#El cielo de las aguas#
Lo mismo que los grandes ríos, el Ródano, Danubio ó la corriente del
Amazonas, el mar está compuesto por millones de arroyos que afluyen á
sus tributarios. Una vez mezcladas en el río sus aguas, afluyendo de
todos los puntos de los continentes, se mezclan de un modo más completo
en la inmensa profundidad del abismo marino, bastante grande para
contener toda el agua que todos los ríos arrojarían durante cincuenta
millones de años. Por sus movimientos de flujo y reflujo; sus
movimientos ondulados, sus olas de tempestad y sus corrientes y
contra-corrientes, pasea el agua de todos los ríos de una á otra
extremidad del globo. La gota salida de una roca en las entrañas del
monte, da la vuelta al planeta, purificada del aluvión que contenía,
disuelve las moléculas salinas, y de onda en onda, según los parajes que
atraviesa, cambia de peso específico, de salinidad, de color y de
transparencia; la fauna infinitamente pequeña que la habita, se
modifica también en los diversos climas: tan pronto son animáculos
fosforescentes los que la pueblan y la hacen brillar durante las noches,
como infusorios que la hacen parecerse á una mancha de leche. Su
temperatura varía constantemente. En los mares polares la gota se
transforma en un pequeño cristal de hielo; en los mares ecuatoriales se
entibia bastante para que los corales puedan depositar sus moléculas de
piedra.
Comparado con el océano sin límites, el arroyo de la montaña no es nada,
y sin embargo, sus aguas, divididas hasta el infinito, se verían en
todos los mares y en todas las riberas si fuera posible seguirlas con la
vista en todo su inmenso recorrido.
Para cada gota marina que corrió en otro tiempo por el arroyo, difiere
la duración del viaje; una, apenas entrada en el océano, es absorbida
por las frondas de una alga marina y sirve para hinchar sus tejidos;
otra es absorbida por un organismo animal; una tercera, retenida por un
cristal de sal, se deposita en una playa arenosa y otra aun se cambia en
vapor y vuela invisible por el espacio. Este es el camino que toma más ó
menos pronto toda molécula acuosa. Libertada por su expansión repentina,
escapa de los lazos que la detenían en la superficie horizontal de los
mares y se levanta en la atmósfera, por donde viaja como viajaba por el
océano, bajo otra forma. El vapor de agua asciende así por toda la masa
aérea, hasta por encima de los ardientes desiertos, donde en cientos de
leguas no corre ni un sólo hilo de agua; sube á los límites extremos
del océano atmosférico, á sesenta kilómetros de altura sobre la
superficie del mar, y, sin duda, una parte de este vapor halla también
camino hacia otros sistemas planetarios porque los bólidos que
atraviesan los cielos estrellados formando flechas luminosas y arrojan
sus chispas sobre el suelo, deben, en cambio, llevarse consigo un poco
de aire húmedo que oxide su superficie.
Sin embargo, el vapor de agua que se escapa de la esfera de atracción
terrestre para ir con los bólidos á parar á los lejanos astros, es
relativamente bien poco; el gran mar de humedad, tenido en suspensión en
nuestra atmósfera, está destinado á caer casi en su totalidad sobre el
globo terráqueo en forma de lluvia. Las innumerables moléculas de agua
son invisibles mientras el aire no se encuentra saturado; pero si el
crecimiento de humedad ó el descenso de la temperatura determinan el
punto de saturación, inmediatamente las partículas de vapor se
condensan, se convierten en gotitas de niebla ó de nube, y se engloban
con millones de otras moléculas, formando un volumen inmenso, suspendido
en las alturas. Si son demasiado pesadas, las nubes se deshacen en
lluvia sobre el océano, de donde han salido, ó bien, empujadas por los
aires, van á chocar contra las escarpaduras de las colinas, por encima
de los continentes, deteniéndose en los campos de las mesetas ó en las
aristas y picos de las montañas. Caen en forma de lluvia ó de nieve;
luego, gotas y copos, divididos hasta el infinito, penetran en la tierra
por las cavernas, las fisuras de las rocas y los intersticios del
fecundo suelo. Durante largo tiempo el agua queda oculta; después
aparece á la luz en forma de alegre fuente, y empieza de nuevo su viaje
hacia el océano por los lechos inclinados del arroyo, de barrancos y
ríos.
