CAPÍTULO XX

#El cielo de las aguas#

Lo mismo que los grandes ríos, el Ródano, Danubio ó la corriente del

Amazonas, el mar está compuesto por millones de arroyos que afluyen á

sus tributarios. Una vez mezcladas en el río sus aguas, afluyendo de

todos los puntos de los continentes, se mezclan de un modo más completo

en la inmensa profundidad del abismo marino, bastante grande para

contener toda el agua que todos los ríos arrojarían durante cincuenta

millones de años. Por sus movimientos de flujo y reflujo; sus

movimientos ondulados, sus olas de tempestad y sus corrientes y

contra-corrientes, pasea el agua de todos los ríos de una á otra

extremidad del globo. La gota salida de una roca en las entrañas del

monte, da la vuelta al planeta, purificada del aluvión que contenía,

disuelve las moléculas salinas, y de onda en onda, según los parajes que

atraviesa, cambia de peso específico, de salinidad, de color y de

transparencia; la fauna infinitamente pequeña que la habita, se

modifica también en los diversos climas: tan pronto son animáculos

fosforescentes los que la pueblan y la hacen brillar durante las noches,

como infusorios que la hacen parecerse á una mancha de leche. Su

temperatura varía constantemente. En los mares polares la gota se

transforma en un pequeño cristal de hielo; en los mares ecuatoriales se

entibia bastante para que los corales puedan depositar sus moléculas de

piedra.

Comparado con el océano sin límites, el arroyo de la montaña no es nada,

y sin embargo, sus aguas, divididas hasta el infinito, se verían en

todos los mares y en todas las riberas si fuera posible seguirlas con la

vista en todo su inmenso recorrido.

Para cada gota marina que corrió en otro tiempo por el arroyo, difiere

la duración del viaje; una, apenas entrada en el océano, es absorbida

por las frondas de una alga marina y sirve para hinchar sus tejidos;

otra es absorbida por un organismo animal; una tercera, retenida por un

cristal de sal, se deposita en una playa arenosa y otra aun se cambia en

vapor y vuela invisible por el espacio. Este es el camino que toma más ó

menos pronto toda molécula acuosa. Libertada por su expansión repentina,

escapa de los lazos que la detenían en la superficie horizontal de los

mares y se levanta en la atmósfera, por donde viaja como viajaba por el

océano, bajo otra forma. El vapor de agua asciende así por toda la masa

aérea, hasta por encima de los ardientes desiertos, donde en cientos de

leguas no corre ni un sólo hilo de agua; sube á los límites extremos

del océano atmosférico, á sesenta kilómetros de altura sobre la

superficie del mar, y, sin duda, una parte de este vapor halla también

camino hacia otros sistemas planetarios porque los bólidos que

atraviesan los cielos estrellados formando flechas luminosas y arrojan

sus chispas sobre el suelo, deben, en cambio, llevarse consigo un poco

de aire húmedo que oxide su superficie.

Sin embargo, el vapor de agua que se escapa de la esfera de atracción

terrestre para ir con los bólidos á parar á los lejanos astros, es

relativamente bien poco; el gran mar de humedad, tenido en suspensión en

nuestra atmósfera, está destinado á caer casi en su totalidad sobre el

globo terráqueo en forma de lluvia. Las innumerables moléculas de agua

son invisibles mientras el aire no se encuentra saturado; pero si el

crecimiento de humedad ó el descenso de la temperatura determinan el

punto de saturación, inmediatamente las partículas de vapor se

condensan, se convierten en gotitas de niebla ó de nube, y se engloban

con millones de otras moléculas, formando un volumen inmenso, suspendido

en las alturas. Si son demasiado pesadas, las nubes se deshacen en

lluvia sobre el océano, de donde han salido, ó bien, empujadas por los

aires, van á chocar contra las escarpaduras de las colinas, por encima

de los continentes, deteniéndose en los campos de las mesetas ó en las

aristas y picos de las montañas. Caen en forma de lluvia ó de nieve;

luego, gotas y copos, divididos hasta el infinito, penetran en la tierra

por las cavernas, las fisuras de las rocas y los intersticios del

fecundo suelo. Durante largo tiempo el agua queda oculta; después

aparece á la luz en forma de alegre fuente, y empieza de nuevo su viaje

hacia el océano por los lechos inclinados del arroyo, de barrancos y

ríos.

