno y formidable estruendo.

Mas abajo de su bifurcación, los dos ríos presentan largas sinuosidades

en su cauce. Las aguas lanzadas de una á otra orilla bañan el pie de la

última colina y reflejan las torres de la última ciudad. Ya el humo que

se levanta de las casas se confunde con las lejanas brumas, y en las

orillas, pobladas de árboles de dorada corteza, no aparecen más que

cabañas y raras quintas medio ocultas en la verdura. Por fin, la última

casa queda detrás, y nos encontraríamos completamente solos si algunas

obscuras embarcaciones, parecidas á grandes insectos, no bogaran por el

río. Los árboles de la orilla no se suceden con tanta frecuencia y son

menos altos; un poco más abajo ya no hay más que maleza, y luego, hasta

las plantas desaparecen: no queda otra vegetación que la de las cañas

sobre el suelo aún fangoso, saliendo apenas por encima del agua

terrosa.

En este paraje la naturaleza se presenta tal cual era hace millares de

siglos antes de que el hombre se instalara en la orilla de los ríos y

los arroyos que lo alimentan. Como en los tiempos del pleriosauro, la

tierra y el agua se confunden en un caos: bancos de cieno, islas

emergiendo aquí y allá, pero apenas distintas del agua que las baña,

brillan como ella y reflejan las nubes del espacio. Lienzos líquidos se

extienden entre estos islotes, pero no se mezclan con el lodo del fondo:

son cieno más líquido que el barro de las orillas. Por todas partes se

está rodeado de tierra en formación y, no obstante, nos encontramos ya

como en medio del mar; tan hermoso es el paraje en que nos encontramos.

Es que, en efecto, todo el espacio abarcado con la mirada era en otro

tiempo mar. El río lo ha llenado poco á podo, pero el suelo, de reciente

formación, no está todavía afirmado. Sin inmensos trabajos de

desecación, es probable que jamás estuviera en condiciones de ser

habitado por los hombres, puesto que de su cieno y agua corrompida se

escapan mortales miasmas.

Llegado á estos parajes que fueron antes dominios del mar, el río,

gradualmente contenido, se extiende cada vez más y se hace menos

profundo. Por fin, se aproxima al mar, y sus aguas dulces, resbalando

tranquilas, van á chocar contra las ondas espumosas de agua salada que

se agitan con estruendo continuo. En el choque de los masas líquidas,

el agua del río se mezcla pronto con las olas del inmenso abismo, pero,

aun después de confundida, trabaja todavía. Todas las nubes de barro,

que había arrancado de sus orillas superiores y que tenía aun en

suspensión, son rechazadas por las olas hacia el lecho fluvial; no

pudiendo ir más lejos, se depositan en el fondo y forman así una especie

de baluarte móvil sirviendo de límite temporal entre los dos elementos

en lucha. Aunque depositándose molécula sobre molécula, el banco, que

obstruye la boca del río, no cesa de trasladarse para formarse más

lejos. Empujado por la corriente fluvial, incesantemente aumentado por

nuevos arrastres, el barro es llevado hacia dentro del mar, y poco á

poco la masa entera ha ido progresando.

De siglo en siglo, de año en año, de día en día, ese río que parece

débil ante el poderoso mar, consigue penetrar en él, y hasta se puede

calcular cuánto avanzará en un período dado por la uniformidad de su

marcha. Pues bien, esta victoria del río sobre el océano, es debida á

los mil pequeños arroyuelos y arroyos de las laderas y los montes. Ellos

son los que han roído las paredes de los desfiladeros, los que arrastran

los fragmentos de roca, los que muelen y trituran las piedras, y los que

arrastran la arena y diluyen la arcilla. Ellos son también los que poco

á poco rebajan los continentes para engancharlos hacia el mar en vastas

llanuras en donde tarde ó temprano construirá ciudades y practicará

puertos.

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