Este gran circuito de las aguas ¿no es la imagen de toda vida? ¿No es el
símbolo de la inmortalidad? El cuerpo vivo, animal ó vegetal, es un
compuesto de moléculas que cambian sin cesar, que los órganos de la
nutrición ó respiración han cogido de fuera para hacerlo entrar en el
torbellino de la vida. Arrastrados por el torrente circulatorio de la
savia, de la sangre ó de otros líquidos, entran á formar parte de un
tejido, luego de otro y de otros aún; así viajan por todos los
organismos, hasta que son definitivamente expulsadas, y entran en ese
gran mundo exterior, donde millones de seres vivos se empujan y combaten
para ampararse de ellas como de una presa y utilizarlas á su vez. A los
ojos del anatomista y del micrógrafo, cada uno de nosotros, á pesar del
duro esqueleto y de las formas definidas de nuestro cuerpo, no somos
otra cosa que una masa líquida, un río por el que corren con una
velocidad más ó menos grande, como en un cauce preparado por adelantado,
innumerables moléculas que provienen de todas las regiones de la tierra
y del espacio, empezando nuevamente el viaje infinito, después de un
corto paso por nuestro organismo. Parecidos al arroyo que pasa, nosotros
cambiamos á cada instante; nuestra vida se renueva por minutos y, si
nosotros nos creemos ser siempre los mismos, es por una ilusión de
nuestro espíritu.
Lo mismo que el hombre, considerado aisladamente, la sociedad en
conjunto puede compararse con el agua que corre. A todas horas, en todos
los instantes, un cuerpo humano, una simple milmillonésima parte de la
humanidad se rinde ó se disuelve, mientras que por otra parte sale un
niño de la inmensidad de las cosas, abre sus ojos á la luz y se
convierte en sér pensante. Como en una llanura todos los granos de arena
y glóbulos de arcilla han sido arrastrados por el río y depositados
sobre sus orillas, todo el polvo que cubre el planeta ha corrido con la
sangre del corazón en las arterias de nuestros antepasados. A través de
las edades, las generaciones se suceden modificándose poco á poco; los
bárbaros, con su aspecto bestial y luchando por la preeminencia con las
fieras, fueron reemplazados por seres más inteligentes, á los cuales la
experiencia y el estudio de la naturaleza han enseñado el arte de
domesticar los animales y cultivar la tierra; luego, por el progreso,
los hombres llegan á fundar ciudades, á transformar las primeras
materias, á cambiar sus productos, á ponerse en relaciones con todas las
partes del mundo; así se civilizan, es decir, se ennoblece su tipo, su
cerebro es más vasto, su pensamiento más amplio, y, ensanchándose el
círculo de las concepciones, los hechos vienen á agruparse en el
espíritu. Cada generación que perece precede á otra diferente, que á su
vez, da impulso á otras. Los pueblos se mezclan unos á otros como los
arroyos entre sí y los ríos con los ríos; tarde ó temprano no formarán
más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas de una misma
cuenca, concluyen por confundirse en un mismo río. La época en la que
todas esas corrientes humanas se juntarán, no ha llegado todavía: razas
y pueblos diversos, siempre aferrados á la gleba natal, no se han
reconocido como hermanos, pero se aproximan más cada día; cada día
también aumenta el amor, y, de concierto, empiezan á mirar hacia un
ideal común de justicia y libertad. Los pueblos que han llegado á ser
inteligentes, aprenderán á asociarse libremente: la humanidad, dividida
hasta aquí en corrientes distintas, no será más que un mismo río, y
reunidos en una sola corriente, descenderemos juntos hacia el mar
inmenso donde van á perderse y renovarse todas las vidas.