Este gran circuito de las aguas ¿no es la imagen de toda vida? ¿No es el

símbolo de la inmortalidad? El cuerpo vivo, animal ó vegetal, es un

compuesto de moléculas que cambian sin cesar, que los órganos de la

nutrición ó respiración han cogido de fuera para hacerlo entrar en el

torbellino de la vida. Arrastrados por el torrente circulatorio de la

savia, de la sangre ó de otros líquidos, entran á formar parte de un

tejido, luego de otro y de otros aún; así viajan por todos los

organismos, hasta que son definitivamente expulsadas, y entran en ese

gran mundo exterior, donde millones de seres vivos se empujan y combaten

para ampararse de ellas como de una presa y utilizarlas á su vez. A los

ojos del anatomista y del micrógrafo, cada uno de nosotros, á pesar del

duro esqueleto y de las formas definidas de nuestro cuerpo, no somos

otra cosa que una masa líquida, un río por el que corren con una

velocidad más ó menos grande, como en un cauce preparado por adelantado,

innumerables moléculas que provienen de todas las regiones de la tierra

y del espacio, empezando nuevamente el viaje infinito, después de un

corto paso por nuestro organismo. Parecidos al arroyo que pasa, nosotros

cambiamos á cada instante; nuestra vida se renueva por minutos y, si

nosotros nos creemos ser siempre los mismos, es por una ilusión de

nuestro espíritu.

Lo mismo que el hombre, considerado aisladamente, la sociedad en

conjunto puede compararse con el agua que corre. A todas horas, en todos

los instantes, un cuerpo humano, una simple milmillonésima parte de la

humanidad se rinde ó se disuelve, mientras que por otra parte sale un

niño de la inmensidad de las cosas, abre sus ojos á la luz y se

convierte en sér pensante. Como en una llanura todos los granos de arena

y glóbulos de arcilla han sido arrastrados por el río y depositados

sobre sus orillas, todo el polvo que cubre el planeta ha corrido con la

sangre del corazón en las arterias de nuestros antepasados. A través de

las edades, las generaciones se suceden modificándose poco á poco; los

bárbaros, con su aspecto bestial y luchando por la preeminencia con las

fieras, fueron reemplazados por seres más inteligentes, á los cuales la

experiencia y el estudio de la naturaleza han enseñado el arte de

domesticar los animales y cultivar la tierra; luego, por el progreso,

los hombres llegan á fundar ciudades, á transformar las primeras

materias, á cambiar sus productos, á ponerse en relaciones con todas las

partes del mundo; así se civilizan, es decir, se ennoblece su tipo, su

cerebro es más vasto, su pensamiento más amplio, y, ensanchándose el

círculo de las concepciones, los hechos vienen á agruparse en el

espíritu. Cada generación que perece precede á otra diferente, que á su

vez, da impulso á otras. Los pueblos se mezclan unos á otros como los

arroyos entre sí y los ríos con los ríos; tarde ó temprano no formarán

más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas de una misma

cuenca, concluyen por confundirse en un mismo río. La época en la que

todas esas corrientes humanas se juntarán, no ha llegado todavía: razas

y pueblos diversos, siempre aferrados á la gleba natal, no se han

reconocido como hermanos, pero se aproximan más cada día; cada día

también aumenta el amor, y, de concierto, empiezan á mirar hacia un

ideal común de justicia y libertad. Los pueblos que han llegado á ser

inteligentes, aprenderán á asociarse libremente: la humanidad, dividida

hasta aquí en corrientes distintas, no será más que un mismo río, y

reunidos en una sola corriente, descenderemos juntos hacia el mar

inmenso donde van á perderse y renovarse todas las vidas.

El Arroyo · 第 24 / 26 题